Faecal transplant makes the brains of old mice act young again

Cerebros jóvenes gracias a trasplantes fecales

ciencia Una ilustración conceptual surrealista que combine un cerebro humano brillante y eléctrico fusionándose con una estructura orgánica de intestino, estilo arte digital moderno, colores neón sobre fondo oscuro, simbolizando la conexión eje intestino-cerebro, sin personas reales.

La ciencia acaba de confirmarnos que el camino hacia la eterna juventud —o al menos hacia un cerebro que no se oxide— pasa por el lugar más indigno posible: el colon. Un equipo liderado por Paola Tognini, de la Sant’Anna School de Pisa, ha descubierto que trasplantar la microbiota fecal de ratones jóvenes a ejemplares adultos de 4 meses devuelve a estos últimos una plasticidad cerebral que creíamos perdida tras la adolescencia.

Es, básicamente, como intentar actualizar el software de un ordenador viejo instalándole el sistema operativo de un modelo recién salido de la caja, pero usando desechos biológicos. El experimento no fue un paseo por el parque. Primero, sometieron a ratones de 21 días a un cóctel de antibióticos de amplio espectro durante 10 días, dinamitando su flora intestinal y aniquilando familias bacterianas como las Lachnospiraceae, esenciales para fabricar esos ácidos grasos que protegen las neuronas.

El resultado fue un desastre: los ratones perdieron la capacidad de adaptar su visión ante el cierre de un ojo, un fenómeno similar a la amblyopia o 'ojo vago', que normalmente solo se cura en la infancia. Al analizar el RNA, Tognini detectó que más de 1000 genes se volvieron locos, afectando la mielinización y la barrera hematoencefálica. La magia ocurrió al final.

Solo los ratones adultos que recibieron el 'regalito' fecal de los jóvenes recuperaron la plasticidad cerebral. Mientras nosotros seguimos gastando fortunas en cremas antiarrugas que no sirven para nada, la ciencia sugiere que el secreto podría estar en un trasplante de microbiota.

Eso sí, Parisa Gazerani (Oslo Metropolitan University) y Harriët Schellekens (University College Cork) nos bajan a la tierra: no corras a pedirle el almuerzo a un niño, porque el cerebro humano es mucho más complejo y nuestra dieta es un caos comparada con la de un roedor de laboratorio.

Crítica:

El texto es fascinante pero peca de optimismo prematuro al saltar de ratones a humanos. Ignora que la industria de los probióticos ya intenta vendernos esto sin rigor científico.

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