Amor, bolas blancas y purgas en Valladolid
Hay que tener un valor extraordinario para intentar vender el 'amor' cuando la realidad huele a juzgado y a purga interna. En Valladolid, la cúpula del sanchismo montó un espectáculo que haría palidecer a cualquier guía espiritual de aeropuerto. Pedro Sánchez, escoltado por sus fieles, intentó resetear su imagen —esa que quedó congelada en un gesto de asco viral y en el besamanos estratégico a Begoña Gómez— usando el sentimiento como escudo contra las investigaciones judiciales.
Óscar Puente, el ministro de Transportes, decidió que el PSOE ya no es un partido político, sino una secta sentimental. Proclamó que son el «partido del amor», elevando el romance de Moncloa a dogma de Estado. Básicamente, nos dice que si no te gusta su gestión, es porque no sabes querer. Por su parte, Ana Redondo, la ministra de Igualdad, se puso mística y simplificó la democracia a nivel de juego de billar: votar al PSOE es elegir la «bola blanca» (la paz), mientras que el PP y Vox son la «bola negra» (el odio). Una dicotomía tan profunda como un charco en agosto.
Para distraer del ruido, Sánchez soltó la promesa estrella: subir el SMI «todos los años» que aguante en la silla. Un caramelo electoral clásico mientras, en el patio trasero, la casa se cae a trozos. Mientras gritaban 'viva el amor', en Palencia la militancia decía 'vete tú'. La renuncia en bloque de toda la candidatura al Congreso en esa provincia es el mejor termómetro de la realidad: el amor de Ferraz es, en realidad, una imposición a mano alzada que ningunea a los suyos. El 29 de noviembre sabremos si el electorado compra este esoterismo político o si prefiere una gestión que no necesite amuletos ni bolas blancas para sostenerse.
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