Crítica:
El texto peca de sentimentalismo fácil. Asume que la experiencia 'auténtica' requiere un desembolso económico, lo cual es una obviedad del marketing turístico. Falta un análisis más profundo del significado cultural de Stonehenge.
El texto peca de sentimentalismo fácil. Asume que la experiencia 'auténtica' requiere un desembolso económico, lo cual es una obviedad del marketing turístico. Falta un análisis más profundo del significado cultural de Stonehenge.
Mientras el bolsillo llora la inflación, un tipo en el Reino Unido lleva 30 años dándole la vuelta a las gaitas. No las tunea, las electrifica. ¿El motivo? Que suene más que una guitarra en un concierto. Porque, seamos honestos, ¿quién va a oír unas gaitas tradicionales con la batería a tope? El inventor, un tal Eryri (nombre en clave, imagino), empezó en 1996 sustituyendo la caña de las gaitas irlandesas (Uilleann pipes, para los entendidos) por una de acero al carbono. Una chapuza que, con el tiempo, se convirtió en una obsesión. La clave está en el acero. Ese material, conectado a un amplificador, le permite competir con los decibelios de cualquier grupo de rock. Y no solo eso, sino que puede añadirle efectos de distorsión, delays, ¡hasta feedback al estilo Jimi Hendrix! Imaginen la escena: el gaitero, con la gaita pegada al altavoz, buscando el sonido perfecto. La bolsa de aire, por cierto, sigue siendo de piel de cabra, pero tiene un forro de vinilo, el mismo que usan en los asientos de los coches. Una modernidad discreta, vaya. El resultado es un sonido que confunde a los guitarristas, que se preguntan cómo algo que suena como una guitarra puede no serlo. Un Frankenstein musical que, según el inventor, ha desatado la curiosidad del público. La historia es un recordatorio de que la innovación puede venir de los lugares más insospechados, incluso de un instrumento que, para muchos, es sinónimo de tradición y folclore. Y de que, a veces, para hacerse oír, hay que enchufarse.
Jane Alexander, una pluma curtida en las brumas del Reino Unido, no escribe sobre la inflación ni sobre los recortes. Prefiere desenterrar la historia que se esconde tras el adorno navideño, el ruego infantil o la estatua decapitada. Su trabajo, publicado en Londonist y otros lares, es un recordatorio de que incluso lo más inocuo tiene un pasado, a veces turbio. ¿Quién diría que el Santa Claus que conocemos, el bonachón de rojo y blanco, debe su aspecto a los trazos de Thomas Nast en 'Harper's Weekly'? Un detalle que deja en evidencia cómo la propaganda visual moldea nuestras tradiciones. Pero Alexander no se queda en anécdotas piadosas. Explora la recurrente mutilación de estatuas antiguas, una suerte de iconoclasia histórica que sugiere un patrón inquietante. Y nos cuenta cómo Edgar Wallace, un escritor que supo vender novelas antes de que existiera el marketing digital, casi se hunde con una campaña publicitaria demasiado ambiciosa. La historia, al final, es un catálogo de errores y genialidades. Incluso las rimas infantiles, esas que recitamos sin pensar, esconden secretos. La araña de 'Itsy Bitsy Spider' no siempre estuvo ahí, y las primeras versiones de la canción eran considerablemente más… coloridas. Y la forma en que medimos el tiempo, esa obsesión moderna, tiene raíces culturales profundas y, a menudo, ligadas a conflictos bélicos. En resumen, la lista de la compra de Alexander es una excavación arqueológica de lo cotidiano, donde cada objeto cuenta una historia, y casi siempre, la historia es más rara de lo que imaginamos. No es un catálogo de chollos, sino un inventario de lo que fuimos y de lo que, tal vez, dejaremos de ser.
Disney, la fábrica de sueños... y de guiños. Aparentemente inofensivos, estos 'Easter Eggs' son en realidad un complejo sistema de referencias cruzadas que demuestra que en Burbank (California) no se olvidan de nada. Ni del presupuesto. Mientras el espectador promedio busca un caramelo en la película, los más nerds rastrean conexiones que a veces parecen sacadas de una tesis doctoral. Desde la proporción de pantalla de 'Wish' (un sutil homenaje a 'La Bella Durmiente', con un formato que costó una fortuna en su día) hasta la reaparición de la madre de Bambi, esquivando balas en 'El Libro de la Selva', la estrategia es clara: alimentar la mitomanía. Pixar, por su parte, juega a largo plazo, sembrando pistas sobre futuros proyectos que solo se revelan años después, como un 'spoiler' en diferido. ¿Marketing inteligente o un ejercicio de auto-felicitación? En 'Zootopia', incluso existe una versión animalizada de Disney, con parodias de sus canciones más emblemáticas. Belle se pasea por París en 'El Jorobado de Notre Dame' (un anacronismo histórico que nadie parece notar) y los perros de Disney viajan más que la mayoría de los turistas. El caso de 'Enchanted' es aún más delirante, con nombres de personajes y firmas de compositores escondidos a plena vista. Y, claro, la omnipresente nostalgia, que vende. La franquicia se alimenta de su propia historia, tejiendo una red de referencias que premia al fan más devoto... y le exige más tiempo frente a la pantalla. Al final, todo es un negocio, disfrazado de homenaje.
Altamont. El nombre resuena como el eco de una promesa rota. Woodstock fue la postal, Altamont, la resaca. Apenas cuatro meses separaron el sueño de la paz y el amor del baño de sangre en la velocidad. Los Stones, en quiebra y con Keith Richards en plena deriva heroica, buscaron redención en un festival gratuito que se convirtió en un desastre anunciado. ¿La idea? Un final de gira épico, filmado para la posteridad. El resultado: un funeral para los 60. El lugar original, el Golden Gate Park, fue vetado. El Sears Point Raceway pedía tajada del pastel cinematográfico. Terminaron en Altamont Speedway, un estercolero sin infraestructura, con el riesgo de una estampida a la vista. La seguridad, una broma macabra: los Hells Angels, pagados con cerveza, convirtieron el festival en su patio de recreo violento. Marty Balin, de Jefferson Airplane, lo intentó, pero acabó K.O. Los Grateful Dead, con el instinto de supervivencia intacto, se bajaron del carro antes de que este se estrellara. Y entonces, la tragedia: Meredith Hunter, apuñalado por Alan Passaro, un Hells Angel absuelto bajo el amparo de la “legítima defensa”. Un asesinato grabado para la posteridad en el documental 'Gimme Shelter'. Dos muertos más en el parking, uno ahogado en un canal. La hipocresía se palpaba en el aire, incluso en la negativa del piloto del helicóptero a evacuar a Hunter, reservado para los Stones. La cuenta final: cuatro muertos, un festival descontrolado y el epitafio de una generación. Los Stones, con la culpa a cuestas, lo resumieron así: “Esperábamos algo de San Francisco… pero no fue así”.
Porque a veces, lo que echamos de menos no es la revista, sino el atrevimiento. 'Interviú' nació en 1976, con 100.000 ejemplares que se esfumaron más rápido que un billete de 500 en la discoteca. En una España que se maquillaba de democracia, la revista se dedicó a pinchar pompas de jabón, a doblarle el pulso al poder, y a coleccionar enemigos poderosos. Y vaya si los coleccionó. Desde los Franco, con su “dinero” que parecía tener patas cortas, hasta los Rosón, azote de Galicia, que intentaron silenciarla, pasando por policías confesos y actrices indignadas. Ana Obregón, Lydia Bosch, Charo López… todas a la caza de un titular. Pero no solo de famosos vivió 'Interviú'. La revista se atrevió a hurgar donde otros no, a desenterrar escándalos desde los latrocinios marbellíes con Isabel Pantoja y Roca, hasta la corrupción política más reciente con Granados, Fabra y Bárcenas. Y lo hizo con un estilo propio: el Periodismo Gonzo, donde el reportero no es solo testigo, sino parte del circo. ¿Quién recuerda la modelo en Perejil? ¿O el pasaporte de una prostituta rusa como título de propiedad? Con más de 5.000 entrevistas, desde Cela a Felipe González (y sus “patatas con bacalao” en La Moncloa), 'Interviú' se despidió en 2016 con la icónica portada de Marisol. Pero su legado persiste: una revista que no temía provocar, incomodar, y mostrar la cara más oscura de España. Una revista que, a veces, se echa de menos porque el periodismo valiente, imaginativo y sin prejuicios parece haberse puesto de moda pero no de práctica. Y mientras tanto, los que la silenciaron siguen haciendo de las suyas.
En la madrugada del 10 de abril de 2026, dos detectores de metal de la mano de Rune Sætre y Vegard Sørlie sacaron 19 piezas de plata de un campo de ganado en el este de Noruega, y el resto del día la excavación se convirtió en una fiesta de monedas que la historia nunca había visto. Cuando los arqueólogos empujaron la tierra, la cifra pasó de 50 a 200, a 500, y pronto a 2.970, un número que ni el contador de la cabaña de la abuela de la vendedora de limonada puede igualar. El Arstad hoard, que ostentó el título de mayor tesoro vikingo en 1836 con 1.850 monedas, se fue al olvido durante casi dos siglos, hasta que el Morstad hoard, enterrado en la década de los 1040’s, se apareció como un billete de 50 euros en la billetera de un turista. La colección, que abarca el rango de 980 a 1047 d.C., está adornada con los nombres de reyes que suenan como nombres de marcas de cerveza: Cnut el Grande, Aethelred el Improvisado y Harald el Hard. Harald, que introdujo la primera moneda nacional vikinga, se vio reflejado en la mayoría de las piezas, lo que sugiere que el depósito fue una especie de “pago a la banca” antes de que la guerra de las islas británicas amenazara el reino. La presencia de monedas de Aethelred, un monarca inglés que se perdió en un episodio de “No está de más” (No estaba listo), indica que, aunque el tesoro estaba en Noruega, la economía era tan global como la entrega de pizza en sábado por la noche. El hallazgo llega justo cuando la revista de historia publica un artículo sobre la “falsa economía de los vikingos”, y la gente se pregunta si esta caja de monedas es un regalo de la madre del rey o la evidencia de un negocio de hierro que generó más plata que los molinos de viento de la Edad Media. Los expertos, incluido el numismático Svein Harald Gullbekk, están de acuerdo en que el depósito fue una caja de ahorro de la época, posiblemente en una bolsa de cuero que se descompuso y que un arado dejó en la arena. El 4 de mayo de 2026, el periódico publicó la noticia, y la comunidad científica está lista para catalogar cada moneda en el Museo de Historia Cultural. Mientras tanto, el campo de la vikinga sigue siendo un lugar donde los cazadores de tesoros y los agricultores compiten por la mejor excusa para usar sus botas de trabajo. En fin, el tesoro de 2.970 piezas de plata es el equivalente de un superhéroe de la época que compró la bolsa de la abuela y se quedó con todo. La lección es clara: si quieres que tu dinero sea eterno, invierte en monedas, no en criptomonedas que desaparecen cuando la banca se rinde.
Cuando la gente suelta el botón de "play" en la década del '70, no es la nostalgia lo que los mueve, sino la promesa de encontrar en la lista de reproducción una especie de pacto secreto con los años de disco compacto. Hall & Oates, esos dos que se convirtieron en sinónimo de “canción de la tarde” y “canción de la noche”, nos ofrecen un desfile de éxitos que, entre 1975 y 1982, se colaron como la salsa en una paella: "Private Eyes", "Kiss on My List", "Rich Girl", "Maneater", "Out of Touch" y la clásica "I Can't Go for That (No Can Do)". Cada uno de esos títulos es como una tarjeta de visita que siempre está en la caja de los recuerdos, pero el verdadero juego está en lo que el propio dúo dice cuando se le pregunta si alguna de esas joyas necesita una segunda mirada. En una entrevista con Vulture en 2021, Daryl Hall confesó que su álbum favorito de la banda es prácticamente un mito: no tiene nombre y prefiere sus solistas. Sin embargo, cuando se le pide que señale canciones que merecen una nueva grabación, se alinea con el mismo coro de la popularidad: "I Can't Go for That (No Can Do)", "You Make My Dreams" y "Maneater". Hall también declara que "Sara Smile", lanzada en 1975, está a la altura de la perfección. Pero la verdadera joya oculta, según él, es la pista de la discografía de la misma banda, "She's Gone", que suena como una carta de amor que nunca llegó a la oficina de postales. John Oates, por su parte, comparte la devoción por "She's Gone" y lo pinta como una colaboración que surgió cuando un invitado a una fiesta de Nochevieja nunca apareció. Su mayor desdicha, sin embargo, es la propia cinta "Beauty on a Back Street" (1977). El productor Chris Bond, con una adicción que se tradujo en que literalmente colapsó en la mesa de control, convirtió la grabación en una odisea de hospital y caos. Oates lo llama su álbum menos favorito, una especie de boleto perdido que no paga la tarifa. Entre los 18 álbumes de estudio, 36 lanzamientos en total y seis discos de platino, Hall & Oates lograron seis singles que alcanzaron el número uno, más de 60 sencillos y un largo viaje de 50 años que terminó con un juicio legal en 2023. El dilema: los artistas que hicieron la música su hogar ahora miran con recelo a su propio legado, recordando que la nostalgia no comprueba la calidad, y que una canción que se vende como oro puede, en el fondo, ser solo una ilusión empaquetada con la etiqueta de "título".
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