Crítica:
La noticia disfraza una señal alarmante de crisis climática como si fuera un episodio de 'National Geographic' para niños. Demasiado optimismo biológico para un desplazamiento forzado por el clima.
La noticia disfraza una señal alarmante de crisis climática como si fuera un episodio de 'National Geographic' para niños. Demasiado optimismo biológico para un desplazamiento forzado por el clima.
En el Katmai National Park y Preserve de Alaska, la naturaleza no es un anuncio de perfumes suecos; es una pelea de bar donde el premio es sobrevivir al invierno. Mientras nosotros nos peleamos por el precio del aceite de oliva, la osa #910 se prepara para la Fat Bear Week 2026 con una disciplina alimentaria envidiable: comer salmones hasta que el cuero no le cierre. Esta hembra de unos 10,5 años, reconocible por unas orejas rubias y caídas que parecen sacadas de un peluche, no es solo una aspirante a 'Miss Volumen'. Es una anomalía social. En un mundo donde las madres osa suelen ser más territoriales que un dueño de parking en centro urbano, la #910 decidió jugar a la familia extendida entre agosto y octubre de 2022, adoptando a la cría de 2,5 años de su hermana, la osa #909, mientras ya cargaba con su propio cachorro de primavera. Un gesto de solidaridad animal que terminó en el prestigioso diario BioOne en 2025. Pero el paraíso del salmón tiene un lado oscuro. La convivencia es un deporte de riesgo. El 28 de julio, las cámaras captaron cómo la osa #806 decidía que el cachorro de la #909 era, básicamente, un aperitivo. El 2 de agosto, otro cachorro de la osa #335 (la apodada Jolly) terminó igual tras un malentendido en un árbol. Mike Fitz, Christine Loberg y Sarah Bruce, los expertos que intentan poner orden en este caos, confirman que el infanticidio es la norma, aunque sea la primera vez que se documenta así en el Brooks River. Entre la escasez de comida y las luchas de ego, la #910 busca redimirse. En la edición de 2025 cayó en segunda ronda ante la osa #856, pero este septiembre vuelve al ruedo para demostrar que ser una madre ejemplar y estar 'bien puesta' es la mejor estrategia de supervivencia.
La ciencia acaba de encontrar la forma de que el cuerpo haga el trabajo sucio mientras nosotros seguimos maratoneando series en el sofá. Un equipo de la Academia China de Ciencias, liderado por el profesor Ng Shyh-Chang, ha desarrollado unos 'miograftos' que se inyectan bajo la piel y se ponen a trabajar solos. Básicamente, es como instalar un gimnasio en miniatura y autónomo debajo de la dermis que se contrae las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Olvida el sudor y el olor a goma quemada del gym; aquí la acción ocurre en silencio. El estudio, publicado hoy en la revista Nature Aging, utilizó ratones obesos y envejecidos para demostrar que estas células modificadas no solo crean estructuras vasculares maduras, sino que secretan miocinas y hormonas de crecimiento. Incluso mencionan la producción de compuestos similares a los GLP-1, esos fármacos para adelgazar que ahora mismo tienen el mercado negro más caliente que una sartén en agosto. Ng Shyh-Chang lo resume con una honestidad brutal: están 'destilando la mejor parte del ejercicio' para evitar el estrés cardiaco y el desgaste de las articulaciones. Es el sueño húmedo de cualquier perezoso y la pesadilla de los entrenadores personales. Aunque los científicos juran que el riesgo de que esto se convierta en un tumor es bajo, la realidad es que estamos a años luz de los ensayos humanos. Pero ya conocemos la historia: si existe un atajo biológico para verse 'marcado' sin levantar una sola pesa, habrá una legión de 'gym bros' dispuestos a pagar lo que sea en un callejón oscuro para saltarse la cola. Como decía William Gibson en Neuromancer, la calle siempre encuentra sus propios usos para las cosas, y este injerto es la invitación perfecta para el próximo experimento casero de Instagram.
Vivimos en una era donde el brillo de un anuncio de neón o el faro de un coche mal aparcado tienen más potencia que el cosmos. Por eso, que nos digan que Venus puede proyectar una sombra suena a cuento chino o a desafío para gente con demasiado tiempo libre. Pero aquí está la paradoja: el segundo planeta desde el sol, ese que ahora mismo se está encogiendo hasta parecer una uña (una fase creciente), es capaz de hacer el truco si tienes la paciencia de un santo y un lugar donde la contaminación lumínica no sea la norma. El calendario es caprichoso. El 12 de agosto Venus alcanzó la dicotomía, ese punto donde está iluminado al 50%, y ahora, mientras se acerca a nosotros, su brillo aumenta aunque su disco se reduzca. Es como el precio de la luz: cuanto más pequeño es el margen, más te sablan. Para el 14 y 15 de agosto, el planeta se sitúa a 46 grados del sol con una magnitud de -4.3 a -4.4. Nada mal, pero el verdadero 'plato fuerte' llega el 18 de septiembre, cuando alcanzará su máxima brillantez con una magnitud de -4.6. El problema es que, para los del Reino Unido, estará tan bajo en el horizonte que será casi invisible, mientras que en EE. UU. podrán presumir de sombra. ¿Cómo se hace este experimento de patio? Olvida el ojo desnudo; necesitas una cartulina blanca, un objeto que bloquee la luz y una cámara con un ISO alto y una exposición de 30 segundos. Básicamente, hay que forzar la máquina para ver lo que la ciudad nos oculta. Si no tienes un desierto cerca, puedes conformarte con ver el reflejo de Venus en un charco o un lago. Al final, entre la Luna creciente del 16 de agosto y las Perseidas que ya se despiden, el cielo nos recuerda que la Vía Láctea sigue ahí, aunque la hayamos enterrado bajo capas de smog y farolas.
La NASA acaba de estrenar un juguete nuevo, el Nancy Grace Roman Space Telescope, y lo hace con esa sonrisa ensayada de quien ha encontrado un tesoro en el rastro. El plan es lanzarlo este domingo desde el Kennedy Space Center montado en un cohete SpaceX Falcon Heavy. Sobre el papel, es ciencia pura: entender la expansión del universo y cazar exoplanetas. Pero aquí viene el giro de guion que haría palidecer a cualquier guionista de Hollywood. Este observatorio de 4.300 millones de dólares no nació para mirar las estrellas, sino para mirar el jardín del vecino. Resulta que la National Reconnaissance Office, la agencia de espionaje que no suele decir dónde tiene la oficina, tenía un satélite cogiendo polvo en un hangar. Una pieza de ingeniería diseñada para 'espiar a los adversarios de Estados Unidos' en la paranoia post-11 de septiembre que, al final, se quedó sin proyecto. Así que, en un acto de generosidad corporativa digno de quien te regala el sofá viejo porque ya no cabe en el salón, se lo 'plonkearon' en la puerta del Goddard Space Flight Center. Literalmente: 'Oye, tenemos este aparato increíble, ¿por qué no lo apuntáis hacia arriba en lugar de hacia abajo?'. La NASA tuvo que hacerle un 'lavado de cara' tecnológico, añadiendo cámaras infrarrojas y ajustándolo para que aguante el viaje hasta el Punto de Lagrange 2, a un millón de millas de casa. Lo irónico es que, mientras el gobierno de Trump intentó cargarle el muerto al proyecto desde 2017, el telescopio llega adelantado y sin pasarse el presupuesto, una anomalía casi mística en la administración pública. Según Julie McEnery, lo que al Hubble le llevaría un siglo observar en nuestra galaxia, el Roman lo hará en un mes. Pasar de espiar ejércitos a espiar el cosmos es, probablemente, el reciclaje más caro y brillante de la historia.
Mientras nosotros peleamos por ver quién paga la ronda de cañas o intentamos que la hipoteca no nos coma el hígado, allá arriba hay una roca de hielo llamada 220P/McNaught que ha decidido montar un espectáculo de luces digno de Las Vegas. Este cometa, que Robert McNaught pescó el 20 de mayo de 2004 desde el Observatorio Siding Spring en Australia, no es precisamente un desconocido, pero últimamente ha decidido dejar de ser el soso de la fiesta. Normalmente es una piedra opaca que pasa desapercibida, pero en junio se volvió loca. Una erupción superficial disparó su luminosidad casi 10 magnitudes; para que nos entendamos, es como si pasaras de una bombilla de lectura a un foco de estadio de fútbol, volviéndose unas 8.000 veces más brillante de lo habitual. Y como si no le bastara con el primer subidón, en agosto volvió a subir siete magnitudes más. Una auténtica indigestión de luz. El 220P/McNaught juega bajo las reglas de Júpiter, que lo maneja como un títere en una órbita de 5,5 años. Tras alcanzar su perihelio el 14 de junio, justo más allá de Marte, ahora se pasea por el cielo nocturno. Dan Bartlett, que sabe de esto, dice que parece un cometa distinto. La cita final es en octubre, cuando pase más cerca de la Tierra, situándose entre las estrellas Lambda Ceti y Omicron Tauri. Lo más irónico es que este despliegue de pirotecnia podría ser su canto del cisne. Es muy probable que estemos viendo sus estertores finales. Si tiene suerte, se desintegrará en tiempo real ante nuestros ojos antes de llegar a su afelio el 19 de marzo de 2029. Un final dramático para alguien que no volvería a asomarse hasta finales de 2031, si es que no termina convertida en polvo cósmico antes.
Mientras en la Tierra seguimos peleándonos por el precio del alquiler y el coste de la cesta de la compra, hay quien ha decidido que el mejor sitio para buscar el silencio es el polo sur de la Luna. China, que ya tiene el mapa del vecindario lunar bien trazado, ha invitado a África a subir al carro con la misión Chang'e-8 programada para 2029. El proyecto se llama Africa2Moon y, con un sentido del humor involuntario digno de un guion de comedia, han bautizado a sus sondas como BALLS (Bounced African Low Lunar Sphere). Sí, básicamente van a lanzar unas 'bolas' metálicas al espacio para escuchar los susurros más antiguos del universo. Carla Mitchell, la directora de la misión y cara visible de SARAO, ha pasado de ser una niña que creía que el espacio era un club privado para unos pocos a presentar este hardware en la NASA el 22 de julio de 2026. La jugada es maestra: tres esferas con antenas de radiofrecuencia que operan por debajo de los 20 MHz, una frecuencia que aquí abajo es imposible de captar porque nuestra atmósfera hace más ruido que una plaza de mercado en hora punta. Lo más delirante es que este despliegue, que involucra a instituciones de Kenia, Ghana y Botsuana, y que fue ensamblado en abril de 2026 por equipos de la Universidad de Stellenbosch y Petrawell, se está cocinando con lo que Clive Neal llama un 'presupuesto de zapatos' (shoe-string budget). Mientras los científicos estadounidenses se quejan de que no tienen fondos para comprarse un café, los voluntarios africanos están diseñando una red de 55 antenas para el futuro. Una lección de humildad cósmica: China pone el cohete, África pone el ingenio y el mundo mira cómo unas esferas metálicas intentan descifrar el origen del tiempo sin que nadie les pague el alquiler.
Hay una ironía deliciosa en el hecho de que el Neil Gehrels Swift Observatory, una máquina diseñada para cazar las explosiones más violentas del cosmos, termine siendo incinerado como un trozo de chatarra orbital. Desde su despliegue en 2004, el Swift ha sido el ojo vigilante de la NASA, regalándonos hasta el BOAT (Brightest of all Time) en 2022, esa erupción lumínica que dejó al mundo astronómico con la boca abierta. Pero el universo no acepta suscripciones vitalicias. La gravedad terrestre y unos vientos solares que soplan con ganas han decidido que es hora de cobrar la factura. La NASA, en un alarde de optimismo casi romántico, intentó un rescate de última hora. Se aliaron con Katalyst Space Technologies para lanzar la nave Link, un artefacto con tres brazos diseñado para abrazar al Swift y subirlo de nuevo a sus 373 millas de altura. Fue un plan ambicioso, cocinado en apenas nueve meses, que en la práctica resultó ser como intentar cambiar una rueda a un coche que va a 200 km/h mientras el mecánico sufre un ataque de vértigo. A las pocas semanas, la nave Link empezó a girar sobre sí misma sin control, convirtiendo la misión en una especie de bailarina espacial ebria. Jared Isaacman y Shawn Domagal-Goldman han tenido que tirar la toalla. El Swift se convertirá en una estrella fugaz no deseada a partir de octubre. Lo más cínico es que ahora nos venden que el fracaso es, en realidad, un 'aprendizaje' para intentar lo mismo con el Hubble, que también está en las últimas tras 36 años de servicio. Al final, la ciencia es como cualquier otra cosa: cuando el presupuesto y la física dicen basta, te venden el desastre como una lección necesaria.
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