Crítica:
El artículo aborda un tema interesante pero podría profundizar en las estadísticas de desecho de calabazas y explorar más alternativas sostenibles para los consumidores.
Desde el distante siglo XVI, el acto de exclamar "boo" o una de sus variantes ha sido una herramienta humana para sobresaltar a otros. Lo vemos plasmado, por ejemplo, en aquel "thriller poético" de 1560, *Smyth Whych that Forged Hym a New Dame*, un temprano testimonio de su existencia. No obstante, que los fantasmas se unieran a este coro de sustos es una novedad relativamente reciente, con menos de dos siglos de historia documentada. La etimología de la palabra "boo" se pierde en la bruma del tiempo, un verdadero enigma lingüístico. El *Oxford English Dictionary* la emparenta con el latín *boare* o el griego *βοᾶν*, que significan "gritar fuerte" o "rugir". Sin embargo, otros diccionarios más antiguos aventuran una hipótesis sorprendente: ¿podría ser una onomatopeya, un eco del mugido grave y resonante de una vaca? Sea cual sea su origen primigenio, la palabra "boo" albergaba un matiz semántico distinto hace unos pocos siglos. Lejos de su actual connotación terrorífica, "boo" (o sus predecesores *bo* o *bu*) servía para afirmar la presencia, para decir "aquí estoy". Basta con recordar el proverbio escocés "He can’t say bo to a goose", una forma elegante, durante centurias, de tachar a alguien de "tímido" o "apocado". Incluso en la historia de 1565 sobre el herrero *Smyth Whych*, un artesano demasiado confiado intenta devolver la juventud a una mujer a golpes de martillo, y el personaje principal interpela a su agonizante experimento: "Speke now, let me se / and say ones bo!" Era un "¡Habla, maldita sea, habla!" a la manera de Donatello. Pero el "boo" se transformó; su carácter se tornó más oscuro con el paso del tiempo. Como bien señala el *OED*, la palabra está fonéticamente diseñada para "producir un sonido fuerte y sorprendente". Ya en 1738, Gilbert Crokatt, en su *Presbyterian Eloquence Display’d*, atestiguaba que "Boo es una palabra utilizada en el Norte de Escocia para asustar a los niños que lloran". Durante el siglo XVIII en Escocia, *bo*, *boo* y *bu* se adherirían a un sinfín de términos que describían todo aquello que provocaba ruidos nocturnos. El *Dictionary of the Scots Language* documenta el término *bu-kow* para referirse a duendes y a "cualquier cosa espantosa", como los espantapájaros. De "evil one" surgiría *bogey*, que evolucionaría a *bogeyman*. Y no podemos olvidar al *bu-man* o *boo-man*, un aterrador trasgo que atormentaba a la humanidad, haciendo temblar incluso a reyes y príncipes. Era cuestión de tiempo que los fantasmas fueran arrastrados a esta temible categoría de "muckle boo-man". Curiosamente, antes de principios del siglo XIX, se creía que los fantasmas eran seres elocuentes, a veces encantadores, y con frecuencia, oradores literarios. Los espectros en las obras de Eurípides y Séneca, dramaturgos griegos, tenían la importante tarea de recitar el prólogo de la obra. Las apariciones en las piezas de Shakespeare conversaban con el mismo ritmo de pentámetro yámbico que los vivos. Sin embargo, a mediados del siglo XIX, los fantasmas literarios, al parecer, perdieron el interés por las frases completas. Un ejemplo claro lo encontramos en este "articulado" intercambio con un espectro de un guion de *Punch and Judy* de 1863: Ghost: "Boo-o-o-oh!"; Punch: "A-a-a-ah!"; Ghost: "Boo-o-o-o-oh!"; Punch: "Oh dear! oh dear! It wants’t me!"; Ghost: "Boo-o-o-o-oh!". No sorprende, entonces, que la popularidad de "boo" se disparara a mediados del siglo XIX, la era del espiritismo. Una obsesión cultural con lo paranormal que arrastró a multitudes hacia médiums y clarividentes, anhelando comunicarse con los muertos. Mientras científicos "serios" aplicaban descargas eléctricas a cadáveres buscando reanimar lo inerte, el público devoraba ficciones góticas aterradoras como *Frankenstein* o *Zastrozzi*. La policía británica, por su parte, reportaba un auge en los avistamientos de fantasmas, con cementerios infestados de "impersonadores" que, cubiertos con sábanas blancas y tiza pálida, sembraban el pánico. Es lógico que los fantasmas desarrollaran su propio vocabulario, por limitado que fuera, en una época donde el reino de los espíritus capturaba la imaginación colectiva. Además, el origen escocés de "boo" pudo haber influido. Muchas tradiciones de Halloween, como el tallado de calabazas, llegaron a América gracias a los inmigrantes celtas. Escocia fue una gran exportadora de personas a mediados del 1800, y quizás gracias a la diáspora escocesa-irlandesa, "boo" se convirtió en el saludo fantasmagórico por excelencia.
Los niños entre 2 y 5 años bombardean a sus padres con preguntas, llegando a un promedio de 107 por hora según un estudio. Esto se debe a que sus cerebros están haciendo nuevas conexiones a gran velocidad, intentando comprender cómo funciona el mundo. Preguntar 'por qué' les ayuda a establecer relaciones causa-efecto y a sentirse más seguros al predecir qué sucederá a continuación. Los psicólogos afirman que no se trata solo de llamar la atención, sino de una genuina búsqueda de comprensión. Los padres pueden fomentar esta curiosidad respondiendo de manera alentadora y utilizando estrategias como '¿tú qué crees?' para estimular el pensamiento crítico. Aunque puede ser agotador, este intercambio fortalece la autoestima del niño y construye su confianza.
El enigmático mundo de los felinos no deja de sorprendernos; sus costumbres, a menudo, nos arrancan una sonrisa o nos sumen en una perplejidad adorable. ¿Quién no ha visto a su gato meter la pata en el cuenco de agua antes de beber? Esta peculiar manía, lejos de ser un simple capricho, encierra varias explicaciones fascinantes, desveladas en parte gracias a la experta en comportamiento felino Pam Johnson-Bennett. La sensibilidad de sus bigotes, esas antenas tan vitales, juega un papel crucial. Un gato que se aventura a beber directamente de un cuenco, sin sondear antes, corre el riesgo de que sus delicados bigotes rocen los bordes o el fondo. Imaginen la incomodidad: esa presión sobre los pelos puede ser tan molesta que prefieren "palpar" la profundidad con una pata. Así, evitan el roce indeseado o, directamente, usan la pata como una cuchara improvisada, lamiendo el agua para sortear cualquier irritación. Es una cuestión de confort táctil, pura y dura. Pero hay más. La visión periférica y la sensación de seguridad son otro factor clave. Los gatos, predadores por naturaleza, se sienten vulnerables si al agachar la cabeza en un recipiente profundo pierden de vista su entorno. En un hogar con varios gatos, esta precaución se acentúa; necesitan monitorear a sus congéneres. Si el cuenco está pegado a una pared, la situación se complica aún más, pues para beber deberían dar la espalda a la habitación, dejándose expuestos. De nuevo, la pata se convierte en su mejor aliada para beber sin comprometer su vigilancia. Además, la creación de "ondas" en el agua podría ser un estímulo atractivo. Esta respuesta instintiva tiene raíces profundas en su evolución: los felinos prehistóricos preferían fuentes de agua en movimiento, considerándolas más seguras que las estancadas, potencialmente contaminadas. Esa preferencia por el agua viva explica por qué muchos gatos disfrutan bebiendo directamente del grifo. También, simplemente, la acción de agitar el agua puede ser una forma de diversión, un pequeño juego que rompe la monotonía. Es decir, a veces, es puro entretenimiento felino. Para aquellos dueños que deseen "corregir" este comportamiento, existen soluciones prácticas. Un cuenco de agua más ancho y poco profundo puede aliviar la molestia de los bigotes. Si la preocupación radica en la seguridad, disponer de varios bebederos por la casa ofrecerá más opciones y reducirá la sensación de vulnerabilidad. Y si todo apunta al aburrimiento, aumentar el tiempo de juego y la estimulación mental podría ser la clave. En casos muy raros, la patita en el agua puede indicar problemas de visión o de salud en gatos mayores, algo que siempre merece una consulta veterinaria. Sin embargo, en la vasta mayoría de los casos, este gesto es simplemente una de esas encantadoras excentricidades que hacen de los gatos seres tan especiales, ligeramente extraños, pero siempre justificables.
El inolvidable golpe de nudillos de H.I. McDunnough, el personaje de Nicolas Cage en la película “Raising Arizona” de los hermanos Coen (1987), contra la superficie áspera de un techo de palomitas, no era solo una anécdota cinematográfica; revelaba un elemento arquitectónico que, por décadas, dominó millones de hogares, solo para desvanecerse en el olvido. ¿Cómo llegó ese peculiar acabado, también conocido como techo de estuco o acústico, a ser tan omnipresente y por qué desapareció? La historia es un entramado de ingenio posguerra, prisas constructivas y, finalmente, alarmantes preocupaciones de salud pública. Durante el frenético boom de la vivienda de los años 50, justo después de la Segunda Guerra Mundial, la necesidad de edificar rápido y barato era una prioridad absoluta. Constructores y compradores anhelaban soluciones que agilizaran el proceso, y aquí apareció, importado de Inglaterra, el techo de palomitas. Era una aplicación de spray pegajosa que, con una sola pasada, creaba una textura capaz de disimular imperfecciones sin el tedioso y costoso trabajo de lijar, enlucir y pintar. Era eficiente y rápido, un verdadero regalo para la velocidad constructiva. Además, su superficie tridimensional ofrecía una ventaja adicional: un excelente aislamiento acústico, ideal tanto para las crecientes familias como para los inquilinos de apartamentos que buscaban paz de sus vecinos de arriba. No es de extrañar que su popularidad se disparara. Sin embargo, la sombra de un problema mucho más grave comenzó a cernirse sobre este práctico invento. A medida que el siglo avanzaba, tanto los residentes como las agencias ambientales levantaron la voz de alarma sobre un ingrediente común en muchos materiales de construcción de la época: el amianto. Este mineral fibroso natural, si se inhala, puede causar daños pulmonares irreparables y, en última instancia, cáncer. Los techos de palomitas, a menudo una mezcla de vermiculita y amianto, se convirtieron en un foco de preocupación. Para la década de 1970, la legislación ya había prohibido el uso de amianto en nuevas construcciones. Se establecieron protocolos estrictos para su remoción segura de propiedades existentes. Aunque no todos los techos de palomitas contenían amianto (algunos usaban materiales como el poliestireno), la asociación ya estaba hecha. Los gustos cambiaron, la preocupación por la salud pública se afianzó, y este acabado, tan de moda en el siglo XX, comenzó su inevitable declive en los años 80, transformándose en una reliquia de otro tiempo. Pero, ¿realmente hay que preocuparse si uno todavía habita bajo un techo de palomitas? La clave reside en su estado. Si el material permanece intacto y adherido a la superficie, el riesgo es mínimo. El amianto se vuelve peligroso cuando se altera, se rompe y sus diminutas fibras, esas “pelusas” que el pulmón no puede expulsar, quedan suspendidas en el aire. Es al removerlo o dañarlo cuando el peligro es real. Por ello, si se planea una remodelación en una casa construida antes de 1990 y se sospecha de un techo de palomitas, la primera y más crucial acción es testarlo. Empresas ambientales especializadas pueden tomar muestras y confirmar la presencia del material. Si el resultado es positivo, la remoción debe ser realizada por una compañía de remediación, que garantizará que las fibras no contaminen el aire o el resto del hogar, y que el desecho se haga conforme a las normativas locales para materiales peligrosos. Si no hay amianto, y el techo no está desmoronándose o sufriendo daños por agua, un "hágalo usted mismo" podría ser una opción, humedeciendo y raspando, siempre que no haya sido pintado. Pero si la labor desalienta, siempre queda el recurso de considerarlo un audaz toque de diseño de mediados de siglo. Al final, las modas, incluso las más controvertidas, suelen volver.
La seguridad de los autobuses escolares es un tema que ha generado debate en Estados Unidos. Aunque estos vehículos son considerados uno de los medios de transporte más seguros, la ausencia de cinturones de seguridad en muchos de ellos ha generado controversia. Según la Junta Nacional de Seguridad en el Transporte (NTSB), los autobuses escolares confían en el principio de 'compartimentación' para proteger a los pasajeros. Esto implica asientos acolchados y muy juntos entre sí, lo que mantiene a los niños seguros dentro del compartimento en caso de colisión. Sin embargo, algunos expertos argumentan que los cinturones de seguridad, especialmente los de tres puntos (cinturón de hombro y lap), proporcionarían protección adicional en colisiones laterales y vuelcos. La implementación de cinturones de seguridad varía según el estado; algunos exigen su instalación en nuevos autobuses, mientras que otros dejan la decisión a los distritos escolares. El costo es un obstáculo significativo, ya que equipar autobuses con cinturones de seguridad puede aumentar su precio entre $19,000 y mucho más. A pesar de esto, fabricantes como Blue Bird han anunciado que equiparán todos sus nuevos autobuses con cinturones de tres puntos de serie. Los padres pueden contribuir a la seguridad de sus hijos enseñándoles medidas básicas, como llegar temprano a la parada del autobús y cruzar la calle con precaución.
El aire se llena no solo con el penetrante olor a gasolina, sino, a menudo, con las majestuosas sinfonías de Bach o Beethoven, a volúmenes que rozan lo estridente. Una imagen que choca, ¿verdad? Y, sin embargo, esta aparente afición por la música clásica en gasolineras y tiendas de conveniencia de Estados Unidos oculta una estrategia mucho menos armoniosa de lo que parece. No buscan clientes melómanos ni elevar el espíritu de quien llena el depósito; la meta es precisamente la contraria: espantar. La táctica, sorprendentemente, no es nueva. Ya en la década de 1980, la cadena 7-Eleven experimentaba con la idea, según el Los Angeles Times. En 2019, ese mismo medio reportaba cómo varias de sus tiendas en el área de Los Ángeles habían adoptado los altavoces para disuadir a los "merodeadores" de pedir dinero o simplemente "pasar el rato" cerca de sus establecimientos. El miedo a la incomodidad del cliente o, peor aún, a los robos en tienda, era el motor. Un propietario incluso afirmó haber logrado una reducción del 10% en visitantes no deseados gracias a esta "arma" sonora. Pero este fenómeno no se limita a California. En 2023, la estación de noticias WSYX de Ohio cubrió cómo una sucursal de Speedway (cadena que ahora pertenece a 7-Eleven) en Columbus había implementado la misma política. Fox 7, en Austin, Texas, también perfiló una 7-Eleven local ese año con idéntica estrategia. De Jacksonville, Florida, a Albuquerque, Nuevo México, pasando por Tacoma, Washington, la música clásica resuena con un propósito muy particular. Y no solo en gasolineras: una Walgreens en Tacoma también ha adoptado la medida. Sin embargo, esta peculiar "banda sonora" ha desatado una controversia considerable. Sus defensores argumentan que la gente que deambula por estos espacios puede acosar a los clientes, crear disturbios o incluso volverse agresiva con el personal. Para ellos, es una forma de proteger la experiencia de compra y la seguridad. Un cliente en Los Ángeles, sin embargo, lo veía de forma muy distinta: "Son personas, no palomas", sentenció al diario. Lo describió como el "equivalente auditivo de poner pinchos en un banco", una medida que lo hizo sentirse incómodo. Eric Tars, director legal del National Law Center on Homelessness and Poverty, en su entrevista con el Times, lo expuso crudamente: "Se trata de quién tiene derecho al espacio público, quién es deseable y quién indeseable". Tars critica la "otredad" de las poblaciones menos afortunadas, sugiriendo un trato inhumano. Columnistas como Anne Midgette del Washington Post, ya en 2012, tildaron la práctica de "elitismo supremo", una forma de "civilizar" el espacio haciendo que sea desagradable para aquellos con gustos distintos o, implícitamente, de menor nivel social o económico. La eficacia de esta táctica, sin embargo, sigue siendo un interrogante. ¿Realmente ahuyenta el crimen? Las estadísticas concretas son esquivas. Aunque un portavoz del Metro de Los Ángeles reportó una reducción del 20% en la actividad criminal en una estación tras el uso de música clásica, y Northern, una empresa ferroviaria del Reino Unido, también afirmó una disminución de incidentes, ¿es la música o es un "efecto halo"? Quizás la presencia policial se intensifica en estas zonas, o la música se implementa junto con otras medidas de seguridad, como la videovigilancia. Al final, la discusión sobre si la música clásica es una solución o un mero desplazamiento del problema no muestra signos de amainar. Rob Huff, de la Tacoma-Pierce County Coalition to End Homelessness, pedía en 2024 que la ciudad creara "espacios de baja barrera" para las personas sin hogar, en lugar de simplemente moverlas de un sitio a otro. El impacto no deseado, no obstante, es innegable: algunos clientes, como un residente de Austin que se lo dijo a Fox 7, encuentran la música "ruidosa, desagradable y muy molesta", optando por gasolineras silenciosas. La cacofonía de Bach podría estar, irónicamente, espantando también a los compradores.
La palabra "cop", omnipresente en el lenguaje coloquial para referirse a los agentes de la ley, encierra una etimología mucho más fascinante de lo que uno podría imaginar. Desafía las fábulas populares que la vinculan con acrónimos ingeniosos o materiales de insignias, tejiendo su verdadera historia en las entrañas del lenguaje. Olvídate de "Constable on Patrol" o de la referencia al cobre de las insignias; esas explicaciones, aunque atractivas, son meros cuentos. La explicación más plausible nos lleva directamente al siglo XVIII, a la aparición del verbo "cop" o "copping". Este verbo significaba "apoderarse" o "atrapar", una acción intrínsecamente ligada al quehacer policial. Con el tiempo, este término comenzó a circular en la segunda mitad del siglo XIX, arraigando como sinónimo de agente de la ley. Curiosamente, el término "copper" le precede en unos veinte años, predominando en el Reino Unido y Australia, mientras que "cop" se afianzaba con fuerza en Estados Unidos. La persistente persecución de criminales en busca de su "captura" (o "copping") cimentó su vínculo inquebrantable con las fuerzas del orden. Aunque "cop" ha logrado una aceptación general como una palabra neutral –a diferencia de "pig", que carga con connotaciones decididamente negativas–, no siempre fue bien recibida por todos. J. Edgar Hoover, la icónica figura que dirigió el FBI, sentía una aversión particular a que lo llamaran un "top cop", un detalle que Snopes ha documentado. Esta anécdota resalta la delgada línea entre el argot popular y la percepción institucional. Pero el vasto universo del argot policial no se detiene en "cop". Otros términos han calado hondo, si bien su permanencia es más variada. "5-0", por ejemplo, debe su popularidad a la serie de televisión "Hawaii Five-0", emitida entre 1968 y 1980. En la trama del programa, "Five-0" hacía referencia a Hawái como el estado número 50 de la unión americana. La serie no solo popularizó este término, sino que también nos legó la inmortal frase "Book ‘em, Danno", pronunciada por Jack Lord al referirse al procesamiento de los delincuentes. Ambas expresiones se han incrustado en el léxico popular, trascendiendo la pantalla. Mucho más esquivo resulta el origen de "12", otro número que ha encontrado su nicho en la cultura hip-hop como sinónimo de policía. Una teoría apunta a los códigos de radio policiales, específicamente el "10-12", utilizado para alertar sobre la presencia de civiles o para solicitar instrucciones. Las comunidades, con el tiempo, podrían haber abreviado este código a "12" para advertirse mutuamente. Otra hipótesis, quizás más regional, sugiere que una escuadra de narcóticos de Atlanta tenía unidades que comenzaban con el número 12, lo que facilitó su asociación directa con la aplicación de la ley. Así, mientras "cop", "pig" y "5-0" han resistido el paso del tiempo, otros términos como "rat bag", "scorcher" o "beak runner" han caído en el olvido, demostrando que en el argot, como en la vida, solo los más fuertes sobreviven.
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