Crítica:
El texto original es una lista de curiosidades disfrazada de artículo. Le sobra ternura y le falta cuestionar por qué nos sorprende que un animal sea buen padre mientras la sociedad humana normaliza la ausencia paterna.
El texto original es una lista de curiosidades disfrazada de artículo. Le sobra ternura y le falta cuestionar por qué nos sorprende que un animal sea buen padre mientras la sociedad humana normaliza la ausencia paterna.
Hacer un viaje interplanetario no es barato, y la NASA sabe que no puede permitirse un 'viaje en blanco'. La sonda Psyche, que tiene como destino final una roca metálica llamada 16 Psyche en 2029, decidió aprovechar que pasaba por el barrio de Marte en mayo para hacer un 'stopover' gravitatorio. Es como cuando aprovechas un viaje de trabajo a Madrid para visitar a un primo en Guadalajara: no es el objetivo, pero ya que estás ahí, sacas el móvil y haces unas fotos. Mientras nosotros peleamos con la tarifa de luz, la Psyche utilizó la gravedad marciana para ganar impulso, un truco de billar cósmico para ahorrar combustible en su travesía de 2.200 millones de millas. No se fue con las manos vacías. A una distancia de 2.864 millas —lo que en tierra sería un salto entre ciudades, pero en el vacío es un roce peligroso—, la sonda desplegó sus cámaras para capturar cráteres y el casquete polar. Jim Bell, de la Arizona State University, presume de que el equipo funcionó 'brillantemente'. Claro, es fácil decir que todo va bien cuando tienes un presupuesto que haría palidecer a cualquier ayuntamiento de pueblo. Pero no todo fueron selfies espaciales. David Lawrence y su equipo pusieron a prueba el espectrómetro de neutrones y rayos gamma, buscando señales químicas como quien busca una oferta de 2x1 en el súper. También aprovecharon para fichar a las lunas Fobos y Deimos, preparando el terreno para buscar 'lunas diminutas' en el asteroide. Lindy Elkins-Tanton, de la UC Berkeley, admite con una honestidad refrescante que no esperaban 'grandes descubrimientos' porque Marte ya está más estudiado que un examen de selectividad, pero hey, los datos complementan la ciencia. Ahora, la Psyche sigue su camino, esperando que el sistema de propulsión solar eléctrica arranque este año sin que alguien haya dejado el coche mal aparcado en la órbita.
En un mundo donde dejar que un niño aprenda a nadar sin flotadores es motivo de demanda judicial, la naturaleza en el McMurdo Sound de la Antártida juega a otra liga. Mientras nosotros nos peleamos por el precio de la leche en el súper, una madre de foca Weddell (Leptonychotes weddellii) se pega un sablazo biológico digno de un atraco: pierde unos 136 kilos (300 libras) en menos de dos meses para que su cría no pase hambre. No es dieta, es ingeniería de supervivencia pura. La Dra. Kaitlin Allen, del Woods Hole Oceanographic Institution (WHOI), y su equipo no tuvieron el camino fácil. Olvidaos de los directos de Instagram; aquí la tecnología es lanzar una GoPro al vacío y rezar para que, al conectar el dispositivo al portátil, haya algo más que agua turbia. El resultado, capturado en 2015 bajo los permisos NMFS #19439 y ACA #2016-005, es una joya de la etología. Lo disruptivo no es que la foca nade, sino que la madre le da clases particulares. En la mayoría de los mamíferos marinos, el aprendizaje es un 'arréglatelas solo', pero aquí hay pedagogía. La madre espera en el agua, obligando al pequeño a aguantar la respiración y a localizar el agujero de aire entre el hielo grueso, usando los dientes para rascar la superficie y no resbalar como quien intenta subir una escalera con zapatos de aceite. El verdadero misterio, el que Allen está diseccionando, es el traspaso de hierro. La madre vacía sus reservas para que el cachorro pueda aguantar la respiración más de una hora. Si un humano hiciera esa transferencia de hierro, terminaría en urgencias con una anemia severa, pero para estas focas es el precio de la entrada para sobrevivir en el rincón más frío del planeta.
Hay gente que gasta sus fines de semana en el karaoke o puliendo el coche; Foxfeather Zenkova, en cambio, prefiere transformarse en lo que ella llama la 'Ugly Mom' (Madre Fea). No es un fetiche extraño ni una broma de mal gusto, sino una maniobra de supervivencia para que las grullas canadas (Antigone canadensis) no confundan a un ser humano con un compañero de baile. En Minnesota, Zenkova, ornitóloga y mente detrás de Vulture Conservancy y Foxfeather and the Foxloft, se enfunda en un disfraz de plumas sintéticas que haría palidecer a cualquier disfraz de carnaval barato. El objetivo es evitar el 'imprinting', ese fenómeno donde el polluelo se pega al cuidador como si fuera un chicle, condenándose a una vida de inadaptación social en el mundo salvaje. Mientras nosotros nos quejamos de que el aire acondicionado no llega al salón, Zenkova se funde bajo el sol de un verano inusualmente caluroso en Minnesota, caminando kilómetros con el disfraz puesto para que los polluelos, que crecen hasta una pulgada por día, no pierdan el ritmo. Actualmente, su clínica alberga a cuatro huérfanos y espera a un quinto. ¿La causa? El habitual descuido humano: padres atropellados por coches que dejan a sus crías a la deriva. Estas aves, que alcanzan los cuatro pies de altura y una envergadura de siete pies, poseen una inteligencia y memoria que harían quedar a muchos políticos como aficionados. Para evitar que el ave se enamore de una mano humana, Zenkova usa marionetas y espejos, transformando la rehabilitación en una obra de teatro surrealista donde el premio final es que el ave olvide por completo que la 'Madre Fea' existió antes de su liberación en otoño.
La naturaleza es generosa, pero nosotros somos terriblemente ineficientes. El Sol nos bombardea con energía cada mañana, pero para los procesos industriales que requieren luz ultravioleta (entre los 300 y 400 nanómetros), la radiación solar es como intentar llenar una piscina con un gotero: insuficiente. Hasta ahora, la solución era la típica: enchufar lámparas ultravioleta y dejar que el contador de la luz girara a toda velocidad, disparando el consumo eléctrico en procesos de fotocatálisis o purificación de agua. Pero un equipo de la Universidad de Kyushu, según publica Nature Communications el 23 de junio de 2026, ha decidido dejar de jugar a lo seguro. Han diseñado un cristal fotónico que hace un truco de magia energética: convierte la luz visible en ultravioleta. No es que hayan inventado la rueda, sino que han arreglado el tráfico. El problema de siempre era la 'aniquilación triplete-triplete' (TTA-UC); en los líquidos las moléculas bailan y se pasan la energía, pero en los cristales están tan apretadas que se bloquean, como en un vagón del metro en hora punta, y la energía se pierde antes de llegar a su destino. La jugada maestra fue usar la familia molecular dihidroindenoindeno (DHI). Al añadir cadenas de alquilo, crearon una separación tridimensional. Básicamente, le pusieron 'distancia social' a las moléculas para que la energía fluyera sin chocar. El resultado es el iBu-DHI, un material que ya no necesita láseres industriales para despertar, sino que se activa con la irradiancia solar. Sí, todavía falta camino para que esto llegue al mercado y no sea solo un éxito de laboratorio, pero la idea de limpiar el aire o fabricar hidrógeno sin que la factura eléctrica nos deje tiritando es, cuanto menos, refrescante.
La ciencia tiene esa manía de prometernos el futuro mientras nos vende gato por liebre. El caso más reciente es Colossal Biosciences, una firma de biotecnología que salió a presumir en 2024 que habían 'desextinguido' al lobo gigante. Nos presentaron a Romulus, Remus (nacidos el 1 de octubre de 2024) y a Khaleesi (30 de enero de 2025). Suena a milagro, pero si rascas un poco la pintura, el engaño es evidente: solo editaron 14 genes de los 19,000 que tiene un lobo gris. Es decir, han modificado el 0.073% del ADN. En lenguaje de calle: no han traído de vuelta a una especie extinta hace 10,000 años, sino que han puesto a un lobo gris común con un abrigo blanco y un par de kilos extra. Es como tunear un Seat Ibiza y decir que has fabricado un Ferrari desde cero. Ahora, saltemos al plato fuerte: los neandertales. La pregunta es la misma, pero la respuesta es un 'ni de broma'. Para clonar a alguien, como hicieron con la oveja Dolly en 1996 en la Universidad de Edimburgo, necesitas un núcleo celular intacto. El ADN es duro, pero no es eterno; después de decenas de miles de años enterrado, el código genético está más roto que un contrato de alquiler en crisis. Aunque el Proyecto Genoma Humano (que terminó formalmente en 2003 y cerró el mapa del cromosoma Y en 2023) nos haya dado la hoja de ruta, no tenemos la 'pieza original' sin daños. Además, está la hipocresía ética. Queremos jugar a ser Dios por curiosidad científica, ignorando que la tasa de mortalidad de los clones es altísima y que los supervivientes suelen venir con fallos de fábrica. Traer a un neandertal solo para que sea la atracción de un circo genético o el experimento de un laboratorio es, sencillamente, una crueldad con presupuesto público o privado.
Nos han vendido el cuento de que somos la cima de la creación porque somos los más listos, que nuestro cerebro creció como quien sube de nivel en un videojuego para dominar el mundo. Pero llega Katerina Harvati, de la Universidad de Tübingen, y nos pega un baño de realidad: puede que nuestro cráneo sea más grande simplemente por pura chiripa. Harvati y Mark Hubbe, de la Universidad de Tennessee, se pusieron a analizar 87 cráneos de homínidos —desde el Homo habilis y el Homo erectus hasta los Neandertales y nosotros, los Homo sapiens—. El resultado es un golpe al ego colectivo. Durante los últimos 2 millones de años, el cerebro no creció porque la selección natural premiara la inteligencia, sino que parece que el sistema simplemente 'dejó de frenar'. Es como si el presupuesto del cerebro hubiera estado congelado por la administración y, de repente, alguien abriera el grifo sin una razón clara. El modelo matemático descartó la idea de que ser más listo fuera la ventaja competitiva. En su lugar, los datos apuntan a una 'evolución neutral'. Básicamente, mutaciones al azar que se fueron acumulando, como quien añade trastos a un trastero sin planear el espacio. Mientras tanto, las caras se aplanaron y las mandíbulas se encogieron, siguiendo un ritmo similar de desidia evolutiva. ¿Y la energía para alimentar semejante maquinaria? Aquí entra el truco: cocinar. Harvati sugiere que aprender a cocinar fue el 'bono calorías' que permitió que el cerebro creciera sin que el cuerpo colapsara por el gasto energético. Como dice Gerhard Weber de la Universidad de Viena, en una sociedad primitiva donde ya había división del trabajo, ser un genio no te daba necesariamente más ventaja que saber rastrear un animal. Al final, resulta que nuestra supuesta superioridad cognitiva podría ser el resultado de un accidente administrativo de la naturaleza.
Imagínate que guardas la joya de la corona de tu colección en un cajón, le pones una etiqueta equivocada y te olvidas de ella durante medio siglo. Básicamente, el American Museum of Natural History de Nueva York hizo exactamente eso, pero con un cráneo de gato dientes de sable. Durante unos 50 o 60 años, este fósil estuvo ahí, cogiendo polvo y etiquetado como 'Pseudaelurus' —que en el lenguaje de los paleontólogos es el equivalente a ponerle una etiqueta de 'Cosas Varias' a una caja de mudanza—. La suerte quiso que en 2022 Narimane Chatar, entonces estudiante de graduado, pasara por allí con su escáner superficial. Chatar vio que el cráneo estaba completo y que la etiqueta era una tomadura de pelo. Sin embargo, como cualquier persona que intenta terminar un doctorado, no tenía tiempo ni para respirar, así que dejó que el misterio reposara hasta el verano pasado. Ya como investigadora postdoctoral en la Universidad de California, Berkeley, Chatar se puso manos a la obra. No hizo falta excavar en el barro, sino en los archivos digitales. Comparó el modelo 3D del espécimen con otros escaneos y ¡bum!: el fósil era un Adelphailurus kansensis. Hasta ahora, este felino del tamaño de un puma, que patrullaba el oeste de Norteamérica hace cinco millones de años, solo era conocido por unos cuantos fragmentos de mandíbula y dientes. El hallazgo, publicado en el Journal of Vertebrate Paleontology, es un recordatorio humillante de que a veces el mayor descubrimiento científico no requiere una expedición al Sahara, sino simplemente abrir los cajones que llevan décadas cerrados. Mientras el Smilodon presumía de colmillos de ocho pulgadas, el A. kansensis era la versión primitiva, la que hacía que los colmillos largos fueran posibles. Un tesoro escondido que demuestra que, en los museos, lo mejor suele estar donde nadie mira.
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