Crítica:
La reseña es un catálogo de impresiones personales disfrazado de guía, donde el entusiasmo del crítico nubla la objetividad. Se pierde en la nostalgia de los clásicos y olvida analizar si estas obras realmente aportan algo nuevo al género.
La reseña es un catálogo de impresiones personales disfrazado de guía, donde el entusiasmo del crítico nubla la objetividad. Se pierde en la nostalgia de los clásicos y olvida analizar si estas obras realmente aportan algo nuevo al género.
Vivimos pegados a pantallas que saturan el ojo con filtros de Instagram y colores chillones que parecen sacados de una bolsa de caramelos ácidos. De repente, llegan los Exposure One Awards para recordarnos que, a veces, quitarle el color al mundo es la única forma de verlo con claridad. Es el equivalente visual a limpiar las gafas después de una tormenta: menos ruido, más verdad. En este One Shot Photo Contest, la ambición no tuvo fronteras. Fotógrafos de 82 países decidieron que una sola imagen podía decir más que un hilo infinito de Twitter. El jurado, una élite compuesta por nombres que imponen respeto como la Leica Gallery LA, Aperture, Vogue y el SFMoMA, se dedicó a filtrar el grano de la paja para encontrar la precisión del cuadro único. El resultado es un catálogo de contrastes que te deja pensando. Tenemos desde la ternura ritual de Cydny B Waters con la tribu Abore y sus vacas ahumadas para espantar insectos, hasta el caos absoluto de Sameerah Abbas en Sumatra, capturando el instante exacto en que un concursante pierde el control de dos vacas en una carrera. Es la diferencia entre el zen y el desastre total. Hay piezas que rozan lo metafísico, como la mirada de un monje frente a la Shwedagon Pagoda captada por Mateo Borrero, o la lucha natural entre un tiburón martillo y un cangrejo Osprey por Scott Joshua Dere. Incluso el drama climático aparece con John Martinotti, quien convierte la presión de la tormenta en una estructura geométrica. Desde los flamencos de Lori Dove en el Valle del Rift de Kenia hasta el jinete Holman en Wyoming capturado por Aengus MacNeil, la muestra demuestra que el blanco y negro no es ausencia de color, sino presencia de alma. Un lujo visual que, a diferencia de nuestra factura de la luz, no nos deja la cartera vacía.
Madonna ha decidido bajarse del coche de la Inteligencia Artificial para darle un repaso verbal en Vogue Italia. Según la Reina del Pop, los algoritmos son el antíodo del arte porque matan el riesgo y nos empujan por la senda de lo aburrido y lo seguro. Para ella, crear es lanzarse al vacío, mientras que la IA es como pedir un menú preestablecido en un restaurante de carretera: predecible, insípido y sin alma. Madonna echa de menos aquellos tiempos donde los músicos, pintores y bailarines se mezclaban en un mismo espacio creativo, antes de que la industria musical se convirtiera en un concurso de popularidad donde el contrato discográfico depende más de cuántos seguidores tienes en Instagram que de tu talento real. Lo curioso es que la 'Material Girl' no es precisamente una monja de la pureza tecnológica. Mientras nos lanza este sermón sobre la creatividad, su historial con la IA es más parecido a un buffet libre. Sus fans ya se han quejado de que llena sus redes de 'basura digital', incluyendo imágenes surrealistas donde aparece con el difunto Papa Francisco. Y si nos ponemos estrictos, su equipo no se inhibió al usar la herramienta para los vídeos promocionales de 'Veronica Electronica' y 'The Untold Chapter' el año pasado. Incluso en 2024, la Associated Press pilló a su equipo creativo usando IA para generar los fondos visuales de su gira. Al final, Madonna hace lo que muchos artistas: odia que la máquina robe el trabajo ajeno y regurgite estéticas genéricas, pero no tiene problema en usar el atajo tecnológico cuando conviene para el marketing. Es la eterna danza entre el purismo artístico y la comodidad del clic, donde la IA es el empleado barato que hace el trabajo sucio mientras la estrella firma la obra.
Hay gente que deja herencias en cuentas bancarias y otros que, como Elliott Smith, dejan una discografía que te rompe el alma y un trozo de roca flotando en el vacío. El músico se fue en 2003, con apenas 34 años, dejándonos esa melancolía sofisticada que hoy ha saltado la atmósfera. Gracias a la insistencia de Orlando Campopiano, un cineasta independiente que probablemente escuchaba 'Shooting Star' mientras miraba el techo, el universo ahora tiene un nuevo nombre en su registro: el asteroide (861969) 2014 OS439 se llama oficialmente 'Elliottsmith'. Lo curioso es que esto no fue un lanzamiento de moneda al aire. El número de serie original, 861969, es un espejo exacto de la fecha de nacimiento del artista: 6 de agosto de 1969. Una coincidencia de esas que te hacen pensar que el cosmos tiene un sentido del humor muy irónico o un gusto musical impecable. El proceso no fue un simple trámite de ventanilla; Campopiano tuvo que coordinarse con los herederos del músico y convencer a la Unión Astronómica Internacional (IAU), los porteros oficiales del cielo, para que aceptaran la propuesta. El asteroide fue detectado originalmente en 2014 por el proyecto Pan-STARRS 1 en Hawái, pero pasó una década siendo solo un número aburrido hasta que el deseo de inmortalizar la luz breve y brillante de Smith caló en los burócratas espaciales. Mientras nosotros peleamos por el precio del alquiler o el ticket del metro, hay una roca volando a miles de kilómetros que ahora lleva el nombre de un tipo que nominaron al Oscar y que prefería la intimidad de un sótano. Poético, sí, pero también el recordatorio definitivo de que el estrellato real ocurre cuando ya no estás para cobrar las regalías.
Si creías que el estrés de llegar a fin de mes con la inflación actual era un drama, imagina ser un ingeniero soviético en los 60. En 'Star City', el nuevo spin-off de 'For All Mankind' en Apple TV, el éxito no se celebraba con champán y alfombras rojas, sino con el KGB tocando a tu puerta a medianoche para avisarte que tu marido acaba de plantar una bandera en la Luna. Así de 'romántico' era el sistema. La serie nos presenta a Sergei Korolev (interpretado por Rhys Ifans), el 'Diseñador Jefe'. Un tipo con un currículum que haría temblar a cualquier CEO de Silicon Valley: el cohete R-7, el Sputnik y el programa Vostok. Pero aquí está la gracia: mientras en EE. UU. Neil Armstrong y Buzz Aldrin eran estrellas de rock, Korolev era un fantasma. El Partido Comunista lo mantuvo en el anonimato absoluto por miedo a que Washington decidiera 'jubilarlo' prematuramente. Un secreto de Estado tan guardado que sus propios colegas no sabían quién era el jefe. La trama juega con el 'efecto puertas giratorias' de la historia: en la realidad, Korolev murió en una cirugía en 1966, pero en este universo alternativo, su supervivencia permitió que la URSS le ganara la partida al Apollo 11 en 1969. El contraste es brutal. Mientras la NASA gastaba millones en seguridad y protocolos, los cosmonautas soviéticos, como Anastasia Belikova (Alice Englert), volaban en cápsulas que hacían que una lata de sardinas pareciera un hotel de cinco estrellas. Aquí no hay 'un pequeño paso para el hombre', sino un salto al vacío donde, si te sales del guion oficial, el Estado te sustituye por una doble más dócil o te envía al calabozo. Porque, como bien dice la implacable Lyudmilla Raskova (Anna Maxwell Martin), en el sistema soviético no arrestan a inocentes; simplemente fabrican la culpa para que la propaganda brille.
Hay libros que envejecen como el buen vino y otros que, como 'The Embedding' de Ian Watson, envejecen como un yogur olvidado al sol de agosto. Publicada en 1973 por Gollancz, esta joya del primer contacto fue comparada en su día por The Spectator con el místico 'Solaris' de Stanisław Lem. Pero rescatarla hoy es como abrir un baúl de los setenta: tiene ideas brillantes, pero el olor a naftalina y prejuicios es insoportable. La trama es un menú degustación de ambiciones intelectuales. Por un lado, tenemos a Chris, un tipo que juega a ser Dios en un instituto británico, sometiendo a niños a un lenguaje experimental basado en el poeta Raymond Roussel (fallecido en 1933). Por otro, Pierre se pierde en la selva amazónica estudiando a los Xemahoa, una tribu con dos lenguas donde una de ellas requiere drogas para funcionar. Es la típica ingeniería mental donde el lenguaje no es para comunicarse, sino para hackear la realidad. El giro 'divertido' llega con los alienígenas. No vienen a darnos la paz universal, sino a recolectar cerebros humanos vivos para sus propios proyectos lingüísticos. El problema es que, mientras los extraterrestres hacen la compra de órganos, los humanos se comportan peor que los monstruos. Tenemos experimentos crueles con críos, abusos en la Amazonia y gobiernos que entregan cerebros como quien entrega un formulario en la ventanilla de Hacienda. Watson, que dejó su huella en Warhammer 40,000 y trabajó el guion de 'A.I.' con Stanley Kubrick antes de morir este abril, escribió una obra fascinante pero tóxica. El libro es un club de caballeros donde las mujeres solo existen para ser torturadas o seducir, y el racismo de la época se cuela en las descripciones como una humedad en la pared. Una lectura obligada para los amantes de la filosofía, siempre que no te importe que el autor trate la ética como si fuera un accesorio opcional.
Ballet, tutús y gracia etérea. Eso es lo que uno espera al entrar en un teatro. Pero en Sadler’s Wells, en Londres, te encuentras con algo distinto. La Alexander Whitley Dance Company ha presentado “Mirror”, una obra que, lejos de la fantasía, te devuelve un espejo deformante de nuestra realidad: la creciente y, a veces, inquietante relación con la inteligencia artificial. Inspirada en “The AI Mirror” de Shannon Vallor, profesora de ética de datos e IA, la pieza no es una diatriba tecnofóbica ni una oda futurista. Es un baile delicado sobre el filo de la navaja, un ‘sí, y no’ coreografiado. Vallor, en su libro, plantea una pregunta incómoda: ¿nos resignamos a que la IA suplante nuestra capacidad de decisión o la demonizamos como una amenaza existencial? Un dilema, básicamente, como elegir entre el sablazo en la factura de la luz o la promesa de un futuro automatizado. La obra, que también aterrizará en el Royal Opera House el 4 de junio de 2026, no ofrece respuestas fáciles. Más bien, te obliga a preguntarte si estamos perdiendo algo esencial en esta danza con los algoritmos. Si, en el intento de optimizar cada aspecto de nuestras vidas, estamos olvidando qué significa ser, simplemente, humanos. Mientras la obra se debate entre el entusiasmo y el recelo, Facebook (ahora Meta) y X (antes Twitter) siguen recopilando datos, alimentando el monstruo que Vallor analiza con tanta lucidez. La ironía, por supuesto, es que probablemente leamos sobre la obra en… ¿adivinen qué? En redes sociales. Y ahí reside el verdadero espejo.
Un galeón del siglo XVII, hundido en Finlandia en 2019, ha resucitado… ¡en forma de vestido de alta costura! Olvídense del tesoro pirata, aquí lo valioso es la madera. Arqueólogos, químicos y diseñadores, con la ayuda de la inteligencia artificial, han transformado restos de madera de 330 años en fibra textil. ¿El resultado? Un vestido color tierra, suave como la seda y resistente como el algodón, que desafía la obsolescencia programada. La madera, proveniente del 'Hahtiperä wreck' (un nombre que suena a conjuro nórdico), creció en bosques de Ostrobothnia en el siglo XVII y acabó en el fondo del mar. En lugar de pudrirse en silencio, ahora desfila por las pasarelas. La ironía es que la UNESCO recomienda dejar los naufragios en paz, pero este era el más antiguo de Finlandia y merecía una segunda vida. El proceso, liderado por la bioingeniera Inge Schlapp-Hackl, utilizó la tecnología Ioncell® para convertir la pulpa de madera en fibra sin químicos agresivos. Un hallazgo: la pulpa del naufragio era sorprendentemente pura. Anna-Mari Leppisaari, la diseñadora, tejió dos vestidos idénticos con un patrón inspirado en la veta de la madera y el ruido digital. Un detalle: el vestido se tejió en una sola pieza para no desperdiciar ni un hilo. ¿El coste? No lo preguntes. En un mundo donde la moda rápida es la norma, este vestido es una declaración de intenciones: la sostenibilidad no es una tendencia, es una necesidad. El vestido se expone a partir del 22 de mayo en el Museo de Arte de Oulu.
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