Crítica:
La noticia es un ejercicio de optimismo arqueológico que ignora que Schliemann ya destrozó la mitad del sitio. El vínculo con la película de Nolan es un relleno publicitario que no aporta valor científico.
La noticia es un ejercicio de optimismo arqueológico que ignora que Schliemann ya destrozó la mitad del sitio. El vínculo con la película de Nolan es un relleno publicitario que no aporta valor científico.
Imaginen el cuadro: estamos en 1986, en plena era de los sintetizadores que suenan a lavadora vieja y el saxofón omnipresente. Mientras en Occidente Stephen King ya era una máquina de imprimir billetes capaz de convertir cualquier pesadilla en un bestseller, al otro lado del Telón de Acero alguien decidió que sus historias eran el combustible perfecto para el surrealismo soviético. Mikhail Titov, el mismo que en 1970 nos trajo 'How the Cossacks Played Football', se lanzó al barro con 'Battleground' (1972), transformando el relato en la película animada 'Сражение' (Batalla). La trama es un ejercicio de ironía poética: un sicario de película noir, con su gabardina y sombrero fedora —el uniforme estándar del tipo duro que no quiere que le vean las ojeras—, acepta el encargo de liquidar a un fabricante de juguetes. Pero el karma no llega con una carta certificada, sino en una caja dejada en el felpudo. El tipo comete el error de principiante de meter el paquete en casa y, de repente, su salón se convierte en un campo de exterminio. Soldaditos de plástico con munición real, lanzacohetes y helicópteros minúsculos deciden que el sicario es el objetivo prioritario. El resultado es un hombre reducido a la impotencia, acorralado en su propio baño mientras juguetes que costarían cuatro duros en una mercería lo mantienen a raya. Titov utiliza la rotoscopia, esa técnica que nos regaló el videoclip de 'Take On Me' de A-ha, para que los movimientos se sientan reales mientras el mundo se curva como si estuviéramos mirando a través de un ojo de pez. Es una pieza donde el diálogo es casi inexistente, porque no hace falta hablar cuando tienes un ejército de plástico intentando borrarte del mapa.
Hay una ironía deliciosa en el hecho de que Ray Ellis, un tipo capaz de orquestar la sofisticación de Billie Holiday en 'Lady in Satin' (1958), terminara haciendo el trabajo sucio de las bandas sonoras para dibujos animados. Mientras el mundo lo veía como el maestro del jazz, Ellis jugaba al espía corporativo y firmaba sus composiciones para el estudio Filmation entre 1968 y 1982 bajo el pseudónimo de 'Yvette Blais'. Sí, usó el nombre de su mujer para que su currículum de alta alcurnia no se manchara con el ruido de los superhéroes. Es el equivalente musical a que un chef con tres estrellas Michelin se dedique a montar hamburguesas en un puesto callejero los fines de semana, pero use una peluca y un nombre falso para que no lo pillen sus colegas de la guía Michelin. En los finales de los 60, Ellis fue el cerebro detrás de la atmósfera incidental de la serie original de Spider-Man de 1967. Música que, durante décadas, fue el ruido de fondo que ignorábamos mientras veíamos a un tipo en mallas saltar por Nueva York. Ahora, gracias a la obsesión quirúrgica de un YouTuber llamado '11db11', que ha limpiado las pistas eliminando voces y efectos como quien quita la grasa de una sartén vieja, tenemos una hora de puro jazz rescatado. El resultado es un despliegue de calidad que hace que los 52 episodios restaurados de la primera temporada, ahora disponibles en DVD, suenen como si hubieran sido grabados ayer en un club de Manhattan y no en un estudio de animación apresurado. Es el triunfo del talento oculto sobre la etiqueta profesional.
Hay rutas que son un paseo por el campo y hay rutas que son un manual de instrucciones sobre cómo desaparecer cuando la cosa se pone fea. El sendero que arranca en la estación de Metro North Garrison no es solo un camino para quemar calorías; es un museo al aire libre de la decadencia y la traición. Primero, te topas con una entrada abandonada, un muro de ladrillos devorado por la hiedra y el grafiti que parece el escenario de una película de terror barata o el reflejo de cualquier obra pública dejada a medias en nuestro barrio. Luego, cruzas un puente peatonal sobre las vías para llegar a Arden Point. Desde allí, las vistas del río Hudson son espectaculares, aunque probablemente el paisaje sea lo único gratis y honesto de la jornada. Pero el plato fuerte llega en la tercera etapa. Caminar entre bosques de bambú mientras pisas el mismo suelo que Benedict Arnold utilizó para huir antes de que sus traiciones salieran a la luz es, cuanto menos, poético. Es la ruta perfecta para quien quiera sentirse un prófugo mientras lleva zapatillas de marca y un termo de café. Para rematar la experiencia, el camino te regala carteles y un panel informativo sobre la histórica Beverly Dock Road, porque nada dice 'naturaleza salvaje' como un tablero de madera explicando que hace siglos aquí también había gente intentando llegar a algún sitio sin que los pillaran. Un paseo pintoresco que mezcla el aire puro con el aroma rancio de la traición histórica, todo convenientemente señalizado para que el turista no se pierda buscando el camino de vuelta al tren.
Imaginen que estamos en 1871. No hay Netflix, no hay smartphones y la diversión consiste en mirar cómo se seca la pintura de la pared. En ese contexto de aburrimiento crónico, George Pemberton Clarke decidió que el mundo necesitaba desesperadamente una muñeca bebé que se arrastrara sola. Sí, exactamente lo que cualquier padre con instinto de supervivencia evitaría meter en su casa. No era un juguete, era un trauma prefabricado en yeso y latón. El diseño es una joya de la ingeniería del mal: extremidades de yeso pintado —hoy ya desconchadas, lo que le añade un toque de 'cadáver fresco'— conectadas a un mecanismo de relojería de latón. Mientras nosotros hoy peleamos con el precio de la luz o el ticket del supermercado, Clarke y su colega Robert J. Clay se peleaban por quién hacía el bicho más inquietante. Clay registró su patente el 14 de marzo de 1871, y Clarke, que probablemente pensó que a la primera versión le faltaba maldad, lanzó la suya el 29 de agosto del mismo año. El juguete se movía gracias a dos ruedas dentadas ocultas bajo el chasis, cubiertas por una tabla de madera que intentaba, sin éxito, disfrazar que el bebé era básicamente un motor con cara de niño. Es fascinante ver la evolución: pasamos de los cisnes de plata de James Cox y John Joseph Merlin en 1773, que eran la elegancia pura, a este engendro que parece escapado de un garaje abandonado. De hecho, la muñeca fue tan perturbadora que inspiró la película 'Miriam: The Wind-Up Killer Doll' en 1972, donde el juguete hace lo que cualquier dueño de perro desea: limpiar la casa de invitados molestos, aunque sea mediante asesinatos seriales. Un éxito rotundo de la era victoriana que hoy solo serviría para que un niño termine durmiendo con la luz encendida hasta los treinta.
Hay lugares que se niegan a jubilarse. El Templo Champa de Phu Loc, en An Nhon Bac, es exactamente eso: un superviviente testarudo que mira desde lo alto mientras el mundo abajo se vuelve plano y previsible. Imaginen una torre de ladrillo de unos 15 metros de altura que lleva aguantando el chaparrón desde el siglo XII. No es un rascacielos de cristal con aire acondicionado, sino una pieza de mampostería cuadrada que sobrevive a base de pura inercia histórica y pilastras verticales. Lo más curioso es que los eruditos franceses, con esa manía de ponerle nombres elegantes a todo lo que encontraban, lo bautizaron como Tour d'Or o 'Torre Dorada'. No es que estuviera recubierta de lingotes —ojalá el presupuesto público de hoy fuera tan eficiente—, sino que el sol, en ciertos ángulos, le da un brillo ámbar que engaña al ojo. Es el equivalente arquitectónico a ponerle un filtro de Instagram a una ruina medieval para que parezca lujosa. Mientras la mayoría de los restos del reino de Champa han sido devorados por el hormigón de las ciudades modernas, como quien se come un bocadillo en un descanso, Phu Loc se ha quedado sola en su cima. Tiene puertas falsas y motivos de punta de lanza que nos recuerdan que, hace ochocientos años, alguien decidió que ese monte era el sitio ideal para sentirse poderoso. Hoy, el templo ofrece vistas panorámicas de campos agrícolas y un silencio que incomoda, recordándonos que los imperios caen, pero los ladrillos bien puestos, si nadie los tira para hacer un parking, se quedan ahí para burlarse de nuestra prisa cotidiana.
Hay algo profundamente reconfortante en saber que, aunque creamos que somos la cima de la evolución con nuestro 5G y el delivery a domicilio, el ser humano sigue siendo el mismo animal asustadizo de siempre. Aaron Mahnke, en su libro 'Exhumed' (que nos cuesta unos 30 dólares, básicamente el precio de una cena mediocre), nos recuerda que la ignorancia no solo es atrevida, sino que a veces es letal y muy creativa. Tomemos como ejemplo a Mercy Brown. Estamos en Exeter, Rhode Island, en 1892. La tuberculosis estaba haciendo estragos, como si fuera una pandemia antes de las pandemias. La familia Brown vio caer a la matriarca Mary y a sus hijas Mary O. y Mercy L. Cuando el hijo, Edwin, empezó a toser sangre, el pueblo no pensó en bacterias —aunque la ciencia ya había descubierto el bacilo de la tuberculosis una década antes—, sino que decidieron que Mercy era una vampira que le estaba succionando la vida a su hermano. Desenterraron a la chica y, como el invierno de Rhode Island actúa como un congelador industrial, Mercy estaba sorprendentemente conservada. Vieron uñas largas y un poco de fluido en la piel y dijeron: '¡Ajá! ¡Vampiro!'. Procedieron a quemarle el corazón en un ritual que, spoiler alert, no salvó a Edwin, pero que sí sirvió de combustible creativo para que Bram Stoker escribiera 'Drácula' cinco años después. Mahnke conecta estos delirios con nuestra era. Nos dice que beber sangre de ahorcados para curar la epilepsia o comer momias pulverizadas para el dolor de estómago no es tan distinto a pagar un 'shot de salud' carísimo en Whole Foods. Cambiamos el polvo de muerto por el jengibre orgánico, pero la necesidad de sentir que tenemos el control sobre la muerte es la misma. Desde Da Vinci reciclando 'espíritus vitales' de cadáveres hasta el mito del tomate como 'manzana venenosa' (cuando el culpable era el plomo de los platos), la historia es un catálogo de errores costosos disfrazados de sabiduría.
En la era del TikTok y los filtros de Instagram que te quitan hasta las ojeras, resulta casi obsceno hablar de la paciencia. Me refiero a esa paciencia casi religiosa, o más bien masoquista, de Alexander Alexeieff y Claire Parker. Mientras nosotros nos desesperamos si el WiFi tarda tres segundos en cargar un reel, este matrimonio ruso-francés se pasó medio siglo —de 1933 a 1972— empujando miles de pines a mano, uno por uno, para crear sombras. Sí, básicamente hicieron el equivalente artístico a limpiar una playa con un cepillo de dientes, solo para lograr que la luz y la oscuridad bailaran en pantalla. El resultado es una trilogía de pesadillas elegantes que harían que Kafka, Gogol y Mussorgsky se sintieran cómodos en el mismo sofá. No hablamos de la animación plana y masticada de los dibujos convencionales, sino de un claroscuro que deja en ridículo a muchos renders modernos. Tomemos 'La nariz' (1963) de Gogol, con esa banda sonora de Hai-Minh que te pone los pelos de punta, o 'Ante la ley' de Kafka, donde la voz de Orson Welles le da un peso que parece que te estuviera cobrando el alquiler del alma. Pero el verdadero sablazo al ego de Disney llega con 'Una noche en el Monte Calvo'. Siete años antes de que Fantasía (1940) se llevara los aplausos, Alexeieff y Parker ya habían capturado el horror puro con su pantalla de pines. Es una artesanía tan bruta y lenta que asusta. Para cuando terminaron 'Cuadros de una exposición' en 1972, con ese gnomo translúcido naciendo de un huevo, habían dejado claro que el arte no es cuestión de software, sino de cuántas horas eres capaz de dedicarle a un solo fotograma sin volverte loco.
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