Crítica:
El estudio apenas se queda en la curiosidad, sin ofrecer guías concretas para la vida cotidiana. Su título, con la promesa de un cambio invisible, resulta más un truco publicitario que una revelación científica.
El estudio apenas se queda en la curiosidad, sin ofrecer guías concretas para la vida cotidiana. Su título, con la promesa de un cambio invisible, resulta más un truco publicitario que una revelación científica.
Cuando la madre de 14 meses decide hacer la compra, el bebé no solo observa el precio del pan, sino también a quién le das un empujón cuando el cajero se queda sin tarjeta. Un estudio publicado en PNAS, encabezado por Bill Pepe de la Universidad de California en San Diego, afirma que los infantes ya a esa edad están mirando el tablero de alianzas, no el tablero de bondad. El experimento se presentó como una simple prueba de “violación de expectativas”. Un personaje amarillo intenta empujar una roca cuesta arriba, un azul se ofrece a ayudar y un rojo se opone. El bebé, con la mirada fija, parece decidir quién es el buen rollo. Pero la sorpresa llega cuando aparece un personaje lavanda con forma cónica, también necesitado de ayuda. Si el bebé hubiera formado una regla general de que el azul es el buen, habría esperado que ayudara al nuevo. En realidad, no lo hizo. En cambio, cuando el rojo cambia de actitud y ayuda al amarillo, el pequeño mira más tiempo, como si hubiera descubierto un nuevo acuerdo de grupo. El mensaje es claro: la infancia temprana no busca la virtud abstracta, sino la utilidad de los lazos. El cuarto experimento lleva el análisis a la jerarquía social. Un ayudante elige primero entre A y B, luego entre B y C. Cuando se le pide elegir entre A y C, el bebé presta más atención al caso donde el ayudante escogió A. Los investigadores interpretan que los niños infieren una cadena transitiva: C > B > A, y por lo tanto C > A. En términos de la vida real, están aprendiendo a priorizar a quienes les ofrecen ayuda de forma consistente. Para los padres, el resultado es un recordatorio incómodo: las acciones que consideras neutras se convierten en fichas de poder social para el pequeño. Si le das tu tiempo a tu vecino, tu hijo lo catalogará como “de los nuestros”, y si lo repartes equitativamente, su juicio será diferente. El estudio no deja de ser provocativo. No se sabe si este proceso persiste a la edad escolar ni si la cultura influye en la selección de aliados. Pero lo que sí se confirma es que los bebés están haciendo su propio análisis de riesgo y beneficio antes de poder verbalizar una opinión.
Los padres se han convertido en los nuevos influencers de la generación Z, y su mayor campaña de marketing es la pantalla. Un estudio de la Universidad de California, con 7.400 adolescentes seguidos durante dos años, demuestra que el 85 % de los jóvenes estadounidenses se lanza al mundo de los videojuegos, y casi la mitad juega a diario. La pregunta no es si los juegos son buenos o malos, sino quién le está poniendo la cereza en la pizza digital. La investigación, publicada en el World Journal of Pediatrics, traza un mapa de los hábitos de los adultos y lo que reflejan en la pantalla de sus hijos. Cuando el padre abre su móvil en la mesa, la casa se convierte en un salón de exhibición permanente. El fenómeno, conocido como phubbing, reduce la supervisión y abre la puerta a una “cultura de la pantalla” que, según la teoría del aprendizaje social, los adolescentes absorben sin cuestionar. El resultado: después de uno o dos años, la probabilidad de que los hijos consuman títulos para adultos aumenta, y los síntomas de juego problemático, como la necesidad de jugar más o el descenso del rendimiento escolar, se vuelven más frecuentes. Los momentos críticos son la cena y la hora de dormir. La pantalla en la mesa o un dispositivo en la cama se traducen en horas extras de juego y en una montaña de síntomas que nadie quiere ver crecer entre los 15‑17 años. Los padres, a menudo, utilizan el juego como moneda de cambio: “Si te portas bien, puedes jugar” o “Hoy no hay consola”. La investigación muestra que esta táctica, lejos de inculcar responsabilidad, convierte el videojuego en un premio codiciado, reforzando la búsqueda de autonomía propia de la adolescencia. No todo es alarma. El estudio señala que el monitoreo parental activo, saber qué juegan y cuándo, y establecer límites claros funciona. Pero la clave está en el espejo familiar: los adultos deben reducir su propio uso de pantallas, evitar los dispositivos en la mesa y mantenerlos fuera del dormitorio. Los videojuegos no son el enemigo; el entorno familiar es el que decide si la consola será una tentación o una herramienta.
El arroz, el alimento base de más de la mitad de la humanidad, podría desaparecer debido al cambio climático. Un estudio internacional ha descubierto que el cultivo de arroz tiene un límite de temperatura, por encima del cual no puede prosperar. En los últimos 9.000 años, el arroz asiático domesticado rara vez ha prosperado donde la temperatura media anual supera los 28 °C o donde el máximo de la estación cálida supera los 33 °C. Esto significa que el arroz se adapta mejor al frío que al calor. Sin embargo, con el cambio climático, las temperaturas están aumentando y el arroz podría no sobrevivir en las zonas donde se cultiva actualmente. De hecho, se estima que para 2071-2100, grandes zonas del sur y sudeste asiático, incluidas áreas con densidades muy altas de cultivo, cruzarán esos umbrales. Esto podría afectar a más de 2.500 millones de personas que dependen del arroz como alimento básico. La adaptación es posible, pero requiere cambios significativos en la forma en que se cultiva el arroz, como desplazar fechas de siembra hacia estaciones más frescas o desarrollar variedades más resistentes al calor. El estudio es un aviso sobre la fragilidad de un cultivo básico cuando el clima sale del rango en el que ha sido viable de forma repetida. En resumen, el arroz se va a acabar si no hacemos algo al respecto. La pregunta es, ¿qué podemos hacer para salvarlo? El cambio climático no es solo un problema ambiental, sino también un problema de seguridad alimentaria. El arroz es solo el comienzo, si no tomamos medidas para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y mitigar el cambio climático, otros cultivos básicos también podrían desaparecer. La hora de actuar es ahora, antes de que sea demasiado tarde. El futuro del arroz y de la humanidad depende de ello. El arroz es como el dinero en el bolsillo, siempre se necesita, pero si no se cuida, se puede perder. La situación es grave, pero no es irreversible. Todavía hay tiempo para cambiar el curso de la historia y salvar el arroz. ¿Estamos dispuestos a hacerlo? El reloj está ticking, el arroz se está acabando y la humanidad está en juego. La pregunta es, ¿qué vamos a hacer al respecto? El tiempo es ahora, la decisión es nuestra. El arroz es el futuro, y el futuro es ahora. El cambio climático es un problema real, y el arroz es solo el comienzo. La hora de actuar es ahora, antes de que sea demasiado tarde. El arroz se va a acabar, pero podemos salvarlo. La decisión es nuestra.
El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente, se ha convertido en el protagonista de una escena que parece sacada de una película de humor negro. Después de que 46 personas perdieran la vida en el accidente ferroviario de Adamuz, las víctimas y sus familias pidieron su dimisión. La respuesta de Puente fue un verdadero golpe de efecto: «No soy yo quien soldó la vía». Es como si alguien que ha provocado un accidente de tráfico le dijera a la víctima que no es su culpa porque no fue él quien fabricó el coche. La hipocresía es tal que duele. La Asociación de Víctimas de Adamuz ha relatado este encuentro en el programa Horizonte, de Iker Jiménez, y ha dejado claro que la falta de responsabilidad de Puente es algo que no se puede tolerar. Mientras tanto, la manifestación de las víctimas y los ciudadanos en el Congreso de los Diputados ha sido un ejemplo de la rabia y la frustración que se siente en la calle. La consigna «¡Puente dimisión!» ha resonado en las calles de Madrid, y es probable que se convierta en un grito de guerra para los que exigen justicia y verdad. La pregunta es: ¿cuánto tiempo más podrá aguantar Puente en su cargo? La respuesta, por ahora, es un misterio. Lo que sí es seguro es que la memoria, la verdad y la justicia son los únicos caminos para superar esta tragedia. Y es ahí donde Puente y su equipo deberían enfocar sus esfuerzos, en lugar de buscar excusas y justificaciones para no dimitir. La lista de la compra de la política española es larga y complicada, pero en este caso, la prioridad debería ser clara: las víctimas y sus familias merecen respeto y justicia. No más excusas, no más justificaciones. La hora de la verdad ha llegado, y es hora de que Puente y su equipo rindan cuentas. El sablazo en la factura de la política española es demasiado alto, y es hora de que alguien pague el precio. La cuenta corriente de la confianza en la política española está en números rojos, y es hora de que alguien la vuelva a llenar. La pregunta es: ¿quién será el próximo en caer? La respuesta, por ahora, es un misterio. Pero lo que sí es seguro es que la justicia y la verdad serán los únicos caminos para superar esta tragedia.
En un giro inesperado, el presunto testaferro de José Luis Rodríguez Zapatero, Julio Martínez, estableció sociedades en el chalé vacacional del expresidente, ahora vendido, pero con una conexión sospechosa. La historia comienza con la venta del chalé de 250 metros cuadrados por 345.000 euros, un precio que puede parecer una ganga considerando la exclusividad de la urbanización El Mirador de Vera. Sin embargo, lo que llama la atención es que Julio Martínez, conocido como Julito, constituyó dos sociedades en ese mismo domicilio años después, una de las cuales, Voli Analítica SL, cobró 99.000 euros de Plus Ultra en concepto de servicios de consultoría. Esto no es solo un asunto de números; es como si hubiéramos encontrado una pieza crucial en un rompecabezas de intereses y relaciones que involucran al expresidente y su presunto testaferro. La empresa en cuestión tiene un capital social de 200.000 euros, un detalle que puede parecer insignificante, pero que se vuelve relevante al considerar los 458.000 euros (sin IVA) que Plus Ultra abonó a distintas sociedades vinculadas a Julio Martínez entre 2020 y 2025. Esta red de transacciones y conexiones familiares y empresariales puede ser más compleja de lo que inicialmente parece, sobre todo cuando se considera el traslado de domicilios sociales y los cambios en la administración de estas sociedades. La investigación en curso busca esclarecer la naturaleza real de estas actividades y si han existido irregularidades en el rescate de 53 millones de euros a Plus Ultra, una operación en la que, según se ha informado, el propio Zapatero habría mediado ante el entonces ministro de Transportes, José Luis Ábalos. La trama se vuelve aún más intrincada al considerar que Análisis Relevante S.L., otra empresa vinculada a Julio Martínez, no solo recibió fondos de Plus Ultra, sino que también habría canalizado pagos hacia la familia del expresidente. En este entramado, la figura de Sergio Sánchez, actual directivo de Telefónica y presunto redactor de informes de consultoría, cobra relevancia, especialmente al considerar que su trabajo podría haber servido como justificación formal para los servicios prestados, aunque las investigaciones buscan determinar la legitimidad de estas actividades. La historia es un laberinto de conexiones y transacciones que, a medida que se desenreda, puede revelar una imagen más clara de los intereses económicos y las decisiones estratégicas que han estado en juego. Por ahora, la investigación sigue abierta, y el alcance definitivo de estos acontecimientos está aún por determinar, dejando a la opinión pública con más preguntas que respuestas sobre la gestión de fondos públicos y la ética en la política.
En los carriles polvorientos de la Ruta 351 de Pennsylvania, el nombre de Raymond Robinson se convirtió en su propio cuento de terror. El joven de 8 años, nacido en Beaver County en 1910, se puso a la moda de las travesuras en 1919 cuando se lanzó al puente de un tranvía y se encontró con una línea de alta tensión. 11.000 voltios lo atravesaron como un rayo de un móvil barato, derribando su rostro y arrancando su brazo como si el destino hubiera tirado una tarjeta de crédito con saldo insuficiente. Los periódicos de la época, sin perder la formalidad, relatan que «solo quedan agujeros donde están los ojos» y que el resto de su cuerpo lleva cicatrices que parecen marcas de un sello de garantía de calidad. Al sobrevivir, Robinson se convirtió en el protagonista de una leyenda en la que la ciudad, con su ironía de la que no se sirve, le dio un nombre: el Green Man, el que “brilla en verde” según los faros que le caen sobre la ropa, la cual, según los vecinos, reflejaba la luz como una lista de la compra de la noche. A partir de los años 50, los adolescentes de la zona empezaron a hacer de sus viajes nocturnos un deporte de riesgo, pasando la hora buscando al fantasma sin cara que, según la teoría del barrio, podía parar los coches con un “cargador eléctrico” que él mismo portaba. La verdadera historia, sin embargo, es una crónica de marginalidad. Después del hospital, Robinson se refugió en su familia en Koppel, fabricaba cinturones, bolsos y felpudos, y los vendía para ganarse el dinero de la vida, un ingreso tan pequeño como el cambio que se queda en la máquina de café. Se escapaba de la calle al caer la noche para evitar la burla, pero también para que los jóvenes no lo vieran y, con suerte, que la leyenda no se convirtiera en un mito de terror. Los relatos de la época, incluidos los testimonios del Pittsburgh Post‑Gazette en 2018 y los recuerdos de Pete Pavlovic y Phil Ortega, pintan a Robinson como un hombre amable, que a veces recibía cervezas y tiras de Lucky Strike. Sin embargo, algunos lo iban a dejar a la vista de la carretera como un cruel chiste de la comunidad. Raymond murió el 11 de junio de 1985 a los 74 años, pero la leyenda del Green Man sigue viva, como la luz de un faro que nunca se apaga, recordándonos que la verdadera oscuridad es la indiferencia de la sociedad hacia quienes se quedan al margen.
Si pensabas que el desierto era solo arena y sol, te equivocaste de lugar. En la Nevada de California, 200 millas al este de Los Ángeles, se esconde un pueblo que no necesita facturas ni alcantarillado: Slab City, el paraíso de los ocupantes que prefieren la libertad a la comodidad. El nombre proviene de los restos de concreto de Fort Dunlap, una base militar abandonada en 1956. Cuando las tropas se marcharon, los soldados dejaron los losas como cimientos mientras el estado, demasiado lejos, los olvidó. Así nació la primera casa improvisada: una grúa de químicos, una choza y un sueño de autosuficiencia. Hoy, cuando el invierno llega y el aire se vuelve un poquito más fresco, más de 4,000 almas migran aquí desde Canadá y otras zonas. Son jubilados que quieren estirar su pensión, artistas que buscan un lienzo, y curiosos que solo quieren probar la vida sin pagar impuestos. Cuando el verano vuelve con 120 grados, el número de residentes se reduce a unos 150, pero la comunidad mantiene su ritmo: la lluvia de turistas se convierte en la misma gente que vive en trailers, chozas y hasta en un camión. Sin líneas eléctricas ni agua corriente, los Slabbers construyen su propio sistema: paneles solares, generadores y baterías. El legendario Solar Mike, que ha instalado paneles desde 1980, sigue vendiendo energía verde de su caravana. La única “piscina” pública es una ducha comunitaria alimentada por una fuente cercana, y el agua potable se consigue a pocos kilómetros en Niland. El orden se mantiene sin policías permanentes; la ley se aplica cuando la policía de Niland pasa de vez en cuando. El delito habitual es el robo, y la comunidad marca las reglas: no tocar la propiedad ajena a menos que sea una estafa. El arte es la sangre que mantiene vivo al pueblo. En 1980, Leonard Knight, un ex soldado de Vermont, construyó la famosa Salvation Mountain con más de 500,000 galones de pintura. Su lema, "Ama a Jesús y manténlo simple", sigue resonando entre los residentes. East Jesus, una instalación colectiva de arte reciclado, muestra la creatividad que nace de la improvisación. Pero la serenidad es efímera. En 2015, el gobierno de California consideró dividir y vender la tierra, un recordatorio cruel de que la comunidad no está exenta de la economía de la tierra. La incertidumbre se cierne sobre el pueblo, que se autodenomina el "último lugar libre de América". No es un cuento de hadas, es un experimento de supervivencia que desafía la burocracia y la normativa. En la última prom del Range, los residentes celebran su independencia con música y baile, recordando que la verdadera libertad se compra con valentía, no con impuestos.
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