Crítica:
El texto original es un manual de instrucciones disfrazado de noticia. Le falta profundidad sobre las causas reales de la mortalidad urbana para no asustar al lector.
El texto original es un manual de instrucciones disfrazado de noticia. Le falta profundidad sobre las causas reales de la mortalidad urbana para no asustar al lector.
Hay gente que nace con el don de caer bien hasta al que odia el sol, y luego está Mark Zuckerberg. La reciente partida de Dolly Parton ha dejado al descubierto una verdad estadística demoledora: mientras la reina del country era el pegamento social que unía a un Estados Unidos fracturado, el CEO de Meta es el único punto de acuerdo entre demócratas y republicanos, y ese acuerdo es que no lo soporta nadie. Los datos del UMass Lowell Center for Public Opinion son un baño de realidad. Dolly Parton nadaba en el cariño general con un 78% de favorabilidad entre demócratas y un 73% entre republicanos. Era el abrazo cálido que todos querían. Zuckerberg, en cambio, es el frío servidor de datos que nadie quiere reiniciar. Su popularidad es un chiste: un 8% entre demócratas y un 13% entre republicanos. Para que se entienda el nivel de rechazo, hay más republicanos que sientan simpatía por Barack Obama (14%) que por el dueño de Facebook. Es un logro casi artístico ser menos querido que Obama en el bando rojo. El problema es que Mark no tiene el carisma de un Musk ni la bondad de una Parton; tiene el aura de un algoritmo mal programado. Mientras Meta se hunde en escándalos que parecen sacados de una distopía —desde la cosecha de datos de Cambridge Analytica hasta el pago a neonazis para generar contenido—, Zuckerberg sigue quemando miles de millones en una IA que nadie ha pedido, tratando a sus empleados como ganado en un corral digital. Al final, los datos lo sitúan en un pedestal de soledad muy selecto: solo Vladimir Putin, con sus ridículos 2% y 6% de favorabilidad, es capaz de competir en el concurso de quién es el hombre más odiado del planeta. Zuckerberg no es un líder, es el villano de una película que nadie quiere ver.
Viajar por España se ha convertido en una especie de rally extremo donde el premio no es un trofeo, sino llegar vivo a casa. Mientras el discurso oficial nos vende una infraestructura de vanguardia, la realidad es que nuestras carreteras parecen el escenario de una película post-apocalíptica. El último estudio de la Asociación Española de Carreteras de julio de 2025 es un jarro de agua fría: de los 160.000 kilómetros de red nacional, unos 54.000 están en estado lamentable o deficiente. Es decir, un tercio del asfalto es, básicamente, una trampa para ratones con ruedas. Lo más delirante es que 34.000 kilómetros necesitan una intervención urgente para que conducir no sea un deporte de riesgo. Según el informe, no estábamos tan mal desde los años 80; hemos tardado cuatro décadas en volver a la era de los baches prehistóricos. Un guardia civil de tráfico, que ve el desastre cada día, confiesa en petit comité que este año el mantenimiento ha desaparecido. Si antes había operarios parcheando socavones, ahora hay un silencio sepulcral. Es como si el presupuesto para el asfalto se hubiera esfumado en una gestión creativa de fondos. La hipocresía alcanza su pico cuando vemos que el Estado posee solo el 50% de las vías, pero por ellas circula el 70% del tráfico. El resultado es una lotería rusa: o te tragas un bache que te deja la suspensión en el arcén, o das un volantazo para esquivarlo y acabas saludando al conductor del carril contrario. Para rematar, las barredoras han pasado a ser leyendas urbanas; la vegetación crece tanto que ya no solo tapa las señales, sino que ha provocado incendios, como el de San Martín de Valdeiglesias. Básicamente, estamos pagando peajes y tributos para conducir por senderos que darían envidia a un camino de cabras.
El sistema penitenciario en Ceuta se ha convertido en una puerta giratoria con un mecanismo de seguridad que parece diseñado por un optimista ingenuo. La trama es sencilla: si te pillan cometiendo un delito con una pena de entre uno y cinco años, el juez te ofrece un trato que es, básicamente, un 'vale por una salida gratis'. Firmas que no volverás a España en cinco años y, ¡zas!, pasas de la celda al autobús hacia Marruecos. El problema es que, para muchos, esa prohibición tiene la misma validez que un ticket de parking caducado. Según Juan Iglesias, portavoz de CSIF, la técnica es tan rudimentaria como efectiva: se cambian el nombre, aprovechan el caos de los pasos migratorios y vuelven a entrar como si fueran turistas en primera visita. Lo vimos recientemente con la emboscada a militares en Benzú. De doce condenados a dos años por atentado contra la autoridad, once se libraron de la cárcel mediante la expulsión. Una ingeniería jurídica que, en la práctica, es un chiste. Mientras el ciudadano medio se juega la vida por un error en la declaración de la renta, aquí basta con un alias nuevo para resetear el contador de la ley. Mientras tanto, el Centro Penitenciario de Ceuta agoniza. La masificación es tal que la reeducación y reinserción social son conceptos utópicos, casi mitológicos. El sindicato CSIF ha tenido que escribir a la SGIP porque la plantilla está al borde del colapso físico y mental. Piden un límite de 280 internos para no acabar en un caos absoluto, sugiriendo traslados a la península. En resumen: prisiones llenas, fronteras colador y un ordenamiento jurídico que permite que el delincuente juegue al 'cambio de piel' mientras el Estado paga la factura del desorden.
En el puerto de Naos, en Arrecife, la gestión de la crisis migratoria ha alcanzado un nivel de surrealismo que ni el mejor guionista de comedia negra se atrevería a escribir. Imaginen la escena: por un lado, el pescado fresco, ese producto que requiere una higiene quirúrgica para no acabar en una intoxicación colectiva; por el otro, un despliegue de emergencia con carpas, contenedores de basura y aseos portátiles. La distancia entre el filete de pescado y el sanitario químico es de apenas un metro. Un metro. Prácticamente, el menú del día se prepara con el aroma del despliegue logístico de fondo. La Cruz Roja ha montado su campamento para atender a los 245 inmigrantes que llegaron hace una semana en una patera, y lo ha hecho con una precisión geométrica envidiable: justo encima de la zona de descarga. Mientras los pescadores intentan salvar lo que queda de su negocio —con pérdidas que ya alcanzan los 300 kilos de pescado al día—, se encuentran con que su espacio de trabajo ahora comparte código postal con contenedores de residuos y carpas de asistencia. Es la gestión del 'todo vale' aplicada al urbanismo portuario. La hipocresía es deliciosa. Se habla de protocolos, de derechos y de asistencia humanitaria, pero se olvida el protocolo básico de salubridad alimentaria. No es una cuestión de ideología, es una cuestión de bacterias. Los trabajadores del sector pesquero no piden imposibles, solo que no mezclen el pescado fresco con los aseos portátiles. Pero claro, en la urgencia de blindar la gestión migratoria, parece que el sentido común ha sido el primer pasajero en saltar por la borda.
Hay una magia muy particular en la justicia exprés: esa capacidad de convertir un atentado contra militares en un billete de ida sin retorno. El pasado jueves, en la zona de Benzú, una patrulla del Grupo de Regulares descubrió que lanzar piedras a un vehículo oficial es una forma eficiente de conseguir que el Estado te pague el traslado a casa. El resultado: cuatro militares heridos de diversa consideración y doce detenidos que, hasta que llegó el juez, probablemente no tenían ni para el café. El viernes, el Juzgado de lo Penal de Ceuta ejecutó el truco final. Once de los implicados, con una agilidad mental envidiable, aceptaron un acuerdo con la Fiscalía: dos años de prisión sustituidos por la expulsión inmediata y una prohibición de volver a pisar España durante cinco años. Básicamente, han cambiado la celda por el aeropuerto. Es el 'pack ahorro' judicial: reconoces que estuviste ahí, evitas el juicio y te ahorras el menú de la cárcel a cambio de un exilio forzoso. Una transacción financiera donde el coste lo pagan los heridos y el beneficio es la limpieza rápida del expediente. Pero en toda coreografía hay alguien que rompe el paso. El duodécimo detenido decidió que el guion de la Fiscalía no encajaba con su agenda. Mientras sus compañeros firmaban la salida, él sostuvo que estaba durmiendo la siesta en el momento del ataque. Un argumento tan sólido que el juez, lejos de darle una manta y una almohada, ha decidido mantenerlo en prisión provisional. Así queda el tablero: once en el camino de vuelta a Marruecos y uno solo, el 'dormilón', esperando la fecha de un juicio que probablemente no sea tan rápido como el vuelo de sus colegas.
Mientras nosotros nos peleamos con la aplicación del banco para que no nos cobren una comisión absurda, en Weymouth, Massachusetts, hay un grupo de mapaches que han encontrado la verdadera felicidad: el caos absoluto. El New England Wildlife Center ha decidido invertir en una remodelación de sus recintos exteriores, instalando perímetros reforzados y cámaras de vigilancia que, en lugar de pillar a un intruso, han capturado una lucha libre clandestina de animales que no tienen ni idea de lo que es pagar un alquiler. Priya Patel, la Directora Médica de Vida Silvestre, nos confirma que estos pequeños gladiadores de entre 4 y 5 meses —algunos acogidos desde principios de mayo— están ejecutando el plan perfecto de rehabilitación: ser lo más salvajes posible. Es una gestión impecable. Mientras el ciudadano medio intenta sobrevivir a la inflación, estos huérfanos reciben vacunas contra la rabia, el distemper y el parvovirus, y han pasado de la fórmula infantil a comida sólida sin soltar un solo euro. La estrategia es brillante: criarlos en grupos grandes para que se quieran entre ellos y no se encariñen con los humanos. Nada de mimos, solo cajas puzzle para que aprendan a resolver problemas, algo que muchos políticos envidiarían. El recinto exterior es su campo de entrenamiento para aprender a buscar sombra cuando aprieta el sol o a amontonarse cuando llueve, simulando la dureza de la calle pero con la seguridad de un centro especializado. Y para los mirones que buscan romance nocturno, Patel corta el paso rápido: no hay citas íntimas aquí; la madurez sexual llega a los 10 meses, y para entonces, estos pequeños revoltosos ya habrán sido devueltos a la naturaleza para empezar a desvalijar basureros reales.
Hay una forma muy elegante de decir que alguien ha dejado el grifo abierto en el jardín del vecino y se ha ido a dormir la siesta: se llama 'falta de supervisión clara'. El petrolero Caroline Bezengi, un gigante que navegaba con la bandera de Camerún pero el corazón lleno de 800.000 barriles de crudo ruso, decidió que las Islas Al Hallaniyat eran el sitio perfecto para echarse una siesta eterna. Primero hubo una 'explosión' el 8 de junio —de esas que no vienen en el manual de instrucciones— y para el 30 de junio el barco ya estaba encallado en una reserva marina de Omán que, para colmo, aspira a ser Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Llevamos seis semanas en este silencio sepulcral mientras el barco vomita petróleo sin descanso. Para que nos entendamos: la mancha ya cubre más de 2.000 kilómetros cuadrados. Es como si alguien hubiera volcado un camión de aceite en el pasillo de tu casa y nadie quisiera limpiar porque no saben de quién es la mopa. John Amos, el CEO de SkyTruth, lo define como una pesadilla. Y tiene razón. Mientras los burócratas juegan al ping-pong sobre quién debe pagar la factura, el viento y las olas están desmantelando el casco del Bezengi con la paciencia de un escultor. Si nadie mueve un dedo, podríamos pasar de un susto a una catástrofe de 50 millones de galones vertidos. Básicamente, estamos viendo cómo un error de navegación se convierte en el mayor 'regalo' tóxico de la historia de Omán, todo porque resulta muy incómodo señalar con el dedo cuando el petróleo es ruso y la bandera es camerunesa.
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