Crítica:
El artículo, aunque descriptivo, se limita a presentar la obra y el libro sin profundizar en las implicaciones filosóficas o sociales. Se echa en falta un análisis más crítico sobre el papel de las redes sociales en este contexto.
El artículo, aunque descriptivo, se limita a presentar la obra y el libro sin profundizar en las implicaciones filosóficas o sociales. Se echa en falta un análisis más crítico sobre el papel de las redes sociales en este contexto.
Un galeón del siglo XVII, hundido en Finlandia en 2019, ha resucitado… ¡en forma de vestido de alta costura! Olvídense del tesoro pirata, aquí lo valioso es la madera. Arqueólogos, químicos y diseñadores, con la ayuda de la inteligencia artificial, han transformado restos de madera de 330 años en fibra textil. ¿El resultado? Un vestido color tierra, suave como la seda y resistente como el algodón, que desafía la obsolescencia programada. La madera, proveniente del 'Hahtiperä wreck' (un nombre que suena a conjuro nórdico), creció en bosques de Ostrobothnia en el siglo XVII y acabó en el fondo del mar. En lugar de pudrirse en silencio, ahora desfila por las pasarelas. La ironía es que la UNESCO recomienda dejar los naufragios en paz, pero este era el más antiguo de Finlandia y merecía una segunda vida. El proceso, liderado por la bioingeniera Inge Schlapp-Hackl, utilizó la tecnología Ioncell® para convertir la pulpa de madera en fibra sin químicos agresivos. Un hallazgo: la pulpa del naufragio era sorprendentemente pura. Anna-Mari Leppisaari, la diseñadora, tejió dos vestidos idénticos con un patrón inspirado en la veta de la madera y el ruido digital. Un detalle: el vestido se tejió en una sola pieza para no desperdiciar ni un hilo. ¿El coste? No lo preguntes. En un mundo donde la moda rápida es la norma, este vestido es una declaración de intenciones: la sostenibilidad no es una tendencia, es una necesidad. El vestido se expone a partir del 22 de mayo en el Museo de Arte de Oulu.
Helen Phillips se lleva 10.000 libras por pintar un futuro que ya huele a freidora. Su novela 'Hum' describe una metrópolis asfixiante, un anticipo del menú que nos espera si seguimos ignorando el termómetro. Mientras, los de Meta y X (antes Twitter) siguen contando likes, ajenos a que el planeta se les está derritiendo en las manos. La Climate Fiction Prize, con el apoyo de Climate Spring, parece un parche a una herida de bala, un premio consuelo para artistas que advierten lo que los políticos, y los accionistas, prefieren no oír. En 2025, Abi Daré ya ganó con 'And So I Roar', pero parece que los rugidos no llegan a los oídos sordos de la burocracia. La competencia era feroz: Susanna Kwan nos mostraba San Francisco convertida en Venecia 2.0, con calles que son ríos, y Maria Reva nos presentaba a un caracol en la lista roja, un símbolo perfecto de nuestra lentitud para reaccionar. La ironía es que un premio de 10.000 libras no compra ni un sistema de aire acondicionado para toda una ciudad, pero al menos, sirve para encender una luz, aunque sea tenue, en esta noche oscura. Porque, al final, la ficción climática no es sobre el futuro, sino sobre el presente, sobre las decisiones que tomamos hoy y el calor que cosecharemos mañana. Y, por cierto, ¿alguien ha visto una oferta de sombrillas para el 2026?
El libro que casi no fue. Medio siglo después, 'El Gen Egoísta' de Richard Dawkins sigue vendiéndose como pan caliente, traducido a más de 30 idiomas. Un éxito para un libro de ciencia, eso sí. Pero la historia de su publicación, contada por Michael Rodgers, ex-editor de Oxford University Press (OUP), es de esas que te hacen pensar que a veces, los grandes hitos cuelgan de un hilo. Todo empezó con una nota manuscrita de un físico, Roger Elliott, que le advirtió sobre un tal Dawkins y su “tentativo” libro. Rodgers, con la intuición de un veterano, leyó los primeros capítulos y… ¡zas! Se le clavaron los ojos en el texto. No era un libro de ciencia más, era una historia que te atrapaba por el cuello, una adicción en papel. Rodgers, convencido del potencial explosivo del libro, escribió a los directores de OUP en todo el mundo, instándoles a apostar por él. No como un libro de divulgación científica, sino como una novela adictiva, de esas que te dejan sin aliento. “Imposible dejarlo”, les aseguró. El mayor quebradero de cabeza fue el título. 'The Gene Machine', sugerido por Desmond Morris (autor de 'El Mono Desnudo'), sonaba a cacharrito industrial. Algunos colegas de Rodgers temían que 'The Selfish Gene' transmitiera la idea de un gen mutante, un bicho raro. Incluso Tom Maschler, de Jonathan Cape, le aconsejó cambiarlo por 'The Immortal Gene'. Pero Rodgers se mantuvo firme: 'El Gen Egoísta' era provocador, memorable, la clave para entender la esencia del libro. Dawkins, aunque con dudas, acabó cediendo. Y vaya si acertó. El libro, como una buena inversión, se disparó en ventas, dejando a otros títulos en la estacada. Hoy, a los 50 años, sigue generando debate y fascinación. Una historia de intuición editorial, un poco de suerte y un título que, al final, lo cambió todo.
Stonehenge. La postal turística perfecta, ese 'tick' en la lista de cosas por ver que te permite presumir de cultura en la cena. Pero, ¿y si te digo que verlo desde la A303, la autopista que lo escupe a tu paso, es como comer un menú del día en un atasco? El periodista australiano James Woodford, tras un viaje de medio mundo, se dio cuenta de que la verdadera experiencia no está en la foto rápida, sino en el paseo lento, en sentir el frío del atardecer inglés calando los huesos mientras contemplas piedras que han visto pasar 5000 años de historia. Woodford pagó la tarifa extra – porque, claro, la contemplación profunda tiene precio – para acceder al 'Inner Circle tour' de English Heritage, una experiencia que le permitió romper la barrera de la cuerda y acercarse a las piedras. Y justo cuando la hora se agotaba, el sol, como un director de orquesta caprichoso, irrumpió entre las nubes para iluminar el círculo con una luz dorada, recordándole que Stonehenge no es un monumento, sino un portal a 'deep time', un concepto que suena a película de ciencia ficción pero que, en realidad, es la sensación de insignificancia ante la inmensidad del tiempo. ¿Que para qué ir? Para entender que la historia no se consume, se siente. Para dejar de buscar respuestas fáciles en Google y empezar a formular preguntas incómodas. Y para recordar que, a veces, la mejor forma de ver el mundo es a paso lento, sin prisas, y con la barbilla ligeramente levantada.
Mientras el bolsillo llora la inflación, un tipo en el Reino Unido lleva 30 años dándole la vuelta a las gaitas. No las tunea, las electrifica. ¿El motivo? Que suene más que una guitarra en un concierto. Porque, seamos honestos, ¿quién va a oír unas gaitas tradicionales con la batería a tope? El inventor, un tal Eryri (nombre en clave, imagino), empezó en 1996 sustituyendo la caña de las gaitas irlandesas (Uilleann pipes, para los entendidos) por una de acero al carbono. Una chapuza que, con el tiempo, se convirtió en una obsesión. La clave está en el acero. Ese material, conectado a un amplificador, le permite competir con los decibelios de cualquier grupo de rock. Y no solo eso, sino que puede añadirle efectos de distorsión, delays, ¡hasta feedback al estilo Jimi Hendrix! Imaginen la escena: el gaitero, con la gaita pegada al altavoz, buscando el sonido perfecto. La bolsa de aire, por cierto, sigue siendo de piel de cabra, pero tiene un forro de vinilo, el mismo que usan en los asientos de los coches. Una modernidad discreta, vaya. El resultado es un sonido que confunde a los guitarristas, que se preguntan cómo algo que suena como una guitarra puede no serlo. Un Frankenstein musical que, según el inventor, ha desatado la curiosidad del público. La historia es un recordatorio de que la innovación puede venir de los lugares más insospechados, incluso de un instrumento que, para muchos, es sinónimo de tradición y folclore. Y de que, a veces, para hacerse oír, hay que enchufarse.
Jane Alexander, una pluma curtida en las brumas del Reino Unido, no escribe sobre la inflación ni sobre los recortes. Prefiere desenterrar la historia que se esconde tras el adorno navideño, el ruego infantil o la estatua decapitada. Su trabajo, publicado en Londonist y otros lares, es un recordatorio de que incluso lo más inocuo tiene un pasado, a veces turbio. ¿Quién diría que el Santa Claus que conocemos, el bonachón de rojo y blanco, debe su aspecto a los trazos de Thomas Nast en 'Harper's Weekly'? Un detalle que deja en evidencia cómo la propaganda visual moldea nuestras tradiciones. Pero Alexander no se queda en anécdotas piadosas. Explora la recurrente mutilación de estatuas antiguas, una suerte de iconoclasia histórica que sugiere un patrón inquietante. Y nos cuenta cómo Edgar Wallace, un escritor que supo vender novelas antes de que existiera el marketing digital, casi se hunde con una campaña publicitaria demasiado ambiciosa. La historia, al final, es un catálogo de errores y genialidades. Incluso las rimas infantiles, esas que recitamos sin pensar, esconden secretos. La araña de 'Itsy Bitsy Spider' no siempre estuvo ahí, y las primeras versiones de la canción eran considerablemente más… coloridas. Y la forma en que medimos el tiempo, esa obsesión moderna, tiene raíces culturales profundas y, a menudo, ligadas a conflictos bélicos. En resumen, la lista de la compra de Alexander es una excavación arqueológica de lo cotidiano, donde cada objeto cuenta una historia, y casi siempre, la historia es más rara de lo que imaginamos. No es un catálogo de chollos, sino un inventario de lo que fuimos y de lo que, tal vez, dejaremos de ser.
Disney, la fábrica de sueños... y de guiños. Aparentemente inofensivos, estos 'Easter Eggs' son en realidad un complejo sistema de referencias cruzadas que demuestra que en Burbank (California) no se olvidan de nada. Ni del presupuesto. Mientras el espectador promedio busca un caramelo en la película, los más nerds rastrean conexiones que a veces parecen sacadas de una tesis doctoral. Desde la proporción de pantalla de 'Wish' (un sutil homenaje a 'La Bella Durmiente', con un formato que costó una fortuna en su día) hasta la reaparición de la madre de Bambi, esquivando balas en 'El Libro de la Selva', la estrategia es clara: alimentar la mitomanía. Pixar, por su parte, juega a largo plazo, sembrando pistas sobre futuros proyectos que solo se revelan años después, como un 'spoiler' en diferido. ¿Marketing inteligente o un ejercicio de auto-felicitación? En 'Zootopia', incluso existe una versión animalizada de Disney, con parodias de sus canciones más emblemáticas. Belle se pasea por París en 'El Jorobado de Notre Dame' (un anacronismo histórico que nadie parece notar) y los perros de Disney viajan más que la mayoría de los turistas. El caso de 'Enchanted' es aún más delirante, con nombres de personajes y firmas de compositores escondidos a plena vista. Y, claro, la omnipresente nostalgia, que vende. La franquicia se alimenta de su propia historia, tejiendo una red de referencias que premia al fan más devoto... y le exige más tiempo frente a la pantalla. Al final, todo es un negocio, disfrazado de homenaje.
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