Sábado, la central nuclear de Almaraz entera su última carga de combustible. Cada 18 meses, el Reactor I ejecuta este ritual, y este sábado marcó la 31.ª recarga, con las esperadas 15 inversiones de mejora y 10 000 órdenes de trabajo. El calendario nuclear, que se proyecta cerrar en otoño de 2027 si el Gobierno no cambia, se convierte en un punto de inflexión.
La Junta de Propietarios, que ha solicitado prórroga hasta 2030, ya está en manos del Consejo de Seguridad Nuclear y del Ministerio de Transición Ecológica, que tendrá la última palabra. El comunicado oficial recalca que la planta cumple con la Revisión Periódica de Seguridad aprobada en 2020, vigente hasta 2030.
Además, cada año invierte 50 millones de euros en modernización, lo que, según los responsables, garantiza que la central pueda operar hasta los 80 años, es decir, hasta 2063. En ese sentido, la gemela norteamericana de North Anna en Virginia ya cuenta con licencia de 80 años. La recarga no sólo es una tarea técnica: moviliza a 1 200 trabajadores adicionales, la mayoría extremeños, y supone un revulsivo económico para la zona.
Entre las tareas, destaca la revisión general y el reacuñado completo del estado del alternador principal, asegurando la fiabilidad durante al menos 20 años más. Esta apuesta por la continuidad se presenta como una garantía de suministro eléctrico estable, sobre todo en contextos de incertidumbre. Sin embargo, la directora de Almaraz no oculta la presión fiscal: más del 75 % de sus costes variables proviene de impuestos, y la viabilidad económica se ve “seriamente comprometida”.
La unidad 2 se detuvo entre el 3 y el 17 marzo de 2026 por no resultar rentable en el mercado eléctrico, donde la alta generación y la fiscalidad elevada dificultan la entrada de las centrales nucleares. En un tono que recuerda la guerra de Irán, los propietarios argumentan que la continuidad de Almaraz es imprescindible para la seguridad de suministro, la reducción de emisiones de CO₂ y la autonomía energética de España y Europa.
La generación nuclear, según ellos, ofrece precios estables y más económicos que el gas, cuya volatilidad impulsa los precios. En definitiva, la última carga de combustible se convierte en un símbolo de resistencia frente a la incertidumbre política y económica, mientras el futuro de la planta pende de decisiones gubernamentales y de la voluntad de seguir invirtiendo en tecnología y seguridad.
Crítica:
El comunicado se convierte en un discurso de defensa sin datos de impacto real. La promesa de 20 años más se parece a un marketing de supervivencia.
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