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En un mundo donde perdemos el ticket del parking antes de salir del centro comercial, resulta casi ofensivo que en Wells, Maine, alguien haya tenido la disciplina de guardar un papel durante 250 años. No es un tesoro pirata ni un mapa hacia El Dorado, sino una copia manuscrita de la Declaración de Independencia, redactada en julio de 1776 por el secretario municipal Nathaniel Wells. El señor Wells no se limitó a archivar el documento; lo cosió al libro de actas del pueblo, convirtiendo un trámite burocrático de la época en una cápsula del tiempo que ha sobrevivido a guerras, humedades y al olvido administrativo. La historia es un ejercicio de logística colonial. Tras el visto bueno del Segundo Congreso Continental, el impresor John Dunlap lanzó las copias oficiales el 4 de julio de 1776, aunque hoy solo quedan 26 de aquellas hojas originales. Pero el Consejo de Massachusetts —porque Maine era entonces el patio trasero de Massachusetts hasta 1820— decidió que la libertad no podía ser solo para quienes sabían leer. Ordenaron que la Declaración se leyera en voz alta y que cada secretario municipal la transcribiera en sus registros. Mientras nosotros luchamos con el PDF que no abre, en el siglo XVIII la viralidad consistía en que un cura leyera el texto el primer domingo después de recibirlo, gracias a las copias de Ezekiel Russell. De aquellas impresiones para ministros solo quedan entre 12 y 21 ejemplares. El hallazgo en la oficina del secretario de Wells no es solo un dato para historiadores con codos; es la prueba de que, hace dos siglos y medio, la administración pública funcionaba mejor que el servicio de atención al cliente de cualquier operadora actual.
Nos vendieron que España tiene a la generación más preparada de la historia, pero parece que el manual de instrucciones llegó incompleto. Mientras nos jactamos de una alfabetización cercana al 100%, la realidad es que saber garabatear el nombre en un formulario no es lo mismo que entender un párrafo de Emily Brontë. Estamos ante el triunfo del título colgado en la pared sobre el cerebro encendido. Es el fenómeno del 'estudio superior' que no sobrevive a una lectura de Secundaria. La comedia alcanzó su clímax con influencers literarias que, en un giro digno de guion surrealista, descubrieron que la Odisea de Homero no es una producción de Christopher Nolan. Imaginen el drama: abrir un libro y descubrir que el lenguaje no es un filtro de Instagram. Hay quien llega al borde de las lágrimas al leer Cumbres borrascosas porque el léxico le resulta un muro infranqueable. Es como intentar pagar el alquiler con cupones de descuento; simplemente no cuadra. Ante este vacío intelectual, la RAE ha tenido que bajar al barro para explicar obviedades que deberían ser instintivas. Se han visto obligados a aclarar que «en balde» va con «b» y no con «v», o que «exuberante» no necesita una «h» para sonar sofisticada. Incluso han tenido que intervenir en la botánica básica para recordar que se «reforestan» terrenos y no árboles, y en la ciencia para decir que la astronomía y la astrología no son primas hermanas. Para rematar, la lucha contra los anglicismos como «zip line» o «canopy» frente a la humilde tirolina demuestra que preferimos sonar a Silicon Valley aunque no sepamos deletrear nuestro propio idioma. Estamos alfabetizados, sí, pero el nivel de cultura general está en modo ahorro de energía.
En un mundo donde el 90% de las imágenes que consumimos son selfies con filtros de perro o fotos de platos de pasta en Instagram, los 1839 Awards llegan para recordarnos que la fotografía, antes de convertirse en un accesorio de vanidad, era un arte. El certamen, que rinde pleitesía al año en que la luz empezó a dejarse atrapar en placas, nos lanza este año una colección de imágenes que hacen que nuestro carrete de móvil parezca un catálogo de errores. Hay de todo: desde el caos absoluto de los ñus cruzando el río Mara capturado por Jeff Beatty, hasta la tensión casi insoportable de Natalya Pyrogova, que congeló el 'medio segundo antes del desastre' en una sesión de surf invernal. Mientras nosotros luchamos por que el Wi-Fi no se caiga, Emiko Monobe se fue a Japón a fotografiar antorchas de 6 metros en un festival con 800 años de historia. Es el contraste clásico: la inmediatez del 'like' frente a la paciencia de quien espera a que el sol emerja entre los incendios de Wyoming, como hizo Michael Mihaljevich. La selección no se queda en el paisaje. Tenemos el surrealismo arquitectónico del Centro Pompidou en París, donde Jeremy C Glover convirtió a tres peatones en siluetas bajo el diseño de Renzo Piano y Richard Rogers. Y para los puristas, L. Chaussee nos recuerda que todavía hay quien usa una Rolleiflex 2.8F y Kodak Portra 400, gastando dinero en carretes mientras el resto usamos almacenamiento en la nube. Desde las ballenas grises de Baja California huyendo de orcas, captadas por Jodi Frediani, hasta la pesca tradicional en Vietnam de Julian Elliott, el concurso cierra la convocatoria el 15 de septiembre. Una invitación a mirar lento en la era del scroll infinito.
Claire North ha decidido que el apocalipsis es el mejor despertador para una novela. En 'Slow Gods', la premisa es tan simple como brutal: una supernova viene a borrarte el mapa y tienes la fecha exacta en el calendario. Es la máxima expresión de la hipocresía colectiva. Durante milenios, la civilización vio venir el fuego y reaccionó como quien ignora una factura de gas pendiente: 'Ya lo miraremos luego, que ahora estoy cenando'. Cuando el tiempo se agota y los océanos empiezan a hervir, pasamos de la negación al pánico logístico. Los datos son demoledores. Tienes que evacuar a 5.000 millones de personas en un siglo. La ingeniería financiera del espacio nos dice que, incluso con ascensores orbitales y naves nodrizas, el tope es de 50 millones de personas al año. En el papel, las cuentas cuadran; en la calle, es un caos. Aquí es donde entra el juego sucio. ¿A quién subes al barco? ¿A los listos, a los fértiles o a los que tienen el contacto adecuado? Es un genocidio por omisión disfrazado de gestión de crisis. Si optas por la lotería, el azar decide quién muere mientras los demás miran desde la ventana de una nave. Pero lo más cínico es el 'después'. Salvar la piel no es salvar la cultura. Los supervivientes acaban esparcidos en guetos galácticos, mientras los historiadores venden la identidad de un pueblo al mejor postor en un museo interestelar. O peor aún, los poderosos, que ya tienen su billete dorado, deciden que para mantener sus rentas necesitan mano de obra desesperada y prefieren iniciar una guerra galáctica antes que aceptar que el universo no acepta sobornos. Una supernova es el espejo perfecto para ver que, ante el fin del mundo, el ser humano sigue siendo el mismo animal egoísta de siempre.
En un mundo donde comprar un libro físico ya parece un acto de resistencia arqueológica, llega una lista de lecturas que prometen sacarnos del letargo. A la cabeza, M. John Harrison nos encaja 'The End of Everything'. Es una novela que, en longitud, se queda corta comparada con un manual de instrucciones de microondas, pero que tiene la potencia de un golpe seco en la nuca. Phillip y su abuela Marnie sobreviven en la costa sur de Inglaterra tras una invasión alienígena donde el continente europeo ha hecho un truco de magia y ha desaparecido. Aquí, los artefactos extraños llegan a la playa como si fueran basura plástica en una playa descuidada, y el concepto de 'bad patch' es la excusa perfecta para cualquier crisis existencial. Harrison bebe de los clásicos: tiene el ADN de 'Roadside Picnic' (1972) de los hermanos Strugatsky y el eco de 'The Midwich Cuckoos' (1957) de John Wyndham, pero lo cocina a su manera. Luego tenemos a Joseph Eckert con 'The Traveler'. El protagonista, Scott Treder, salta en el tiempo cada día a las 7:52 am. Su hijo Lyle, que tiene la mala costumbre de saber matemáticas, le advierte que al quinceavo salto se habrá pegado un viaje de cuarenta y cinco años al futuro. Es el sueño de cualquiera que quiera evitar pagar la hipoteca actual, aunque el coste emocional sea quedar reducido a polvo en el retrovisor. Para cerrar el menú, Adrian Tchaikovsky nos trae 'Green City Wars', donde el detective es un mapache con el coeficiente intelectual tuneado. Es básicamente 'Zootopia' pero con una letra pequeña cruel: los animales son el servicio de limpieza de los humanos para poder seguir recibiendo el elixir que mantiene sus cerebros funcionando. Una metáfora tan obvia sobre la precariedad laboral que duele. El resto del catálogo se completa con 'Radiant Star' de Ann Leckie, la irregular pero ambiciosa 'Luminous' de Silvia Park sobre IA, y 'Vigil' de George Saunders, donde una fantasma intenta ayudar a un magnate del petróleo que es, sencillamente, un caso perdido.
Vivimos pegados a pantallas que saturan el ojo con filtros de Instagram y colores chillones que parecen sacados de una bolsa de caramelos ácidos. De repente, llegan los Exposure One Awards para recordarnos que, a veces, quitarle el color al mundo es la única forma de verlo con claridad. Es el equivalente visual a limpiar las gafas después de una tormenta: menos ruido, más verdad. En este One Shot Photo Contest, la ambición no tuvo fronteras. Fotógrafos de 82 países decidieron que una sola imagen podía decir más que un hilo infinito de Twitter. El jurado, una élite compuesta por nombres que imponen respeto como la Leica Gallery LA, Aperture, Vogue y el SFMoMA, se dedicó a filtrar el grano de la paja para encontrar la precisión del cuadro único. El resultado es un catálogo de contrastes que te deja pensando. Tenemos desde la ternura ritual de Cydny B Waters con la tribu Abore y sus vacas ahumadas para espantar insectos, hasta el caos absoluto de Sameerah Abbas en Sumatra, capturando el instante exacto en que un concursante pierde el control de dos vacas en una carrera. Es la diferencia entre el zen y el desastre total. Hay piezas que rozan lo metafísico, como la mirada de un monje frente a la Shwedagon Pagoda captada por Mateo Borrero, o la lucha natural entre un tiburón martillo y un cangrejo Osprey por Scott Joshua Dere. Incluso el drama climático aparece con John Martinotti, quien convierte la presión de la tormenta en una estructura geométrica. Desde los flamencos de Lori Dove en el Valle del Rift de Kenia hasta el jinete Holman en Wyoming capturado por Aengus MacNeil, la muestra demuestra que el blanco y negro no es ausencia de color, sino presencia de alma. Un lujo visual que, a diferencia de nuestra factura de la luz, no nos deja la cartera vacía.
Madonna ha decidido bajarse del coche de la Inteligencia Artificial para darle un repaso verbal en Vogue Italia. Según la Reina del Pop, los algoritmos son el antíodo del arte porque matan el riesgo y nos empujan por la senda de lo aburrido y lo seguro. Para ella, crear es lanzarse al vacío, mientras que la IA es como pedir un menú preestablecido en un restaurante de carretera: predecible, insípido y sin alma. Madonna echa de menos aquellos tiempos donde los músicos, pintores y bailarines se mezclaban en un mismo espacio creativo, antes de que la industria musical se convirtiera en un concurso de popularidad donde el contrato discográfico depende más de cuántos seguidores tienes en Instagram que de tu talento real. Lo curioso es que la 'Material Girl' no es precisamente una monja de la pureza tecnológica. Mientras nos lanza este sermón sobre la creatividad, su historial con la IA es más parecido a un buffet libre. Sus fans ya se han quejado de que llena sus redes de 'basura digital', incluyendo imágenes surrealistas donde aparece con el difunto Papa Francisco. Y si nos ponemos estrictos, su equipo no se inhibió al usar la herramienta para los vídeos promocionales de 'Veronica Electronica' y 'The Untold Chapter' el año pasado. Incluso en 2024, la Associated Press pilló a su equipo creativo usando IA para generar los fondos visuales de su gira. Al final, Madonna hace lo que muchos artistas: odia que la máquina robe el trabajo ajeno y regurgite estéticas genéricas, pero no tiene problema en usar el atajo tecnológico cuando conviene para el marketing. Es la eterna danza entre el purismo artístico y la comodidad del clic, donde la IA es el empleado barato que hace el trabajo sucio mientras la estrella firma la obra.
Hay gente que deja herencias en cuentas bancarias y otros que, como Elliott Smith, dejan una discografía que te rompe el alma y un trozo de roca flotando en el vacío. El músico se fue en 2003, con apenas 34 años, dejándonos esa melancolía sofisticada que hoy ha saltado la atmósfera. Gracias a la insistencia de Orlando Campopiano, un cineasta independiente que probablemente escuchaba 'Shooting Star' mientras miraba el techo, el universo ahora tiene un nuevo nombre en su registro: el asteroide (861969) 2014 OS439 se llama oficialmente 'Elliottsmith'. Lo curioso es que esto no fue un lanzamiento de moneda al aire. El número de serie original, 861969, es un espejo exacto de la fecha de nacimiento del artista: 6 de agosto de 1969. Una coincidencia de esas que te hacen pensar que el cosmos tiene un sentido del humor muy irónico o un gusto musical impecable. El proceso no fue un simple trámite de ventanilla; Campopiano tuvo que coordinarse con los herederos del músico y convencer a la Unión Astronómica Internacional (IAU), los porteros oficiales del cielo, para que aceptaran la propuesta. El asteroide fue detectado originalmente en 2014 por el proyecto Pan-STARRS 1 en Hawái, pero pasó una década siendo solo un número aburrido hasta que el deseo de inmortalizar la luz breve y brillante de Smith caló en los burócratas espaciales. Mientras nosotros peleamos por el precio del alquiler o el ticket del metro, hay una roca volando a miles de kilómetros que ahora lleva el nombre de un tipo que nominaron al Oscar y que prefería la intimidad de un sótano. Poético, sí, pero también el recordatorio definitivo de que el estrellato real ocurre cuando ya no estás para cobrar las regalías.
Si creías que el estrés de llegar a fin de mes con la inflación actual era un drama, imagina ser un ingeniero soviético en los 60. En 'Star City', el nuevo spin-off de 'For All Mankind' en Apple TV, el éxito no se celebraba con champán y alfombras rojas, sino con el KGB tocando a tu puerta a medianoche para avisarte que tu marido acaba de plantar una bandera en la Luna. Así de 'romántico' era el sistema. La serie nos presenta a Sergei Korolev (interpretado por Rhys Ifans), el 'Diseñador Jefe'. Un tipo con un currículum que haría temblar a cualquier CEO de Silicon Valley: el cohete R-7, el Sputnik y el programa Vostok. Pero aquí está la gracia: mientras en EE. UU. Neil Armstrong y Buzz Aldrin eran estrellas de rock, Korolev era un fantasma. El Partido Comunista lo mantuvo en el anonimato absoluto por miedo a que Washington decidiera 'jubilarlo' prematuramente. Un secreto de Estado tan guardado que sus propios colegas no sabían quién era el jefe. La trama juega con el 'efecto puertas giratorias' de la historia: en la realidad, Korolev murió en una cirugía en 1966, pero en este universo alternativo, su supervivencia permitió que la URSS le ganara la partida al Apollo 11 en 1969. El contraste es brutal. Mientras la NASA gastaba millones en seguridad y protocolos, los cosmonautas soviéticos, como Anastasia Belikova (Alice Englert), volaban en cápsulas que hacían que una lata de sardinas pareciera un hotel de cinco estrellas. Aquí no hay 'un pequeño paso para el hombre', sino un salto al vacío donde, si te sales del guion oficial, el Estado te sustituye por una doble más dócil o te envía al calabozo. Porque, como bien dice la implacable Lyudmilla Raskova (Anna Maxwell Martin), en el sistema soviético no arrestan a inocentes; simplemente fabrican la culpa para que la propaganda brille.
Hay libros que envejecen como el buen vino y otros que, como 'The Embedding' de Ian Watson, envejecen como un yogur olvidado al sol de agosto. Publicada en 1973 por Gollancz, esta joya del primer contacto fue comparada en su día por The Spectator con el místico 'Solaris' de Stanisław Lem. Pero rescatarla hoy es como abrir un baúl de los setenta: tiene ideas brillantes, pero el olor a naftalina y prejuicios es insoportable. La trama es un menú degustación de ambiciones intelectuales. Por un lado, tenemos a Chris, un tipo que juega a ser Dios en un instituto británico, sometiendo a niños a un lenguaje experimental basado en el poeta Raymond Roussel (fallecido en 1933). Por otro, Pierre se pierde en la selva amazónica estudiando a los Xemahoa, una tribu con dos lenguas donde una de ellas requiere drogas para funcionar. Es la típica ingeniería mental donde el lenguaje no es para comunicarse, sino para hackear la realidad. El giro 'divertido' llega con los alienígenas. No vienen a darnos la paz universal, sino a recolectar cerebros humanos vivos para sus propios proyectos lingüísticos. El problema es que, mientras los extraterrestres hacen la compra de órganos, los humanos se comportan peor que los monstruos. Tenemos experimentos crueles con críos, abusos en la Amazonia y gobiernos que entregan cerebros como quien entrega un formulario en la ventanilla de Hacienda. Watson, que dejó su huella en Warhammer 40,000 y trabajó el guion de 'A.I.' con Stanley Kubrick antes de morir este abril, escribió una obra fascinante pero tóxica. El libro es un club de caballeros donde las mujeres solo existen para ser torturadas o seducir, y el racismo de la época se cuela en las descripciones como una humedad en la pared. Una lectura obligada para los amantes de la filosofía, siempre que no te importe que el autor trate la ética como si fuera un accesorio opcional.
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Mar Gómez