Crítica:
El texto original es una crónica de advertencia disfrazada de noticia. Le falta profundizar en el coste real de producción para saber si el 'ahorro' de la IA es real o solo marketing.
El texto original es una crónica de advertencia disfrazada de noticia. Le falta profundizar en el coste real de producción para saber si el 'ahorro' de la IA es real o solo marketing.
Hay que tener narices para llamar 'arte' a imprimir papel moneda en el cobertizo de casa, pero Jan Bojarski no era cualquier picareta. Este ingeniero polaco, que escapó de los nazis solo para descubrir que en Francia no tenía papeles ni para patentar un clip, decidió que si el sistema no le dejaba trabajar, él fabricaría su propio sueldo. Durante tres décadas, Bojarski puso a sudar al Banco de Francia con una precisión que haría llorar a un relojero suizo. No usaba aplicaciones ni software chino; el tipo era un artesano del engaño. Mezclaba papel de liar cigarrillos para imitar las marcas de agua y diseñaba sus propias máquinas. Mientras nosotros hoy nos peleamos con la app del banco, él se paseaba por Francia como un 'viajante' la canción, colocando billetes que eran auténticos poemas visuales. Empezó con los modelos Minerva y Hércules a finales de los cuarenta, pasó por el Tierra y Mar a mediados de los cincuenta, y culminó su carrera con el Bonaparte de 100 francos. Este último era el 'jefe final' de la seguridad monetaria: el Banco de Francia decía que era imposible de copiar, y Bojarski lo hizo simplemente porque podía. Su carrera tuvo un giro oscuro al colaborar con el Gang des Tractions Avant, esa panda de tipos violentos que asaltaban furgones blindados y donde convivían resistentes y traidores, una mezcla tan explosiva como un mal cóctel. Al final, como ocurre en todas las historias de ambición, el error no fue técnico sino humano. Bojarski, cansado de hacer los kilómetros él solo, metió a dos socios que tenían la prudencia de un elefante en una cristalería. En enero de 1964, la fiesta se acabó. Le Parisien lo bautizó como el 'Cézanne de los falsificadores', un título elegante para alguien que básicamente le hizo un agujero contable al Estado francés usando papel de fumar y mucha paciencia.
A24, el refugio sagrado de los cinéfilos que huyen de los efectos especiales de plástico, acaba de cometer un pecado mortal en el altar del cine independiente. Resulta que el estudio, que se vende como la vanguardia del arte, ha decidido aceptar un cheque de 75 millones de dólares de Google para jugar con herramientas de Inteligencia Artificial. Es la clásica historia de 'estamos con los artistas, pero el dinero de Mountain View huele demasiado bien'. La ironía es tan espesa que se puede cortar con un cuchillo: el director Kane Parsons, el chico de 21 años que convirtió 'Backrooms' en una mina de oro —estrujando más de 330 millones de dólares globales con un presupuesto ridículo de 10 millones—, ha pasado la vida llamando a la IA 'podredumbre cultural'. Y mientras Parsons hablaba de la ética, A24 firmaba el contrato. Es como si el camarero de un restaurante vegano te confesara que, en secreto, el chef usa manteca de cerdo porque es más barata y eficiente. La respuesta de la empresa, a través de Sophia Shin, ha sido el típico manual de relaciones públicas: 'queremos un asiento en la mesa'. Traducción callejera: 'Preferimos ayudar a construir la guillotina que ser los primeros en subir al cadalso'. Pero el público no compra el cuento. En Reddit, los fans se ríen de las 'seis patas' de la mesa, un dardo venenoso a los errores anatómicos de la IA. A24 ha pasado de ser la alternativa cool a Miramax o New Line Cinema a ser un experimento de DeepMind. Al final, el romanticismo del cine indie tiene un precio exacto: 75 millones de dólares y la pérdida total de la calle.
Antes de que George Lucas nos vendiera la moto de una galaxia muy lejana, MGM ya nos había servido un banquete de distopía con purpurina y sintetizadores. 'Logan's Run', estrenada el 23 de junio de 1976, es esa joya que hoy cumple 50 años y que nos recuerda que el paraíso, cuando es demasiado blanco y brillante, suele ser una trampa para ratones. Imaginen un mundo donde llegar a los 30 años es como que te venza la tarjeta de crédito: te quedas fuera del sistema. La trama es un ejercicio de hipocresía estatal: el 'Carrusel' se vende como una reencarnación mística, pero en realidad es una limpieza de inventario humana. Michael York, en la piel de Logan 5, trabajaba como un 'Sandman', básicamente un cobrador del fracaso encargado de liquidar a los que no aceptaban su fecha de caducidad. Junto a él, el implacable Francis 7 (Richard Jordan) y la magnética Jessica 6 (Jenny Agutter) se movían por una ciudad de cúpulas que hoy nos parecería el lobby de un hotel caro en Las Vegas. En el reparto no faltaron los adornos, con Farrah Fawcett-Majors aportando el glamour en el 'New You Shop', mientras que el robot Box, interpretado por Roscoe Lee Brown, ponía la nota de terror gélido. El despliegue técnico fue un sablazo de presupuesto: 9 millones de dólares invertidos que se tradujeron en 25 millones en taquilla doméstica. No fue solo dinero; fue vanguardia pura. Fue la primera película en lucir el Dolby Stereo en copias de 70mm y se llevó un Oscar por sus efectos visuales. Basada en la novela de William F. Nolan de 1967 y dirigida por Michael Anderson, la cinta utilizó escenarios reales como el Hyatt Regency de Houston para fingir el futuro. Hoy, mientras los rumores de un remake con Ryan Gosling siguen más estancados que el tráfico en hora punta, nos queda la nostalgia de una era donde la ciencia ficción no necesitaba CGI para darnos miedo.
Hay amores que son como intentar pagar una cena de lujo con cupones caducados: mucha voluntad, pero el resultado es ridículo. 'Superman Returns', que cumple 20 años este fin de semana, es exactamente eso. Bryan Singer decidió que la mejor forma de innovar era no innovar nada, convirtiendo la película en una carta de amor tan empalagosa que casi requiere insulina. El director se obsesionó tanto con el legado de Richard Donner y su cinta de 1978 que prohibió tocar una sola nota de la música de John Williams; John Ottman quiso retocar un flautín y Singer básicamente le puso el freno de mano. La película es un Frankenstein narrativo. Pretende ser una secuela de 'Superman II', ignorando que 'Superman III' y 'Superman IV' existieron (un movimiento tan común en Hollywood como borrar la deuda de la tarjeta de crédito fingiendo amnesia). Nos venden que han pasado cinco años, pero la acción salta de 1985 a 2006 sin despeinarse. Mientras tanto, DC intentaba desesperadamente dejar de sangrar después de los desastres de 'Batman & Robin' (1997) y 'Catwoman' (2004), viendo cómo Marvel se llevaba todo el pastel con 'X-Men' y 'Spider-Man'. El resultado fue un híbrido extraño: Brandon Routh hace un Superman melancólico que parece que acaba de perder el perro, y Kevin Spacey interpreta a un Lex Luthor que se cree el dueño de la inmobiliaria más malvada del mundo. La cinta recaudó 391 millones de dólares, quedando novena en el ranking del año, por detrás de 'The Da Vinci Code' y hasta de 'X-Men: The Last Stand'. Warner Bros miró la cifra, comparó el esfuerzo con la rentabilidad y decidió que no había presupuesto para más nostalgia. Al final, nos quedó una historia donde un niño lanza un piano y Lois Lane es rescatada por un fax. Muy 2006, efectivamente.
Steven Spielberg ha vuelto a mirar al cielo, pero esta vez parece que se ha distraído con el catecismo. 'Disclosure Day' llega a los cines con la promesa de un encuentro cercano, pero termina siendo un híbrido extraño entre una persecución de presupuesto infinito y una charla de confirmación parroquial. Tenemos a Daniel Kellner (Josh O'Connor), un experto en ciberseguridad que huye de los malos, y a Margaret Fairchild (Emily Blunt), una meteoróloga que, por un giro del destino, se convierte en la antena receptora de sabiduría alienígena. Todo esto mientras la corporación Wardex, liderada por un Noah Scanlon (Colin Firth) que es más elegante que un traje de seda pero con la peligrosidad de un gatito, intenta detenerlos. La trama se mueve como quien intenta montar un mueble de IKEA sin instrucciones: hay piezas que no encajan. La Wardex tiene la capacidad operativa de una panadería de barrio; sus 40 guardias armados son incapaces de ver a un hombre escondido detrás de una valla de madera que es, básicamente, un colador. Es el típico 'peligro moderado' de película infantil donde el villano es más un estorbo que una amenaza real. Pero lo que realmente dinamita la película es su obsesión teológica. Jane Blankenship (Eve Hewson), una exmonja, clava una cruz en su mano mientras Scanlon recita escrituras. Es tan obvio que duele, como si Spielberg quisiera darnos una lección de religión mientras nos vende palomitas. Entre la música evocadora de John Williams y unos planos generales que te dejan respirando, la película intenta preguntarse si Dios ama a los marcianos. Un dilema que suena a conversación de bar a las tres de la mañana. Al final, nos queda un CGI animal un poco cutre y una moraleja sobre la compasión que es tan dulce que llega a empalagar. Es un paseo agradable, pero con la profundidad de un charco después de una llovizna.
Apple TV se ha lanzado a la piscina con 'Star City', un spin-off de 'For All Mankind' que nos traslada a la comunidad soviética de los años 60 y 70. Es el clásico escenario de 'historia alternativa' donde el espionaje, la tortura y los triángulos amorosos se sirven calientes, como si fueran el menú del día en una cafetería de barrio. Mientras nosotros nos peleamos con la factura de la luz, en la serie vemos a Lakshmi Chadha, interpretada por Priya Kansara, una científica aeroespacial india que llega a Star City para un proyecto secreto bajo las órdenes del Jefe Diseñador (Rhys Ifans) para la misión Venera-7 hacia Venus. El contraste es delicioso: Kansara usa ropa colorida y el Sindoor rojo en la frente para marcar que es la 'extraña' en un entorno tan gris y anodino que hace que un lunes de lluvia en noviembre parezca un carnaval. Por otro lado, tenemos a Josef Davies, que se pone la piel de un Sergei Nikulov joven, el ingeniero que luego conoceríamos en la serie original como el director de Roscosmos y el cómplice de Margo Madison en secretos que salieron carísimos. Davies confiesa que para entrar en personaje necesitaba que la corbata le apretara el cuello; un detalle curioso, porque en la vida real, esa sensación de asfixia es la que tenemos los usuarios al ver las suscripciones mensuales de streaming. Entre misiones arriesgadas y la precisión mecánica de los relojes de la época, la serie intenta vendernos que el espacio era el único lugar donde no importaba el color de tu piel, siempre y cuando fueras lo suficientemente brillante para no explotar en el lanzamiento. Todo esto ya está disponible en Apple TV, recordándonos que el pasado soviético era, básicamente, un agujero negro de secretos y ropa aburrida.
Treinta años después, 'The Arrival' (1996) resuena como un eco profético en la era de los UAPs y el Disclosure Day de Spielberg. Mientras el mundo se obsesiona con avistamientos, la película de David Twohy, con un Charlie Sheen con barba que parece salido de un videoclip grunge, nos recuerda que la paranoia no es nueva. Zane Zaminsky, un astrónomo obsesionado con encontrar vida extraterrestre, intercepta una señal de Wolf 336, a 14 años luz de distancia. Pero en lugar de gloria científica, se encuentra con un agujero negro burocrático en la NASA, liderado por el cínico Phil Gordian (Ron Silver), que prefiere silenciar la verdad a afrontarla. La película, que costó 25 millones de dólares y apenas recaudó 14 en taquilla – menos que una buena cena para un estudio de Hollywood – se quedó eclipsada por el estruendo de 'Independence Day'. Pero ahora, con el Congreso desvelando imágenes de fenómenos aéreos no identificados, 'The Arrival' se siente inquietantemente actual. Zaminsky, perseguido como un loco, descubre que los aliens no vienen a conquistar, sino a ajustar el termostato del planeta. Y la base de su operación no es una nave espacial, sino una central eléctrica en México, diseñada para hacer de la Tierra un sauna intergaláctico. Los efectos especiales, cortesía de Pacific Data Images (PDI), pioneros de la animación digital, envejecieron mejor que algunos políticos. La fotografía de Hiro Narita, que antes había trabajado en 'Star Trek VI', le da a la película un aire claustrofóbico y realista, como si la invasión estuviera ocurriendo en tu propia calle. 'The Arrival' es un thriller de ciencia ficción inteligente, una joya infravalorada que anticipó el auge de la cultura OVNI y la desconfianza en las instituciones. Una película que, en resumen, te hará mirar al cielo con más recelo… y quizás, con un poco de miedo.
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