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Hay algo profundamente democrático en ver a estrellas de Hollywood colgados de cables, balanceándose como bolsitas de té humanas mientras intentan salvar un matrimonio ficticio. Joel Edgerton y Jennifer Connelly, los rostros de 'Dark Matter' en Apple TV, nos venden la agonía del arte, pero traducido al lenguaje de la calle, es básicamente el estrés de un lunes por la mañana multiplicado por el presupuesto de una multinacional tecnológica. Edgerton, que carga con la serie al hombro (y en cables), confiesa que el rodaje es un ejercicio de humillación física y agotamiento mental. Mientras nosotros peleamos con el cajero automático o el precio del aceite, él se desvive en 'The Box', una secuencia de gravedad que lo deja más vacío que una cuenta bancaria el día 20. Lo más irónico es su recordatorio de que ser actor no es 'cavar zanjas', aunque el hombre admite que, en algún momento de su carrera, terminó haciendo precisamente eso. Un giro poético: del lujo de los sets a la pala en el barro. La trama, basada en la novela de 2016 de Blake Crouch, ha decidido mandar el libro a paseo en esta segunda temporada, dejando a los fans y a los propios actores en un limbo cuántico. Mientras Jason y Daniela Dessen se desintegran emocionalmente a través de universos paralelos, Connelly reflexiona sobre la responsabilidad afectiva y los sesgos personales. Es el típico análisis psicológico que suena muy bien en una entrevista, pero que en la vida real se traduce en: 'estamos peleando porque no sabemos quién es quién'. Con el final programado para el 30 de octubre de 2026, la serie nos deja una lección clara: no importa en qué universo vivas, el drama matrimonial y el cansancio crónico son las únicas constantes universales.
Hacer una serie de Star Trek no es precisamente un paseo por el parque, aunque Paramount+ intente vendérnoslo como un viaje intergaláctico glamuroso. Para el elenco de 'Strange New Worlds', la realidad es más parecida a un turno doble en una fábrica de ensamblaje que a un crucero espacial. Ethan Peck, que encarna a Spock, no se anda con rodeos: describe el rodaje como una maratón donde el sueño es un lujo y las horas de trabajo son, sencillamente, una locura. Básicamente, mientras nosotros nos quejamos de que el WiFi va lento, ellos están perdiendo la noción del tiempo y la cordura entre decorados masivos y cambios de vestuario que harían palidecer a cualquier pasarela de Milán. La cosa se pone aún más surrealista con Christina Chong. La actriz, que da vida a La’an Noonien-Singh, ha tenido que hacer malabares entre clases de equitación (porque sí, hay caballos en el espacio) y ensayos de combate, todo mientras lidia con marionetas digitales. Es el equivalente actoral a intentar montar un mueble de IKEA mientras alguien te grita en tres idiomas distintos: un caos organizado. Por su parte, Paul Wesley, el nuevo James T. Kirk, se siente cómodo en este 'circo de ciencia ficción', agradeciendo que los guionistas sepan dónde poner el bisturí para sacar lo mejor de él, alternando entre el horror y la comedia sin que la trama implosione. Lo más rescatable es el intento de llenar los huecos de una historia que ya conocemos de memoria. Peck y Wesley se dedican a coser la amistad icónica entre Kirk y Spock, intentando que la química no parezca un pegamento barato. Todo este despliegue de insomnio y marionetas culminará el 24 de septiembre de 2026, fecha en la que la cuarta temporada cerrará sus puertas en Paramount+, dejándonos claro que para que nosotros veamos un salto hiperespacial fluido, alguien tuvo que pasar noches en vela y montar a caballo en un set de plástico.
En la industria del cine actual, donde los actores son básicamente accesorios de lujo para los efectos especiales, Joe Russo ha soltado una bomba sentimental. Según el co-director de Avengers: Endgame, Tom Holland no es solo un chico con mallas; es 'la última gran estrella de cine'. Suena a romanticismo de los años 50, a cuando ir al cine era un evento y no un trámite mientras miras el móvil. Russo afirma que Holland posee una 'calidad vintage' y una autenticidad que resuena con la audiencia, algo que, según él, casi ha desaparecido del mapa de Hollywood. Es curioso que este elogio llegue mientras analizamos el éxito financiero de Spider-Man: Brand New Day. Mientras nosotros peleamos con el precio del aceite en el súper, Holland mueve millones con una sonrisa y un carisma que Russo describe como 'sacado directamente de las páginas del cómic'. El director lo pone en un pedestal, asegurando que su energía es distinta a la de cualquier otro actor contemporáneo. Es el 'estándar de oro' en un mundo de imitaciones. Pero aquí viene el giro de guion, el típico 'pero' que te deja frío. A pesar de ser la joya de la corona, el arácnido no figura actualmente en los planes para Avengers: Doomsday ni Avengers: Secret Wars. Mientras Robert Downey Jr. regresa como Doctor Doom —un personaje que, según Russo, es un genio meticuloso que no deja nada al azar y llega este 18 de diciembre—, Holland parece estar en la banca. Es la paradoja total: ser la estrella definitiva, pero no tener silla reservada en la mesa de los próximos grandes banquetes del MCU. Mucho brillo, mucho 'star power', pero el calendario de Marvel es más cruel que un cobrador de alquileres un lunes por la mañana.
Disney ha descubierto que la nostalgia es la gallina de los huevos de oro y, para celebrar que han pasado medio siglo desde que George Lucas nos vendió el sueño espacial el 25 de mayo de 1977, han decidido sacudir el polvo a la versión original. Sí, la de 1997, pero restaurada y sin los 'retoques' de CGI que Lucas añadió después, como quien intenta maquillar una arruga con demasiada base. El plan es lanzarla en pantallas IMAX el 19 de febrero de 2027, permitiendo que Han Solo vuelva a dispararle a Greedo primero, sin trucos de edición ni cortes modernos. Es el equivalente cinematográfico a volver a comer la receta de la abuela después de años de soportar comida precocinada. Pero claro, en el imperio del marketing no hay regalo sin factura. Esta reestreno es el aperitivo para el plato fuerte: 'Star Wars: Starfighter', que aterrizará el 28 de mayo de 2027. Aquí entra en juego Ryan Gosling, interpretando a Kade Auberon, un pícaro cínico que probablemente tenga más crisis existenciales que el propio público. Bajo la dirección de Shawn Levy, quien viene fresco de 'Deadpool & Wolverine', la película ha sido grabada con cámaras digitales certificadas para IMAX y luego convertida a copias físicas de 70mm. Un despliegue técnico impresionante para acompañar a un reparto que incluye a Amy Adams y Matt Smith. Básicamente, Disney nos invita a recordar la magia del pasado para que, sin darnos cuenta, saquemos la tarjeta de crédito y pagemos el ticket premium de la nueva entrega. Es una jugada maestra: nos dan la pureza del 77 para vendernos el espectáculo del 27.
Marvel Studios ha descubierto la fórmula mágica para que el espectador pague la entrada una y otra vez: el reciclaje creativo. Mientras 'Spider-Man: Brand New Day' ya se pasea por la tercera posición del ranking histórico de recaudación, como quien presume el coche nuevo en la puerta del barrio, la Casa de las Ideas prepara 'Avengers: Doomsday' para el 18 de septiembre. Pero ojo, que aquí viene el truco de magia contable y narrativo. Anthony Mackie, que ahora se vende como el 'pegamento' del equipo, ha dejado claro que Sam Wilson es quien llevará el mando. Sí, el escudo ha cambiado de dueño, pero Marvel no puede resistirse a la nostalgia que factura. Chris Evans regresa como Steve Rogers, aunque no para jugar al capitán, sino bajo el alias de Nomad. Es la clásica jugada de 'te lo quito pero te lo dejo': Evans vuelve porque es una mina de oro, pero sin el cargo directivo. Es como si al antiguo CEO de una empresa volviera como consultor externo para que los accionistas no entren en pánico. El plato fuerte es el regreso de Robert Downey Jr., que esta vez no vendrá a salvarnos, sino a hacernos la vida imposible como Doctor Doom. Una escala 'asombrosamente grande', según Mackie, que básicamente significa que el presupuesto es tan obsceno que podrían haber comprado un país pequeño. Entre el metraje extra de 'Vengadores: Endgame Encore' y las promesas de los hermanos Russo, Marvel nos está vendiendo un buffet libre de nostalgia donde el postre es el mismo actor con una máscara diferente. Al final, nos dicen que 'ya no será el mismo', pero el resultado en la taquilla será exactamente el mismo: un pelotazo monumental mientras nosotros seguimos haciendo cola para ver cómo reciclan el mismo escudo.
Hay errores que se perdonan y hay apuestas que, vistas con el retrovisor, parecen un delirio febril. Tim Burton decidió jugar a la ruleta rusa con el cine en 2001, lanzándose sobre el terreno sagrado de Franklin Schaffner con una remake de 'Planet of the Apes' que hoy, a 25 años, nos sabe a placer culpable. 20th Century Fox soltó 100 millones de dólares —dinero que en aquel entonces servía para comprarse medio barrio— esperando una mina de oro. El resultado fue un híbrido extraño: una recaudación respetable de 362 millones de dólares, pero una crítica que los trató como si hubieran intentado vender hielo a un esquimal. El reparto era un buffet libre de talento: Mark Wahlberg, Tim Roth, Helena Bonham Carter y Paul Giamatti, todos condenados a recitar un guion que Mark Rosenthal y compañía escribieron sobre la marcha, como quien redacta un correo electrónico mientras el jefe le respira en la nuca. La trama es un laberinto sin salida: el capitán Leo Davidson viaja del 2029 al año 5021, aterrizando en un mundo donde los simios mandan y los humanos son básicamente muebles. Para rematar la faena, el final nos regala un monumento al General Thade en Washington D.C., sustituyendo a Lincoln en un intento de copiar el impacto de la Estatua de la Libertad de 1968 que resultó más forzado que un zapato dos tallas más pequeño. Lo único que no huele a chamuscado es el maquillaje de Rick Baker, que logró prótesis brutales (salvo el look de Helena Bonham Carter, que parecía salida de un cuento de Dr. Seuss) y la banda sonora de Danny Elfman, que es una pieza muscular y tribal que sostiene la película cuando el guion se cae a pedazos. Una ambición desmedida que terminó siendo un ruido curioso en la filmografía de Burton.
Hay algo profundamente poético en la figura del 'gurú' moderno: ese tipo que te vende el mapa del tesoro mientras él no sabe ni dónde ha dejado las llaves de casa. Así es el personaje de Juan Dávila en 'El último mono', un macho alfa que se dedica a pastorear incels mientras su propia existencia es un incendio forestal sin bomberos cerca. La trama es un ejercicio de masoquismo narrativo: el tipo decide que el camino a la redención es ligarse a la feminista más radical de España, su archienemiga digital. Un plan brillante, si lo que buscas es un choque de trenes en horario punta. Detrás de las risas, el director Joaquín Mazón ha tenido que hacer malabares presupuestarios que harían palidecer a cualquier gestor público. Para que nosotros veamos una manifestación feminista creíble en la plaza de la catedral de Valencia, movilizaron a 1.500 extras durante cuatro noches consecutivas. Es el equivalente a organizar una boda real pero con menos protocolo y más gritos. Mientras tanto, Dávila se tomó el método Stainlee y se grabó completamente desnudo a las cuatro de la madrugada para un striptease de apenas treinta segundos. Treinta segundos de gloria desnuda que sirven para recordarnos que hacer comedia no es irse de cañas, sino una precisión quirúrgica donde un segundo de más convierte el chiste en un funeral. Lo más jugoso, sin embargo, es la disección de la hipocresía. La película nos lanza ese dardo directo al corazón del siglo XXI con la frase: 'soy antisistema, pero pido por Glovo'. Es la metáfora perfecta de nuestra era: queremos tumbar el capitalismo desde el sofá, mientras esperamos que un repartidor mal pagado nos traiga un sushi en quince minutos. Entre cámaras cruzadas para forzar la química con Susana Abaitua y gags milimetrados, 'El último mono' no es solo una guerra de sexos; es un espejo donde todos somos, en algún momento, ese fraude que pide comida a domicilio mientras critica el sistema.
Hay quien dice que la realidad supera a la ficción, pero en el caso de 'Atrapa el millón', la realidad simplemente le ha copiado los deberes a la comedia francesa. Imaginen la escena: un empleado ejemplar, de esos que se dejan la piel mientras la empresa se dedica a la ingeniería financiera de los contratos públicos, descubre que lo van a echar. ¿Su reacción? En lugar de actualizar el currículum, decide hacer un 'ajuste de cuentas' exprés y se lleva un maletín con un millón de euros en fondos no declarados. Un millón. Para que nos entendamos, es el tipo de cifra que hace que cualquier hipoteca parezca un juego de niños y que el presupuesto de la compra mensual sea una broma pesada. Lo brillante —o lo cínico— es que el jefe no puede llamar a la policía. Si denuncias que te han robado el dinero negro de las mordidas, básicamente te estás poniendo las esposas tú solo. Pero aquí llega el giro: el despido era un malentendido. Ahora nuestro protagonista tiene hasta las 20:00 de la mañana para devolver el botín sin que nadie note que la caja fuerte ha estado más abierta que una tienda en rebajas. Para lograrlo, entra en escena Christian Clavier, interpretando a un cerrajero con la brújula moral rota, aportando el toque hilarante a esta sátira sobre la codicia. Mientras el cine nos regala estas risas con el dinero ajeno, la cartelera de verano 2026 nos lanza otros platos: Tom Holland vuelve como un Peter Parker más solo que la una en 'Spider-Man: Brand New Day', Anne Hathaway se pierde en exorcismos pretenciosos en 'Mother Mary', y tenemos el drama de 'La última ronda en Venecia' y la crudeza de 'La mujer de la fila'. Al final, entre superhéroes y posesiones demoníacas, lo que más nos engancha es ver cómo alguien intenta devolver un millón de euros robados a una oficina corrupta.
Hay algo profundamente cómico en ver a la industria del entretenimiento intentar vendernos la 'magia orgánica' mientras Apple TV gasta presupuestos que harían palidecer al Tesoro Público. En la tercera temporada de 'Silo', nos venden el romance entre el congresista Daniel Keene (Ashley Zukerman) y la periodista Helen Drew (Jessica Henwick) como un rayo divino. Según Zukerman, la química 'estaba ahí', sin esfuerzo, como quien encuentra un billete de cincuenta euros en un pantalón viejo. Mientras nosotros peleamos con la factura de la luz, ellos pasaron cuatro meses rodando a diario, apoyándose mutuamente en un entorno donde el respeto era 'incondicional'. Un lujo emocional que solo se permite quien no tiene que preocuparse por el precio del alquiler. La trama nos lanza 352 años atrás, a los 'Tiempos Anteriores', situándonos en un Washington D.C. irradiado por una bomba sucia. Allí, entre cenizas y cenas románticas, Keene y Drew orquestan en Georgia un proyecto de búnkeres de supervivencia tan colosal que hace que cualquier obra pública de nuestro ayuntamiento parezca un castillo de naipes. Henwick, para dar vida a Helen, recurrió a sus recuerdos de redactora escolar a los 14 años y a su manía de interrogar a todo el mundo al estilo de la Inquisición Española. Lo más fascinante es la oda al 'set real'. Mientras la mayoría de las series actuales son básicamente actores hablando con pelotas de tenis sobre palos frente a una pantalla verde, 'Silo' ha construido escenarios físicos masivos. Zukerman admite que debe obligarse a 'sentir asombro' ante la escala de la operación, porque ya se acostumbró a vivir en esa realidad alternativa. Bajo la producción ejecutiva de Graham Yost y basada en las noveles de Hugh Howey, la serie nos recuerda que, para salvar a la humanidad, primero hace falta un presupuesto infinito y un casting que se lleve bien sin tener que leer un manual de instrucciones.
Hay errores de cálculo que te dejan la cuenta corriente en rojo, y luego está el de Twentieth Century Fox con 'SpaceCamp'. Imagina gastar más pasta que en 'Top Gun', contratar a un jovencísimo Joaquin Phoenix (cuando aún se llamaba Leaf) y poner a John Williams a escribir la música, solo para que la realidad te pegue un bofetón en junio de 1986. El plan era vender una fantasía de niños aventureros en el US Space & Rocket Center de Alabama, un sitio donde Elon Musk y Chelsea Clinton aprendieron que el espacio es el patio de recreo definitivo. Todo iba sobre ruedas: un guion aprobado por la NASA donde el detonante es un fallo catastrófico en la plataforma de lanzamiento. Sí, la NASA firmó el visto bueno a una trama basada en un error garrafal. Irónico, ¿verdad? Pero el destino tiene un sentido del humor negro. En enero de 1986, el Challenger explotó a los 73 segundos del despegue, borrando del mapa a siete astronautas. De repente, una peli sobre niños que se cuelan en el Atlantis por culpa de un robot conserje llamado Jinx pasó de ser un 'hit' a ser un recordatorio incómodo de la tragedia. El director Harry Winer pensó que el público buscaría 'esperanza', pero la gente no quiere pagar una entrada para ver la versión Disney de un accidente real. El resultado fue un agujero financiero donde la cinta no recuperó ni la mitad de su presupuesto. El rodaje fue un calvario: lo que debía durar tres meses se alargó a seis, tanto que el equipo imprimió camisetas que decían 'SpaceCramp' (Calambre Espacial). Al final, la película terminó siendo un cascarón vacío que solo sirvió para que algunos niños se hicieran físicos, mientras que en taquilla fue el equivalente a lanzar un fajo de billetes a un agujero negro.
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Silvia Fernández