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Parece que en el Centro de Salud de Son Gotleu, en Palma, algunos profesionales han confundido el estetoscopio con el megáfono y la sala de espera con un mitin de barrio. La trama es digna de una comedia de enredos institucional: empezamos con carteles y símbolos a favor de Palestina adornando el mostrador, instalados con la misma naturalidad con la que uno cuelga la lista de la compra en la nevera, pero convenientemente sin el permiso de la Conselleria de Salud. Neutralidad pública, dice el manual; activismo de pasillo, dice la realidad. El asunto escaló el jueves, cuando un ciudadano español y otro de origen africano decidieron jugar a la equidad. Su lógica era sencilla, casi matemática: si el muro es un tablón de anuncios ideológico, que también quepa la bandera de España. La dirección, probablemente buscando evitar que el centro de salud terminara pareciendo una grada de estadio en pleno derbi, cedió y permitió que el personal de seguridad colgara la enseña nacional. Un pacto de no agresión que duró lo que tarda en enfriarse un café. El viernes, la magia ocurrió. La bandera española desapareció, presuntamente fulminada por la mano de una médica que no veía con buenos ojos el nuevo decorado. El resultado fue el esperado: indignación colectiva y una lluvia de denuncias. Al final, ante el caos y el ruido, la dirección tuvo que aplicar la técnica del 'borrón y cuenta nueva', ordenando retirar absolutamente toda la simbología política. Se acabó el juego. Ahora el centro vuelve a ser un lugar para curar gripes y no para intentar curar la ideología del vecino, aunque la Conselleria de Salud aún tenga que explicar cómo es que el mostrador de entrada se convirtió, durante semanas, en una sucursal de la extrema izquierda sin que nadie diera aviso.
Hay quienes cambian los muebles de casa al mudarse; Abelardo de la Espriella ha preferido cambiar el mapa del mundo apenas terminó de ajustarse la banda presidencial. Mientras el eco de los 21 cañonazos de salva aún retumbaba en la Escuela Militar de Cadetes José María Córdova, el nuevo Gobierno colombiano decidió que la soberanía del Sáhara Occidental ahora es, oficialmente, marroquí. Un giro de timón tan brusco que ha dejado a la línea de Gustavo Petro en el retrovisor antes siquiera de que el nuevo presidente terminara de descorchar el champán de su investidura. La jugada ha sido ejecutada con la precisión de quien liquida una cuenta pendiente. El vicepresidente José Manuel Restrepo y el canciller Omar Bula se sentaron con el ministro de Asuntos Exteriores de Marruecos para 'revitalizar' la relación. Traducido al lenguaje de la calle: han decidido hacerle un favor diplomático a Rabat para empezar la administración con el pie derecho en el club de los pragmáticos. Es el primer movimiento de un tablero donde la ideología ha sido sustituida por la 'perspectiva de largo plazo', esa frase elegante que en política suele significar 'nos conviene más este socio que el anterior'. El escenario del juramento, la Arena USC de la Universidad Santiago de Cali, ya anticipaba que De la Espriella no venía a seguir el manual de Bogotá. Tras derrotar en junio al senador Iván Cepeda, el abogado conservador llega al Palacio de Nariño con un plan de choque que parece una auditoría agresiva: quiere recortar el aparato estatal hasta un 40% —un sablazo presupuestario que haría palidecer a cualquier administrador de consorcio— y relanzar el petróleo y el gas. En este nuevo orden, el reconocimiento a Marruecos es solo el primer trámite de una agenda que prioriza los negocios y la mano dura sobre los romanticismos diplomáticos del pasado.
Hay peleas de patio de colegio y luego está la diplomacia de alto nivel entre Pedro Sánchez y Giorgia Meloni. El escenario es el espacio Schengen, ese sueño europeo de moverse sin papeles que ahora se ha convertido en un tablero de 'tú me haces esto y yo te respondo con aquello'. La mecha se encendió con la crisis migratoria en Ceuta y la posterior decisión de Italia de cerrar el grifo el 1 de agosto. Sánchez, que no se deja pisar el jardín, lanzó una amenaza que terminó en realidad este sábado: controles fronterizos a los viajeros procedentes de Italia hasta el 7 de septiembre. Traducido al lenguaje de la calle: es como si dos vecinos se pelearan por una valla y, en lugar de hablar, decidieran revisarle la bolsa al perro del otro cada vez que cruza la acera. Mientras el Gobierno mantiene una política de puertas abiertas en Ceuta y Melilla, ha decidido que el verdadero peligro está en los vuelos que vienen de Roma o Milán. El Ministerio del Interior, con Fernando Grande-Marlaska al mando, ha disfrazado esta rabieta política con el lenguaje aséptico de la 'delincuencia transfronteriza', pero los datos cuentan otra historia. En la primera jornada, el balance es casi anecdótico comparado con el despliegue: 199 ciudadanos de terceros países controlados en doce vuelos. Barajas se llevó el premio con 83 pasajeros, seguido por El Prat con 67. Valencia sumó 33, Sevilla 11 y Bilbao apenas 5. Lo más surrealista ocurre en Alicante: tres vuelos llegaron, el dispositivo estaba activo, pero no se controló a nadie. Un despliegue de seguridad que parece más una coreografía para la foto que una medida real de orden público. Al final, el ciudadano es el que paga el peaje de tiempo en un juego de egos donde el pasaporte es el arma y el orgullo el combustible.
Hay una diferencia abismal entre gestionar una crisis y gestionar el catering de una fiesta. Mientras Ceuta se convertía en un escenario dantesco el pasado jueves 30 de julio, con 72.000 personas cruzando el agua —incluyendo un millar de menores— y un saldo oficial de 82 muertos que la AMDH eleva a 141, en Madrid el ambiente era mucho más relajado. En la mansión de Puerta de Hierro de la embajadora Karima Benyaich, se celebraba la Fiesta del Trono del Rey Mohamed VI con manjares típicos y la música de Sanaa Maraati. Una velada de gala donde el lujo contrastaba con el barro y la desesperación de la frontera. El Partido Popular, liderado por Núñez Feijóo, decidió que no era el momento de brindar y declinó la invitación. El Gobierno, en cambio, aplicó la técnica del 'estoy pero no estoy'. Aunque Fernando Grande-Marlaska y Elma Saiz se echaron atrás, Luis Planas —exembajador en Marruecos y experto en mantener los puentes intactos— se sentó en primera fila para escuchar que la invasión era una situación 'no querida' por el Reino Alauí. La hipocresía es el plato fuerte. Pedro Sánchez, antes de marcharse a Lanzarote a descansar del estrés, ensalzó la 'colaboración' marroquí, mientras que en la calle los policías y guardias civiles denuncian una pasividad criminal. Sánchez ha preferido echarle la culpa al Supremo y a una sentencia que 'corrió como la pólvora', transformando una falla de seguridad nacional en un problema jurídico. Mientras tanto, el presidente ceutí Juan Jesús Vivas advierte que quedan entre 8.000 y 11.000 inmigrantes sin repatriar, una cifra que el Gobierno intenta maquillar bajándola a 2.000. Al final, la única cabeza que ha rodado es la de la jefa de prensa de Seguridad Nacional. Una limpieza contable para que el banquete no dejara mal sabor de boca.
En el fútbol, como en la vida, hay quienes juegan limpio y quienes tienen un manual de instrucciones para que el VAR no vea la falta. La UEFA acaba de confirmarnos que el amor, o al menos el silencio posterior a él, tiene un precio muy concreto: seis cifras. Resulta que una empleada, que presumiblemente compartió más que reuniones de trabajo con Gianni Infantino cuando este era secretario general, se despidió de la organización con un cheque que haría palidecer a cualquier currículum promedio y un MBA pagado por la casa. Mientras el ciudadano medio lucha contra la inflación para pagar la luz, en las oficinas de Nyon el 'pago por cese' se gestionaba con la generosidad de un mecenas renacentista. La UEFA, en un ejercicio de honestidad selectiva, admite que el desembolso se ajustaba a la normativa vigente en aquel entonces. Claro, porque antes de 2016 las reglas eran más flexibles, casi como el horario de un entrenamiento de pretemporada. Infantino, que estuvo 16 años en la UEFA y fue secretario general desde 2009 hasta saltar a la presidencia de la FIFA en febrero de 2016, parece tener un talento especial para que los números cuadren siempre a su favor. Lo irónico es que este 'regalito' sale a la luz justo cuando Infantino intenta vender el Mundial al mejor postor mediante inversión privada, un plan que la Conmebol y la AFC han mirado con recelo, y que la UEFA ha rechazado tajantemente. La confederación europea, que ahora presume de tener un reglamento de personal 'moderno' y endurecido, no ha olvidado que Infantino quiso privatizar el negocio. El comité ejecutivo de la FIFA lo respaldó en Marruecos el pasado miércoles, pero la amenaza de boicot de los 55 países miembros de la UEFA sigue ahí, flotando como una tarjeta roja que Infantino se niega a aceptar.
Hablemos claro: esa alegría infantil que sentimos cuando la declaración de la renta sale 'a devolver' es el truco de magia más viejo de la administración. Nos venden la devolución como un premio, como si el Estado fuera un tío generoso que nos regala unos euros en junio, cuando la realidad es que solo nos están devolviendo el cambio de un dinero que nos quitaron de más durante todo el año. Es, básicamente, que te quiten la cartera en enero para devolverte el monedero en julio, mientras ellos disfrutan de un préstamo a coste cero. El mecanismo es sencillo y cruel. Al asalariado le muerden el sueldo cada mes; al que da conferencias o gana un premio literario le aplican un 15% de retención sin pestañear. Incluso al autónomo o al ahorrador que ve cómo sus dividendos y plazos fijos son recortados antes de tocar su cuenta. El gobierno no espera a que termine el año para cobrar; se sirve primero y pregunta después. El verdadero sablazo no está en el impuesto, sino en la ingeniería financiera. Si recibes tu dinero en diciembre de 2026 por algo retenido en 2025, has perdido el poder adquisitivo frente a la inflación y la rentabilidad de haberlo invertido tú. Es como si prestaras tu coche gratis todo el invierno y te lo devolvieran en verano con el depósito vacío. La genialidad política reside en el efecto psicológico: el ciudadano se siente 'ganador' porque 'le dan dinero', evitando así que proteste por el gasto público. Si las retenciones fueran justas y el saldo fuera siempre 'a pagar', la gente empezaría a mirar con lupa en qué se gastan nuestros impuestos. Pero claro, ¿quién quiere que el contribuyente despierte del sueño? Prefieren que sigamos celebrando que nos devuelven lo que siempre fue nuestro.
Hay días en los que gestionar el Estado es secundario frente a la gestión del Photoshop. Mientras el país intenta digerir la crisis de Ceuta, La Moncloa ha decidido regalarnos un enigma digno de un episodio de 'Cuéntame': la desaparición selectiva de las extremidades inferiores de Pedro Sánchez. La escena ocurre en La Mareta, Lanzarote, donde el presidente aparece en una videoconferencia con sus ministros, pero con un encuadre que haría llorar a cualquier estudiante de primer año de fotografía. El resultado es una imagen donde el mandatario parece flotar sobre la silla, como si el presupuesto del Estado hubiera servido para comprarle un kit de levitación invisible. Los detectives de Twitter, que tienen más tiempo libre que el Gobierno para hacer presupuestos, han detectado que una pata de la silla es sospechosamente más larga que las demás. Pero el verdadero 'sablazo' a la lógica llega al comparar la foto con la de la crisis de Afganistán de 2021. En aquella ocasión, la mesa de cristal dejaba ver una estructura metálica triangular; ahora, la barra central ha decidido jugar al escondite. Es el eterno retorno de la estética Moncloa. Ya tuvimos el trauma colectivo de las alpargatas en 2021, ese 'look' de domingo de playa mezclado con americana que nos recordó que, para algunos, el protocolo es como la declaración de la renta: algo que se puede ignorar si tienes el poder suficiente. Aunque un vídeo posterior confirme que Sánchez lleva pantalón largo, el misterio del calzado permanece intacto. Al final, nos queda la duda de si es un error óptico o si el equipo de comunicación ha intentado borrar el rastro de unas chanclas demasiado informales para la gravedad de los hechos.
Hay algo profundamente poético en la figura del 'gurú' moderno: ese tipo que te vende el mapa del tesoro mientras él no sabe ni dónde ha dejado las llaves de casa. Así es el personaje de Juan Dávila en 'El último mono', un macho alfa que se dedica a pastorear incels mientras su propia existencia es un incendio forestal sin bomberos cerca. La trama es un ejercicio de masoquismo narrativo: el tipo decide que el camino a la redención es ligarse a la feminista más radical de España, su archienemiga digital. Un plan brillante, si lo que buscas es un choque de trenes en horario punta. Detrás de las risas, el director Joaquín Mazón ha tenido que hacer malabares presupuestarios que harían palidecer a cualquier gestor público. Para que nosotros veamos una manifestación feminista creíble en la plaza de la catedral de Valencia, movilizaron a 1.500 extras durante cuatro noches consecutivas. Es el equivalente a organizar una boda real pero con menos protocolo y más gritos. Mientras tanto, Dávila se tomó el método Stainlee y se grabó completamente desnudo a las cuatro de la madrugada para un striptease de apenas treinta segundos. Treinta segundos de gloria desnuda que sirven para recordarnos que hacer comedia no es irse de cañas, sino una precisión quirúrgica donde un segundo de más convierte el chiste en un funeral. Lo más jugoso, sin embargo, es la disección de la hipocresía. La película nos lanza ese dardo directo al corazón del siglo XXI con la frase: 'soy antisistema, pero pido por Glovo'. Es la metáfora perfecta de nuestra era: queremos tumbar el capitalismo desde el sofá, mientras esperamos que un repartidor mal pagado nos traiga un sushi en quince minutos. Entre cámaras cruzadas para forzar la química con Susana Abaitua y gags milimetrados, 'El último mono' no es solo una guerra de sexos; es un espejo donde todos somos, en algún momento, ese fraude que pide comida a domicilio mientras critica el sistema.
Mientras el ciudadano medio negocia con su jefe hasta el último minuto de su convenio para no morir en el intento, en la cúspide del poder europeo el concepto de 'vacaciones' parece haber sido redactado por un agente de viajes con presupuesto infinito. La comparativa es, sencillamente, un ejercicio de sadismo administrativo. En la base de la pirámide del descanso, tenemos a los 'sacrificados': Luís Montenegro en Portugal y Kyriakos Mitsotakis en Grecia, que se conforman con siete días. Siete. Básicamente, un fin de semana largo con esteroides. Donald Tusk y Giorgia Meloni suben la apuesta a diez días, mientras que Friedrich Merz se permite una semana y media entre Baviera y su casa, probablemente revisando el correo electrónico cada cinco minutos para no sentir que el mundo se cae a pedazos. Luego entramos en la zona de confort. Péter Magyar y Micheál Martin, junto a los jefes de Bélgica, Malta, Eslovaquia, Luxemburgo y la República Checa, se toman las dos semanas reglamentarias. Emmanuel Macron, fiel a su estilo de 'emperador moderno', estira el chicle hasta medio mes en el Fuerte de Brégançon. Pero es en el Norte donde la desconexión se vuelve deporte nacional: Mette Frederiksen dispara a tres semanas, y Ulf Kristersson y Petteri Orpo rozan el mes entero, confirmando que en Escandinavia el sol de verano es sagrado, aunque sea invisible. Sin embargo, la medalla de oro en la disciplina del 'no molestar' se la lleva Pedro Sánchez. Con un despliegue de generosidad hacia su propio calendario, el presidente español ha firmado su récord personal en La Moncloa: 25 días de desconexión. Del 1 al 25 de agosto, repartiendo su tiempo entre el aire puro de Las Marismillas en Doñana y la brisa de La Mareta en Lanzarote. Mientras el resto de Europa hace maletas a contrarreloj, Sánchez ha montado un campamento de verano que deja cualquier contrato de oficina en ridículo.
Mientras el turista promedio se pelea por una hamaca en Playa de Palma, el Mediterráneo ha decidido convertir el litoral balear en una terminal de autobuses, pero sin autobuses y con mucha agua. La última semana ha sido un despliegue de logística desesperada: 414 personas hacinadas en 24 pateras. No es una cifra, es un síntoma. El sábado fue el plato fuerte, con 84 rescates que culminaron a las 11:30 horas al sur de Cabrera, donde 29 subsaharianos descubrieron que seis millas náuticas son la diferencia entre el abismo y un acta de la Guardia Civil y Salvamento Marítimo. La jornada empezó con el reloj marcando la una de la madrugada en Formentera, concretamente en el Camí s'Estufador, con 13 magrebíes aterrizando en la arena. A las 2:45, las Illes Bledes sumaron 22 subsaharianos. Para las seis de la mañana, mientras el personal del hotel Riu Palace La Mola preparaba los desayunos, 12 magrebíes llegaban a sus puertas. A las nueve, el Camí s'Estufador repetía el acto con otros 13. Una coreografía del hambre y la urgencia. Si miramos la cuenta corriente del año, el Ministerio del Interior nos dice que llevamos 226 embarcaciones y 4.278 personas. Pero el verdadero sablazo llegó en 2025, cuando el archipiélago absorbió a 7.321 personas en 401 pateras. Un incremento del 24,5% en personas y un 15% más de barcos que en 2024. Básicamente, estamos gestionando una crisis con la misma eficiencia con la que se gestiona el tráfico en agosto: llegando tarde, saturados y esperando que el mar no decida cobrar la factura de golpe.
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Joan Ramos