Crítica:
El artículo es una bonita postal cósmica, pero adolece de falta de contexto sobre la relevancia de este descubrimiento. ¿Qué nos dice esta nebulosa sobre el destino de nuestro propio sol? El título, aunque llamativo, es un cliché.
El artículo es una bonita postal cósmica, pero adolece de falta de contexto sobre la relevancia de este descubrimiento. ¿Qué nos dice esta nebulosa sobre el destino de nuestro propio sol? El título, aunque llamativo, es un cliché.
Mientras la lista de la compra se dispara y el olor a perejil fresco es un lujo, en los bosques de Norteamérica florece un hongo con forma sospechosa y aroma a carne podrida: el Mutinus elegans, cariñosamente apodado 'vara del diablo'. No, no es una metáfora de la política actual, es biología pura y dura. Este ejemplar, de unos 10-15 centímetros, no es precisamente un galán, pero cumple su cometido: atraer moscas con su hedor nauseabundo para propagar sus esporas. Una estrategia de marketing biológica bastante agresiva, la verdad. La cosa no es nueva. Desde la época victoriana, este hongo ha generado inquietud. Henrietta Darwin, hija del mismísimo Charles, se tomaba el asunto muy en serio. Armándose con una lanza, patrullaba los bosques para 'limpiar' el territorio de estos hongos… ¡y quemarlos para proteger la moral de las empleadas! Un nivel de compromiso con la decencia que hoy en día resulta, como mínimo, pintoresco. A pesar de su dudosa reputación y su aroma ofensivo, el Mutinus elegans no es venenoso. Aunque, sinceramente, ¿quién querría probarlo? La naturaleza, a veces, es simplemente… rara. Y huele fatal. El hongo se encuentra en Europa y Asia, pero prospera en climas templados con suelos sueltos, apareciendo en jardines, bosques y entre restos de madera, especialmente con el clima cálido y húmedo. Su vida es efímera, apenas un día o dos en su máximo esplendor, antes de desvanecerse con la misma rapidez con la que suben los precios.
El sol se alinea con las calles. Suena a película de ciencia ficción cutre, pero es Manhattanhenge, ese capricho astronómico que convierte Nueva York en un decorado dorado. Y resulta que no eres tú, es la ciudad. No solo Nueva York tiene derecho a un atardecer épico. Victoria Ritvo, una científica con tiempo libre (y ganas de complicarse la vida), ha creado Hengefinder, una web para que encuentres tu propio ‘henge’ particular. ¿Cómo? Calculando ángulos, azimuths y otras cosas que suenan a clase de matemáticas de la pesadilla. Pero no te preocupes, la web lo hace por ti. Solo introduce tu dirección y listo. Descubrirás que Amsterdam tiene un canal, el Haarlemmertrekvaart, que ofrece un espectáculo similar desde hace 400 años, aunque sus constructores no lo pretendieran. Porque, a diferencia de Stonehenge, donde los tipos de la Edad de Piedra se curraron la alineación solar, en Manhattan fue cosa de la cuadrícula urbana. Neil deGrasse Tyson, el gurú de las estrellas, lo comparó con Stonehenge en 1997 y el nombre pegó. Ahora, ciudades como Chicago y Toronto también tienen su ‘henge’, demostrando que hasta la geometría urbana puede tener su momento de gloria. Todo esto mientras el mundo sigue discutiendo si el café está más caro o el alquiler.
Mientras el bolsillo se evapora con la inflación, la sonda Psyche se da un 'paseo' a 2.800 millas de Marte, sacando fotos con la cámara del móvil. Sí, así como lo oyes. Un cacharro de 3.600 kilos, lanzado en octubre de 2023, aprovechando la gravedad marciana como si fuera un autobús interplanetario. El viaje total, ojo, son 2.200 millones de kilómetros. Una locura. La NASA, con su proverbial eficiencia, nos regala la estampa el 20 de mayo, capturada el 15 de mayo a las 8:03 a.m. EDT. Un 'selfie' marciano, procesado para que nuestros ojos mortales lo entiendan, porque el original, dicen, era un borrón. ¿El destino final? 16 Psyche, una roca de 140 millas de diámetro que, según los astrónomos, podría ser el núcleo de un planeta antiguo. Un despiece cósmico para estudiar sus propiedades magnéticas y su composición. Todo esto, claro, con nuestro dinero. Llegada prevista: 2029. A un ritmo de 12.333 millas por hora. Un pequeño 'desplazamiento' que, en términos terrestres, equivaldría a ir de Madrid a Nueva York en un abrir y cerrar de ojos… si tuviéramos un cohete y 2.200 millones de kilómetros para recorrer. En resumen, la NASA se divierte con la física mientras nosotros pagamos la factura. Y, por si fuera poco, se toman el atrevimiento de proclamar que este cacharro es una de las '50 innovaciones más importantes del año'. ¿En serio? Mientras tanto, el planeta Tierra sigue necesitando soluciones urgentes. Pero, ¿quién necesita agua potable cuando puedes tener fotos bonitas de Marte?
La NASA, con la paciencia de un fontanero esperando una gotera, ha decidido que mandar cuatro drones al Polo Sur lunar es una idea excelente. No porque haya un atasco en la cola del astronauta, sino porque quieren espiar el terreno antes de que los colegas de 2027, con el proyecto Artemis III, se tropiecen con un cráter. Imaginen la bronca: '¡Te dije que había una roca ahí!' Estos cacharritos, diseñados en el JPL de California, pesan unos 250 kilos y tienen el tamaño de un armario ropero. Se lanzarán en 2028 a bordo de una nave construida por Firefly Aerospace (Texas, que no es precisamente conocida por su industria aeroespacial de vanguardia). El viaje durará 45 días, más o menos lo que tardas en recibir un paquete de Amazon desde China. Una vez en la luna, cada dron tendrá una jornada laboral de 14 días terrestres, tomando fotos y midiendo la radiación, como un turista con fiebre por Instagram. Además de la cámara 'Lunar Dashcam' (un nombre que suena a serie B), llevarán un espectrómetro para buscar agua subterránea y un reflector láser para que no se pierdan. Y, para que conste, algunos científicos protestan porque extraer recursos lunares es como destrozar el jardín del vecino. Otros, como ciertas naciones indígenas, consideran la luna un lugar sagrado y ven esta expedición como una profanación. Pero, claro, la NASA tiene un acuerdo con 66 países (los Acuerdos Artemis) que, aunque no es una ley vinculante, al menos da un marco legal para no acabar en una disputa intergaláctica. Porque, ojo, China también quiere un trozo de la luna. La carrera espacial, señoras y señores, nunca termina.
La física, señores, se pone juguetona. Un grupo de científicos, hartos de relojes atómicos que necesitan un láser para funcionar (¡como si fueran divas!), ha diseñado el primer 'reloj de abuelo cuántico'. No esperen ver uno en el salón de la abuela, claro. Esto es un nanodispositivo, una danza de átomos, espejos y fotones que pretende desentrañar los misterios de la gravedad a nivel cuántico. El truco, según Matteo Brunelli y su equipo del Collège de France, está en replicar el mecanismo de un reloj de péndulo clásico – péndulo, pesas, escapada – pero a escala atómica. Imaginen: un átomo oscilando entre energías, 'golpeado' por fotones rebotantes, como el péndulo impulsado por las pesas. La ingeniería financiera aquí es de la buena: el reloj promete ser 'autónomo', es decir, no necesitará de otro reloj maestro para marcar el tiempo. Algo que, por cierto, ya había roto los límites de precisión impuestos por la 'relación de incertidumbre termodinámica', un nombre que suena a trabalenguas para justificar presupuestos inflados. Sreenath Manikandan, del Tata Institute of Fundamental Research Hyderabad, lo resume: entender estos relojes autónomos es crucial para entender el tiempo en su forma más básica. ¿El problema? Construirlo es como armar un Lego con guantes de boxeo. Pero no es imposible. El precio, aún desconocido, seguramente será astronómico, pero al menos no lo pagamos nosotros... todavía.
Mientras los políticos discuten si el café con leche es un derecho fundamental, el cielo nos amenaza con un sablazo a la señalización ferroviaria. Sí, han leído bien. No es el revisor el que está de huelga, sino el Sol. Cameron Patterson, de la Universidad de Lancaster, nos advierte que las tormentas espaciales podrían convertir un semáforo en rojo en una invitación a la catástrofe. Imaginen la escena: un tren a toda máquina confiando en un 'sí, sigue' que en realidad es un '¡alto!'. Esto, señores, no es ciencia ficción barata, sino una vulnerabilidad real en los sistemas ferroviarios de países como el Reino Unido. La cosa va más allá de un simple fallo técnico. Estamos hablando de sistemas eléctricos susceptibles a las fluctuaciones geomagnéticas que, según Patterson, podrían desencadenar un accidente fatal. ¿Y qué se está haciendo al respecto? Pues, aparentemente, esperar a que la tormenta solar nos pille desprevenidos. La fecha clave es 26 de mayo de 2026, el día en que New Scientist sacó a la luz esta bomba. Mientras tanto, seguimos pagando billetes de tren a precio de oro, confiando en que la tecnología que nos transporta no sea vulnerable a los caprichos del clima espacial. La inversión en protección contra estas tormentas, según los expertos, es mínima en comparación con el riesgo que corremos. Es como asegurar el coche y olvidarse de contratar un seguro de vida. ¿Quién necesita ver la luz al final del túnel si el túnel se derrumba por una llamarada solar? Es triste, pero en esta vida, a veces el peligro no viene del vecino, sino del espacio exterior.
El 'Friends effect': casi tres décadas creyendo que la orina era la solución mágica para las picaduras de medusa. Un chiste televisivo de 1997, concretamente del episodio “el de la medusa”, se ha incrustado en nuestro ADN colectivo como un consejo médico de primera línea. Joey, con su sabiduría de documental de Discovery Channel, convenció a millones de que el amoníaco era el santo grial anti-medusa. La ironía es que la ciencia, desde 2007 (Scientific American lo dejó claro), insiste en que es una idea pésima. ¿Por qué? Porque la orina, lejos de neutralizar el veneno, activa los micro-arpones urticantes que aún quedan en la piel, inyectando más toxinas. Es como echarle gasolina al fuego (o, en este caso, agua dulce a una herida salada). La bióloga Lisa Gershwin lo resume: la orina es una 'ruleta rusa' de pH, pudiendo disparar el 100% de las células urticantes. Mientras tanto, el coste de esta creencia popular es incalculable: playas llenas de gente, nerviosa y dispuesta a cometer un acto de desesperación biológica. La solución, según los expertos, es simple: agua salada, retirar los tentáculos con pinzas (olvídate de frotar con la arena), calor y, en casos graves, atención médica inmediata. El Dr. Elias Hyams, urólogo de la Universidad de Brown, resume la situación con humor: “Siempre es mejor orinar en un baño que sobre un amigo en la playa”. Un consejo que, quizás, deberíamos tatuarnos en la frente. Y dejar 'Friends' para lo que es: una comedia brillante, pero no un manual de primeros auxilios.
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