Crítica:
El artículo se centra demasiado en repetir lo mismo con diferentes voces. Falta profundizar en la composición del aluminio y sus riesgos reales (migración de metales pesados). El título es engañoso, promete una revelación que no llega.
El artículo se centra demasiado en repetir lo mismo con diferentes voces. Falta profundizar en la composición del aluminio y sus riesgos reales (migración de metales pesados). El título es engañoso, promete una revelación que no llega.
Medio siglo de dolor de cabeza para los matemáticos, resuelto… con la sombra de una IA. Sí, lo han leído bien. Mientras el mundo se debate entre si la inteligencia artificial nos robará el trabajo o nos servirá el café, una técnica nacida en OpenAI ha inspirado a humanos de carne y hueso a desentrañar un enigma de 50 años. El tal Paul Erdős, un húngaro con fama de genio (y, seguramente, de tener una lista de la compra interminable de problemas sin resolver), planteó una cuestión sobre puntos y conexiones en una superficie plana. Imaginen un juego de pinchos donde hay que maximizar las distancias sin repetir, pero en lugar de ganar un peluche, te ganas el respeto de la comunidad matemática. El problema, conocido como el de la “distancia unitaria”, parecía impenetrable. Tanto, que Erdős lo consideraba su contribución más notable a la geometría. Aparentemente, bastó con que una IA de OpenAI (que aún no ha sido lanzada, porque claro, antes toca presumir de lo que puedes hacer) resolviera una conjetura de 80 años para que la bombilla se encendiera en la mente de los humanos. La IA, con su lógica implacable, dio el empujón definitivo. Ahora, los matemáticos celebran, pero con un pequeño sabor agridulce. ¿Es esto progreso o una rendición a la máquina? ¿Significa que pronto necesitaremos un traductor de “matemáticas avanzadas a español coloquial”? La ironía es que el problema se resolvió con la misma técnica que la IA utilizó antes, pero completamente a mano. Es decir, la máquina enseñó a los humanos a pensar como una máquina. Y eso, amigos, da que pensar. La solución, por cierto, abre la puerta a optimizar algoritmos y sistemas complejos. En resumen, más herramientas para que las empresas tecnológicas nos vendan… algo.
La NASA, esa máquina de soñar con Marte mientras se le atasca el engranaje aquí en la Tierra, ha decidido que 70 años de convivencia pacífica con el Caltech en el JPL (Jet Propulsion Laboratory) son demasiados. ¡Hay que abrir el chiringuito a competencia! Como si encontrar quien gestione los robots que exploran el espacio fuera como cambiar de fontanero. La guinda: todo esto viene con una 'reorganización' que suena a 'reajuste', que en lenguaje llano significa que alguien va a tener que estirar el euro. Desde 1958, el Caltech ha sido el cerebro detrás de las misiones espaciales más épicas (Mars Rovers, ahí os dejo la referencia). Ahora, la NASA quiere 'más especialización', 'integración' y 'excelencia técnica', palabras que traducidas significan: 'vamos a ver si alguien más puede hacerlo más barato'. El contrato actual expira en septiembre de 2028, así que el avispero ya está abierto. Jared Isaacman, el nuevo jefe de la NASA (y con un nombre que parece sacado de una novela de ciencia ficción barata), promete que no habrá despidos ni recortes, pero en Washington, las promesas valen lo que el papel en el que están escritas. El JPL, ese laboratorio que parece salido de una película de Hollywood (y con un presupuesto acorde), es el encargado de mandar robots a explorar lugares donde a nosotros nos da pereza ir. Ahora, su independencia está en peligro. El cambio de mando podría afectar desde la gestión diaria de las misiones hasta los grandes proyectos científicos. Y para rematar, Adam Steltzner, el ingeniero que hizo posible el aterrizaje del Curiosity en Marte (¡con una grúa espacial, nada menos!), ha sido ascendido a “ingeniero jefe para proyectos especiales”, que suena a parche de urgencia. En resumen: la NASA, en su afán por optimizar recursos y quizás, por echar un pulpo a alguien, está removiendo el avispero en uno de sus centros más emblemáticos. Un cambio que, aunque presentado como positivo, huele a reestructuración y a posibles turbulencias.
La fiebre por los ovnis, impulsada por filtraciones del Pentágono en 2026 (sí, ya estamos en el futuro según la noticia), ha desatado un debate serio, más serio que la lista de la compra del fin de semana. Un científico aeroespacial, sin embargo, baja las revoluciones a la euforia. ¿Por qué? Porque, según sus cálculos, aunque no hay leyes físicas que lo impidan, un viaje interestelar es un follón monumental. Proxima Centauri, la estrella más cercana, está a 4.25 años luz, una distancia que, en términos humanos, es como ir en metro de Nueva York a Sídney. Y no vale ir a 100 por hora, necesitan un “crucero” a 30.000 km/s (¡casi el 10% de la velocidad de la luz!), pero incluso a esa velocidad, un viaje de 10 años luz te deja en la carretera 100 años después. El combustible, claro, es el gran problema. Con la tecnología actual, necesitarías más combustible del que cabe en todo el universo observable. La antimateria suena bien, pero producir un gramo cuesta una fortuna y dura menos que un suspiro. La fusión nuclear es más realista, pero aún así necesitarías un cargamento de combustible 150 veces mayor que la propia nave. Y luego está el tema de los escombros espaciales, que a esa velocidad se convierten en balas perdidas. En resumen, llegar a la Tierra es tan complicado que, o los alienígenas son unos genios de la ingeniería, o se conforman con ver Netflix desde su planeta.
Mientras nosotros nos quejamos del bochorno o la lluvia ácida, el telescopio James Webb nos trae el parte meteorológico de WASP-94Ab, un exoplaneta a 690 años luz donde llueven granos de arena. Sí, arena. Olvídate del paraguas, necesitarás gafas de sol y una mascarilla. Los científicos, después de dos décadas peleándose con nubes interestelares –“es como mirar el planeta a través de una ventana empañada”, confiesa David Sing de Johns Hopkins University–, han logrado desentrañar el ciclo diario de este gigante gaseoso, 1.7 veces más grande que Júpiter y con temperaturas que superan los 1200 grados Celsius. Resulta que WASP-94Ab tiene su hora punta de nubes de silicato de magnesio al amanecer, que se disipan al atardecer, dejando al descubierto una atmósfera sorprendentemente similar a la de Júpiter, desmintiendo mediciones previas que sugerían niveles absurdos de oxígeno y carbono. Un agujero en el presupuesto de la ciencia, corregido por la precisión del Webb. ¿La razón de esta limpieza atmosférica? Unas corrientes de aire que arrastran las arenas celestes de un lado a otro del planeta, o simplemente, la evaporación a 2200 grados. El Webb no se ha detenido ahí. Ha analizado también WASP-17b y WASP-39b, confirmando patrones similares. Ahora, la misión es espiar a otros mundos, incluso a aquellos que dan paseos cerca de la zona habitable de sus estrellas, esperando pillar tormentas épicas. El estudio, publicado en Science el 21 de mayo, demuestra que incluso a años luz de distancia, el clima sigue siendo un tema de conversación… y un quebradero de cabeza para los astrónomos.
Mientras el precio de la luz nos fulmina a todos, a 1.500 años luz de distancia, una estrella se despide a lo grande, soltando sus capas de gas como si fueran facturas impagadas. La Nebulosa NGC 1514, o 'Bola de Cristal' para los amigos, es una despedida cósmica cortesía de una estrella que pesaba varios soles y su compañero binario, dando vueltas uno alrededor del otro cada nueve años. Un vals lento antes del fin, vaya. Los científicos del NOIRLab, que operan el telescopio Gemini North en Hawaii (donde, por cierto, el café debe ser intergaláctico), nos aseguran que estamos viendo una imagen del pasado, de cómo eran estas estrellas hace 1.500 años. O sea, que mientras nosotros nos preocupamos por el menú de mañana, ellos ya estaban en pleno proceso de convertirse en una nebulosa lumpy. La imagen, procesada por un equipo de Miller, Rodriguez, Rector, de Martin y Zamani, es una prueba irrefutable: el universo es un espectáculo de fuegos artificiales a escala inimaginable. Brett, el periodista que nos trae esta noticia, parece disfrutar más de mirar al cielo que de las ofertas del supermercado, lo cual, teniendo en cuenta el precio de las alcachofas, es comprensible. Esta 'Bola de Cristal' no predice el futuro, sino que nos recuerda que incluso las estrellas más brillantes tienen fecha de caducidad, y que la luz que vemos hoy es un eco del ayer. Una reflexión profunda, ¿no? Aunque a estas alturas, la única reflexión que importa es cómo pagar la factura de la luz.
Mientras la lista de la compra se dispara y el olor a perejil fresco es un lujo, en los bosques de Norteamérica florece un hongo con forma sospechosa y aroma a carne podrida: el Mutinus elegans, cariñosamente apodado 'vara del diablo'. No, no es una metáfora de la política actual, es biología pura y dura. Este ejemplar, de unos 10-15 centímetros, no es precisamente un galán, pero cumple su cometido: atraer moscas con su hedor nauseabundo para propagar sus esporas. Una estrategia de marketing biológica bastante agresiva, la verdad. La cosa no es nueva. Desde la época victoriana, este hongo ha generado inquietud. Henrietta Darwin, hija del mismísimo Charles, se tomaba el asunto muy en serio. Armándose con una lanza, patrullaba los bosques para 'limpiar' el territorio de estos hongos… ¡y quemarlos para proteger la moral de las empleadas! Un nivel de compromiso con la decencia que hoy en día resulta, como mínimo, pintoresco. A pesar de su dudosa reputación y su aroma ofensivo, el Mutinus elegans no es venenoso. Aunque, sinceramente, ¿quién querría probarlo? La naturaleza, a veces, es simplemente… rara. Y huele fatal. El hongo se encuentra en Europa y Asia, pero prospera en climas templados con suelos sueltos, apareciendo en jardines, bosques y entre restos de madera, especialmente con el clima cálido y húmedo. Su vida es efímera, apenas un día o dos en su máximo esplendor, antes de desvanecerse con la misma rapidez con la que suben los precios.
El sol se alinea con las calles. Suena a película de ciencia ficción cutre, pero es Manhattanhenge, ese capricho astronómico que convierte Nueva York en un decorado dorado. Y resulta que no eres tú, es la ciudad. No solo Nueva York tiene derecho a un atardecer épico. Victoria Ritvo, una científica con tiempo libre (y ganas de complicarse la vida), ha creado Hengefinder, una web para que encuentres tu propio ‘henge’ particular. ¿Cómo? Calculando ángulos, azimuths y otras cosas que suenan a clase de matemáticas de la pesadilla. Pero no te preocupes, la web lo hace por ti. Solo introduce tu dirección y listo. Descubrirás que Amsterdam tiene un canal, el Haarlemmertrekvaart, que ofrece un espectáculo similar desde hace 400 años, aunque sus constructores no lo pretendieran. Porque, a diferencia de Stonehenge, donde los tipos de la Edad de Piedra se curraron la alineación solar, en Manhattan fue cosa de la cuadrícula urbana. Neil deGrasse Tyson, el gurú de las estrellas, lo comparó con Stonehenge en 1997 y el nombre pegó. Ahora, ciudades como Chicago y Toronto también tienen su ‘henge’, demostrando que hasta la geometría urbana puede tener su momento de gloria. Todo esto mientras el mundo sigue discutiendo si el café está más caro o el alquiler.
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