Crítica:
El estudio es interesante, pero la muestra de 32 vacas es limitada. Se echa en falta información sobre el entorno específico de las vacas y si esto influyó en sus respuestas. El título es un poco sensacionalista.
El estudio es interesante, pero la muestra de 32 vacas es limitada. Se echa en falta información sobre el entorno específico de las vacas y si esto influyó en sus respuestas. El título es un poco sensacionalista.
Cincuenta años después de su publicación, El Gen Egoísta de Richard Dawkins sigue siendo un faro, aunque con algunas luces parpadeantes. Rowan Hooper, en New Scientist, disecciona la obra maestra de 1976, descubriendo que la visión centrada en el gen de la evolución, sorprendentemente, se mantiene firme a pesar de los avances genómicos. En 1976, apenas se conocían genes; hoy, con el auge de la secuenciación del genoma, la pregunta es: ¿sigue siendo útil el concepto del 'gen egoísta'? La respuesta, al parecer, es un rotundo sí. Dawkins argumenta que la selección natural impulsa el aumento de 'replicadores' – en esencia, genes – que construyen 'vehículos' (cuerpos) para su supervivencia. Un mono es solo una máquina para preservar genes en los árboles, un pez, otra en el agua. El truco está en que los genes, potencialmente, viven millones de años, mientras que sus vehículos (nosotros) apenas unas décadas. El libro, influenciado por William Hamilton y sus ideas sobre la selección de parentesco, explica comportamientos altruistas como estrategias genéticas para asegurar la propagación de copias de sí mismos. El debate, sin embargo, no está exento de controversia. La metáfora del 'gen egoísta', aunque poderosa, ha sido malinterpretada como una justificación del individualismo despiadado, algo que a Dawkins le horroriza. Además, la reciente explosión de la epigenética – las 'notas' que se añaden a los genes y pueden heredarse – y la plasticidad fenotípica (adaptación sin cambio genético) han planteado desafíos a la visión original. La sorpresa, según los expertos, es que la obra sigue siendo relevante a pesar de que el número de genes humanos es mucho menor de lo que se pensaba (unos 20.000 frente a los 100.000 estimados), y que la expresión génica – cómo se activan y desactivan los genes – es más crucial que la simple posesión de ellos. Incluso el propio Dawkins admite que su mayor error fue el concepto del 'meme', la unidad de transmisión cultural, que no se ha sostenido con el tiempo. Al final, El Gen Egoísta no es una descripción literal de la realidad, sino un marco conceptual que ha transformado la biología, forzándonos a ver la vida desde una perspectiva radicalmente nueva, aunque, posiblemente, no completamente completa.
Mientras tu vecino discute si pagar el sablazo de la luz o la lista de la compra, Rocket Lab se dedica a lanzar búhos espaciales. Sí, has leído bien. La empresa neozelandesa ha puesto en órbita un satélite de radar para Synspective, una compañía japonesa con un nombre que suena a videojuego de los 80. Lo llamaron “Viva La Strix”, como si fuera una canción de protesta, pero en realidad es el noveno satélite Strix (que, ojo, significa “búho”) que envían al espacio desde 2020. ¿Y qué hace un búho en el espacio? Pues mira, Synspective quiere construir una constelación de estos ojos artificiales para vigilar Japón. No para ver si se portan bien los niños, sino para monitorizar el desarrollo urbano, la construcción, la infraestructura… y las catástrofes naturales. Básicamente, para tenerlo todo controlado. Y lo mejor de todo es que estos búhos espaciales ven a través de las nubes y en la oscuridad. Imagínate el chivatazo. Rocket Lab, que ya ha lanzado 78 cohetes (y siete más en versión “prueba de velocidad”), tiene el monopolio del negocio con Synspective: otros 18 lanzamientos más confirmados hasta 2030. O sea, que si te preocupa que te vigilen, prepárate, porque la colonia de búhos espaciales va a seguir creciendo. Todo esto, con un cohete de 18 metros de alto que parece sacado de una película de ciencia ficción barata. La misión, que despegó el 22 de mayo a las 5:33 a.m. EDT desde Nueva Zelanda, ha sido un éxito rotundo: el satélite Strix está ya orbitando a unos 572 kilómetros de altura. Y mientras tanto, nosotros aquí, pagando el café a precio de oro.
Chun Wang, un cripto-multimillonario con más dinero que sentido común, ha reservado un asiento en el primer vuelo privado de SpaceX Starship… ¡a Marte! Sí, un simple “flyby”, un saludo rápido a la atmósfera marciana antes de volver a casa. Mientras el ciudadano de a pie intenta no que le sable en la factura de la luz, Wang planea un viaje interplanetario para “encender la imaginación”. La ironía es tan densa que podría usarse como combustible para cohetes. SpaceX, liderada por el siempre prometedor Elon Musk, ha visto desfilar a varios millonarios con cheques en blanco: Yusaku Maezawa (que canceló su viaje lunar tras años de espera), Dennis Tito (el primer turista espacial, ahora dispuesto a soltar aún más millones) y Jared Isaacman (que, curiosamente, ahora es el administrador de la NASA, aunque su calendario de vuelos privados parece haber sufrido un pequeño atasco). Todos sueñan con colonias marcianas y paseos lunares, pero la realidad es que Starship aún no ha orbitado la Tierra. Wang, que ya ha dado una vuelta al mundo a bordo de un Dragon en 2025, eligió anunciar su aventura desde la isla Bouvet, un pedazo de roca perdido en el Atlántico Sur, tan remoto que da vértigo. Según él, el viaje será “para su estilo de fuegos artificiales”, disfrutando del mapa en el avión. Mientras tanto, NASA espera que SpaceX le entregue una nave para alunizar astronautas en 2028. La carrera espacial, señores, se ha convertido en un desfile de egos y cuentas bancarias abultadas. Y nosotros, los mortales, mirando desde la Tierra.
El infierno de Dante, lejos de ser un simple viaje alegórico, podría ser una intuición geofísica adelantada a su tiempo. Timothy Burbery, profesor de la Universidad Marshall, desentierra una verdad inesperada: el poeta florentino, sin saberlo, anticipó conceptos de geología y física. ¿Satanás, un asteroide? Según Dante, la caída del ángel rebelde no fue solo espiritual, sino un impacto cósmico capaz de excavar el infierno y reconfigurar continentes. Algo así como un sablazo continental. La descripción de la caída, con Satanás acumulando velocidad desde las alturas, evoca la física de los meteoritos, siglos antes de que se confirmara su origen extraterrestre en 1803. Burbery compara la inercia del descenso con la sensación de no sentir movimiento en vuelo, un concepto físico formalizado después. Incluso la topografía del infierno, con su cráter infernal, podría ser una representación inconsciente de volcanes como el Etna o Vesubio. Ironías aparte, Dante, un defensor del modelo aristotélico del cosmos, se contradice al describir la caída de Satanás como un evento físico, aunque él mismo lo hubiera negado. El profesor Burbery presentó sus hallazgos en Viena, preparándose para publicar un estudio que sacudirá los cimientos de la crítica literaria. En resumen, Dante no solo escribió un poema épico; podría haber escrito un tratado de geofísica encubierto.
El doctor Sacks, ese abuelo entrañable de la neuropsicología, resulta ser un poquito… creativo con la verdad. Su libro “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”, esa biblia para estudiantes de psicología, ahora tiene una mancha de óxido del tamaño de un autobús. Rachel Aviv, con acceso a los diarios privados del bueno de Oliver, desenmascaró un agujero contable de “guilt” y “falsificación” en sus casos clínicos. ¿La paciente que no abría una puerta con llave y luego triunfó en el teatro? Puro humo. ¿Gemelos calculando números primos como si fueran caramelos? Ficción científica. La cosa no es nueva: el libro, publicado en 1985, ya chirriaba con lenguaje poco inclusivo y reflexiones pretenciosas. Pero la bomba de Aviv dinamitó la reputación de Sacks. Mientras el precio de un café sube cada día, la credibilidad de un científico puede desplomarse en un abrir y cerrar de ojos, con una sola revelación. Sacks, un hombre atormentado por su propia sexualidad reprimida, parece haber convertido el dolor personal en historias clínicas, y luego se sintió culpable por ello. ¿Se puede salvar algo del naufragio? Sí, la empatía. El libro, aunque no sea un tratado científico riguroso, te mete en la cabeza de gente que percibe el mundo de forma radicalmente diferente. Pero léelo con pinzas, como si fuera una oferta de rebaja demasiado buena para ser verdad. Porque, al final, lo que tenemos es una novela disfrazada de realidad, un “¿y si…?” neurocientífico con sabor agridulce. El doctor Sacks nos hacía ver el mundo a través de otros ojos, pero ahora sabemos que esos ojos, quizás, veían las cosas un poco mejor de lo que eran.
Ochenta años de darle vueltas a un problema de geometría, y lo descifra una inteligencia artificial de OpenAI. Sí, lo has leído bien. Mientras tú intentas recordar la tabla de multiplicar, una máquina ha dinamitado una conjetura de Paul Erdős, un tipo que consideraba este acertijo como su “mayor contribución a la geometría”. Básicamente, se trata de cuántas líneas de la misma longitud puedes dibujar entre puntos en una hoja de papel infinita. Suena aburrido, ¿verdad? Pero para los matemáticos, era como buscar la aguja en un pajar cuántico. Erdős pensaba que la clave estaba en los patrones de cuadrícula, una especie de sudoku geométrico. La IA, sin embargo, ha demostrado que se puede hacer mucho mejor usando patrones más… creativos. Imagina que intentas aparcar en el centro de Madrid un sábado por la tarde: un caos organizado que, contra todo pronóstico, funciona. Pues algo así ha hecho la IA, construyendo estructuras complejas en dimensiones superiores y luego “proyectándolas” en nuestro plano bidimensional. Misha Rudnev, de la Universidad de Bristol, lo describe como una “bomba”. Tim Gowers, de Cambridge, dice que la prueba es digna de publicación en las Annals of Mathematics. Y Will Sawin, de Princeton, confiesa que al principio no se lo creía. OpenAI, como suele ocurrir, guarda celosamente los secretos de su algoritmo, pero Sheryl Hsu, una de sus investigadoras, aclara que no fue entrenado específicamente para resolver problemas matemáticos. Parece que la IA, en su infinita sabiduría, simplemente ha conectado los puntos (literalmente) de una forma que a los humanos se nos escapaba. Eso sí, algunos señalan que quizá los matemáticos no buscaron lo suficiente, demasiado anclados en las ideas preconcebidas. El caso es que la máquina ha ganado esta ronda. Y, como dice Kevin Buzzard, de Imperial College London, los humanos ya hemos empezado a entender y generalizar sus argumentos.
La luna, esa vecina pálida que nos vigila mientras dormimos, jugará al escondite con Regulus, una estrella que suena a apellido de emperador romano, el 23 de mayo. Pero, como suele pasar con estos eventos celestiales, la fiesta no es para todos. Si vives en Fiji, Samoa o Tonga, prepárate para ver cómo Regulus desaparece tragado por la oscuridad lunar, un espectáculo digno de palomitas y telescopio. Para el resto, seremos como los que llegan tarde a la verbena: veremos a la estrella rozar la luna, un guiño cósmico antes de que ambos se pongan a dormir. La NASA nos explica que esto del 'parallax viewing', o la diferencia de perspectiva según dónde estés, es el culpable. La luna, a unos módicos 384.400 kilómetros de distancia, se mueve lo suficiente como para cambiar el escenario según tu ubicación. Imagina intentar cazar una mosca con los ojos cerrados y moviéndote: así es la astronomía, básicamente. Desde Sidney, Regulus se limitará a un saludo fugaz, rozando la luna antes de desaparecer. Y en Estados Unidos, ni eso, solo una separación de un grado, el ancho de tu dedo meñique extendido. Lo que viene a decir que, a menos que vivas en el Pacífico Sur, te conformarás con fotos ajenas y la promesa de aplicaciones como Stellarium o Sky Safari 7 Pro, que te simulan el evento en tu móvil. Anthony Wood, el redactor de Space.com, ya está esperando tus fotos. ¡No le falles! A ver si alguien captura algo mejor que un borrón luminoso.
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