Marruecos hunde el envío de diésel a España en julio y dispara las sospechas de que su origen es ruso

Diésel marroquí: ¿el caballo de Troya ruso?

economia Una ilustración conceptual y satírica. Un barril de petróleo con una bandera rusa, pero cubierto parcialmente por una tela con la bandera de Marruecos, como si fuera un disfraz mal puesto. El barril está sobre un mapa esquemático del Estrecho de Gibraltar. Estilo editorial de revista económica, colores contrastados, sombras marcadas, sin texto.

Hay quien dice que en la geopolítica no existen las casualidades, sino los agujeros contables convenientemente disfrazados. El caso del diésel marroquí es el ejemplo perfecto de esa 'magia' administrativa. Resulta que Marruecos, que desde el cierre de la planta de Samir en Mohammedia en 2016 no puede refinar ni una gota de combustible por su cuenta, ha estado jugando a ser el distribuidor estrella de España.

Pero en julio, el grifo se cerró en seco. Pasamos de las 58.000 toneladas de junio a unas miserables 8.000 toneladas. Un desplome que ocurre, convenientemente, cuando Rusia empieza a restringir sus exportaciones tras los ataques ucranianos a sus refinerías. La aritmética es sencilla y huele a queroseno: si Marruecos no produce, pero importa 4,34 millones de toneladas de diésel en el primer semestre de 2026 (con Rusia como proveedor principal aportando 1,35 millones), ¿de dónde salía ese combustible que inundó España en los primeros seis meses del año con 239.000 toneladas? Es como si tu vecino te vendiera gasolina barata diciendo que es de un huerto orgánico, mientras lo ves descargar camiones de una petrolera sancionada por la puerta de atrás.

Mientras tanto, la Unión Europea mantiene el veto al crudo ruso desde febrero de 2023, pero en las aguas de Ceuta se han montado auténticos mercadillos de barco a barco (STS), permitiendo que Moscú embolsara unos 1.000 millones de euros. España, en un ejercicio de equilibrio hipócrita, sigue comprando gas ruso vía Naturgy y Repsol hasta 2027 alegando contratos antiguos.

Al final, el tablero es claro: nosotros enviamos 1,4 millones de toneladas de productos petrolíferos a Rabat en siete meses, y ellos nos devuelven un diésel que, sospechamos, tiene pasaporte ruso y un maquillaje marroquí muy ligero.

Crítica:

El texto original es una mina de datos, pero le falta valentía para conectar los puntos sin usar la palabra 'sospecha' diez veces. Es un rompecabezas de ingeniería financiera que el autor se limita a describir sin dinamitar la hipocresía del control fronterizo.

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