Crítica:
El texto original es un resumen de divulgación estándar que ignora la tensión logística de cazar manadas matriarcales. Le sobra marketing de newsletter y le falta análisis sobre el riesgo real de la caza.
El texto original es un resumen de divulgación estándar que ignora la tensión logística de cazar manadas matriarcales. Le sobra marketing de newsletter y le falta análisis sobre el riesgo real de la caza.
Mirar al cielo hoy es como hacer shopping en un centro comercial infinito: hay de todo, pero si no sabes dónde buscar, te quedas con la oferta básica de la Luna y tres estrellas brillantes. David J. Eicher nos suelta un catálogo de 'joyas' que hacen que nuestra existencia parezca un error de redondeo. Empezamos con la Nebulosa Tulipán (Sharpless 2–101), catalogada en 1950, que florece en Cygnus justo al lado de Cygnus X-1, el primer agujero negro estelar confirmado. Es decir, una flor al lado de una aspiradora cósmica; el contraste es casi poético. Para los que creen que necesitan la NASA para ver algo decente, Eicher nos recuerda que con un telescopio de patio y un cielo sin el 'smog' lumínico de la ciudad, hay unos 10,000 objetos apetecibles. Tenemos la Nebulosa Iris (NGC 7023) a 1,400 años luz, que básicamente es un capullo de polvo azulado descubierto por William Herschel en 1794. O la Nebulosa del Velo, que en 1976 le hizo jugar una broma al autor: la literatura decía que su Celestron de 8 pulgadas no servía para verla, pero el cielo, que no lee manuales, se la mostró clarísima. La lista es un despliegue de absurdos distantes: desde el 'Baby Dumbbell' (Humason 1–2) a 10,000 años luz, hasta el Cluster de Coma con más de 1,000 galaxias hacinando espacio a 300 millones de años luz. Y para los masoquistas del enfoque, el Cuásar Trébol (H1413+117), un espejismo de cuatro imágenes que es prácticamente invisible desde el suelo. Al final, entre galaxias que chocan como coches en una autopista (NGC 2623) y nebulosas con forma de pajarita (NGC 40), nos damos cuenta de que el universo es un espectáculo gratuito, siempre que tengas la paciencia de no parpadear.
La NASA ha decidido que jugar al 'está la bomba' en el espacio es la mejor forma de no estrellar sus naves en el futuro. Bajo el nombre de CAPSTONE 02, la agencia planea lanzar en 2027 dos sondas que orbitarán la Luna como si fueran dos adolescentes bailando un vals incómodo, alternando los roles de 'perseguidor' y 'objetivo'. ¿El objetivo? Entender las llamadas 'órbitas de tres cuerpos', ese caos gravitatorio donde la Tierra y la Luna tiran de la nave como si fueran dos niños peleándose por el último juguete de la caja. Mientras nosotros intentamos que el GPS no nos mande por un camino embarrado para llegar al supermercado, Terran Orbital Systems, Inc. construye estas piezas de ingeniería para que la NASA aprenda a navegar en el espacio cislunar. Es el ensayo general para que las misiones Artemis no terminen en un 'error 404' cósmico. Sean Fuller, el manager de Moon Base CAPSTONE, lo vende como la 'maduración de capacidades', que en lenguaje de calle significa: 'no tenemos ni idea de cómo se comporta la gravedad allí arriba y preferimos que se equivoquen dos robots antes que un astronauta'. Este baile coordinado es vital para que, también en 2027, la nave Orion pueda encontrarse con el Blue Moon de Blue Origin y el Starship de SpaceX en la misión Artemis III sin que el encuentro sea un choque frontal de presupuestos multimillonarios. Tras el éxito de la primera sonda CAPSTONE (lanzada en 2022 y jubilada en junio de 2026), que tenía el tamaño de un horno de microondas, la agencia ahora quiere pasar del nivel principiante al avanzado, usando sensores ópticos y telescopios terrestres para que el encuentro en la Luna no sea cuestión de suerte, sino de matemáticas precisas.
Vivir en la Vía Láctea es como alquilar un piso que parece estable, hasta que descubres que el dueño cambió los cimientos de sitio hace unos cuantos eones. Resulta que nuestra galaxia, en un alarde de dramatismo cósmico, decidió darle un giro de 90 grados a su disco espiral. Sí, un vuelco completo que dejó el sistema solar orbitando el centro galáctico con una trayectoria totalmente distinta a la original. No fue un movimiento elegante, sino el resultado de un caos absoluto. La culpable tiene nombre de embutido: la galaxia enana Gaia-Sausage-Enceladus. Imaginen un choque frontal donde una masa 10.000 millones de veces superior al Sol se estrelló contra nosotros hace entre 8.000 y 11.000 millones de años. Fue un sablazo gravitacional que despedazó a la intrusa, convirtiendo sus estrellas en corrientes con forma de salchicha que ahora flotan en nuestro halo. Kirill Batrakov, de la Universidad de Durham, ha usado supercomputadoras para rastrear 25 galaxias similares y confirmar que estos 'volteos' son la norma cuando hay fusiones frontales. Lo irónico es que mientras nosotros nos preocupamos por el precio del alquiler o la factura de la luz, nuestro Sol ha estado navegando en un vecindario que se movió de sitio. Batrakov advierte que nuestro 'punto estable' en la galaxia fue cualquier cosa menos eso. El halo estelar, que rota con la lentitud de un burócrata en lunes, es la prueba del delito. Todo esto fue presentado en la National Astronomy Meeting de la Universidad de Birmingham entre el 20 y el 24 de julio, recordándonos que, a escala universal, somos básicamente pasajeros en un coche que alguien decidió conducir de lado hace miles de millones de años.
Hay quien gasta miles de euros en clínicas estéticas para cambiar el tono de su piel, pero la naturaleza tiene sus propios métodos, mucho más honestos y bastante más macabros. En el Asilomar State Park, en Pacific Grove, California, Molly Fishman se topó un día gris de mayo con un espectáculo digno de una galería de arte surrealista: un esqueleto de nutria marina completamente púrpura. Sí, brillante, iridiscente y tan violeta que haría palidecer a cualquier filtro de Instagram. No es magia ni un derrame de pintura industrial; es la factura biológica de una dieta obsesiva. La nutria se pasó la vida engullendo erizos de mar púrpuras con una voracidad envidiable. El culpable es el equinocromo, un pigmento que, tras años de banquetes, se infiltra en los dientes y los huesos como quien tiñe una camiseta vieja en la lavadora. Mientras nosotros nos preocupamos por si el aguacate es caro, este animal convirtió su propia estructura ósea en un monumento al exceso de erizos. Fishman, comunicadora de ciencias marinas, describe el hallazgo como algo extraordinario. No es raro encontrar un hueso suelto con color, pero un esqueleto intacto es el equivalente a ganar la lotería de los restos orgánicos. Es la misma lógica que hace que los flamencos sean rosas por comer gambas o que algún entusiasta de las zanahorias termine con la piel naranja por la carotenemia. La diferencia es que aquí el tinte llega hasta el tuétano. Eso sí, no intentes llevártelo a casa para decorar el salón: la Marine Mammal Protection Act prohíbe recolectar estos restos. Al final, la naturaleza nos deja mirar el espectáculo, pero nos recuerda que el 'shopping' de huesos ajenos puede salir caro con la ley.
La naturaleza tiene un sentido del humor retorcido: el Sol, nuestra gran bombilla cósmica, es más frío por fuera que por dentro. Resulta que la corona solar, esa aureola de luz que solo vemos en los eclipses, alcanza temperaturas superiores al millón de grados Fahrenheit, mientras que la superficie, la fotosfera, se queda en unos modestos 9,932 grados Fahrenheit (5,500 grados Celsius). Es como si al tocar la pared de una casa te quemaras menos que al respirar el aire del jardín. Durante décadas, los científicos se rompieron la cabeza buscando la explicación, mirando electrones e iones como quien busca una moneda perdida en el sofá. Pero llega la sonda Parker Solar Probe, que se ha atrevido a rozar la corona a unos 6.1 millones de kilómetros, y descubre que el secreto estaba en lo que nadie quería limpiar: el polvo. Sí, polvo cósmico. El equipo de Syed Ayaz, de la Universidad de Alabama en Huntsville, se dio cuenta de que el experimento FIELDS estaba registrando picos de voltaje extraños. No era un fallo eléctrico ni un fantasma en la máquina; eran granos de polvo cargados eléctricamente chocando contra la sonda a velocidades absurdas. Este 'sucio' espacial interactúa con las ondas de Alfvén, que son básicamente las autopistas de energía del plasma. Dependiendo de si manda la masa del polvo o su carga eléctrica, la energía se transporta más lejos o se descarga localmente, calentando la corona hasta niveles delirantes. Todo esto quedó plasmado el 1 de julio en The Astrophysical Journal. Al final, el misterio de millones de años se resume en que el universo, al igual que una casa sin barrer, tiene sus propias partículas flotando que cambian las reglas del juego.
Resulta que el universo tiene un diente dulce. Mientras nosotros peleamos con la inflación y miramos la etiqueta de los ultraprocesados para no morir en el intento, a 27.000 años luz de aquí, en una nube molecular llamada G+0.693-0.027, flota la eritrulosa. Sí, ese compuesto de cuatro carbonos que hoy encuentras en las cremas autobronceadoras o en las frambuesas, pero que allá arriba es la pieza maestra de un puzzle cósmico. Un equipo de astrobiólogos, usando los telescopios del Instituto de Radioastronomía en el Rango Milimétrico (IRAM) en Grenoble, detectó 12 líneas espectrales que no dejan lugar a dudas: hay azúcar en el centro de la Vía Láctea. Y no es una pizca; hay al menos ocho veces más eritrulosa que azúcares de tres carbonos. Para que nos entendamos, es como descubrir que en la despensa del vacío estelar hay un banquete mientras nosotros creíamos que solo había piedras y gas frío. La jugada maestra llega con la ingeniería financiera de la naturaleza. Según Izaskun Jiménez-Serra del Centro de Astrobiología (CAB) y Carlos Briones, este hallazgo dinamita la idea de que las moléculas crecen solo añadiendo carbonos uno a uno. Resulta que la eritrulosa se cocina en partículas de hielo interestelar. Lo más delirante es la cifra: calculan que entre 0,5 y 55 millones de toneladas de este azúcar pudieron aterrizar en la Tierra hace 3.800 a 4.100 millones de años, durante el Late Heavy Bombardment. Básicamente, la vida en la Tierra no empezó con un esfuerzo propio, sino con un 'delivery' masivo de azúcar espacial que nos dio el empujón metabólico necesario para existir. Un sablazo de glucosa cósmica que terminó diseñando nuestro ADN y ARN.
Hay quien gasta sus ahorros en un retiro en Bali y hay quien, como Chris Packham, sueña con que un T. rex lo use de aperitivo. El naturalista británico, que ya tiene 65 años y la piel curtida de campo, ha lanzado 'Evolution' en BBC Two y BBC iPlayer el pasado 13 de julio. No es el típico documental de colegio con diapositivas aburridas; es un despliegue de CGI que intenta que dejemos de mirar el móvil para mirar la naturaleza, aunque Packham admite que quiere que usemos el móvil precisamente para contarle a los colegas en el pub que los murciélagos comen la mitad de su peso cada noche. La serie se olvida del orden cronológico lineal —ese que nos dormía en clase— y se centra en cinco animales icónicos para explicar cómo pasamos de branquias a mandíbulas y de ahí a los huesos del oído. Es como si en lugar de leer el manual de instrucciones de un mueble de IKEA, te enseñaran el momento exacto en que el tornillo se convirtió en pieza maestra. Packham no se anda con rodeos: reconoce que la ciencia no es una verdad absoluta y que los expertos a veces se pelean entre ellos, dejando huecos de ambigüedad que son, básicamente, el espacio donde vive la imaginación. Entre encuentros con gusanos de terciopelo y peces pulmonados (que, según él, son babosos y mordelcos), Packham lanza la pulla final. Nos recuerda que no somos el centro del universo, sino un accidente afortunado en un 'punto azul pálido'. Mientras Sir David Attenborough nos enseñó a amar la naturaleza, Packham quiere que nos importe de verdad, porque seguir destruyéndola es como quemar la casa mientras intentas averiguar dónde dejaste las llaves.
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