How Vladimir Demikhov Made A Two-Headed Dog

Two‑Headed Canine: Soviet Science Gone Wild

ciencia Un laboratorio con un perro de dos cabezas descansando sobre una mesa quirúrgica, dos cirujanos en bata blanca, instrumentos de operación y una luz fluorescente brillante. En la pared se cuelga una revista de la época con fotografías del experimento.

Si pensabas que la ciencia de los años 50 era pura lógica, espera a ver qué hicieron en el laboratorio de Demikhov. El 4 de abril de 2026, un artículo vuelve a sacudir el tiempo con la historia de Vladimir Demikhov, un cirujano soviético que, entre 1954 y 1959, se volvió el pionero de la transplantología y el inventor de la palabra misma.

En 1954, con un grupo de “experimentos” que se repetirían 23 veces, el doctor se propuso algo que hoy llamamos ciencia ficción: unir la cabeza de un perro con el cuerpo de otro. El 1959, en el 24.º intento, salió la versión que la revista LIFE fotografió con la fama de la década.

Allí, un enorme pastor alemán, llamado Brodyaga (que en ruso significa “trampa”), se convertía en el huésped, mientras que la pequeña Shavka, con su cuerpo amputado tras las patas delanteras, suministraba la segunda cabeza. El quirófano fue el escenario de una cirugía de 3,5 horas en la que se hilaban vasos, se ataron vértebras con “cuerdas” de plástico y se conectaban los sistemas respiratorios.

El resultado: un perro con dos cabezas que podía oír, ver, oler y tragar. La cabeza de Shavka, aunque podía beber, no estaba conectada al estómago de Brodyaga; lo que bebía se descargaba por un tubo externo, como si fuera un vaso de agua que se derrama en la alfombra. El experimento, aunque impresionante, tuvo un precio: el animal vivió apenas cuatro días.

El más longevo, una versión creada en 1958, sobrevivió 29 días, pero aun así la vida se agotó. Este experimento no fue una novedad absoluta: en 1908, el francés Dr. Alexis Carrel y el estadounidense Dr. Charles Guthrie ya habían intentado el mismo truco, con un perro doblemente cabezado que murió en cuestión de horas.

Hoy, el neurosurgeon italiano Sergio Canavero, con ojos puestos en la China que parece tener menos banderas éticas, predice que el trasplante de cabeza humana será real pronto. Mientras tanto, la comunidad médica sigue considerándolo ciencia ficción. En última instancia, la historia de Demikhov muestra cómo el ego científico a veces se sobrepasa, dejándose llevar por la curiosidad sin medir el sufrimiento animal.

La curiosidad, la ambición y el ego se alían en el laboratorio, pero el precio lo pagan los perros que se convierten en piezas de un experimento que, si bien es una lección de ingenio, también es una advertencia sobre los límites de la ingeniería humana.

Crítica:

El artículo ignora la cruel realidad del sufrimiento animal, pintando el experimento como mera curiosidad científica. Además, el tono glorioso del autor distrae de la ética que debería haber sido el foco principal.

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