Crítica:
La noticia original brilla por su ausencia: en su lugar, un críptico error de acceso. ¿Censura o error técnico? National Geographic debería aclarar.
La noticia original brilla por su ausencia: en su lugar, un críptico error de acceso. ¿Censura o error técnico? National Geographic debería aclarar.
Un equipo de investigadores liderado por la Universidad Estatal de Colorado ha descubierto los secretos detrás de la resistencia de algunos árboles a sequías prolongadas. Durante cinco años, estudiaron cuatro bosques tropicales en Panamá, simulando condiciones de sequía extrema al reducir hasta un 70% el agua que llega al suelo. Los resultados mostraron que los árboles ajustan su sistema radicular, reduciendo la producción de raíces finas en la superficie y enviándolas hacia capas más profundas donde la humedad es mayor. Además, se observó un aumento en la colonización por hongos micorrízicos en las raíces restantes, lo que facilita la captación de agua y nutrientes. Aunque estos ajustes ayudan a los árboles a sobrevivir, los científicos advierten que se trata de una solución temporal y que la pérdida de biomasa radicular superficial puede traducirse en menos carbono almacenado en el suelo a largo plazo. Los hallazgos sugieren que la capacidad de adaptación de los árboles depende de las condiciones previas del ecosistema y de las especies que lo componen.
La creencia de que el pelo y las uñas siguen creciendo después de la muerte es un mito que ha sido perpetuado por la cultura popular y la desinformación. En realidad, el crecimiento de estas estructuras depende de células vivas y riego sanguíneo, lo que cesa inmediatamente después de la muerte. La ilusión de crecimiento se debe a la deshidratación de la piel que rodea el pelo y las uñas, lo que hace que parezcan más largos o prominentes. Este fenómeno es explicado por la física básica y no tiene nada que ver con un 'último suspiro' de crecimiento celular. La ciencia lo desmiente con claridad: ni el pelo ni las uñas crecen después de morir.
Pensar recurrentemente en alguien del pasado es más común de lo que se admite. La psicología revela que esta tendencia puede estar relacionada con procesos emocionales y cognitivos profundos, como la memoria, la identidad y la gestión del tiempo. En un contexto de inmediatez, el recuerdo persistente puede parecer anómalo, pero estudios indican que no siempre es disfuncional. La nostalgia puede cumplir una función adaptativa, aportando sentido de continuidad y consuelo. Sin embargo, también puede ser señal de asuntos emocionales pendientes, como relaciones no acabadas o duelos no resueltos. La idealización del pasado y la memoria selectiva también juegan un papel importante. La clave está en diferenciar entre recordar y rumiar, ya que la rumiación puede generar malestar y afectar el bienestar psicológico. Según expertos, pensar ocasionalmente en alguien del pasado es normal, pero hacerlo de forma constante y con carga negativa puede requerir ayuda profesional.
Una franja marrón cruza el Atlántico tropical, desde África hasta el Caribe, alarmando a científicos por su impacto ambiental y económico. El fenómeno, conocido como el Gran Cinturón de Sargazo del Atlántico, ha alcanzado un máximo histórico de 38 millones de toneladas en mayo de 2025. El sargazo, una macroalga flotante, sirve de hábitat para organismos marinos en cantidades moderadas, pero su acumulación masiva genera problemas. Los expertos atribuyen su crecimiento a factores como el calentamiento del océano, el aporte de nutrientes y los patrones de vientos y corrientes. El impacto en las costas es significativo, afectando la biodiversidad y generando costes logísticos elevados para su retirada. Los científicos ven este fenómeno como un indicador de desequilibrio ecológico vinculado al cambio climático. Aunque no hay una solución inmediata, se proponen medidas como la vigilancia y anticipación, gestión en costa y prevención a medio plazo para minimizar daños.
Un estudio liderado por científicos españoles ha descubierto que los infartos de miocardio son menos letales cuando ocurren por la noche debido al comportamiento de los neutrófilos, un tipo de glóbulo blanco. Investigadores del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares han encontrado que el reloj biológico de estas células influye en la mortalidad de los infartos. Durante la noche, los neutrófilos reducen su agresividad y causan menos daño colateral al tejido cardíaco. El equipo ha desarrollado una estrategia farmacológica que imita este estado nocturno, logrando reducir el tamaño del infarto y mejorar la función cardíaca en modelos experimentales. Las enfermedades cardiovasculares son la primera causa de muerte global, con 17,9 millones de fallecimientos anuales. En España, la mortalidad intrahospitalaria por infarto ha caído del 15 al 5 por ciento en tres décadas gracias a mejoras en prevención y tratamiento. Sin embargo, el daño cardíaco durante el episodio sigue determinando la calidad de vida posterior. El estudio abre una vía prometedora para proteger el corazón sin debilitar las defensas naturales.
Durante décadas, la comunidad científica ha debatido si el ejercicio realmente ayuda a adelgazar o si el cuerpo simplemente compensa el esfuerzo físico reduciendo otros gastos energéticos. Un nuevo estudio publicado en la revista PNAS sugiere que el modelo aditivo es el que prevalece: cuanto más nos movemos, más calorías gastamos. Investigadores analizaron a personas con niveles de actividad muy distintos, desde quienes pasan la mayor parte del día sentados hasta corredores de ultramaratón. Usando mediciones precisas del gasto energético total y la actividad física, observaron que a mayor movimiento, mayor gasto energético, incluso al ajustar por masa corporal magra. No solo eso: no encontraron señales de compensación en biomarcadores de función inmunitaria, tiroidea y reproductiva. Los resultados sugieren que la actividad física se suma directamente al gasto total, contradiciendo la teoría del tope energético. Este hallazgo es crucial porque cambia la forma en que entendemos nuestro cuerpo y refuerza políticas de salud pública basadas en el movimiento cotidiano. En la práctica, esto significa que cada pequeño movimiento cuenta, desde caminar más hasta realizar tareas domésticas. No hace falta correr una maratón; incluso pequeñas dosis de actividad física aumentan de forma medible el gasto energético total. La evidencia actual demuestra que no hay trampa ni ahorro: cada paso y cada gesto suman energía gastada, salud y bienestar.
Es una imagen tan común como frustrante en cualquier ciudad con inviernos crudos: montones de nieve apelmazada, relegados a los rincones de estacionamientos y aceras, que se niegan obstinadamente a desaparecer, incluso cuando el sol ya calienta con promesas de primavera. Se yerguen, sucios y orgullosos, auténticos monolitos de un invierno que se resiste a morir. Pero, ¿qué secreto guardan estas formaciones para desafiar el paso del tiempo y las temperaturas más benévolas? El misterio, como bien señala Boston.com, no reside en una simple capricho de la naturaleza, sino en una sofisticada combinación de fenómenos físicos. La clave inicial es la **energía latente de fusión**. No basta con que el termómetro suba; se necesita una cantidad considerable de energía para transformar el agua de su estado sólido a líquido. Es un proceso que demanda tiempo y un suministro constante de calor, no solo un ligero aumento ambiental. Piénselo como un cubo de hielo en la mano: no se funde al instante, aunque la piel esté templada. Así, cada copo en esos grandes montículos exige su cuota energética para ceder y convertirse en agua. El segundo gran factor, y quizás el más determinante, es el **grosor y la densidad de estas acumulaciones**. No estamos hablando de nieve recién caída y esponjosa. Estos montones son creaciones humanas, formadas por palas y máquinas que compactan la nieve sin piedad, apartándola de calles y pasos peatonales. Cuanto más material se apila, más denso y pesado se vuelve el conjunto. La capa superficial de nieve, al compactarse y mezclarse con la suciedad del entorno, se transforma en un aislante extraordinario. Protege las capas más profundas, las que están enterradas bajo la superficie, de cualquier intento de deshielo. Es como una fortaleza blanca que exige una energía formidable para ser penetrada y disuelta; un día soleado, por muy agradable que sea, no es suficiente para romper su resistencia. La terquedad de estas montañas de hielo llega a ser tal que las ciudades, a menudo, se ven obligadas a intervenir. Retiran estos estorbos de las zonas más transitadas para trasladarlos a estacionamientos vacíos o terrenos apartados, donde puedan derretirse sin interferir en la vida urbana. Una práctica costosa y que evidencia la magnitud del problema. Si usted no dispone de un camión quitanieves a mano, la mejor esperanza para acelerar la desaparición de estos feos recordatorios invernales reside en la lluvia. Un buen aguacero tiene la capacidad de perforar las capas superficiales de la nieve, empapándola. Y a medida que estos montones se humedecen, pierden su capacidad aislante, volviéndose más vulnerables al deshielo. Es la naturaleza misma quien, a veces, viene al rescate. El ejemplo más paradigmático de esta persistencia invernal es el enorme montículo de nieve que se formó en Boston tras el particularmente nevado invierno de 2015. Aquella mole blanca no desapareció hasta el mes de julio, convirtiéndose en una atracción (y una molestia) durante la mitad del año. La única nota positiva de tanta resistencia es, claro, la certeza de que su muñeco de nieve tiene grandes posibilidades de perdurar mucho más allá de las últimas nevadas. Una pequeña victoria para la diversión infantil frente a un fenómeno científico de proporciones colosales, actualizado para este 2025.
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