The rocket scientist who summoned demons: The true horror story of Jack Parsons

Cohetes y demonios: el delirio de Parsons

ciencia Una ilustración surrealista y cinematográfica que combine la era espacial de los años 40 con el ocultismo. En un lado, planos técnicos de cohetes antiguos y fórmulas químicas; en el otro, símbolos esotéricos, velas negras y un desierto nocturno bajo una luna llena. En el centro, la silueta de un hombre con bata de laboratorio sosteniendo un grimorio antiguo, con chispas eléctricas y humo místico rodeándolo. Estilo de arte conceptual oscuro, atmósfera de misterio y contraste entre acero y magia.

Hay gente que separa el trabajo de los hobbies, y luego está Jack Parsons. El hombre no se conformaba con diseñar el futuro de la humanidad; quería invocar a una diosa elemental mientras ajustaba las válvulas de un cohete. Parsons, un químico autodidacta que ayudó a levantar el Jet Propulsion Laboratory (JPL) y que el 31 de octubre de 1936 plantó la semilla de lo que hoy es la NASA en el Arroyo Seco de Pasadena, tenía una doble vida que haría palidecer a cualquier agente del FBI.

En el invierno de 1946, Parsons decidió que la ciencia no era suficiente y se alió con L. Ron Hubbard —sí, el mismo que luego montaría la Iglesia de la Cienciología— para jugar a los magos en el desierto de Mojave. El plan era el 'Babalon Working': una serie de rituales para traer a la tierra a Babalon, una entidad femenina divina.

Básicamente, mientras el mundo intentaba recuperarse de la guerra, estos dos tipos estaban en el desierto intentando hacer un 'pedido a domicilio' de una diosa sobrenatural para evitar el apocalipsis. La cosa se puso surrealista cuando apareció Marjorie Elizabeth Cameron, una artista pelirroja que Parsons decidió que era la encarnación física de su invocación.

Para el científico, esto no era un delirio, sino un éxito rotundo. Pasaron de los cálculos de propulsión a la 'magia sexual' buscando concebir un Mesías thelémico, usando música de Rachmaninoff como banda sonora para darle ambiente al asunto. Incluso Aleister Crowley, el gurú del ocultismo británico, miraba este espectáculo con el desprecio de quien ve a dos aficionados quemar la cocina.

Crowley llamó a Parsons y Hubbard 'estúpidos' en sus cartas de abril de 1946. Al final, la vida de Parsons terminó como sus experimentos: con un estruendo. Murió a los 37 años, el 17 de junio de 1952, volando por los aires en una explosión en su laboratorio casero. Un final pirotécnico para alguien que vivió entre el combustible sólido y los demonios.

Crítica:

El texto original es una curiosidad histórica bien documentada, pero peca de ser demasiado respetuoso con la evidente demencia del sujeto. Le falta profundizar en el posible fraude financiero de Hubbard hacia Parsons.

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