En el fútbol, como en la vida, hay silencios que gritan más que un gol en el minuto 90. Llevamos 44 meses en un estado de coma inducido respecto al «asunto Barcelona». Mientras el ciudadano medio lucha contra la inflación y mira la lista de la compra como quien mira una película de terror, en las altas esferas del deporte español se ha practicado el arte del 'mutis por el foro'.
La UEFA, presidida por Ceferin, ha soltado la bomba: no han recibido ni una sola hoja de papel, ni un correo electrónico, ni un susurro de la RFEF, el CSD o la Liga. Nada. Cero. Patatero.
Es fascinante. Tenemos un agujero contable de 8,4 millones de euros que el Barcelona deslizó hacia el vicepresidente de los árbitros para comprar 'interés'.
En cualquier barrio, pagar esa cantidad por favores sería motivo de titulares durante una década, pero aquí parece que el Gobierno y la Federación han decidido aplicar la técnica del avestruz. Louzán y Tebas han mirado hacia otro lado, con este último sugiriendo que el Barçagate ya ha prescrito, como si fuera un yogur caducado y no un presunto delito de corrupción deportiva.
La jugada de hacer tiempo ha fallado.
Mientras España juega al escondite, Inglaterra está limpiando la casa con el Manchester City y Turquía hace lo mismo. La UEFA ya no compra la excusa de que 'está en manos de la justicia española', especialmente cuando hemos visto a cuatro jueces abandonar el barco por presiones políticas.
Al final, el único que ha tenido que hacer el trabajo sucio de denunciar ha sido el Real Madrid, entregando 50.000 páginas de pruebas. En Nyon ya saben que en el Comité Técnico de Árbitros siguen operando veinte herederos de la era Negreira. El Comité de Ética de la UEFA no tiene el reloj de Tebas; el suyo no marca la prescripción, sino el juicio.
Crítica:
El texto original es un despliegue de indignación que roza el panfleto, pero acierta al exponer la inoperancia institucional. Peca de basar gran parte de su fuerza en la narrativa del Real Madrid sin contrastar la defensa legal del Barcelona.
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