Bruselas ha decidido que es momento de jugar a los arquitectos con el lomo del cerdo español. El pasado martes, la Comisión Europea lanzó su Estrategia Europea para la Ganadería, un documento que, aunque ahora mismo es tan vago como una promesa electoral, tiene una fecha de caducidad muy concreta: 2027.
Ese año caerá el mazo de una propuesta específica para revisar el bienestar animal, y el sector porcino ya ha empezado a sudar frío.
Para el ciudadano de a pie, esto suena a 'querer que el cerdo sea feliz', pero para el ganadero es un sablazo en la cuenta corriente. Hablamos de España, el primer productor de porcino de la Unión Europea y un titán de la exportación mundial, que se encuentra ahora mismo en el punto de mira.
La Comisión quiere dinamitar las jaulas de maternidad y poner freno al raboteo —ese corte de cola que, aunque la ley dice que es 'excepcional', en la práctica es el pan nuestro de cada día en las granjas—.
Imaginen la escena: obligar a miles de explotaciones a meter paja y ampliar espacios para que el animal 'se exprese'.
En el lenguaje de la calle, esto significa que el ganadero tendrá que tirar de tarjeta y hacer inversiones faraónicas para no quedar fuera del juego. Bruselas, con una ironía exquisita, promete 'mecanismos de apoyo financiero' y periodos transitorios. Traducción: te pido que cambies todo el mobiliario de tu negocio, pero no te preocupes, que quizá te preste un dinero que luego tendrás que devolver con intereses mientras esperas a que el papeleo llegue desde Bélgica.
Crítica:
La noticia es un ejercicio de prudencia excesiva que oculta el coste real de la transición. Se limita a repetir la promesa de 'ayudas financieras' sin cuestionar si el presupuesto europeo realmente cubrirá el agujero contable de los ganaderos.
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