La NASA, con la paciencia de un fontanero esperando una gotera, ha decidido que mandar cuatro drones al Polo Sur lunar es una idea excelente. No porque haya un atasco en la cola del astronauta, sino porque quieren espiar el terreno antes de que los colegas de 2027, con el proyecto Artemis III, se tropiecen con un cráter.
Imaginen la bronca: '¡Te dije que había una roca ahí!'
Estos cacharritos, diseñados en el JPL de California, pesan unos 250 kilos y tienen el tamaño de un armario ropero. Se lanzarán en 2028 a bordo de una nave construida por Firefly Aerospace (Texas, que no es precisamente conocida por su industria aeroespacial de vanguardia).
El viaje durará 45 días, más o menos lo que tardas en recibir un paquete de Amazon desde China. Una vez en la luna, cada dron tendrá una jornada laboral de 14 días terrestres, tomando fotos y midiendo la radiación, como un turista con fiebre por Instagram.
Además de la cámara 'Lunar Dashcam' (un nombre que suena a serie B), llevarán un espectrómetro para buscar agua subterránea y un reflector láser para que no se pierdan.
Y, para que conste, algunos científicos protestan porque extraer recursos lunares es como destrozar el jardín del vecino. Otros, como ciertas naciones indígenas, consideran la luna un lugar sagrado y ven esta expedición como una profanación. Pero, claro, la NASA tiene un acuerdo con 66 países (los Acuerdos Artemis) que, aunque no es una ley vinculante, al menos da un marco legal para no acabar en una disputa intergaláctica.
Porque, ojo, China también quiere un trozo de la luna. La carrera espacial, señoras y señores, nunca termina.
Crítica:
El artículo suena a comunicado de prensa glorificado. Le falta un análisis crítico sobre los costes reales de la misión y la justificación de priorizar la exploración lunar sobre problemas terrestres más urgentes. El tono es demasiado optimista.
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