Crítica:
El texto es un compendio de promesas incumplidas y cheques sin fondos. Falta un análisis profundo de la viabilidad técnica y económica de estas misiones privadas, diluyéndose en la mera descripción de los caprichos de unos pocos.
El texto es un compendio de promesas incumplidas y cheques sin fondos. Falta un análisis profundo de la viabilidad técnica y económica de estas misiones privadas, diluyéndose en la mera descripción de los caprichos de unos pocos.
Mientras tu vecino discute si pagar el sablazo de la luz o la lista de la compra, Rocket Lab se dedica a lanzar búhos espaciales. Sí, has leído bien. La empresa neozelandesa ha puesto en órbita un satélite de radar para Synspective, una compañía japonesa con un nombre que suena a videojuego de los 80. Lo llamaron “Viva La Strix”, como si fuera una canción de protesta, pero en realidad es el noveno satélite Strix (que, ojo, significa “búho”) que envían al espacio desde 2020. ¿Y qué hace un búho en el espacio? Pues mira, Synspective quiere construir una constelación de estos ojos artificiales para vigilar Japón. No para ver si se portan bien los niños, sino para monitorizar el desarrollo urbano, la construcción, la infraestructura… y las catástrofes naturales. Básicamente, para tenerlo todo controlado. Y lo mejor de todo es que estos búhos espaciales ven a través de las nubes y en la oscuridad. Imagínate el chivatazo. Rocket Lab, que ya ha lanzado 78 cohetes (y siete más en versión “prueba de velocidad”), tiene el monopolio del negocio con Synspective: otros 18 lanzamientos más confirmados hasta 2030. O sea, que si te preocupa que te vigilen, prepárate, porque la colonia de búhos espaciales va a seguir creciendo. Todo esto, con un cohete de 18 metros de alto que parece sacado de una película de ciencia ficción barata. La misión, que despegó el 22 de mayo a las 5:33 a.m. EDT desde Nueva Zelanda, ha sido un éxito rotundo: el satélite Strix está ya orbitando a unos 572 kilómetros de altura. Y mientras tanto, nosotros aquí, pagando el café a precio de oro.
El infierno de Dante, lejos de ser un simple viaje alegórico, podría ser una intuición geofísica adelantada a su tiempo. Timothy Burbery, profesor de la Universidad Marshall, desentierra una verdad inesperada: el poeta florentino, sin saberlo, anticipó conceptos de geología y física. ¿Satanás, un asteroide? Según Dante, la caída del ángel rebelde no fue solo espiritual, sino un impacto cósmico capaz de excavar el infierno y reconfigurar continentes. Algo así como un sablazo continental. La descripción de la caída, con Satanás acumulando velocidad desde las alturas, evoca la física de los meteoritos, siglos antes de que se confirmara su origen extraterrestre en 1803. Burbery compara la inercia del descenso con la sensación de no sentir movimiento en vuelo, un concepto físico formalizado después. Incluso la topografía del infierno, con su cráter infernal, podría ser una representación inconsciente de volcanes como el Etna o Vesubio. Ironías aparte, Dante, un defensor del modelo aristotélico del cosmos, se contradice al describir la caída de Satanás como un evento físico, aunque él mismo lo hubiera negado. El profesor Burbery presentó sus hallazgos en Viena, preparándose para publicar un estudio que sacudirá los cimientos de la crítica literaria. En resumen, Dante no solo escribió un poema épico; podría haber escrito un tratado de geofísica encubierto.
El doctor Sacks, ese abuelo entrañable de la neuropsicología, resulta ser un poquito… creativo con la verdad. Su libro “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”, esa biblia para estudiantes de psicología, ahora tiene una mancha de óxido del tamaño de un autobús. Rachel Aviv, con acceso a los diarios privados del bueno de Oliver, desenmascaró un agujero contable de “guilt” y “falsificación” en sus casos clínicos. ¿La paciente que no abría una puerta con llave y luego triunfó en el teatro? Puro humo. ¿Gemelos calculando números primos como si fueran caramelos? Ficción científica. La cosa no es nueva: el libro, publicado en 1985, ya chirriaba con lenguaje poco inclusivo y reflexiones pretenciosas. Pero la bomba de Aviv dinamitó la reputación de Sacks. Mientras el precio de un café sube cada día, la credibilidad de un científico puede desplomarse en un abrir y cerrar de ojos, con una sola revelación. Sacks, un hombre atormentado por su propia sexualidad reprimida, parece haber convertido el dolor personal en historias clínicas, y luego se sintió culpable por ello. ¿Se puede salvar algo del naufragio? Sí, la empatía. El libro, aunque no sea un tratado científico riguroso, te mete en la cabeza de gente que percibe el mundo de forma radicalmente diferente. Pero léelo con pinzas, como si fuera una oferta de rebaja demasiado buena para ser verdad. Porque, al final, lo que tenemos es una novela disfrazada de realidad, un “¿y si…?” neurocientífico con sabor agridulce. El doctor Sacks nos hacía ver el mundo a través de otros ojos, pero ahora sabemos que esos ojos, quizás, veían las cosas un poco mejor de lo que eran.
Ochenta años de darle vueltas a un problema de geometría, y lo descifra una inteligencia artificial de OpenAI. Sí, lo has leído bien. Mientras tú intentas recordar la tabla de multiplicar, una máquina ha dinamitado una conjetura de Paul Erdős, un tipo que consideraba este acertijo como su “mayor contribución a la geometría”. Básicamente, se trata de cuántas líneas de la misma longitud puedes dibujar entre puntos en una hoja de papel infinita. Suena aburrido, ¿verdad? Pero para los matemáticos, era como buscar la aguja en un pajar cuántico. Erdős pensaba que la clave estaba en los patrones de cuadrícula, una especie de sudoku geométrico. La IA, sin embargo, ha demostrado que se puede hacer mucho mejor usando patrones más… creativos. Imagina que intentas aparcar en el centro de Madrid un sábado por la tarde: un caos organizado que, contra todo pronóstico, funciona. Pues algo así ha hecho la IA, construyendo estructuras complejas en dimensiones superiores y luego “proyectándolas” en nuestro plano bidimensional. Misha Rudnev, de la Universidad de Bristol, lo describe como una “bomba”. Tim Gowers, de Cambridge, dice que la prueba es digna de publicación en las Annals of Mathematics. Y Will Sawin, de Princeton, confiesa que al principio no se lo creía. OpenAI, como suele ocurrir, guarda celosamente los secretos de su algoritmo, pero Sheryl Hsu, una de sus investigadoras, aclara que no fue entrenado específicamente para resolver problemas matemáticos. Parece que la IA, en su infinita sabiduría, simplemente ha conectado los puntos (literalmente) de una forma que a los humanos se nos escapaba. Eso sí, algunos señalan que quizá los matemáticos no buscaron lo suficiente, demasiado anclados en las ideas preconcebidas. El caso es que la máquina ha ganado esta ronda. Y, como dice Kevin Buzzard, de Imperial College London, los humanos ya hemos empezado a entender y generalizar sus argumentos.
La luna, esa vecina pálida que nos vigila mientras dormimos, jugará al escondite con Regulus, una estrella que suena a apellido de emperador romano, el 23 de mayo. Pero, como suele pasar con estos eventos celestiales, la fiesta no es para todos. Si vives en Fiji, Samoa o Tonga, prepárate para ver cómo Regulus desaparece tragado por la oscuridad lunar, un espectáculo digno de palomitas y telescopio. Para el resto, seremos como los que llegan tarde a la verbena: veremos a la estrella rozar la luna, un guiño cósmico antes de que ambos se pongan a dormir. La NASA nos explica que esto del 'parallax viewing', o la diferencia de perspectiva según dónde estés, es el culpable. La luna, a unos módicos 384.400 kilómetros de distancia, se mueve lo suficiente como para cambiar el escenario según tu ubicación. Imagina intentar cazar una mosca con los ojos cerrados y moviéndote: así es la astronomía, básicamente. Desde Sidney, Regulus se limitará a un saludo fugaz, rozando la luna antes de desaparecer. Y en Estados Unidos, ni eso, solo una separación de un grado, el ancho de tu dedo meñique extendido. Lo que viene a decir que, a menos que vivas en el Pacífico Sur, te conformarás con fotos ajenas y la promesa de aplicaciones como Stellarium o Sky Safari 7 Pro, que te simulan el evento en tu móvil. Anthony Wood, el redactor de Space.com, ya está esperando tus fotos. ¡No le falles! A ver si alguien captura algo mejor que un borrón luminoso.
La NASA, esa agencia que te hace sentir pequeño con cada foto del cosmos, ha decidido que volver a la Luna no es cuestión de prisas. El 26 de mayo de 2026, nos explicarán con pelos y señales cómo quieren plantar bandera (otra vez) y construir una base lunar para 2032-2036. ¿Y qué estaban haciendo hasta ahora? Pues, aparentemente, redefiniendo 'urgente'. Mientras tú luchas por pagar la hipoteca, ellos se plantean si la base lunar va a estar cerca del polo sur. ¡Qué dilema! Jared Isaacman, el administrador de la NASA, y sus secuaces, Lori Glaze y Carlos García-Galán, serán los encargados de desfilar con gráficos y promesas. La cosa viene de lejos: ya mandaron a unos cuantos robots a dar una vuelta (Artemis 1, 2022) y a unos astronautas a dar una vuelta más larga (Artemis 2, abril de 2024). Pero, atención, que el alunizaje con humanos se ha retrasado. Inicialmente programado para 2027 (Artemis 3), ahora lo apuntan al 2028 (Artemis 4). Parece que prefieren practicar el 'parking' de naves en órbita antes de arriesgarse a un aterrizaje forzoso. El proyecto 'Gateway', una estación espacial que iba a ser la puerta de entrada a la Luna, ha quedado en la nevera. Priorizan la base en sí. Y para construirla, se apoyan en empresas privadas como SpaceX (Starship) y Blue Origin (Blue Moon). Conclusión: la Luna es el nuevo patio de recreo de los multimillonarios espaciales. Michael Wall, el editor de Space.com, nos lo cuenta todo con su doctorado en biología evolutiva, porque, claro, la exploración espacial es como estudiar el comportamiento de las hormigas… pero más caro.
La próxima vez que te plantees si tirar el dinero en una botella de agua en lugar de abrir el grifo, recuerda esto: no todas las aguas saben igual. Y no, no es sugestión. Mientras el bolsillo ya sufre el sablazo de la inflación, las marcas de agua embotellada juegan a ser sumilleres, ofreciéndote 'notas de cata' que ni un Ribera del Duero. Aquafina, la más popular en EEUU, presume de unos 4 PPM (partes por millón) de sales minerales, una cifra que suena a ciencia ficción pero que, según los expertos (sí, existen 'catadores de agua'), marca la diferencia entre un sorbo 'redondo' y uno 'metálico'. El truco está en el origen: manantiales alpinos, acuíferos profundos, arroyos… cada uno deja su huella mineral en la molécula de H2O. Luego, las empresas deciden si 'afinan' el sabor eliminando impurezas o si lo dejan tal cual, como un buen vino de autor. Así que, sí, estás pagando por un poquito de calcio, magnesio, potasio y sodio, disueltos en agua. ¿Vale la pena? Probablemente no. Pero al menos, ahora sabes que esa diferencia de sabor no es cosa tuya. Es que el agua, al igual que las promesas electorales, no todas cumplen lo mismo. En resumen, mientras te preocupas por la lista de la compra, las marcas de agua se preocupan por los PPM y los TDS. Y tú, bebiendo agua, pensando que todas las aguas son iguales. Iluso.
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