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La NASA acaba de estrenar un juguete nuevo, el Nancy Grace Roman Space Telescope, y lo hace con esa sonrisa ensayada de quien ha encontrado un tesoro en el rastro. El plan es lanzarlo este domingo desde el Kennedy Space Center montado en un cohete SpaceX Falcon Heavy. Sobre el papel, es ciencia pura: entender la expansión del universo y cazar exoplanetas. Pero aquí viene el giro de guion que haría palidecer a cualquier guionista de Hollywood. Este observatorio de 4.300 millones de dólares no nació para mirar las estrellas, sino para mirar el jardín del vecino. Resulta que la National Reconnaissance Office, la agencia de espionaje que no suele decir dónde tiene la oficina, tenía un satélite cogiendo polvo en un hangar. Una pieza de ingeniería diseñada para 'espiar a los adversarios de Estados Unidos' en la paranoia post-11 de septiembre que, al final, se quedó sin proyecto. Así que, en un acto de generosidad corporativa digno de quien te regala el sofá viejo porque ya no cabe en el salón, se lo 'plonkearon' en la puerta del Goddard Space Flight Center. Literalmente: 'Oye, tenemos este aparato increíble, ¿por qué no lo apuntáis hacia arriba en lugar de hacia abajo?'. La NASA tuvo que hacerle un 'lavado de cara' tecnológico, añadiendo cámaras infrarrojas y ajustándolo para que aguante el viaje hasta el Punto de Lagrange 2, a un millón de millas de casa. Lo irónico es que, mientras el gobierno de Trump intentó cargarle el muerto al proyecto desde 2017, el telescopio llega adelantado y sin pasarse el presupuesto, una anomalía casi mística en la administración pública. Según Julie McEnery, lo que al Hubble le llevaría un siglo observar en nuestra galaxia, el Roman lo hará en un mes. Pasar de espiar ejércitos a espiar el cosmos es, probablemente, el reciclaje más caro y brillante de la historia.
Hay cosas que, sencillamente, no deberían volar. El Super Guppy es una de ellas. Con la estética de una ballena que ha abusado del buffet libre, este engendro nacido el 31 de agosto de 1965 rompió todas las leyes de la elegancia aeronáutica para resolver un problema muy terrenal: mover piezas de cohetes que no cabían ni en el sueño más optimista de un transportista. Aero Spacelines cogió un Boeing B-377 Stratocruiser y lo deformó hasta convertirlo en un contenedor con alas, una especie de mudanza voladora con una bodega de 7,6 x 7,6 x 33,8 metros. Imaginen intentar meter un sofá en un coche pequeño; pues bien, la NASA decidió que lo más inteligente era hacer que el coche tuviera la nariz abatible para que el sofá —en este caso, etapas de cohetes del programa Apollo— entrara deslizándose sin rascar la pintura. Cargar más de 26 toneladas es una cifra que suena a estadística fría, pero en la calle significa que el bicho podía tragarse un jet supersónico T-38 entero como quien se come un aperitivo. El modelo original se jubiló en 1991 y ahora descansa en el Pima Air Museum de Tucson, Arizona, probablemente aliviado de no tener que luchar contra la gravedad. Sin embargo, la NASA sigue aferrada a versiones modernas para mover el programa Artemis, cargando cápsulas Orion y escudos térmicos que cuestan más que el PIB de algunos municipios. La ironía final es que, mientras planeaban lucirse en el EAA AirVenture Oshkosh 2026, una tormenta le ha dado un correctivo al avión actual, que ahora está en el taller. No sabemos si llegará a la expo Max Power del 7 y 8 de noviembre, pero nos recuerda que, aunque seas un gigante del espacio, una nube malhumorada te puede dejar en tierra.
En un mundo donde los fabricantes diseñan gadgets con la fecha de caducidad grabada en el alma, Sennheiser ha decidido jugar al rebelde. Mientras que la mayoría de los auriculares inalámbricos son básicamente consumibles caros —como ese aguacate que compras hoy y mañana ya es mermelada—, los nuevos MOMENTUM True Wireless 5 llegan con una propuesta que roza la herejía corporativa: baterías reemplazables por el usuario. Sí, han incluido una herramienta para que no tengas que tirar el aparato a la basura cuando la batería decida jubilarse, evitando ese 'sablazo' recurrente de comprar un modelo nuevo cada dos años. Pero claro, la ecología tiene un precio de etiqueta: 299,95 dólares. Por ese monto, te llevas un diseño basado en miles de modelos de orejas (para que no sientas que tienes dos piedras en el cráneo) y un transductor dinámico TrueResponse de 7mm heredado de equipos mucho más caros. En el papel, es una bestia: Bluetooth 6.0, Snapdragon Sound y una respuesta de frecuencia de 5 Hz a 21 kHz que puedes retocar en la app Smart Control Plus si quieres que suenen como los HDB 630. Para los que viven en el caos, han metido ocho sensores (seis micros y dos acelerómetros de conducción ósea) y certificación IP54. Prometen aislar el ruido del metro y el viento mediante IA, mientras que el estuche con carga Qi extiende la autonomía a 40 horas totales (12 horas sin ANC o 6 con él activado). Disponibles el 3 de septiembre en colores como Denim o Lavender, estos auriculares intentan convencernos de que el lujo no tiene por qué ser desechable, aunque el precio siga siendo un lujo en sí mismo.
Hay algo profundamente poético, en el sentido más macabro de la palabra, en que alguien decida pasar 11 horas repartiendo sarampiones en Universal Studios Hollywood. Mientras el resto de los mortales pagan una fortuna por entrar a un parque temático para huir de la realidad, este personaje decidió convertir el 26 de julio, de 10:00 a 21:00, en una experiencia inmersiva de salud pública. No hubo necesidad de efectos especiales; el virus, que flota en el aire como el olor a palomitas, hizo todo el trabajo sucio. Estamos viviendo un revival sanitario digno de los años 60. Los datos son un puñetazo en la mesa: Estados Unidos ya suma 2,465 infecciones confirmadas este año, superando los 2,289 casos totales de 2025. Es una cifra que no cuadra en una potencia mundial, pero encaja perfectamente en un ecosistema donde la desinformación se vende como libertad. Incluso Robert F Kennedy Jr., el capitán general de los escépticos, tuvo que salir al paso la semana pasada para pedir que vacunen a los niños. Es como si el incendio hubiera consumido ya toda la casa y el pirómano sugiriera usar un extintor. La hipocresía es el combustible de este desastre. Tenemos una vacuna (la MMR) con una efectividad del 97% tras dos dosis, pero preferimos jugar a la ruleta rusa biológica. El CDC reporta 38 brotes nuevos en 2026 repartidos por 47 estados. En California, la situación ha sido un festival de brotes localizados. Mientras el Departamento de Salud del Condado de Los Ángeles pide vigilar síntomas hasta el 16 de agosto, la realidad es que uno de cada cinco no vacunados acaba en el hospital. No es una atracción del parque, es el precio de ignorar la ciencia por seguir un hilo de Twitter.
Hay gente que nace con el don de caer bien hasta al que odia el sol, y luego está Mark Zuckerberg. La reciente partida de Dolly Parton ha dejado al descubierto una verdad estadística demoledora: mientras la reina del country era el pegamento social que unía a un Estados Unidos fracturado, el CEO de Meta es el único punto de acuerdo entre demócratas y republicanos, y ese acuerdo es que no lo soporta nadie. Los datos del UMass Lowell Center for Public Opinion son un baño de realidad. Dolly Parton nadaba en el cariño general con un 78% de favorabilidad entre demócratas y un 73% entre republicanos. Era el abrazo cálido que todos querían. Zuckerberg, en cambio, es el frío servidor de datos que nadie quiere reiniciar. Su popularidad es un chiste: un 8% entre demócratas y un 13% entre republicanos. Para que se entienda el nivel de rechazo, hay más republicanos que sientan simpatía por Barack Obama (14%) que por el dueño de Facebook. Es un logro casi artístico ser menos querido que Obama en el bando rojo. El problema es que Mark no tiene el carisma de un Musk ni la bondad de una Parton; tiene el aura de un algoritmo mal programado. Mientras Meta se hunde en escándalos que parecen sacados de una distopía —desde la cosecha de datos de Cambridge Analytica hasta el pago a neonazis para generar contenido—, Zuckerberg sigue quemando miles de millones en una IA que nadie ha pedido, tratando a sus empleados como ganado en un corral digital. Al final, los datos lo sitúan en un pedestal de soledad muy selecto: solo Vladimir Putin, con sus ridículos 2% y 6% de favorabilidad, es capaz de competir en el concurso de quién es el hombre más odiado del planeta. Zuckerberg no es un líder, es el villano de una película que nadie quiere ver.
Viajar por España se ha convertido en una especie de rally extremo donde el premio no es un trofeo, sino llegar vivo a casa. Mientras el discurso oficial nos vende una infraestructura de vanguardia, la realidad es que nuestras carreteras parecen el escenario de una película post-apocalíptica. El último estudio de la Asociación Española de Carreteras de julio de 2025 es un jarro de agua fría: de los 160.000 kilómetros de red nacional, unos 54.000 están en estado lamentable o deficiente. Es decir, un tercio del asfalto es, básicamente, una trampa para ratones con ruedas. Lo más delirante es que 34.000 kilómetros necesitan una intervención urgente para que conducir no sea un deporte de riesgo. Según el informe, no estábamos tan mal desde los años 80; hemos tardado cuatro décadas en volver a la era de los baches prehistóricos. Un guardia civil de tráfico, que ve el desastre cada día, confiesa en petit comité que este año el mantenimiento ha desaparecido. Si antes había operarios parcheando socavones, ahora hay un silencio sepulcral. Es como si el presupuesto para el asfalto se hubiera esfumado en una gestión creativa de fondos. La hipocresía alcanza su pico cuando vemos que el Estado posee solo el 50% de las vías, pero por ellas circula el 70% del tráfico. El resultado es una lotería rusa: o te tragas un bache que te deja la suspensión en el arcén, o das un volantazo para esquivarlo y acabas saludando al conductor del carril contrario. Para rematar, las barredoras han pasado a ser leyendas urbanas; la vegetación crece tanto que ya no solo tapa las señales, sino que ha provocado incendios, como el de San Martín de Valdeiglesias. Básicamente, estamos pagando peajes y tributos para conducir por senderos que darían envidia a un camino de cabras.
Hacer geopolítica con el Estrecho de Gibraltar es como intentar montar un mueble de IKEA sin instrucciones: alguien acaba rompiendo algo y el resultado nunca es el que prometía el catálogo. Rabat ha vuelto a sacar el libro de jugadas y la estrategia es tan vieja como el polvo de las alfombras de Marrakech. Primero, te lanzan un 'sablazo' migratorio —80.000 personas entrando en Ceuta en dos días— para recordarte que el grifo lo llevan ellos. Luego, con la tranquilidad de quien sabe que tiene la sartén por el mango, te venden la 'prosperidad compartida'. Suena a folleto turístico, pero en lenguaje de calle significa: 'te ayudo con la factura de la luz a cambio de que me des las llaves de la casa'. Mohamed VI no es un novato; solo está reciclando el 'pack premium' que su padre, Hassan II, intentó encasquetar a Felipe González en 1987. Aquella 'célula de reflexión' era el eufemismo perfecto para una transferencia de soberanía sin ruido. González dijo que no, Aznar en 1997 y 1998 también cerró la persiana advirtiendo que una vía militar sería una 'guerra perdida', pero el tiempo es un animal traicionero. Ahora, con el apoyo de Estados Unidos e Israel y el reciente acuerdo sobre el Peñón con el Reino Unido, Rabat juega a la 'soberanía compartida'. Es la técnica del goteo: primero el codesarrollo, luego un estatus especial tipo Andorra y, finalmente, que Ceuta y Melilla pasen a ser provincias del sur. Mientras Margarita Robles comparece en el Congreso y el PSOE mantiene un silencio sepulcral sobre el fondo del asunto, hay analistas como Fernando Cucho Pérez que ya ven el calendario marcado para 2030-2032. Básicamente, nos están proponiendo un alquiler con opción a compra donde nosotros ponemos el depósito y ellos se quedan la propiedad.
El arte de hacer negocios mientras el barrio arde. Así es como Junts ha decidido jugar sus cartas en la crisis de Ceuta. Mientras el ciudadano medio intenta que la factura de la luz no parezca un atraco a mano armada, en los despachos de Madrid y Barcelona se reparten el mapa como si fuera una pizza. Miriam Nogueras, la voz de Puigdemont en el Congreso, ha desempolvado una promesa verbal de Pedro Sánchez: el traspaso de la política de inmigración y el control de fronteras a la Generalitat. Un regalo envuelto en papel de seda que Sánchez ya había aceptado, pero que se quedó en el limbo porque Podemos, en un arranque de pureza moral, lo tachó de racista. La hipocresía es el combustible de esta maquinaria. Junts, que históricamente ha mirado con buenos ojos que Marruecos se quede con Ceuta y Melilla, ahora se pone el traje de 'vigilante de la frontera' para no perder votos frente a Silvia Orriols y su Aliança Catalana. Es el clásico movimiento de quien quiere comer el pastel y quedarse con la receta: piden el control migratorio para decir que no quieren recibir a ningún menor de Ceuta, aunque Salvador Illa, desde la Generalitat, pase de ellos y siga abriendo las puertas. El contraste es sangrante. Mientras Canarias soporta el peso real con 5.800 menores no acompañados, Andalucía con 2.600, Madrid con 2.400 y Cataluña con 2.200, los políticos discuten si el preámbulo de una ley es lo suficientemente 'progresista' para que Belarra y Podemos den el visto bueno. Al final, la seguridad es el tabú que Junts intenta colar en el BOE, mientras el Gobierno de Sánchez hace malabares mediáticos para que nadie llame racista a sus socios, reservando ese adjetivo exclusivamente para el PP o Vox. Una ingeniería financiera de votos donde la moneda de cambio es la frontera.
Gestionar la seguridad nacional en Ceuta se ha convertido en un ejercicio de optimismo ciego que roza la negligencia. Mientras el ciudadano medio se pelea con el banco por una comisión de cinco euros, el Gobierno ha decidido que dejar a miles de personas acampadas junto a las arterias vitales de la ciudad es un 'riesgo asumible'. Estamos hablando de un espacio de apenas 20 kilómetros cuadrados donde la desalinizadora de Playa Benítez y los embalses del Infierno y el Renegado —el grifo que da de beber a 83.000 ceutíes— conviven en un abrazo incómodo con asentamientos improvisados. La teoría del 'no pasará nada' dinamitó su credibilidad el jueves pasado. En Benzú, entre 30 y 40 personas organizaron una emboscada a un vehículo del Ejército; piedras grandes, cuatro militares heridos y un resultado judicial rápido: doce detenidos, once de ellos condenados a dos años de prisión (canjeados por la expulsión y prohibición de entrada por cinco años). Al día siguiente, otro ataque contra una patrulla militar dejó a un sargento herido. Dieciséis detenidos en dos días. No es una coincidencia, es una señal de humo que el Ministerio de Defensa parece ignorar. Lo verdaderamente surrealista es que el mapa de riesgos parece dibujado por alguien que no sabe leer un plano. Tenemos depósitos de combustible de ATLAS S.A.-CEPSA y el Polvorín El Renegado justo ahí, en el epicentro del caos. La ministra Mónica García confesó el sábado que es 'imposible filiar a la gente' en la playa. Traducción: no sabemos quién está ahí ni qué quiere. Si el Estado no puede ponerle nombre y apellidos a quienes duermen junto a la infraestructura crítica, ¿cómo puede decir que el perímetro está seguro? Margarita Robles presumía de los datos del CNI sobre la movilización previa, pero parece que el Centro de Seguridad Nacional olvidó que un polvorín y una crisis migratoria no son buenos vecinos.
Hay gente que juega al Monopoly para pasar la tarde; Mohamed VI juega con el tablero real de Marruecos. No es solo que sea el jefe político y religioso, es que es el dueño del chiringuito. A través de Al Mada —el holding que hasta 2018 se llamaba SNI y que es básicamente la hucha de la familia—, el monarca controla el 60% de un entramado que gestiona 17.500 millones de dólares en empresas cotizadas. Mientras el ciudadano medio cuenta los céntimos para llegar a fin de mes, la casa real se pasea por sectores que van desde la banca con Attijariwafa hasta el cemento con Holcim Maroc. La herencia del padre, Hassán II, no fueron solo coronas, sino un instinto depredador que empezó en los 80 y se consolidó en 1994 con los supermercados Marjane. Recientemente, el imperio ha decidido que el chocolate es un buen negocio, soltando 450 millones de euros en 2024 para que Teralys se compre la italiana Nutkao. Pero lo más curioso es la 'tasa real' sobre la fruta: gracias a la CVVP, el monarca saca entre 7 y 45 euros por cada árbol de mandarinas Nadorcott plantado en España. Literalmente, cada vez que compras una mandarina, puede que estés pagando el mantenimiento de alguno de sus 17 palacios, cuyos lujos financian los Presupuestos marroquíes aunque la propiedad sea privada. Todo esto ocurre bajo el manto del Majzén, esa oligarquía donde, si quieres hacer negocios grandes, tienes que dejar una silla vacía para la familia real. Con una fortuna que Forbes situaba en 5.700 millones en 2015 y que hoy roza los 7.000 millones, Mohamed VI no es un rey con negocios; es un CEO con corona que ha convertido el estado en su propia sociedad limitada.
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Adolfo Sáez