Cada 18 de febrero, Día Internacional del Síndrome de Asperger, surge la duda: ¿es diferente del autismo? La ciencia ha ido borrando esa frontera y ha descubierto una realidad más compleja de lo que parece. El término 'síndrome de Asperger' fue acuñado por el pediatra austríaco Hans Asperger en los años cuarenta para describir a niños con dificultades sociales, intereses intensos y lenguaje fluido.
Durante mucho tiempo, se interpretó como una categoría intermedia entre el autismo 'clásico' y otras condiciones. Sin embargo, con el tiempo, la ciencia ha avanzado hacia un entendimiento más unificado. En los manuales diagnósticos actuales, como el DSM-5 publicado en 2013, el síndrome de Asperger dejó de existir como diagnóstico separado y se integró en la categoría de 'trastorno del espectro autista' (TEA).
Esto significa que alguien que antes habría recibido el diagnóstico de Asperger se considera ahora dentro del espectro autista. La eliminación del diagnóstico de Asperger no fue arbitraria; se debió a la falta de una línea clara que separara Asperger del autismo. Los especialistas observaron que no había una definición clara y que los diagnósticos variaban según el profesional y la región.
La investigación mostró que las diferencias eran más de grado que de naturaleza. Por tanto, el modelo de espectro resultó más coherente. El espectro autista no es una línea recta simple, sino un mapa con múltiples dimensiones. Una persona puede necesitar poco apoyo en el lenguaje pero mucho en lo sensorial, o tener gran autonomía diaria pero sufrir agotamiento social.
Hablar de espectro es reconocer que el autismo no es una sola forma de ser, sino muchas combinaciones posibles. Aunque el diagnóstico de Asperger haya desaparecido, el término sigue vivo por razones identitarias y culturales. Muchas personas diagnosticadas antes de 2013 se identificaron con el término y lo sienten parte de su historia personal.
Además, se usó Asperger como una etiqueta menos estigmatizada que 'autismo'. Hoy existe un debate dentro de la comunidad sobre mantener o rechazar el término. Aunque Asperger y autismo no son diagnósticos separados, existen perfiles tradicionalmente asociados a Asperger, como el desarrollo temprano del lenguaje, intereses intensos y especializados, y dificultades sociales sutiles.
Sin embargo, estos rasgos no definen una condición distinta, sino variaciones dentro del espectro. No todos los autistas son Asperger; el espectro incluye perfiles muy diversos, desde personas con discapacidad intelectual asociada hasta aquellas con alta autonomía. El enfoque actual se centra en niveles de apoyo necesarios para cada persona, más que en etiquetas.
El autismo implica formas distintas de percepción, atención y procesamiento del mundo. La pregunta sobre Asperger y autismo revela una cuestión más profunda: la necesidad de hablar del autismo sin simplificarlo ni dividirlo en etiquetas rígidas.
Crítica:
El artículo aborda con solvencia la complejidad del trastorno del espectro autista, aunque podría profundizar más en las implicaciones sociales de la eliminación del diagnóstico de Asperger.
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