In 1976, a college paper blamed the Salem witch trials on moldy bread. It wasn't true.

Salem: El mito del pan psicodélico

social Una ilustración conceptual y satírica. Un trozo de pan de centeno antiguo con moho verde brillante que emite destellos psicodélicos y colores neón, colocado sobre un pergamino judicial del siglo XVII con sellos de cera. Al fondo, la silueta oscura de una horca colonial envuelta en una niebla espesa, creando un contraste entre la 'explicación científica' colorida y la realidad sombría de la ejecución.

Hay una especie de placer casi erótico en creer que las tragedias humanas tienen una explicación técnica, un 'fallo en la matriz' que nos quite la culpa. Así nació el mito del pan mohoso. En 1976, Linnda Caporael, una estudiante de U.C. Santa Barbara que solo quería aprobar una asignatura de humanidades para graduarse, escribió un trabajo sobre Ann Putnam y los juicios de Salem de 1692.

Su tesis era sencilla: las convulsiones de las niñas no eran demonios, sino ergot, un hongo del centeno que actúa como un LSD rústico. El resultado fue un incendio forestal informativo. Aunque Caporael fue cautelosa y llamó sus hallazgos 'sugerentes', la prensa de la época —con el The New York Times, The Washington Post y The Boston Globe al mando— decidió que el matiz era aburrido.

Prefirieron vender que las niñas de Salem estaban en un 'mal viaje' psicodélico, encajando la historia en la paranoia antidrogas de los setenta. Fue el primer 'viral' antes de que existiera internet; una teoría que saltó de una revista científica a los kioscos en semanas. Lo fascinante es la terquedad del error.

Nicholas Spanos y Jack Gottlieb desmontaron la teoría en la misma revista Science ese mismo año, demostrando que si hubiera habido ergot, las niñas habrían tenido los dedos pudriéndose por gangrena o el estómago revuelto, cosas que no aparecen en los registros. Pero la verdad es un producto difícil de vender.

El mito es tan resistente que en 2023 Joe Rogan lo rescató en su podcast, demostrando que preferimos culpar a un hongo que admitir que los adultos a cargo eran simplemente crueles. Al final, 19 personas colgadas y un hombre, Giles Corey, aplastado por piedras, no fueron víctimas de un hongo, sino de una sociedad que decidió 'comerse a los suyos' porque era más fácil que admitir que la gente puede ser mala sin necesidad de alucinógenos.

Crítica:

El texto es un ejercicio brillante de desmitificación, aunque peca de ser demasiado indulgente con la negligencia periodística de los 70. Expone la pereza intelectual colectiva con una precisión quirúrgica.

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