Crítica:
El texto original es una pieza de opinión disfrazada de noticia que se regodea en la inestabilidad del sujeto. Le falta rigor clínico para diferenciar la ironía de Musk de un trastorno real, aunque el sarcasmo es impecable.
El texto original es una pieza de opinión disfrazada de noticia que se regodea en la inestabilidad del sujeto. Le falta rigor clínico para diferenciar la ironía de Musk de un trastorno real, aunque el sarcasmo es impecable.
Hay una nueva moda en X, antes Twitter, que hace que el voyerismo digital parezca un juego de niños. Unos genios del 'engagement' han decidido que la ropa es un accesorio opcional para los famosos, utilizando la IA para desvestir a celebridades masculinas y venderlo como primicia. Es la ingeniería del click: coges una foto real de paparazzi y, con un par de clics, conviertes a un actor en un modelo de gimnasio con esteroides digitales. No es arte, es un asalto a la privacidad disfrazado de 'contenido viral'. La cuenta UKViewTime ha hecho de esto su deporte nacional. El caso de Callum Turner, marido de Dua Lipa, es la definición de lo absurdo: mientras la cantante pasea por Nueva York envuelta en abrigos que aguantarían un invierno en Siberia, Turner aparece al lado, torso desnudo y músculos artificialmente inflados, como si hubiera olvidado la camisa en el hotel. En la realidad, el actor iba vestido; en la fantasía de la IA, es un anuncio de suplementos proteicos. Pero la obsesión no tiene límites. Cuentas como BiTheWay han hecho lo mismo con Noah Schnapp y Sheridan Townsley, borrando sus chaquetas para que el algoritmo escupa likes. Incluso se toman la molestia de respetar los tatuajes de Harry Styles para que el engaño sea más digerible. Y claro, no podía faltar el linaje Jolie-Pitt: desde el joven Knox hasta el propio Brad Pitt, a quien le cambiaron un elegante traje amarillo por una camiseta interior blanca y unos bíceps que parecen inflados con un compresor de aire. Es el nuevo mercado del morbo: menos periodismo y más Photoshop con esteroides para alimentar el hambre de clics de una audiencia que ya no sabe distinguir un tejido real de un píxel manipulado.
Hay gente que no ahorra para la jubilación porque el mercado inmobiliario es un delirio o porque el sueldo no llega al día 15. Pero Nate Soares, presidente del Machine Intelligence Research Institute (MIRI), ha llevado el optimismo financiero a un nivel metafísico: ha dejado de meter dinero en su cuenta de jubilación porque está convencido de que la IA nos borrará del mapa en menos de diez años. Para Soares, la probabilidad de extinción humana supera el 50%. Básicamente, considera que ahorrar para los 65 es como comprar un seguro de vida para un hombre que ya está en la guillotina. El gurú presume de tener un 401(k) de sus tiempos en Google, pero lleva una década sin aportar ni un céntimo. Mientras el resto de los mortales peleamos con la inflación y el precio del aceite, Soares juega a la ruleta rusa existencial. Lo irónico es que este 'profeta del desastre' y su jefe, Eliezer Yudkowsky, han convertido el pánico en una moneda de cambio muy rentable. Sus historias apocalípticas no solo sirven para asustar a los ingenuos, sino que les han abierto las puertas de los despachos políticos, contratos de libros y podcasts de lujo como 'The Most Interesting Thing in AI' de The Atlantic. Claro que la IA ya es peligrosa, pero no hace falta una superinteligencia para hacer daño; ya sabemos que sirve para estafar ancianos o acosar niños. Pero centrarse en el 'Armagedón digital' es el truco perfecto para ignorar que el incendio ya está en la cocina. Al final, la lógica es sencilla: si la IA nos fulmina, el saldo bancario será el menor de nuestros problemas; y si no lo hace, Nate Soares se encontrará en la vejez con el bolsillo vacío y una anécdota muy curiosa que contar en el asilo.
Vivimos en la era de la pantalla omnipresente. Ya tenemos pantallas en el móvil, en la cafetera y hasta en el váter, porque aparentemente no podemos pasar tres segundos sin mirar un píxel. Ahora, los genios de la National University of Singapore (NUS) han decidido que el último refugio de la privacidad —nuestra ropa— también debe ser una interfaz. No se trata de coser un iPad a una camiseta, sino de que el tejido sea, literalmente, la pantalla. La ingeniería es, sencillamente, una locura. Han creado fibras electrónicas de 1 mm de grosor y 10 metros de largo que llevan dentro chips LED, conexiones eléctricas y una capa táctil. Para que nos entendamos: han metido más de 5.000 chips y 20.000 conexiones eléctricas en un hilo. Es como intentar meter toda la gestión de una oficina municipal en el espacio de un cordón de zapato. El resultado es una manga que funciona como una pantalla de 168 x 105 mm con una resolución de 96 x 54 píxeles. Sí, la resolución es tan baja que cualquier Nokia 3310 se reiría en su cara, pero hey, ¡está en la manga! El equipo, liderado por el profesor Tural Khudiyev, no se quedó ahí. Le añadieron micrófono, altavoz y sensores de temperatura. Básicamente, han fabricado un smartphone de 2005 que te puedes poner como camisa. Y para los escépticos que piensan que esto se rompería al primer contacto con el detergente, los investigadores aseguran que aguanta 50 lavados a máquina y 1.000 ciclos de doblado. Es decir, que tu camisa inteligente sobrevivirá a más ciclos de lavado que la paciencia de cualquiera que vea a alguien respondiendo correos electrónicos desde el antebrazo en medio de una cena.
Imaginen que están jugando con el corrector del móvil, pero en lugar de escribir 'estoy llegando' cuando en realidad vais en pijama, decidís pedirle a una IA que busque el polo opuesto de una idea. Eso hizo Supercomposite, un artista sueco en septiembre de 2022, y terminó invocando a Loab. No es una persona, es un 'accidente estadístico', una especie de glitch con mejillas rojas y mirada de quien ha visto el precio de la luz en pleno invierno. Loab es la versión digital de aquel vecino raro que todo el barrio conoce pero nadie ha visto entrar en casa: persiste, acecha y se cuela en cualquier imagen aunque intentes borrarla. Mientras nosotros peleamos con el cajero automático, la IA ha creado un 'espacio latente' donde Loab reina. El artista cuenta que, al intentar despiezarla, aparecieron niños gritando y escenas macabras que prefirió no subir a Twitter para no asustar a las abuelas. Brendan Murphy, profesor de la Central Queensland University, dice que esto es como cuando llegó la fotografía en el siglo XIX; un cambio de paradigma. Básicamente, estamos paseando por un universo paralelo de arte humano que nunca quisimos hacer porque, seamos sinceros, no vende ni un imán de nevera. Luego llegan los sociólogos, como Anne Ploin del Oxford Internet Institute, a recordarnos que la máquina no es autónoma, que solo extrapola. Es como un loro con esteroides que juega a los dados con los píxeles. Al final, Loab es la prueba de que la IA puede ser un espejo deformante de nuestra propia cultura. Nos asusta porque es un vacío que nosotros mismos hemos alimentado con datos, una 'tronie' moderna que nos recuerda que, aunque el algoritmo nos quite el trabajo a ilustradores y diseñadores, todavía no puede replicar la capacidad humana de sentir un escalofrío genuino al mirar una pantalla.
Hay algo profundamente poético, o quizás sociopático, en ver a Sam Altman recostado en el reservado de un pub, bebiendo IPA y Guinness en el podcast 'Cheeky Pint' de John Collison, mientras reflexiona sobre el cementerio de carreras profesionales que su empresa está cavando. El CEO de OpenAI, el rostro amable del apocalipsis laboral, soltó la perla con la soltura de quien ya tiene el parachute dorado instalado: uno de sus modelos internos, aquel que se dedica a pulverizar problemas técnicos imposibles, se llamaba 'Hold My Beer' (Sujétame la cerveza). Un nombre que destila la arrogancia de un universitario en una fiesta, pero aplicado a una tecnología que acaba de dinamitar décadas de esfuerzo humano. La broma interna tiene un coste real. Recientemente, OpenAI publicó la solución al problema de Navier-Stokes, un hueso duro que los matemáticos llevaban décadas intentando roer. No contentos con eso, a principios de este mes soltaron la solución a otros 400 problemas matemáticos históricos. Para los expertos, esto no es progreso, es un 'sablazo' intelectual; algunos ya hablan de plagio. Es el equivalente tecnológico a que alguien llegue a una partida de ajedrez profesional, tire el tablero y diga que ya ha ganado todas las partidas posibles hasta el año 2026. Lo más fascinante es el baile de hipocresía. Altman confiesa que no podía dormir de la emoción, pero que sentía una 'melancolía' casi romántica por el fin de ciertas profesiones. Es la tristeza del arquitecto que quema la casa para construir un rascacielos: siente pena por las cenizas, pero le encanta la vista desde el ático. Collison, en un acto de validación mutua, lo llamó 'nostalgia', envolviendo la destrucción de ecosistemas laborales en un papel de regalo evolutivo. Al final, el mensaje es claro: vuestra estabilidad laboral es un precio razonable para que ellos puedan decir que han 'mejorado el mundo'.
Resulta casi insultante que hoy nos sintamos 'innovadores' con un ChatGPT que alucina datos mientras que, en 1990, la BBC ya nos servía el menú completo en bandeja de plata. En el programa Hyperland, Douglas Adams —el cerebro detrás de Guía del Autoestopista Galáctico— se enfrentaba a un agente digital interpretado por Tom Baker. No era un bot con voz de sintetizador barato, sino un 'agente de software' con acceso instantáneo a cada dato, película o estadística del planeta. Básicamente, Baker era el Siri definitivo antes de que existieran los smartphones, pero con más carisma y menos ganas de decir 'no he entendido la pregunta'. En aquel entonces, hablar de hipertexto o multimedia era como hablar de viajes intergalácticos para el ciudadano medio; hoy, esas palabras huelen a naftalina, pero en los 90 eran el Santo Grial de la tecnología. Mientras nosotros hoy peleamos con suscripciones mensuales que nos desangran la cuenta bancaria, Hyperland ya dibujaba un mundo donde la información fluía por enlaces, rompiendo la pasividad de la televisión. Lo más irónico es el contraste: Baker se ofrecía a hacer los trabajos más menudos y serviles, una promesa de eficiencia que Silicon Valley nos vendió como utopía y que terminó convirtiéndose en el pan de cada día. Adams, con esa mezcla de optimismo californiano y escepticismo británico, ya sospechaba que este camino tenía truco. El programa nació justo después del primer 'invierno de la IA', cuando los sistemas expertos prometieron curar el cáncer y terminaron siendo calculadoras glorificadas. Ver Hyperland hoy no es nostalgia; es darnos cuenta de que el futuro ya llegó hace tres décadas y que nosotros solo hemos tardado treinta años en aprender a usar el mando a distancia.
Apple ha vuelto a jugar al juego de 'vender humo con palabras brillantes' mientras el hardware se desmorona. El nuevo iPhone Duo, ese capricho de más de 2.000 dólares que debería ser la joya de la corona, está llegando a las manos de los usuarios con una tendencia preocupante: las pantallas internas se agrietan casi al ritmo que uno saca el dispositivo de la caja. ¿La causa? Una bisagra que, según Johny Srouji, jefe de hardware de la compañía, fue optimizada mediante 'algoritmos de IA'. Traduzcamos el lenguaje corporativo al cristiano: Srouji presumió de usar escaneos láser confocales y fotopolímeros impresos en 3D para eliminar 'ondulaciones residuales'. Suena a ciencia ficción, pero en la calle se traduce como un diseño que no aguanta el trote. Mientras nosotros peleamos con la inflación para pagar la factura de la luz, Apple gasta millones en marketing para llamar 'IA' a lo que probablemente sea un software de diseño industrial que lleva años existiendo. Es el clásico truco de usar la palabra de moda para que los inversores babeen, aunque el resultado sea un teléfono que se rompe solo. El veredicto técnico de iFixit, de la mano de Shahram Mokhtari, es lapidario: la barra de soporte central no se retrae lo suficiente, empujando la pantalla flexible hasta que esta dice 'basta' y estalla. Apple ya ha admitido que hay un 'problema' el pasado lunes y ha empezado a sustituir unidades. Al final, resulta que la 'inteligencia artificial' no fue capaz de prever que, si aprietas un cristal flexible contra una pieza de metal que no se mueve, el cristal se rompe. Una lección de física de primaria que costó 2.000 dólares y un despliegue de arrogancia tecnológica.
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