Resulta que el universo tiene un diente dulce. Mientras nosotros peleamos con la inflación y miramos la etiqueta de los ultraprocesados para no morir en el intento, a 27.000 años luz de aquí, en una nube molecular llamada G+0.693-0.027, flota la eritrulosa. Sí, ese compuesto de cuatro carbonos que hoy encuentras en las cremas autobronceadoras o en las frambuesas, pero que allá arriba es la pieza maestra de un puzzle cósmico.
Un equipo de astrobiólogos, usando los telescopios del Instituto de Radioastronomía en el Rango Milimétrico (IRAM) en Grenoble, detectó 12 líneas espectrales que no dejan lugar a dudas: hay azúcar en el centro de la Vía Láctea. Y no es una pizca; hay al menos ocho veces más eritrulosa que azúcares de tres carbonos.
Para que nos entendamos, es como descubrir que en la despensa del vacío estelar hay un banquete mientras nosotros creíamos que solo había piedras y gas frío.
La jugada maestra llega con la ingeniería financiera de la naturaleza. Según Izaskun Jiménez-Serra del Centro de Astrobiología (CAB) y Carlos Briones, este hallazgo dinamita la idea de que las moléculas crecen solo añadiendo carbonos uno a uno.
Resulta que la eritrulosa se cocina en partículas de hielo interestelar. Lo más delirante es la cifra: calculan que entre 0,5 y 55 millones de toneladas de este azúcar pudieron aterrizar en la Tierra hace 3.800 a 4.100 millones de años, durante el Late Heavy Bombardment. Básicamente, la vida en la Tierra no empezó con un esfuerzo propio, sino con un 'delivery' masivo de azúcar espacial que nos dio el empujón metabólico necesario para existir.
Un sablazo de glucosa cósmica que terminó diseñando nuestro ADN y ARN.
Crítica:
La noticia es fascinante pero peca de optimista al simplificar la transición de 'azúcar flotante' a 'origen de la vida'. El salto cualitativo entre la presencia de eritrulosa y la creación de ARN es una apuesta científica, no un hecho consumado.
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