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La industria del running ha entrado en una fase de delirio tecnológico donde ya no basta con que el zapato sea cómodo; ahora tiene que ser una obra de ingeniería aeroespacial para que no te sientas un saco de patatas en el kilómetro 40. On ha decidido entrar en la pelea con el Cloudboom Strike 2, lanzando al mercado el 30 de julio dos versiones que parecen sacadas de una película de ciencia ficción. Mientras nosotros seguimos peleando con los cordones que se desatan en el semáforo, la marca ha puesto a un robot a 'pintar' el zapato. Sí, un brazo mecánico dispara 1,5 kilómetros de filamento para crear una piel sin costuras ni cordones. El resultado es el LightSpray Cloudboom Strike 2, una joya de 158 gramos que cuesta 310 dólares. Básicamente, te están cobrando la eficiencia de un robot para que no tengas que hacer el nudo de los zapatos. Por debajo, el espectáculo sigue con el CloudTec Sphere, una geometría de canales huecos diseñada para que tus piernas no se sientan como troncos al final de la maratón. Han metido una espuma Helion HF un 15% más ligera que la anterior y una placa de carbono Speedboard que promete catapultarte hacia adelante. Los datos son tentadores: Hellen Obiri recortó 1 minuto y 48 segundos en Londres, y Joe Klecker bajó su marca en Boston por 4 minutos y 41 segundos. Para el mortal que no busca el récord mundial, existe la versión estándar por 250 dólares, situándose justo en el ojo del huracán frente a los 285 dólares de las Nike Alphafly 3. Al final, On nos vende la 'ventaja de piernas frescas', un concepto romántico para decir que habrán gastado millones en Zúrich y Busan para que tú corras un pelín más rápido que el vecino.
Entrar hoy en TikTok es como caminar por un mercadillo de imitación donde te intentan colar relojes de plástico como si fueran Rolex. La plataforma ha sido colonizada por el 'AI slop', esa papilla digital de baja calidad que se traga la pantalla. Según la empresa de edición Kapwing, basada en San Francisco, casi el 60% de los vídeos que recibe un usuario nuevo en su página 'Para Ti' es pura basura generativa. Para que nos entendamos: es el triple de lo que encuentras en YouTube. Es un sablazo a la calidad creativa. Lo verdaderamente ruin es dónde han puesto el foco. El sector de los niños es el más castigado. Bajo el hashtag #cartoonkids, Kapwing analizó 100 vídeos y solo tres fueron hechos por humanos. El resto es un puré algorítmico que los expertos advierten que podría fundir el cerebro de los más pequeños mientras crecen. Es como alimentar a un bebé con cartón pintado en lugar de leche. La hipocresía corporativa es la guinda del pastel. Jade Nester, directora europea de políticas públicas de TikTok, soltó en noviembre que darían el 'poder' al usuario de ajustar la cantidad de IA en su feed. Una solución de manual: te venden el problema y luego te dicen que tú mismo pongas el filtro, mientras el algoritmo, si detecta que te gusta el ruido, te bombardea el doble. Mientras tanto, Meta ha convertido Facebook e Instagram en un cementerio digital donde conviven gatos humanoides en picadoras de carne con niños sin brazos. Hasta Hany Farid, el gurú mundial de los deepfakes, admite que ya no confía en sus ojos. Estamos pagando la factura de una tecnología que prioriza el volumen sobre la verdad, convirtiendo la red en un vertedero de píxeles sin alma.
La vida es un examen sorpresa y Sandy acaba de suspender la asignatura de 'Equilibrio 101'. El domingo pasado, exactamente a las 11:24 am PDT, la naturaleza decidió que el entrenamiento de vuelo de las crías de Jackie y Shadow no podía esperar a que el manual de instrucciones estuviera completo. En un despliegue de torpeza digno de un vídeo de risas de internet, Luna intentó saltar sobre su hermana para volver al nido, convirtiendo el 'porche' de la familia en una pista de patinaje. El resultado fue un efecto dominó: Sandy perdió el equilibrio y se lanzó al vacío, aterrizando en las ramas bajas del árbol antes de terminar en un árbol vecino. Para quienes creen que la naturaleza es un documental pausado de la BBC, esto fue más bien un aterrizaje forzoso sin licencia. Sandy tiene 12 semanas, nacida a principios de abril, y aunque técnicamente entra en la ventana de vuelo (que suele ocurrir entre las 10 y 14 semanas), le faltaba el 'kilometraje' de aleteos necesarios para no parecer un trapo al viento. Los Friends of Big Bear Valley (FOBBV), que gestionan la cámara 24/7, captaron los 'chillidos' de la pequeña, que básicamente estaba pidiendo explicaciones por el cambio brusco de domicilio. Ahora, Jackie y Shadow han pasado de ser padres protectores a ser agentes de seguridad privada, siguiendo a la fugitiva para alimentarla. Mientras los operadores de cámara juegan al escondite tecnológico para localizarla, la FOBBV ha pedido a los curiosos que no se acerquen. Básicamente, que no conviertan la tragedia accidental de Sandy en un safari de aficionados. Al final, Sandy ha tenido que aprender a volar a base de un empujón fraternal, la versión animal de que te lancen a la piscina sin saber nadar.
Hacer la buena obra es, hoy en día, el camino más rápido hacia el calvario judicial. Paul Powlesland, un abogado ambiental que cometió el pecado capital de tener iniciativa, ha descubierto que en el Reino Unido limpiar la naturaleza sin un sello oficial es casi tan grave como contaminarla. Junto a su grupo, el River Roding Trust, Powlesland se dedicó durante diez días a sacar 200 bolsas de basura y detritos orgánicos del Alders Brook, un afluente al noreste de Londres. ¿El resultado? No una medalla, sino una carta fría de la Environmental Agency notificándole que está bajo investigación por delitos de permisos y residuos. La burocracia británica, con esa elegancia tan suya para ignorar lo evidente, se escuda en las Environmental Permitting (England and Wales) Regulations 2016. Dicen que el dragado fue tan 'significativo' que podría suponer un riesgo de inundación. Es la paradoja perfecta: mientras la Agencia ignora que Thames Water vierte miles de millones de litros de aguas residuales en el Roding como quien tira un cubo de agua al patio, se pone el traje de gala para perseguir a un voluntario. Powlesland podría enfrentarse a dos años de prisión. Dos años de celda por limpiar el desastre que el Estado decidió ignorar durante décadas. Mientras la fauna regresa al río y el agua vuelve a respirar, la maquinaria administrativa se encarga de que el mensaje quede claro: si quieres salvar el planeta, primero rellena trescientos formularios y espera a que la empresa concesionaria termine de contaminarlo todo. Es la ingeniería del absurdo llevada al límite.
Antes de que George Lucas nos vendiera la moto de una galaxia muy lejana, MGM ya nos había servido un banquete de distopía con purpurina y sintetizadores. 'Logan's Run', estrenada el 23 de junio de 1976, es esa joya que hoy cumple 50 años y que nos recuerda que el paraíso, cuando es demasiado blanco y brillante, suele ser una trampa para ratones. Imaginen un mundo donde llegar a los 30 años es como que te venza la tarjeta de crédito: te quedas fuera del sistema. La trama es un ejercicio de hipocresía estatal: el 'Carrusel' se vende como una reencarnación mística, pero en realidad es una limpieza de inventario humana. Michael York, en la piel de Logan 5, trabajaba como un 'Sandman', básicamente un cobrador del fracaso encargado de liquidar a los que no aceptaban su fecha de caducidad. Junto a él, el implacable Francis 7 (Richard Jordan) y la magnética Jessica 6 (Jenny Agutter) se movían por una ciudad de cúpulas que hoy nos parecería el lobby de un hotel caro en Las Vegas. En el reparto no faltaron los adornos, con Farrah Fawcett-Majors aportando el glamour en el 'New You Shop', mientras que el robot Box, interpretado por Roscoe Lee Brown, ponía la nota de terror gélido. El despliegue técnico fue un sablazo de presupuesto: 9 millones de dólares invertidos que se tradujeron en 25 millones en taquilla doméstica. No fue solo dinero; fue vanguardia pura. Fue la primera película en lucir el Dolby Stereo en copias de 70mm y se llevó un Oscar por sus efectos visuales. Basada en la novela de William F. Nolan de 1967 y dirigida por Michael Anderson, la cinta utilizó escenarios reales como el Hyatt Regency de Houston para fingir el futuro. Hoy, mientras los rumores de un remake con Ryan Gosling siguen más estancados que el tráfico en hora punta, nos queda la nostalgia de una era donde la ciencia ficción no necesitaba CGI para darnos miedo.
Hablemos claro: el mercado de los chatbots es como un patio de colegio donde todos quieren ser el capitán. Mientras ChatGPT y Gemini se pelean por quién dibuja mejor un gatito espacial, Claude, el hijo bien educado de Anthropic, ha decidido que su camino es el de la eficiencia ejecutiva. No te dará imágenes surrealistas, pero te organiza la vida mientras tú te tomas un café. Para los que no quieren soltar la pasta, Claude es gratis, pero si tienes 20 dólares al mes —lo que hoy en día es básicamente el precio de tres hamburguesas decentes— desbloqueas el 'Research mode'. Con este interruptor, la IA deja de improvisar y se va a hacer una inmersión profunda en la red, devolviéndote un documento formateado con fuentes reales para que no tengas que jugar al detective. Lo más juguetón son los 'conectores'. Puedes enchufar a Claude a tu Gmail para que limpie el caos de tu bandeja de entrada o a Spotify para que te monte una playlist sin que tengas que pensar. Y si estás en la calle, la app móvil (disponible en iOS y Android, además de Windows y macOS) tiene un modo cámara que te explica qué es esa planta rara o qué demonios dice el menú en un idioma que no hablas. Pero el verdadero 'truco de magia' es su capacidad de exportación. Claude no se limita a soltar texto en la pantalla; te escupe archivos en PDF, Word, Excel o PowerPoint. Es el becario perfecto: redacta la carta al director del colegio de tus hijos y te la deja lista en PDF para imprimir. Todo esto mientras puedes hablarle mediante el 'Voice Mode' si vas conduciendo y no quieres estrellarte contra un muro por intentar escribir un prompt.
Hablemos claro: comprar una parrilla Weber es como comprar un coche alemán; sabes que te va a durar una década, pero te duele el bolsillo al mirar la etiqueta. Ahora, con la excusa del Día del Padre, la marca ha decidido abrir el grifo de los descuentos en 65 productos, aunque algunos 'recortes' parecen más un redondeo de propina que una verdadera ganga. Si buscas entrar en el club sin hipotecar la casa, el Spirit E-210 es la puerta de entrada a 399 dólares (antes 449). Es el típico equipo para una familia de cuatro que no quiere cambiar de grill cada dos veranos porque el anterior se deshizo como un azucarillo. Para los que prefieren el 'low and slow', el Searwood 600 ha bajado a 899 dólares, permitiéndote vigilar la carne desde el sofá gracias a su app, la máxima expresión de la pereza tecnológica moderna. El verdadero sablazo —en el buen sentido— está en el Spirit SX-315 Smart Grill de gas natural, que con un 20% de descuento cae a 695,20 dólares. Es la rebaja más agresiva del evento, mientras que la línea Genesis se conforma con un descuento plano de 100 dólares, dejando modelos como el S-315 en 899 dólares para propano. ¿Y para los que aman el acero? Las planchas Slate, esas que prometen no oxidarse aunque vivas en la costa, tienen un descuento estándar de 50 dólares. La de 30 pulgadas se queda en 649 dólares. Si tu presupuesto es el de una cena decente, puedes ir a por los accesorios: guantes premium a 38,99 dólares o el set de precisión a 34,99 dólares. Incluso las bolsas de pellets de 20 libras han bajado 5 dólares, quedando en 14,99 dólares. Es la oportunidad perfecta para fingir que eres un experto parrillero mientras el banco procesa el cargo.
Hay amores que son como intentar pagar una cena de lujo con cupones caducados: mucha voluntad, pero el resultado es ridículo. 'Superman Returns', que cumple 20 años este fin de semana, es exactamente eso. Bryan Singer decidió que la mejor forma de innovar era no innovar nada, convirtiendo la película en una carta de amor tan empalagosa que casi requiere insulina. El director se obsesionó tanto con el legado de Richard Donner y su cinta de 1978 que prohibió tocar una sola nota de la música de John Williams; John Ottman quiso retocar un flautín y Singer básicamente le puso el freno de mano. La película es un Frankenstein narrativo. Pretende ser una secuela de 'Superman II', ignorando que 'Superman III' y 'Superman IV' existieron (un movimiento tan común en Hollywood como borrar la deuda de la tarjeta de crédito fingiendo amnesia). Nos venden que han pasado cinco años, pero la acción salta de 1985 a 2006 sin despeinarse. Mientras tanto, DC intentaba desesperadamente dejar de sangrar después de los desastres de 'Batman & Robin' (1997) y 'Catwoman' (2004), viendo cómo Marvel se llevaba todo el pastel con 'X-Men' y 'Spider-Man'. El resultado fue un híbrido extraño: Brandon Routh hace un Superman melancólico que parece que acaba de perder el perro, y Kevin Spacey interpreta a un Lex Luthor que se cree el dueño de la inmobiliaria más malvada del mundo. La cinta recaudó 391 millones de dólares, quedando novena en el ranking del año, por detrás de 'The Da Vinci Code' y hasta de 'X-Men: The Last Stand'. Warner Bros miró la cifra, comparó el esfuerzo con la rentabilidad y decidió que no había presupuesto para más nostalgia. Al final, nos quedó una historia donde un niño lanza un piano y Lois Lane es rescatada por un fax. Muy 2006, efectivamente.
Resulta que las paredes de las cuevas son el primer disco duro de la humanidad, y no precisamente uno de estado sólido. Durante el proyecto First Art, entre 2022 y 2025, un equipo de científicos se puso a rascar 11 cuevas entre España y Portugal, buscando rastros de pintura roja y calcita. Lo que encontraron no fue solo arte, sino la firma genética de quienes, hace miles de años, decidieron que dejar un punto o un triángulo en la roca era el mejor 'post' de su época. La sorpresa llegó en la Cueva de Escoural, en Portugal, donde un dibujo parecido a un punto y coma guardaba ADN humano. Sí, el primer 'estornudo' prehistórico documentado o quizá la huella de un artista que no sabía que su rastro duraría más que cualquier hipoteca actual. Alba Bossoms Mesa, del Instituto Max Planck, admite con una honestidad refrescante que no saben si el ADN es del artista o de alguien que simplemente pasó por allí y tuvo un ataque de alergia. Lo fascinante es que el ADN no estaba mezclado con restos de animales, como suele pasar en el suelo, sino que era puramente humano. De cuatro muestras, tres eran mujeres y una era hombre, pertenecientes a los cazadores-recolectores occidentales de hace 17.000 a 5.200 años. Mientras nosotros peleamos por el Wi-Fi, estos tipos dejaron su código genético en la piedra. Aunque la tasa de éxito es bajísima —solo un panel de 24 dio positivo—, la posibilidad de saber si los Neandertales eran los verdaderos picassos de la Edad de Piedra en cuevas como Nerja o Ardales tiene a Hipólito Collado Giraldo y a Genevieve von Petzinger emocionados. Básicamente, han descubierto que no hace falta cavar hoyos destructivos para leer la historia; basta con que el artista prehistórico haya tenido la mala costumbre de escupir la pintura o tocar la pared.
Imagínate que pasas décadas estudiando la partitura de una ópera compleja solo para que llegue un chaval con un botón mágico y la toque perfecta sin saber leer música. Eso es exactamente lo que está pasando en el Olimpo de las matemáticas. Adrià Voltà, un tipo con una formación en física que se quedó en el camino, decidió jugar al casino de los teoremas usando GPT 5.5 Pro. ¿El resultado? Un recordatorio de que, aunque la IA puede escupir fórmulas que parecen escritas por Dios, si no tienes la brújula adecuada, acabas celebrando que has descubierto que el agua moja. La cosa ha pasado de ser una curiosidad a un pánico existencial. En abril, en una reunión secreta en San Francisco (con puerta rosa y timbre de video, muy estilo startup de garaje), los cerebros de Stanford, Toronto y Berkeley se miraban las caras con un miedo real. ¿Para qué quemarse las pestañas en un doctorado si AlphaProof de Google DeepMind ya se saca unas medallas de plata y oro en la Olimpiada Matemática Internacional (IMO) como si fueran caramelos? En julio de 2024, AlphaProof resolvió cuatro de seis problemas del IMO; un año después, OpenAI ya estaba jugando en la liga del oro. Lo más delirante es que aficionados como Kevin Barreto y Liam Price están limpiando la lista de problemas de Paul Erdős usando GPT 5.2 Pro. No es ciencia, es domesticación: hay que decirle a la IA "no te rindas" o "está fácil", como quien intenta convencer a un niño malhumorado para que recoja sus juguetes. Mientras tanto, figuras como Terence Tao sugieren que pasaremos de la "escasez de pruebas" a la abundancia, donde el trabajo del matemático ya no será encontrar la respuesta, sino intentar entender el jeroglífico que la máquina ha soltado. Desde resolver la conjetura de la distancia unitaria plana hace 80 años hasta el problema Erdős 1196, la IA ya no pide permiso para entrar en el laboratorio.
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Cristian Sanz