Crítica:
El texto original es un despliegue de obviedades disfrazadas de ciencia. Le falta profundidad en la parte meteorológica para no parecer un folleto de primaria.
El texto original es un despliegue de obviedades disfrazadas de ciencia. Le falta profundidad en la parte meteorológica para no parecer un folleto de primaria.
Hollywood vuelve a intentar vendernos la moto con 'Whalefall', esa película que llega el 16 de octubre donde un buceador, Jay Gardiner, termina en el estómago de un cachalote (Physeter macrocephalus) con una hora de oxígeno y ganas de hacerle un MacGyver al intestino del animal. Suena a planazo de domingo, pero la realidad es mucho más cutre. Shane Gero, biólogo de Project CETI con más de 20 años estudiando a estos gigantes, lo deja claro: que un cachalote te trague es tan probable como que te toque la lotería mientras te cae un rayo. Para empezar, el equipo de buceo te hace el cuerpo más ancho que un saco de patatas, lo que dificulta la 'entrada'. Además, el cachalote usa la ecolocalización; no eres un calamar sabroso, eres un bulto raro que no encaja en el menú. Si por un milagro terminaras dentro, no sería un hotel con vistas. Olvida las chimeneas de Pinocho; te encontrarías con ácidos, gases y cuatro cámaras estomacales que funcionan como una trituradora de carne orgánica. La Dra. Joy Reidenberg, anatomista de Mount Sinai, confirma que no hay 'asas' para escalar, solo paredes viscosas y asquerosas. Lo irónico es que mientras nos obsesionamos con el mito bíblico de Jonás, ignoramos el peligro real. Si quieres experimentar el 'viaje interior', mejor huye de Indonesia. Entre 1927 y 2025, la pitón reticulada (Malayopython reticulatus) se ha merendado a 17 personas. Ahí no hay guion de cine ni oxígeno: solo un abrazo muy fuerte que te deja limpito antes de bajar por el tubo. Los cachalotes son gigantes gentiles; los que nos ven como un aperitivo son los que no tienen huesos en el cuello.
Parece que el universo tiene la misma capacidad de supervivencia que un autónomo intentando pagar el alquiler en el centro de Madrid. Resulta que el corazón de la Vía Láctea, ese barrio peligroso donde manda Sgr A —un agujero negro supermasivo con la masa de 4 millones de soles que se traga todo lo que respira—, es sorprendentemente acogedor. El Telescopio James Webb (JWST), usando su instrumento MIRI, ha detectado agua y polvo cósmico orbitando la estrella IRS 3, situada a tan solo 0,55 años luz del abismo. Para que nos entendamos: es como encontrar una planta viva y regada en medio de un incendio forestal. La IRS 3 es una estrella en sus últimas etapas, una 'gigante de rama asintótica' que, básicamente, está soltando todo su equipaje en forma de gas y polvo antes de jubilarse definitivamente. Actúa como un centro de reciclaje cósmico, devolviendo material al espacio para que otras estrellas no tengan que empezar de cero. Lo increíble es que este material aguanta el tipo. Los investigadores, liderados por Florian Peißker de la Universidad de Colonia y Macarena Garcia Marin de la ESA, descubrieron una envoltura de polvo de silicatos que se extiende unos 10.000 unidades astronómicas. El termostato es una locura: pasamos de unos 927 grados Celsius junto a la estrella a unos gélidos -173 grados en las capas exteriores. A pesar de este choque térmico y de la radiación que debería haber vaporizado cualquier molécula, el agua sigue ahí, resistiendo. El estudio, publicado el 11 de agosto en Astronomy & Astrophysics, nos confirma que incluso en el vecindario más hostil de la galaxia, los ingredientes básicos para la vida se niegan a desaparecer.
Septiembre llega con esa melancolía de quien sabe que el aire acondicionado deja de ser una necesidad vital para convertirse en un recuerdo. Mientras nosotros peleamos con la factura de la luz o intentamos que los niños no lleguen tarde al colegio, el cosmos nos propone una agenda que, sinceramente, parece diseñada para gente con demasiada paciencia y muy poco que hacer un martes por la noche. Empezamos el 9 de septiembre con las Epsilon Perseidas. No se confundan con las Perseidas de agosto, que eran el espectáculo de fuegos artificiales del verano; estas son más bien como el postre pequeño que queda en la bandeja: unos cinco meteoros por hora. Hay que tener la paciencia de un santo o el aburrimiento de un funcionario en agosto para apreciarlos mientras miran hacia el noreste. Luego llega el 22 de septiembre, el Equinoccio de Otoño. El día en que la Tierra decide que ya basta de sudar y pone el reloj a favor de las noches largas. Es el punto medio exacto, una simetría geométrica que nos recuerda que el sol ya no nos quiere calentar gratis. Pero el plato fuerte es el 26 de septiembre. Primero, tenemos a Neptuno en oposición total. El planeta está tan lejos —unos 2.800 millones de millas del sol y 2.790 millones de la Tierra— que la luz tarda cuatro horas en llegar, básicamente lo que tarda un pedido de comida a domicilio en un viernes noche. El 25, a las 10 p.m. EDT, se pondrá a una 'distancia razonable' de 2.680 millones de millas. Sí, es como decir que el banco está 'cerca' porque solo tienes que caminar diez kilómetros. Para cerrar, el mismo 26 llega la Luna de Cosecha a las 12:49 p.m. EDT. A diferencia de otras lunas con nombres pretenciosos, esta sí sirve para algo: dar luz extra a los agricultores. Una herramienta útil, gratuita y sin necesidad de actualizar la suscripción mensual.
Hay quienes se quejan de que el lunes es corto, pero imagínate estar a 400 kilómetros de altura y que te digan que el Labor Day es sagrado. Mientras el resto de los mortales luchamos contra el tráfico o el precio del café, Jack Hathaway, Jessica Meir y Anil Menon han recibido el visto bueno de la NASA para poner los pies en alto este 7 de septiembre. Y no vienen solos en el club del descanso; Sophie Adenot, la pionera francesa de la ESA, también ha colgado el mono de trabajo. Es la meritocracia espacial: si vives en una lata pressurizada, tienes derecho a tu día libre para no volverte loco. Pero claro, en el espacio, como en la oficina, siempre hay alguien que se queda haciendo las horas extras mientras los demás celebran. Los cosmonautas rusos Pyotr Dubrov, Andrey Fedyaev y Anna Kikina no conocen el concepto de 'puente'. Mientras los americanos sueñan con hamburguesas (imposibles, porque el fuego en la ISS es el equivalente a jugar con dinamita en una gasolinera), el equipo ruso estará pendiente del Progress 94, una nave que básicamente es el camión de la basura espacial, despegando el lunes desde el módulo Poisk cargada de chatarra y trastos obsoletos. La logística es un despliegue de precisión quirúrgica: el Progress 96 saldrá desde el Cosmodromo de Baikonur en Kazajistán el 9 de septiembre para acoplarse dos días después. Todo esto ocurre mientras los veteranos de la misión Crew-12 de SpaceX, llegados en febrero, y los recién llegados de la Soyuz del 14 de julio, intentan gestionar la convivencia. Al final, la NASA admite que el ocio es clave para la productividad, aunque celebrar el Día del Trabajo sin una parrilla sea, probablemente, la ironía más grande de la estación.
Mientras nosotros peleamos con el WiFi del salón o intentamos que la hipoteca no nos coma vivos, la NASA ha decidido lanzar un juguete nuevo al vacío. A las 7:26 a.m. EDT, el telescopio Nancy Grace Roman despegó desde el Kennedy Space Center montado en un SpaceX Falcon Heavy. Para los que no hablen 'cohete', eso significa que 27 motores Merlin escupieron más de 5 millones de libras de empuje para mandar este bicho a 932.000 millas de aquí, al punto L2. Básicamente, está cuatro veces más lejos que la Luna, donde el silencio es total y no hay que pagar el IBI. Lo fascinante es la hipocresía del presupuesto: el proyecto casi muere en 2025, pero resucitó para ir a contar mil millones de galaxias y hacer un censo de planetas en la Vía Láctea. Para que el ciudadano de a pie se sienta partícipe, han montado la campaña 'Adopt a Pixel'. Sí, puedes 'comprar' un píxel de una foto espacial. Es como alquilar un trozo de aire en el Caribe, pero en el espacio y con un certificado digital imprimible para colgar en la nevera. Técnicamente, el Roman es una bestia. Lleva una cámara de 300,8 megapíxeles (que haría llorar de envidia a cualquier influencer de Instagram) y un campo de visión 100 veces más amplio que el Hubble, aunque pesa un 80% menos. Todo esto para buscar materia oscura y exoplanetas durante cinco años, prorrogables a diez si no se rompe nada. Y para darle el toque romántico, llevan una tarjeta de memoria con 1,35 millones de nombres, incluyendo a la gente de Artemis II y III. Un detalle bonito, suponiendo que el espacio no sea el vertedero definitivo de nuestros nombres digitales. Todo un homenaje a Nancy Grace Roman, la 'Madre del Hubble', quien tuvo que luchar contra el machismo académico antes de que el espacio estuviera de moda.
Mientras nosotros nos peleamos por el precio del aceite o intentamos que el Wi-Fi no se corte en mitad de una llamada, a miles de metros bajo el Caribe hay un mundo que pasa olímpicamente de nuestra existencia. Recientemente, una expedición liderada por la Dra. Diva Amon y el Schmidt Ocean Institute decidió que ya era hora de mirar debajo de la alfombra marina de Trinidad y Tobago. A bordo del R/V Falkor (too), el equipo se lanzó a explorar un territorio donde el 93% de las aguas están fuera del alcance de cualquier buceador aficionado, básicamente en una zona donde la presión te convertiría en un cubito de hielo en segundos. El botín es, sencillamente, obsceno. Han documentado el 13% del territorio marino nacional y han dado con al menos 20 sospechosos de ser especies nuevas, incluyendo tres que podrían ser géneros totalmente inéditos. Para que nos entendamos: es como si entraras en tu propia casa y descubrieras que tienes un piso secreto con muebles que no existen en ninguna tienda. Entre los hallazgos destaca un pulpo Graneledone que Diva Amon ya había visto en 2014, pero que hasta ahora se había estado jugando al escondite, evitando ser capturado. La expedición no solo ha sido un safari de lujo con el ROV SuBastian. Han recolectado más de 700 especímenes para la Universidad de las Indias Occidentales, en St. Augustine, lo que multiplicará por 12 la colección del Museo de Zoología. Desde el pez tragador negro (Chiasmodon niger), que tiene un estómago expandible capaz de engullir presas más grandes que él —una envidia para cualquiera que quiera ahorrar en el súper—, hasta tiburones fantasma a 2.355 metros de profundidad. Todo esto ocurre en un entorno donde la vida no depende del sol, sino de la quimiosíntesis, alimentándose de gases que escapan de la Tierra, mientras nosotros seguimos discutiendo por el precio del alquiler.
Hay hitos que parecen diseñados por un departamento de marketing para decir: 'miren, ya no somos novatos'. El 7 de septiembre de 1995, la NASA decidió que era el momento de celebrar su centésimo vuelo tripulado. El transbordador Endeavour despegó desde la plataforma 39A del Centro Espacial Kennedy en Florida, no solo para dar una vuelta al vacío, sino para demostrar que mandar humanos al espacio ya no era un milagro ocasional, sino casi una rutina de oficina, aunque sea una oficina que cuesta miles de millones. La misión STS-69 fue el equivalente espacial a intentar hacer tres recados complicados en un solo viaje al centro comercial para ahorrar gasolina. Durante 11 días, David Walker (el comandante), Kenneth Cockrell (piloto), Jim Voss, Jim Newman y Michael Gernhardt jugaron al Tetris cósmico. Fue la primera vez que se desplegaron y recuperaron dos cargas útiles distintas en una sola misión. Primero, el Spartan 201, un satélite que miraba el sol para entender el viento solar; luego, la Wake Shield Facility, un disco de acero inoxidable que pretendía ser una fábrica en el vacío para crear electrónica avanzada. De siete películas delgadas que querían fabricar, solo lograron cuatro. Un aprobado raspado, pero hey, lo hicieron flotando. Mientras nosotros peleamos con el mando a distancia, Voss y Gernhardt se pegaron 6 horas y 46 minutos paseando fuera de la nave, probando trajes térmicos y herramientas para montar la futura Estación Espacial Internacional. Pero lo más surrealista no fue la ingeniería, sino el ego. Se hacían llamar la 'Dog Crew II'. Sí, los astronautas más brillantes del país se pusieron apodos de perro: Walker era 'Red Dog', Cockrell 'Cujo', Voss 'Dog Face', Newman 'Pluto' y Gernhardt 'Under Dog'. Porque nada dice 'ciencia de vanguardia' como llamarse a sí mismo Pluto mientras orbitas la Tierra.
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