Crítica:
El texto se centra demasiado en las motivaciones personales de Sacks, desviándose del núcleo de la controversia científica. El título, aunque llamativo, simplifica en exceso un debate complejo.
El texto se centra demasiado en las motivaciones personales de Sacks, desviándose del núcleo de la controversia científica. El título, aunque llamativo, simplifica en exceso un debate complejo.
El infierno de Dante, lejos de ser un simple viaje alegórico, podría ser una intuición geofísica adelantada a su tiempo. Timothy Burbery, profesor de la Universidad Marshall, desentierra una verdad inesperada: el poeta florentino, sin saberlo, anticipó conceptos de geología y física. ¿Satanás, un asteroide? Según Dante, la caída del ángel rebelde no fue solo espiritual, sino un impacto cósmico capaz de excavar el infierno y reconfigurar continentes. Algo así como un sablazo continental. La descripción de la caída, con Satanás acumulando velocidad desde las alturas, evoca la física de los meteoritos, siglos antes de que se confirmara su origen extraterrestre en 1803. Burbery compara la inercia del descenso con la sensación de no sentir movimiento en vuelo, un concepto físico formalizado después. Incluso la topografía del infierno, con su cráter infernal, podría ser una representación inconsciente de volcanes como el Etna o Vesubio. Ironías aparte, Dante, un defensor del modelo aristotélico del cosmos, se contradice al describir la caída de Satanás como un evento físico, aunque él mismo lo hubiera negado. El profesor Burbery presentó sus hallazgos en Viena, preparándose para publicar un estudio que sacudirá los cimientos de la crítica literaria. En resumen, Dante no solo escribió un poema épico; podría haber escrito un tratado de geofísica encubierto.
Ochenta años de darle vueltas a un problema de geometría, y lo descifra una inteligencia artificial de OpenAI. Sí, lo has leído bien. Mientras tú intentas recordar la tabla de multiplicar, una máquina ha dinamitado una conjetura de Paul Erdős, un tipo que consideraba este acertijo como su “mayor contribución a la geometría”. Básicamente, se trata de cuántas líneas de la misma longitud puedes dibujar entre puntos en una hoja de papel infinita. Suena aburrido, ¿verdad? Pero para los matemáticos, era como buscar la aguja en un pajar cuántico. Erdős pensaba que la clave estaba en los patrones de cuadrícula, una especie de sudoku geométrico. La IA, sin embargo, ha demostrado que se puede hacer mucho mejor usando patrones más… creativos. Imagina que intentas aparcar en el centro de Madrid un sábado por la tarde: un caos organizado que, contra todo pronóstico, funciona. Pues algo así ha hecho la IA, construyendo estructuras complejas en dimensiones superiores y luego “proyectándolas” en nuestro plano bidimensional. Misha Rudnev, de la Universidad de Bristol, lo describe como una “bomba”. Tim Gowers, de Cambridge, dice que la prueba es digna de publicación en las Annals of Mathematics. Y Will Sawin, de Princeton, confiesa que al principio no se lo creía. OpenAI, como suele ocurrir, guarda celosamente los secretos de su algoritmo, pero Sheryl Hsu, una de sus investigadoras, aclara que no fue entrenado específicamente para resolver problemas matemáticos. Parece que la IA, en su infinita sabiduría, simplemente ha conectado los puntos (literalmente) de una forma que a los humanos se nos escapaba. Eso sí, algunos señalan que quizá los matemáticos no buscaron lo suficiente, demasiado anclados en las ideas preconcebidas. El caso es que la máquina ha ganado esta ronda. Y, como dice Kevin Buzzard, de Imperial College London, los humanos ya hemos empezado a entender y generalizar sus argumentos.
La luna, esa vecina pálida que nos vigila mientras dormimos, jugará al escondite con Regulus, una estrella que suena a apellido de emperador romano, el 23 de mayo. Pero, como suele pasar con estos eventos celestiales, la fiesta no es para todos. Si vives en Fiji, Samoa o Tonga, prepárate para ver cómo Regulus desaparece tragado por la oscuridad lunar, un espectáculo digno de palomitas y telescopio. Para el resto, seremos como los que llegan tarde a la verbena: veremos a la estrella rozar la luna, un guiño cósmico antes de que ambos se pongan a dormir. La NASA nos explica que esto del 'parallax viewing', o la diferencia de perspectiva según dónde estés, es el culpable. La luna, a unos módicos 384.400 kilómetros de distancia, se mueve lo suficiente como para cambiar el escenario según tu ubicación. Imagina intentar cazar una mosca con los ojos cerrados y moviéndote: así es la astronomía, básicamente. Desde Sidney, Regulus se limitará a un saludo fugaz, rozando la luna antes de desaparecer. Y en Estados Unidos, ni eso, solo una separación de un grado, el ancho de tu dedo meñique extendido. Lo que viene a decir que, a menos que vivas en el Pacífico Sur, te conformarás con fotos ajenas y la promesa de aplicaciones como Stellarium o Sky Safari 7 Pro, que te simulan el evento en tu móvil. Anthony Wood, el redactor de Space.com, ya está esperando tus fotos. ¡No le falles! A ver si alguien captura algo mejor que un borrón luminoso.
La NASA, esa agencia que te hace sentir pequeño con cada foto del cosmos, ha decidido que volver a la Luna no es cuestión de prisas. El 26 de mayo de 2026, nos explicarán con pelos y señales cómo quieren plantar bandera (otra vez) y construir una base lunar para 2032-2036. ¿Y qué estaban haciendo hasta ahora? Pues, aparentemente, redefiniendo 'urgente'. Mientras tú luchas por pagar la hipoteca, ellos se plantean si la base lunar va a estar cerca del polo sur. ¡Qué dilema! Jared Isaacman, el administrador de la NASA, y sus secuaces, Lori Glaze y Carlos García-Galán, serán los encargados de desfilar con gráficos y promesas. La cosa viene de lejos: ya mandaron a unos cuantos robots a dar una vuelta (Artemis 1, 2022) y a unos astronautas a dar una vuelta más larga (Artemis 2, abril de 2024). Pero, atención, que el alunizaje con humanos se ha retrasado. Inicialmente programado para 2027 (Artemis 3), ahora lo apuntan al 2028 (Artemis 4). Parece que prefieren practicar el 'parking' de naves en órbita antes de arriesgarse a un aterrizaje forzoso. El proyecto 'Gateway', una estación espacial que iba a ser la puerta de entrada a la Luna, ha quedado en la nevera. Priorizan la base en sí. Y para construirla, se apoyan en empresas privadas como SpaceX (Starship) y Blue Origin (Blue Moon). Conclusión: la Luna es el nuevo patio de recreo de los multimillonarios espaciales. Michael Wall, el editor de Space.com, nos lo cuenta todo con su doctorado en biología evolutiva, porque, claro, la exploración espacial es como estudiar el comportamiento de las hormigas… pero más caro.
La próxima vez que te plantees si tirar el dinero en una botella de agua en lugar de abrir el grifo, recuerda esto: no todas las aguas saben igual. Y no, no es sugestión. Mientras el bolsillo ya sufre el sablazo de la inflación, las marcas de agua embotellada juegan a ser sumilleres, ofreciéndote 'notas de cata' que ni un Ribera del Duero. Aquafina, la más popular en EEUU, presume de unos 4 PPM (partes por millón) de sales minerales, una cifra que suena a ciencia ficción pero que, según los expertos (sí, existen 'catadores de agua'), marca la diferencia entre un sorbo 'redondo' y uno 'metálico'. El truco está en el origen: manantiales alpinos, acuíferos profundos, arroyos… cada uno deja su huella mineral en la molécula de H2O. Luego, las empresas deciden si 'afinan' el sabor eliminando impurezas o si lo dejan tal cual, como un buen vino de autor. Así que, sí, estás pagando por un poquito de calcio, magnesio, potasio y sodio, disueltos en agua. ¿Vale la pena? Probablemente no. Pero al menos, ahora sabes que esa diferencia de sabor no es cosa tuya. Es que el agua, al igual que las promesas electorales, no todas cumplen lo mismo. En resumen, mientras te preocupas por la lista de la compra, las marcas de agua se preocupan por los PPM y los TDS. Y tú, bebiendo agua, pensando que todas las aguas son iguales. Iluso.
El sablazo más elegante de la historia: cómo Hollywood le robó la voz a Turing. Mientras el mundo repite como loros la frase atribuida a Alan Turing —«A veces la persona que nadie imagina capaz de nada es la que hace cosas que nadie puede imaginar»—, el pobre matemático sigue en el limbo: sin voz en los archivos, pero con un guionazo de oro en el cine. La verdad es que nunca dijo eso. Ni en Cambridge, ni en Bletchley Park, ni en ningún café de Londres. Fue un invento del guionista de The Imitation Game (2014), un copy-paste dramático que Benedict Cumberbatch convirtió en meme global. Y aquí está el dato que quema: ni Andrew Hodges (su biógrafo oficial), ni Dermot Turing (su sobrino), ni la Britannica tienen constancia de que el científico pronunciara esas palabras. Solo el cine. Pero vayamos a lo que sí hizo Turing: revolucionó la informática con una máquina que ni los ordenadores de hoy entienden del todo. En 1936, a los 24 años, diseñó la máquina universal, el esqueleto lógico de cualquier PC, smartphone o IA que hoy nos roba el trabajo. Mientras los nazis cifraban mensajes con Enigma, él y su equipo en Bletchley Park descifraron 39.000 comunicaciones al mes hacia 1942. Eso es como hackear el WhatsApp de Hitler. Y no fue por arte de magia: su Bombe electromecánica —un monstruo de cables y bombillas— aguantó el tipo hasta que los alemanes cambiaron su sistema de cifrado. Pero aquí viene el plot twist histórico: el mismo país que salvó con su genio lo condenó por ser gay. En 1952, lo declararon culpable de «indecencia grave» y lo obligaron a someterse a castración química para evitar la cárcel. Imaginen a un Steve Jobs de los años 50, pero en vez de manzanas, le obligan a tragar hormonas como castigo. Mientras tanto, en Manchester, se ahogaba en su propio laboratorio: sus últimos trabajos, modelos matemáticos de cómo crecen las patas de los conejos, quedaron truncados. Murió en 1954, a los 41 años, con cianuro en el cuerpo. ¿Suicidio? ¿Accidente? ¿Alguien más interesado en callar a un genio incómodo? El Gobierno británico tardó 57 años en pedirle perdón (gracias, Gordon Brown, por tu mea culpa tardío). La ironía del siglo: hoy su cara está en billetes, estatuas y hasta en emojis, pero la frase que todo el mundo le atribuye es pura ficción hollywoodiense. Como si el marketing de The Imitation Game hubiera ganado la batalla a la historia. Turing no necesitaba un slogan inventado para ser legendario: sus ecuaciones siguen en los cimientos de la nube, sus algoritmos en el Google que usamos para buscar memes de Cumberbatch. El verdadero glitch es que aún hoy, 70 años después, sigamos repitiendo mentiras bonitas en vez de contar su vida real. Y aquí va el spoiler final: si buscan la cita auténtica de Turing, ahí está, en sus papeles: «No puedo creer que alguien pueda ser tan estúpido como para no ver la belleza de las matemáticas.» Nada de inspiración barata. Solo genio puro.
El pez cebra nos regala su secreto solar (y no, no es su bronceado de verano). Mientras tú y yo nos untamos de crema solar con filtros químicos que huelen a laboratorio y saben a promesa incumplida, un equipo de científicos chinos ha logrado lo que parece sacado de una película de Jurassic Park: convencer a bacterias para que fabriquen el protector solar de los peces. Sí, como lo oyes. El gradusol, ese antioxidante que los organismos marinos segregan para sobrevivir al sol como si fuera un aftersun de lujo, ahora puede producirse en masa gracias a Escherichia coli (la misma bacteria que te arruina el verano si te tomas un sushi mal cocinado). Y lo mejor: lo multiplicaron por 93. De 45,2 miligramos por litro a 4,2 gramos. O, traducido a términos humanos: de un chorrito en un vaso de agua a un bote entero en una piscina. ¿Por qué esto importa? Porque el gradusol no es solo un filtro solar de pacotilla. Es un superhéroe antioxidante: neutraliza radicales libres como si fuera un supermario borrando monedas en pantalla. Los investigadores de la Universidad de Jiangnan, liderados por Ping Zhang y Ruirui Xu, lo comparan con la vitamina C, pero con el extra de que no hay que arrancar huevos de pez cebra a mano (sí, eso era el método anterior). Ahora, en lugar de saquear el mar, cultivan bacterias en tubos de ensayo como si fueran setas en un sótano. Y no es magia: han reconstruido la vía metabólica del pez para que E. coli lo produzca como si fuera su trabajo de verano. El detalle que enciende las alarmas (o las esperanzas): 100 miligramos de este compuesto ya bloquean los rayos UV de forma eficaz. Eso significa que, en teoría, podríamos tener cremas solares sin los efectos secundarios de los filtros químicos actuales—esos que te dejan la piel como papel de lija o que acaban en ríos matando plancton. Pero hay un pero del tamaño de un iceberg: esto sigue en fase de laboratorio. No han probado su eficacia frente a las cremas que ya hay en el mercado, ni su seguridad a largo plazo (¿qué pasa si te lo tomas como suplemento y acaban tus bacterias intestinales produciéndotelo a ti?). La ironía del sistema: Mientras las corporaciones cosméticas siguen vendiéndonos filtros sintéticos con nombres imposibles (oxybenzone, octinoxate—suena a ingrediente de Breaking Bad), aquí hay un equipo de científicos chinos inventando la rueda… pero de forma sostenible. El problema no es la tecnología, sino la burocracia: las autoridades reguladoras tendrán que dar el visto bueno, y eso puede tardar años. Como cuando te prometen una actualización de software y acaban pidiéndote que reinicies el router tres veces. El método científico con toque DIY: Para identificar qué cepas de bacterias producían más gradusol, usaron un test de color. Sí, como cuando en el cole mezclabas vinagre con bicarbonato para hacer volar el tapón. Si el gradusol neutraliza radicales libres, una señal química púrpura se vuelve amarilla. Ciencia low-cost, eficiente y sin necesidad de un PhD en química. Eso sí, no esperes verlo en tu farmacia antes de 2026, según Zhang. Pero al menos sabrás que, cuando por fin llegue, no habrá peces cebra sufriendo por tu bronceado. La moraleja en formato spoiler: La naturaleza ya tiene las soluciones. El problema es que preferimos inventar ruedas cuadradas antes que adaptar las redondas que nos regalan. Mientras tanto, sigue usando tu crema actual… pero con el consuelo de que, en algún laboratorio, una bacteria está trabajando el doble para salvarte el verano del futuro.
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