En 2024, un científico noruego empleado de una agencia gubernamental decidió demostrar que un cañón de microondas no podía causar daño, y se lo disparó en la cabeza. El experimento, motivado por el escepticismo hacia la hipótesis del arma de microondas como causa del síndrome de La Habana, resultó en síntomas neurológicos que recordaban a los descritos por afectados de dicho síndrome.
El incidente ha generado interés en la comunidad de inteligencia estadounidense, con visitas de responsables del Pentágono y la Casa Blanca para entender los efectos del dispositivo. Aunque no demuestra la existencia de un ataque extranjero, sugiere que un emisor de energía pulsada puede provocar alteraciones biológicas compatibles con los relatos del síndrome de La Habana.
Estudios recientes han encontrado fatiga, estrés postraumático y trastornos de equilibrio en parte de los afectados, complicando la narrativa de una 'firma clara en el cerebro'. El caso del científico noruego ha puesto de relieve que la tecnología de microondas de alta potencia puede tener efectos biológicos significativos.
Crítica:
El artículo presenta un caso intrigante que arroja luz sobre los posibles efectos biológicos de las armas de microondas, aunque evita cuidadosamente atribuir culpabilidad en el caso del síndrome de La Habana. La narrativa es cautivadora y bien documentada.
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