Crítica:
La noticia es un ejercicio de equilibrio precario que omite datos judiciales sobre los supuestos ataques a camiones. El contraste entre la cifra de 950 millones y la app es el único punto fuerte del relato.
La noticia es un ejercicio de equilibrio precario que omite datos judiciales sobre los supuestos ataques a camiones. El contraste entre la cifra de 950 millones y la app es el único punto fuerte del relato.
Hay una gimnasia mental admirable en el ecosistema mediático actual, pero lo de José Miguel Monzón Navarro, alias El Gran Wyoming, es deporte de élite. Desde 2006, el presentador de ‘El intermedio’ ha hecho de la sátira un bisturí para diseccionar las fortunas ajenas y los pecados de la derecha, mientras en su propia cartera guardaba un catálogo inmobiliario que haría palidecer a cualquier fondo buitre de barrio. No hablamos de un modestito apartamento para pasar el verano, sino de más de 19 inmuebles repartidos por España. La mayoría de sus apuestas están concentradas en la Comunidad de Madrid, con propiedades en Chamberí, Malasaña y el centro histórico. Hay de todo: pisos, locales comerciales y plazas de garaje. Básicamente, mientras el ciudadano medio lucha contra el sablazo del alquiler o intenta que la hipoteca no se coma su sueldo, Wyoming ha montado un imperio de ladrillos. Lo más fascinante es la naturalidad con la que gestiona la paradoja. El comunicador no se esconde; afirma haber ganado mucho dinero en 30 años de televisión y que lo invierte donde quiere. Según él, se puede ser rico y 'buena gente'. El problema no es el saldo bancario, sino la hipocresía de usar la riqueza como arma arrojadiza contra el adversario político mientras uno mismo es, técnicamente, un gran tenedor. Es la eterna historia del 'haz lo que yo digo, pero no mires mi escritura de propiedad'. En plena crisis de vivienda, donde el precio de los alquileres es una pesadilla cotidiana, descubrir que el altavoz de la justicia social tiene una colección de pisos es como enterarse de que el vegano más radical es el dueño de una sequencedora de jamones. Una contradicción que no se resuelve con humor, sino con coherencia.
Resulta casi tierno que los agricultores marroquíes hayan decidido llamar a la puerta de Pedro Sánchez para que les haga de guardaespaldas comercial. El motivo es simple: en España, comprar el tomate del vecino se ha vuelto un acto político. Mientras el sector marroquí se lamenta de una 'presión creciente' y denuncia que se usan Ceuta y Melilla para manchar sus hortalizas, en el supermercado ha irrumpido un 'fiscal de bolsillo' llamado Patriorigen. Esta herramienta, impulsada por David Santos, ha pasado de 50.000 usuarios en sus primeras 24 horas a superar los 203.000 en un abrir y cerrar de ojos. Básicamente, es el fin de la ignorancia deliberada frente al código de barras. Para el exportador marroquí, esto no es una app, es un sablazo en la cartera. Y es que hablamos de un negocio que no juega con calderillas: solo en el primer semestre de 2026, las importaciones españolas desde Marruecos alcanzaron los 950 millones de euros, según FEPEX. Un agujero contable potencial que hace que Ahmed Bouneama y Ali Bida tiemblen, denunciando incluso ataques a camiones que, curiosamente, no tienen rastro en los juzgados. La hipocresía es el plato principal. Mientras Rabat exige que España cumpla los acuerdos con la Unión Europea y proteja sus rutas, la COAG recuerda que competir contra mano de obra barata y normativas laxas es como jugar un partido de fútbol donde uno lleva botas y el otro va en patines. Patriorigen solo ha puesto el espejo frente al consumidor, permitiéndole detectar el prefijo 611 de GS1 Marruecos antes de echar el producto al carro. Al final, el campo marroquí no teme a Sánchez, teme que el español medio haya decidido que prefiere pagar un euro más por saber que su lechuga no ha cruzado el Estrecho.
Hay una danza muy curiosa en los pasillos de Bruselas. Mientras el agricultor de Almería o Murcia mira el precio del gasoil con el mismo pavor con el que uno mira la factura de la luz en agosto, algunos antiguos peces gordos del PSOE han descubierto que el tomate marroquí sabe mejor cuando se cobra por defenderlo. José Blanco y Antonio Hernando, los arquitectos de Acento Public Affairs, han montado un negocio redondo: representar a Rabat ante la Unión Europea. No es un hobby; hablamos de contratos que oscilan entre los 500.000 y los 600.000 euros anuales. Para un campesino, eso es una fortuna; para un lobby, es simplemente un martes cualquiera. La ironía es tan espesa que se puede cortar con un cuchillo. Por un lado, el Gobierno se llena la boca hablando del campo español. Por otro, la consultora de Blanco y Hernando —este último ahora Secretario de Estado de Telecomunicaciones— se inscribió en el Registro de Transparencia de la UE para hacerle la pelota a la Agencia Marroquí de Cooperación Internacional (AMCI) y a la Embajada de Marruecos. Mientras tanto, la realidad en el supermercado es un sablazo constante. En 2025, España importó 87.603 toneladas de tomate fresco marroquí, un salto del 31,5% en volumen y un 67,1% en valor respecto al año previo. Para 2026, la cosa empeoró: siete de cada diez tomates que entran en el país vienen del vecino. El contraste es obsceno. Andrés Góngora, de COAG, lo resume con una cifra que dinamita cualquier discurso oficial: una jornada agrícola en España cuesta unos 90 euros, frente a los 8 euros de Marruecos. Es jugar un partido de fútbol donde tú vas en chanclas y el rival tiene botas con clavos y el árbitro en nómina. Entre COAG, UPA, ASAJA y FEPEX, el sentimiento es el mismo: mientras ellos pierden terreno, los exministros ganan terreno en el Registro de Transparencia.
Hay gestos que, en el lenguaje de la administración, se llaman 'reforzar la gestión'. En el lenguaje de la calle, se llaman 'tirar un caramelo para que no haya ruido'. Fernando Marlaska ha decidido soltar 290.850 euros destinados a ACNUR. El objetivo, según el papel oficial, es agilizar el asilo, poniendo el foco especialmente en las solicitudes de MENAS. Para quien maneje presupuestos de Estado, esa cifra es básicamente el cambio que sobra en la caja después de pagar las cenas de Navidad del ministerio. Sin embargo, mientras el ciudadano medio mira la cuenta del súper con pánico, aquí se despliegan casi trescientos mil euros con la naturalidad de quien pide una ración de bravas. Es la clásica ingeniería financiera del 'parche': ponemos dinero en una agencia externa para que el problema de los menores no immigrants no termine estallando en el despacho del ministro. Lo irónico es el contraste. Nos venden una 'gestión reforzada' mediante una transferencia bancaria, como si el asilo fuera una aplicación de móvil que se soluciona comprando una suscripción Premium. El dinero fluye hacia ACNUR, pero la burocracia, esa bestia lenta que devora expedientes, sigue ahí, intacta. Al final, el movimiento es más una cuestión de relaciones públicas que de eficiencia operativa. Se firma el cheque, se lanza la noticia y se espera que el ruido mediático sobre la situación de los menores se calme con el brillo de los 290.850 euros. Un movimiento maestro de distracción presupuestaria donde el problema real sigue esperando en la cola, pero ahora con un sello oficial de 'estamos en ello'.
Hay niveles de desesperación que hacen que cualquier menú parezca un banquete, incluso si el plato principal es una carpa tóxica pescada a mano en un embalse prohibido. El pasado 8 de septiembre, la realidad en Ceuta se resumió en bolsas de plástico llenas de peces que son, básicamente, cápsulas de riesgo sanitario. No hay cañas, no hay cebos; hay manos desesperadas y un hambre que ignora que el agua del embalse del Renegado no pasa ningún control sanitario precisamente porque no es apta para el consumo humano. Mientras el ciudadano medio se piensa tres veces si el aguacate del súper está demasiado maduro, aquí hay personas que, tras la entrada masiva de finales de julio, juegan a la ruleta rusa alimenticia. Lo más fascinante es la coreografía de la negligencia institucional. El espacio es propiedad estatal, gestionado por la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir y bajo la tutela de la Delegación del Gobierno. En teoría, es un recinto vedado; en la práctica, es un buffet libre de riesgos biológicos sin un solo guardia que vigile la entrada. La gestión del territorio en Ceuta parece haberse convertido en una sugerencia más que en una norma. Ya tuvimos el episodio del ánsar, un ave protegida que terminó siendo cena, y los colegios ocupados justo antes del inicio del curso. El contraste es sangrante: para el vecino, el perímetro es un muro infranqueable; para quien no tiene nada, es una puerta abierta a una intoxicación grave. No es solo una cuestión de seguridad alimentaria, es el retrato de un Estado que sabe contar los inmigrantes que entran, pero olvida vigilar dónde comen y cómo sobreviven en el limbo de la irregularidad.
Hay una magia casi mística en la forma en que el dinero público se evapora cuando cruza el Atlántico. Mientras el ciudadano medio hace malabares con la tarjeta para que el carrito del súper no parezca un atraco a mano armada, José Manuel Albares ha decidido que Paraguay necesita un soplo de aire fresco. Y ese soplo, curiosamente, tiene un precio exacto: 250.000 euros. No es una cifra cualquiera; es el coste de un plan de «ecoturismo» que suena a folleto brillante diseñado en un despacho con aire acondicionado en Madrid. La ingeniería financiera es sencilla: se etiqueta el gasto como 'estratégico' y se lanza la moneda al aire en tierras guaraníes. Para alguien que paga el alquiler y ve cómo la luz sube sin pedir permiso, 250.000 euros no son un 'plan de fomento', son el presupuesto de varias vidas o la solución a un montón de agujeros contables domésticos. Lo fascinante es la narrativa. El ecoturismo es el refugio perfecto para el gasto opaco: es verde, es sostenible y, sobre todo, es muy difícil de medir en resultados inmediatos. Mientras tanto, en los mercados, el Ibex 35 cae un 1,60% y Telefónica se desangra con un 3,12% menos, recordándonos que la economía real es un campo de minas. Pero en el mundo de la diplomacia, el dinero no se gasta, se 'invierte' en conceptos etéreos. Al final, el balance es el de siempre. Unos pocos nombres en una lista de invitados, un hotel con vistas y un cheque de cuarto de millón que se firma sin que tiemble el pulso. La sostenibilidad, al parecer, es mucho más barata cuando la paga el contribuyente que la que el político presume en el discurso.
Hay recuerdos que son como una factura mal cobrada: vuelven siempre para recordarte que alguien se ha aprovechado. Jaime Mayor Oreja, el hombre que manejó el Interior con mano de hierro, ha decidido que la inauguración de una exposición de Gregorio Ordóñez en el Centro Cultural Eduardo Úrculo de Madrid era el momento perfecto para hacer memoria. El exministro ha rescatado un episodio de julio de 1996, cuando el Gobierno de José María Aznar —recién aterrizado en la Moncloa— se encontró con 103 inmigrantes irregulares en Melilla. Para Mayor Oreja, resolver aquello fue una odisea digna de un thriller político: cinco o seis viajes a África para devolver a la gente 'individualmente'. Lo dice con una nostalgia casi conmovedora, admitiendo que 'rozaron la legalidad'. Traducido al lenguaje de la calle: hicieron lo que pudieron saltándose algunas normas para que el problema desapareciera en una semana. Ahora, el exministro mira el espejo retrovisor y compara esos 103 casos con los 70.000 que han llegado este verano a Ceuta, usando la cifra como un mazo para golpear la gestión de Pedro Sánchez. La narrativa es clara: mientras ellos hacían maletas y negociaban cara a cara, el Gobierno actual, según Oreja, aplica una 'política de tierra quemada'. El análisis del presidente de NEOS no se queda en la frontera; se extiende al País Vasco y Cataluña, sugiriendo que Sánchez busca una España débil para que, al final, no quede más remedio que darle la razón a ETA, a ERC o a Marruecos. Es la eterna danza política: convertir un agujero administrativo en un proyecto conspirativo de debilitamiento nacional. Al final, cuando le preguntan por dimisiones, Mayor Oreja suspira. No pide lo imposible, porque sabe que en el tablero del poder, la vergüenza es un activo que cotiza a cero.
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