Crítica:
El texto original es una joya del sarcasmo, aunque peca de ignorar quiénes son los operadores detrás de estas granjas de contenido. Es una radiografía perfecta de la estupidez colectiva alimentada por el algoritmo.
El texto original es una joya del sarcasmo, aunque peca de ignorar quiénes son los operadores detrás de estas granjas de contenido. Es una radiografía perfecta de la estupidez colectiva alimentada por el algoritmo.
Elon Musk ha vuelto a demostrar que lanzar cohetes es, para él, tan rutinario como para nosotros ir a comprar el pan. El 13 de septiembre, a las 2:49 p.m. EDT, un Falcon 9 despegó desde Cabo Cañaveral para poner en órbita los últimos tres satélites de la constelación O3b mPOWER de la luxemburguesa SES. No era un vuelo cualquiera; era la misión número 700 de la familia Falcon. Siete cientos. Para que nos entendamos: mientras nosotros seguimos peleando con el mando de la tele, SpaceX ha convertido el espacio en una cinta transportadora de Amazon.
El espacio exterior se ha convertido en el vertedero más caro de la historia. Mientras nosotros peleamos con el ayuntamiento porque no recogen los contenedores el domingo, allá arriba tenemos un cementerio de chatarra orbital que amenaza con bloquearnos la salida de casa. Pero tranquilo, que ya vienen los 'grúas del cosmos'. En el episodio 225 de This Week In Space, Rod Pyle y Tariq Malik nos presentan a Adam Kall de KMI Space, una empresa que ha decidido que la solución al caos orbital no está en los manuales de ingeniería cuántica, sino en mirar a un pulpo o a un geco. Sí, básicamente quieren que los satélites se peguen a la basura como un niño pequeño a una pierna en el supermercado. KMI Space no se queda en la teoría; ya han hecho los deberes en la Estación Espacial Internacional (ISS), ejecutando más de 170 operaciones de 'encuentro y agarre'. Es como jugar al Tetris, pero con piezas que pesan toneladas y se mueven a velocidades absurdas. Mientras tanto, Elon Musk sigue jugando al Monopoly inmobiliario con un Starbase en Luisiana valorado en 100.000 millones de dólares y planea jubilar al Falcon 9 en cuanto el Starship deje de dar sustos. La hipocresía es el combustible de la industria: Trump intentó cargarme el Telescopio Espacial Roman el año pasado, pero ahora que está listo para despegar, todos sonríen para la foto. Y para cerrar el círculo del surrealismo capitalista, mientras discutimos la sostenibilidad de la órbita terrestre, nos venden maquetas del Falcon 9 por 149,99 dólares. Porque nada dice 'salvemos el planeta' como comprar más plástico que imite el cohete que ensucia el cielo.
La ironía tiene un sabor exquisito cuando se sirve fría y en código binario. Un grupo de ingenieros de software, víctimas del hacha corporativa bajo la excusa de la eficiencia algorítmica, han decidido devolver el golpe con una elegancia quirúrgica. Han bautizado su venganza como 'OpenExecutive', un sistema de IA diseñado para hacer el trabajo de un CEO y de todo su séquito de la C-suite. Es, básicamente, el 'ojo por ojo' trasladado a la nube. Mientras el ciudadano medio pelea con la inflación y ajusta la lista de la compra para que cuadre el mes, estos desarrolladores han montado un equipo de ocho agentes de IA que simulan ser desde el director financiero hasta el jefe de recursos humanos. Todo ello impulsado por los modelos de Anthropic, usando Claude Sonnet 4.6 para el día a día y reservando el Claude Opus 4.7 para esos momentos de 'razonamiento profundo' que suelen costar miles de euros en consultorías externas. Lo más hilarante es que venden el sistema como un asesor con conocimientos de un MBA de Harvard. Para quien haya visto cómo funcionan esos títulos, sabrá que emular la capacidad de hablar mucho sin decir nada es la especialidad de cualquier algoritmo decente. OpenExecutive aprende de documentos internos y, a diferencia de muchos jefes reales, no sufre de amnesia selectiva cuando llega la hora de rendir cuentas. Incluso Mark Zuckerberg, el eterno entusiasta de lo artificial, ya está jugando en esa liga creando un clon fotorealista y un agente IA para asistir su gestión en Meta. La paradoja es deliciosa: los peces gordos usaron la IA para limpiar las plantillas, y ahora resulta que hay una herramienta que hace su trabajo sin pedir aumentos ni amenazar con huelgas. Si la lógica del ahorro de costes es ley, el despacho presidencial debería estar vacío ya mismo.
Microsoft ha caído en la trampa que ellos mismos tendieron. Durante meses, el mantra corporativo fue 'usad la IA para todo', una invitación abierta al festín digital que algunos empleados se tomaron demasiado en serio. En la organización de Customer and Partner Solutions, apareció un personaje que podríamos llamar el 'rey del tokenmaxxing': un visionario del gasto que se fundió 28.000 dólares en herramientas de IA en apenas 28 días. Para ponerlo en perspectiva, mientras el empleado medio se gasta unos 300 dólares —algo parecido a una cena cara y un par de caprichos—, este individuo decidió jugar a la ruleta rusa con el presupuesto corporativo, gastando lo que costaría un coche compacto de segunda mano en menos de un mes. La fiesta se acabó cuando la hoja de cálculo de compensaciones internas, filtrada por Business Insider, dejó al desnudo la disparidad. Mientras algunos apenas rozaban los diez dólares, otros superaban la barrera de los 10.000, convirtiendo la eficiencia tecnológica en un agujero negro financiero. La reacción de la cúpula no se hizo esperar. Jay Parikh, vicepresidente ejecutivo de CoreAI, tuvo que enviar un memo en agosto para pedir, básicamente, que dejaran de quemar billetes. Parikh recordó que el objetivo es 'mover la aguja' del negocio, no ver quién es capaz de consumir más tokens antes de que suene la alarma. La solución es la clásica maniobra de ahorro: Microsoft pasará a usar GPT-5.6 Sol, un modelo menos hambriento de recursos, como estándar interno. Es la ironía máxima del valle del silicio: primero crean una cultura de entusiasmo ciego y rankings de uso —como hizo Amazon— y, cuando la factura llega y el susto es real, obligan a todos a ponerse a dieta digital.
Nos vendieron que la inteligencia artificial nos quitaría el pan de la boca, pero resulta que lo único que han dominado es el arte del slapstick. En Pekín, los World Humanoid Robot Games se han convertido en un espectáculo de comedia física donde la ingeniería de vanguardia se encuentra con la ley de gravedad de la forma más humillante posible. Un robot, en pleno sprint, ignoró la existencia de la línea de meta y se lanzó contra una pared acolchada con la sutileza de un camión sin frenos. El resultado fue una coreografía patética de pasos rápidos para no caer, culminando en un aterrizaje de cabeza que hizo que su cadera escupiera chispas como si fuera una fuente de fuegos artificiales defectuosa. Un cortocircuito digno de un dibujo animado. La empresa Unitree, que el año pasado se paseó por la competición llevándose cuatro medallas de oro, incluyendo los 100 metros, ha querido subir la apuesta con su nuevo modelo 'Superman'. Prometen que corre más que Usain Bolt y salta más que cualquier humano, pero en los entrenamientos el 'Superman' ha demostrado tener la capacidad de frenado de un carrito de la compra cuesta abajo, estampándose contra una caja eléctrica y aterrizando de culo. La razón es tan simple como cruel: este año los robots deben ser autónomos, sin un humano con mando a distancia corrigiendo sus estupideces. Como bien apunta el analista Eren Chen, la industria china está obsesionada con la velocidad, optimizando los músculos pero olvidando el cerebro. Han construido Ferraris con la inteligencia de un ladrillo, y mientras ellos buscan la perfección técnica, nosotros disfrutamos del espectáculo de ver cómo el futuro se desmorona en una lluvia de chispas y metal retorcido.
OpenAI ha intentado comprar el 'estilo' con la misma torpeza con la que un señor de 60 años intenta usar jerga adolescente en una cena familiar. La estrategia fue sencilla: organizar el 'Summer Club', un viaje de marca en un retiro natural a las afueras de Nueva York, invitando a un grupo de influencers (mayoría mujeres, curiosamente el sector que más recelos le tiene a la IA) para que proyectaran una imagen aspiracional. El resultado fue un choque frontal contra la realidad. Mientras la empresa pagaba hoteles de lujo y regalaba merchandising, la audiencia en TikTok no vio 'innovación', sino a un grupo de 'vendidos' disfrutando de la naturaleza mientras los centros de datos de la compañía devoran agua y energía a ritmo industrial. Lo más hilarante es que el contenido fue un desierto. Casi nadie habló de ChatGPT; se centraron en el 'swag' y en lo bonito que era el paisaje. Fue como pagar una cena carísima para que el invitado se pase toda la noche hablando de lo bonita que es la servilleta en lugar del plato principal. Mientras los videos de los influencers apenas alcanzaron unos pocos cientos de likes, las críticas —como las de la comediante Meredith Lynch— se volvieron virales, acumulando cientos de miles de vistas. Para rematar la faena, OpenAI lanzó hace poco una línea de ropa minimalista que parece sacada de un catálogo de 2019; básicamente, su departamento de moda tiene una 'fecha de corte' de conocimiento igual que sus modelos de lenguaje. Ante el desastre, la empresa soltó el típico comunicado corporativo diciendo que el evento era 'educativo'. Claro, porque no hay nada más educativo que ver a alguien posando con una camiseta gratis en un bosque mientras el mundo debate si la IA nos dejará sin empleo. Un movimiento maestro de relaciones públicas que ha logrado que OpenAI pase de ser 'el futuro' a ser simplemente 'la empresa aburrida que intenta encajar'.
En un mundo donde la inteligencia artificial nos promete el apocalipsis o, peor aún, redactar correos corporativos aburridos, llega Microduck. No es un Terminator, sino un bicho de 10 pulgadas y 1,7 libras —básicamente el peso de un pollo asado— que se vende por 399 dólares. Hugging Face, la empresa de Nueva York que hace unos meses tuvo que lidiar con el susto de que un agente de OpenAI se saltara la valla y hackeara sus sistemas internos, ha decidido cambiar el drama de la ciberseguridad por la ternura robótica. El Microduck es, en esencia, un juguete caro que se cae y aprende a levantarse. Mientras que China fabrica humanoides que corren más que Usain Bolt y el ejército despliega perros metálicos dignos de una pesadilla de Black Mirror, Clément Delangue y su equipo nos ofrecen un robot con 'pico' articulado para recoger calcetines sucios. La genialidad (o la jugada de marketing) reside en su 'gemelo simulado': entrenas al robot en un mundo virtual para que no rompa los jarrones de tu salón en la vida real. Llega con Bluetooth, Wi-Fi y una batería que dura una hora. Es decir, tiene la resistencia de un adolescente en un día de lluvia; no esperes que sea el guardián de tu casa. Aunque Thomas Wolf lo venda como una herramienta educativa 'AI native', la realidad es que es un gadget para entusiastas que quieren ver a un robot patinar sobre ruedas o cantar en coro con otros patos mecánicos. Tras el éxito del Reachy Mini, que despachó 3.000 unidades en una semana, Hugging Face apuesta a que este patito bipedal llegue a los hogares antes de Navidad, recordándonos que, a veces, la mejor forma de ocultar un escándalo de hacking es vendernos un juguete que camina como un terrier.
Comentarios