Ceuta ha descubierto que el camino más corto hacia un desastre ecológico es un bote de champú en una ducha pública. Mientras la administración mira hacia otro lado, la playa de El Trampolín se ha convertido en un cóctel químico donde las gaviotas patiamarilla (Larus michahellis) están pagando el pato —o el gel—.
En apenas un mes, la asociación DAUBMA ha tenido que recoger a más de 40 aves que, en lugar de volar, presentan un cuadro clínico que parece sacado de una mala noche: parálisis parcial, vómitos y una desorientación que haría dudar a cualquiera.
La trama es tan simple como absurda.
Hay una ordenanza que prohíbe el uso de detergentes en las duchas, pero las normas en la calle tienen la misma fuerza que un castillo de arena frente a la marea. El resultado es que el agua de escorrentía, cargada de perfumes y tensioactivos, termina en los charcos donde las aves beben.
Es como si sustituyéramos el agua del grifo por detergente de platos y nos sorprendiéramos de que alguien se sienta mal.
El telón de fondo no es menor: la zona fue el epicentro de una crisis migratoria brutal entre el 30 y 31 de julio, con cifras que el Ministerio del Interior elevó hasta las 72.000 entradas irregulares.
Aunque el Gobierno movió a 1.800 personas de la calle a mediados de agosto, el rastro químico permanece. DAUBMA, que ya tuvo que denunciar la muerte a golpes de un delfín en el mismo arenal, ahora pide análisis toxicológicos y el cierre de duchas. Básicamente, piden que la ley sea algo más que un papel mojado mientras la fauna urbana se intoxica con fragancia de primavera.
Crítica:
El texto original mezcla la tragedia animal con la crisis migratoria de forma casi quirúrgica para señalar la inacción administrativa. Le falta rigor técnico sobre qué químicos exactos están matando a las aves, pero sobra intención política.
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