Crítica:
El texto original es demasiado optimista con el 'éxito' de la misión, ignorando que los primeros dos satélites fueron un caos de datos perdidos. Se vende como ciencia pura cuando es, básicamente, un curso de reciclaje forzoso.
El texto original es demasiado optimista con el 'éxito' de la misión, ignorando que los primeros dos satélites fueron un caos de datos perdidos. Se vende como ciencia pura cuando es, básicamente, un curso de reciclaje forzoso.
Hay una cierta poesía trágica en ver cómo el Neil Gehrels Swift Observatory, que desde noviembre de 2004 nos contaba los secretos de las explosiones más violentas del universo, termine ahora como un proyectil sin rumbo. El guion es el de siempre: una urgencia institucional que termina en un 'ups' tecnológico. En septiembre de 2025, la NASA lanzó un grito de auxilio porque la órbita del Swift se estaba desmoronando más rápido que una dieta de lunes. La solución fue contratar a Katalyst Space Technologies, una empresa de Arizona que aceptó el reto con un contrato de 30 millones de dólares. Un sablazo considerable para intentar salvar un equipo que ya había dado todo de sí. La empresa montó el robot LINK en tiempo récord —nueve meses, según Ghonhee Lee, su CEO— y lo lanzó el 3 de julio. Pero el LINK sufrió problemas de control de actitud; básicamente, el robot se mareó en el espacio y no pudo alcanzar al Swift. Lee dice que tres meses más habrían cambiado la historia, pero en el espacio, como en la vida, el reloj no perdona y los contratos millonarios no siempre compran la precisión. Ahora, el Swift se prepara para una 'reentrada no controlada'. Alise Fisher, de la NASA, dice que no bajará antes de octubre y que probablemente se desintegre, aunque Darren McKnight de LeoLabs advierte que los tanques de titanio y las lentes ópticas podrían sobrevivir al viaje. Con una masa seca de 613 kilogramos y una inclinación orbital de 21 grados, el telescopio podría aterrizar en cualquier lugar entre las latitudes 21 Norte y 21 Sur. Lo más probable es que acabe en el mar, pero como dice Ewan Wright, la probabilidad de que algún escombro espacial nos caiga en el jardín está creciendo. Una joya de la ciencia convertida en basura espacial de lujo.
Mientras nosotros peleamos por un sitio en el parking del supermercado, el Curiosity se ha tomado el tiempo de hacernos un álbum de vacaciones en el lugar más inhóspito del sistema solar. El 1 y 2 de agosto de 2026, concretamente en sus soles 4.972 y 4.973, el robot decidió que era buen momento para presumir de vistas. Usando su cámara Mastcam, el bicho ha cosido 323 imágenes individuales para regalarnos una panorámica del 'Valle Grande', una depresión en el Monte Sharp que hace que cualquier senderismo por los Pirineos parezca un paseo por el jardín de casa. Llevamos 14 años siguiendo los pasos de este SUV espacial que aterrizó con una maniobra de 'grúa espacial' que dejó a los ingenieros del JPL con el corazón en la boca. Desde 2014, el Curiosity se ha dedicado a subir el Monte Sharp, una montaña de 5 kilómetros de altura. Para que nos entendamos: el robot ha logrado un desnivel acumulado de 1 kilómetro. A ritmo de tortuga con asma, pero constante. Lo más irónico es que, mientras el Curiosity arrastra unas ruedas que ya piden la jubilación anticipada por el desgaste, sigue encontrando moléculas orgánicas y rastros de agua líquida, básicamente los ingredientes básicos para hacer vida, aunque sea en un desierto rojo. Mientras tanto, su primo el Perseverance se ha puesto en plan atleta y ya ha superado los 42,2 kilómetros, completando un maratón marciano sin sudar una gota. NASA dice que el Curiosity aún tiene cuerda para rato. Claro, cuando no tienes que pagar hipoteca ni renovar el carné, puedes permitirte dedicarte a escalar montañas alienígenas durante una década y media.
Mientras nosotros peleamos con el WiFi del salón o vemos cómo el ticket del súper sube sin avisar, la NASA acaba de lanzar el Telescopio Espacial Nancy Grace Roman el 30 de agosto de 2026. No ha sido un paseo tranquilo; el bicho ha salido disparado desde el LC-39A del Kennedy Space Center montado sobre un Falcon Heavy de SpaceX, que rugió con 27 motores Merlin 1D para mandar el juguete al vacío. Hablemos de números, que es donde empieza la verdadera ironía. El proyecto ha costado 4.000 millones de dólares. Para que nos entendamos: es una cifra que haría palidecer a cualquier ministerio de hacienda, y lo más curioso es que para ahorrar tiempo y pasta han reciclado piezas de un satélite espía que estaba cogiendo polvo. Una genialidad del reciclaje corporativo. El Roman no es como el Hubble o el James Webb, que son básicamente microscopios espaciales para mirar un detalle minúsculo. Este es el 'gran angular' del cosmos. Su instrumento Wide Field Instrument (WFI) va a generar imágenes de un billón de píxeles. Dominic Benford lo dice claro: no hay pantalla en la Tierra capaz de mostrar todo eso. Imagínense el lag de esa imagen en un ordenador medio. De hecho, la NASA ha lanzado un programa de 'Adopta un Píxel', básicamente vendiendo trozos de una foto que ni siquiera podemos ver completa, una jugada de marketing brillante para que el ciudadano de a pie se sienta dueño de un granito de arena cósmica. Ahora el telescopio viaja durante 90 días hacia el punto L2, lejos de la luz de la Tierra y la Luna, para empezar a mapear 20.000 millones de estrellas y rastrear la energía oscura. Las primeras fotos llegarán a principios de 2027, esperando que el universo nos dé alguna sorpresa que justifique el sablazo presupuestario.
Hay algo profundamente poético, y un poco trágico, en la gestión del Neil Gehrels Swift Observatory. Imaginen que tienen un coche clásico que ha funcionado increíblemente bien durante 21 años, pero que de repente se queda sin gasolina en medio de la autopista. La NASA, en un alarde de optimismo tecnológico, decidió llamar a una grúa robótica llamada LINK, fabricada por la empresa Katalyst Space y lanzada el 3 de julio mediante un cohete Pegasus XL de Northrop Grumman. El plan era sencillo: agarrar al Swift y subirlo de altitud para que no se estrellara contra la Tierra. Un rescate de película. Pero claro, la realidad no tiene guion de Hollywood. A finales de julio, la grúa LINK empezó a dar vueltas como un trompo debido a problemas de control de actitud; dos de sus tres ruedas de reacción pasaron a mejor vida y los propulsores de gas frío decidieron no colaborar. El resultado fue un 'lo sentimos, no podemos subirte', anunciado oficialmente el 19 de agosto. En lugar de salvar al veterano, LINK ahora solo hará 'operaciones de proximidad' para ver si aprenden algo para la próxima vez. Básicamente, es como si la grúa llegara al coche averiado, se hiciera un selfie con él y se marchara sin remolcarlo. Así que, tras meses en modo ahorro —apagando el Telescopio de Rayos X (XRT) y el Telescopio Ultravioleta/Óptico (UVOT) en febrero para reducir la fricción atmosférica—, la NASA ha decidido que el Swift ya puede volver a trabajar. El 26 de agosto reactivaron esos instrumentos, aunque el Telescopio de Alerta de Brotes (BAT), apagado en abril para ahorrar luz, sigue en el limbo. El Swift, que nació en noviembre de 2004 para una misión de solo dos años, ahora se enfrenta a su cuenta atrás final. Sin propulsión propia y con una atmósfera terrestre que se ha expandido por la actividad solar, el telescopio caerá por debajo de los 300 kilómetros de altitud en uno o dos meses. El final es inevitable: se incinerará en la atmósfera antes de que acabe el año. Un adiós brillante, pero precipitado.
Imaginen que están en medio del Atlántico en el siglo XVII. Saben perfectamente que el norte está allí, pero no tienen ni la más remota idea de cuánto les falta para llegar a casa en sentido este-oeste. Era el 'problema de la longitud', el gran agujero negro de la navegación que hacía que el comercio marítimo europeo fuera, básicamente, una lotería con barcos cargados de oro. En este escenario de incertidumbre absoluta nace John Flamsteed el 19 de agosto de 1646 en Derbyshire. Flamsteed no tuvo el camino pavimentado; la enfermedad y los dramas familiares lo echaron de la escuela prematuramente, obligándolo a estudiar astronomía por su cuenta, como quien aprende a reparar un motor viendo videos en el garaje. Pero el tipo tenía madera. Para 1674, ya estaba en un comité analizando la propuesta del francés Sieur de St Pierre. Spoiler: la solución francesa era humo. Flamsteed, que no se andaba con rodeos, le soltó un informe a la Royal Society diciendo que, si Inglaterra quería dejar de perder barcos y dinero, necesitaba un observatorio de verdad. El Rey Carlos II, que entendía que el mapa del mundo era el verdadero libro de cuentas del imperio, no se lo pensó dos veces. En 1675 fundó el Real Observatorio de Greenwich y nombró a Flamsteed como el primer Astrónomo Real. El encargo era claro: limpiar las tablas celestes y fijar las estrellas para que los marineros dejaran de navegar a ciegas. Flamsteed se puso manos a la obra y catalogó más de 3.000 estrellas con una precisión quirúrgica. Lo más irónico es que, mientras nosotros hoy nos peleamos con el GPS del móvil porque nos manda por un camino cortado, seguimos usando algunas de sus designaciones estelares. Un legado sólido para alguien que empezó estudiando solo en su cuarto.
El universo es, básicamente, el mayor catálogo de promesas incumplidas de la historia. Mientras nosotros nos peleamos por el precio del aceite o intentamos que la hipoteca no nos coma vivos, a 14 millones de años luz, cerca de la galaxia Messier 94 (M94), hay un ente llamado Cloud 9 que es el epítome del fracaso existencial. Imagínate tener todos los ingredientes para hacer la mejor tortilla del mundo —huevos, patatas, aceite— y que, al final, no salga nada. Exactamente eso es Cloud 9: una galaxia 'fallida'. Ignacio Trujillo, del Instituto de Astrofísica de Canarias, y su equipo se han topado con un agujero de luz absoluto. La cosa es surrealista. Cloud 9 tiene una masa de gas hidrógeno equivalente a un millón de soles y una cantidad de materia oscura que triplica esa cifra (5 millones de masas solares). Tiene el presupuesto, tiene la materia prima, pero no ha encendido ni una sola bombilla. Es como comprarse un Ferrari y descubrir que no tiene motor; tienes el chasis y el cuero, pero no te mueves ni un centímetro. Para confirmar este vacío, usaron la cámara HiPERCAM del Gran Telescopio Canarias. En apenas 2.36 horas de integración, lograron imágenes diez veces más profundas que cualquier intento previo. El resultado fue un silencio visual ensordecedor. Si hubiera estrellas, aunque fueran viejas y pobres en metales, el límite de masa sería de apenas 16.000 masas solares, una cifra ridícula comparada con el millón de soles en gas. La teoría dice que la radiación ultravioleta del universo calentó el gas y evitó que colapsara. En resumen: Cloud 9 es el ejemplo perfecto de tener todo el potencial del mundo y no hacer absolutamente nada con él.
Mientras nosotros peleamos con la aplicación del banco para que no nos cobren una comisión absurda, la Agencia Espacial Europea (ESA) ha decidido que es buen momento para lanzar un par de juguetes carísimos al vacío. El 14 de septiembre, desde el puerto espacial de Kourou, en Guayana Francesa, un cohete Vega C —esa torre de 35 metros que ya lleva siete vuelos y seis aciertos (un promedio que en cualquier oficina sería motivo de amonestación)— se encargó de poner en órbita a FLEX y al Sentinel-3C. El FLEX es un bicho de 397 kilogramos que se dedica a medir la fluorescencia de la vegetación. En cristiano: quiere saber cómo respiran las plantas para que no nos quedemos sin comida mientras la población mundial sigue creciendo como la espuma. Una inversión necesaria, dicen, aunque para el ciudadano de a pie, la 'seguridad alimentaria' se siente más como un sablazo en la factura del supermercado que como un mapa satelital. Luego tenemos al Sentinel-3C, un peso pesado de 1.114 kilogramos que llega para relevar a sus hermanos mayores, el 3A y el 3B, lanzados en 2016 y 2018. Este satélite es el vigilante oficial de los océanos y el hielo, enviando datos en tiempo real para que el pronóstico del tiempo no sea una moneda al aire. Ambos fueron depositados a unos 820 kilómetros de altura, un viaje que tomó 116 minutos para que pudieran volar libres. Lo más curioso es el baile de sillas corporativo: el Vega C nació con Arianespace, pero ahora es la firma italiana Avio la que aprieta los botones. Segunda misión para Avio, que intenta demostrar que puede manejar el volante sin estrellar la inversión pública en el Atlántico.
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