Crítica:
La noticia presenta la medida como un éxito rotundo ignorando que el préstamo sigue siendo deuda. El titular original es engañoso al sugerir que la subvención es la base, cuando el 70% del monto es crédito.
La noticia presenta la medida como un éxito rotundo ignorando que el préstamo sigue siendo deuda. El titular original es engañoso al sugerir que la subvención es la base, cuando el 70% del monto es crédito.
Hablemos claro: el sistema de pensiones es hoy un castillo de naipes sostenido con cinta adhesiva y mucha fe. Mientras nos venden la narrativa de la solvencia, la realidad es que el Gobierno de Pedro Sánchez ha tenido que rescatar el agujero con 355.800 millones de euros sacados directamente de los impuestos de familias y empresas. Básicamente, el IVA de tu café y el IRPF de tu nómina están sirviendo de parche para que el sistema no implosione. No es un ajuste, es un trasvase masivo. Para que nos entendamos, desde que Sánchez llegó a Moncloa en 2018, el Estado ha inyectado el doble de lo que hizo Mariano Rajoy en sus seis años de mando. El salto es obsceno: pasamos de 145.000 millones a cierre de 2017 a unos pasmosis 500.968 millones a cierre de 2025. El 71% de todo ese dinero ha fluido bajo la gestión actual. Y ojo al dato, que aquí es donde la magia contable se vuelve oscura: el medio billón de euros que ha crecido este trasvase desde 2010 representa la mitad de todo el incremento de la deuda pública de España en el mismo periodo. Estamos hipotecando el futuro para pagar el presente. El Instituto Santalucía ha destapado el truco: el déficit real para 2025 es de 45.209 millones de euros, una cifra que hace palidecer el oficial de -7.352 millones. ¿Cómo lo hacen? Escondiendo el MEI, ese mecanismo para los 'boomers' que no puede usarse para gastos corrientes. Para equilibrar esta balanza sin trucos, necesitaríamos aparecer mágicamente cinco millones de nuevos afiliados o que cada trabajador acepte un sablazo del 23,5% más en su cuota. El FMI ya pide un debate transparente, pero claro, hablar con la verdad es el único deporte que no se practica en el presupuesto general.
El Estado, al parecer, tiene una deuda que no es precisamente con Hacienda, sino con los tribunales. Más de 14.400 millones de euros, para ser exactos, engordando un déficit que ya nos hacía sudar. La Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIREf), que suena a agencia de viajes pero en realidad vigila el dinero público, ha sacado los trapos sucios al sol. No hablamos de la crisis de 2008, ni de la pandemia, sino de sentencias. Sentencias que, como el café de la esquina, van sumando y sumando. La cosa viene de lejos: entre 2014 y 2025, el Estado ha gastado 19.407 millones en sentencias, una media anual de 1.617 millones. ¡Casi el presupuesto de un ministerio pequeño! Y la lista de agravios es larga: arbitrajes internacionales por energías renovables (¿quién no conoce a alguien con placas solares?), autopistas de peaje que parecen un atraco a mano armada, avales ICO-COVID que ahora vuelven como un bumerán y hasta tasas de gestión de residuos radiactivos. La AIReF, con cara de pocos amigos, exige a Hacienda y Economía que dejen de predecir el futuro con la bola de cristal y que incluyan estos riesgos en sus informes. Pero la cosa no acaba ahí. Los desastres naturales, como la DANA de octubre de 2024, han costado 65.085 millones entre 2005 y 2025. Y con el cambio climático, parece que vamos a tener más 'sorpresas'. Además, las empresas públicas tienen un pasivo equivalente al 9% del PIB, y las corporaciones locales concentran el 72% de ellas, aunque solo representen el 7% del pasivo. El sector central, en cambio, agrupa el 8% de las entidades pero ¡concentra el 85% del pasivo! En resumen, un baile de números que da más dolor de cabeza que la declaración de la renta. La AIReF ha creado incluso un modelo llamado MEGAIREf para analizar los peores escenarios. ¡Menuda fiesta!
Zapatero, el hombre que nos vendió el oro barato, ahora presume de un ajuar joyero tasado en 1,3 millones de euros. Ansorena y el Instituto Gemológico Español certifican el botín: oro blanco, diamantes, esmeraldas… un catálogo de caprichos mientras la cesta de la compra se encarecía. La ironía, amigos, es que el oro, precisamente el que él vendió en 2007 argumentando que “ya no era rentable”, se ha disparado un 124% en cinco años, alcanzando los 4.238 dólares la onza. ¿Rentable ahora, verdad? Aquella operación, que le inyectó 2.150 millones a las arcas públicas, hoy equivaldría a casi seis veces más. La plata, por si fuera poco, ha subido un 150%. Los diamantes, eso sí, han perdido brillo, víctimas de la competencia de los sintéticos y la sobreoferta. Una caída del 6% desde 2021. Pero las esmeraldas y los zafiros, más exclusivos, han visto su valor incrementarse, impulsando el índice Gemval un 10,84%. Y no olvidemos que una joya ya tallada vale el doble. Mientras tanto, un 21% de los españoles ve las joyas como inversión, un 19% como ahorro y el resto… ¿sentimentalismo? En 2024, la joyería y relojería facturó 2.100 millones, con la joyería representando el 55% del total. Un dato que contrasta con la austeridad que nos predicaban. ¿Casualidad? Difícilmente. La pregunta no es cuánto valen las joyas de Zapatero, sino quién pagó la factura de su “rentabilidad” fallida.
La Seguridad Social, con la gracia de un elefante en una cacharrería, ha decidido que 500.000 autónomos societarios y colaboradores paguen la cuenta. Prometieron que las cuotas no subirían, pero las promesas, como las rebajas de enero, suelen ser más relucientes en el escaparate que en el bolsillo. El batacazo: un incremento del 42% en la base mínima de cotización, pasando de 1.000 a 1.424,40 euros mensuales. ¿El impacto? Un sablazo de 135 euros al mes, o 1.600 euros anuales, directo a la billetera de quienes ya están exprimiendo las nueces. La Federación Nacional de Asociaciones de Trabajadores Autónomos (ATA), liderada por Lorenzo Amor, lleva meses gritando al desierto, advirtiendo que esta medida afectará especialmente a mujeres que ayudan en negocios familiares del entorno rural, donde la palabra “margen” suena a lujo. Mientras tanto, la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (Airef) sonríe: la subida inyectará 1.550 millones de euros a las arcas públicas, una décima del PIB. ¡Qué alivio para las pensiones! La ironía es que la reforma de cotización por ingresos reales de 2022 preveía una evaluación con los agentes sociales que nunca llegó a buen término. Junts, con una enmienda en el Congreso, intenta poner freno al desastre, pero la Administración, con el apetito de un león hambriento, parece decidida a mantener el plan. La moraleja: cuando ves al político prometer, agarra la cartera. Y prepárate para el sablazo. Porque, al final, siempre somos los mismos los que pagamos la fiesta.
La Seguridad Social, con la gracia de un elefante en una cacharrería, insiste en subir las cuotas a 500.000 autónomos societarios y colaboradores en 2026. Promesas rotas, ¿dicen? Sí, las mismas que vendían como agua embotellada hace meses. La Federación Nacional de Asociaciones de Trabajadores Autónomos (ATA) lleva meses gritando, pero parece que sus súplicas rebotan en las paredes de un ministerio sordo. El golpe, que se siente especialmente fuerte en los bolsillos de esos autónomos colaboradores – muchas veces mujeres en negocios familiares rurales – se traduce en un sablazo de unos 135 euros al mes. Para la Administración, claro, es una mina de oro: 1.550 millones de euros más al año, según la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (Airef). Una décima del PIB, para ser exactos. ¿Quién necesita un plan de pensiones cuando tienes a los autónomos para exprimir? La cosa es que esta subida no es un capricho. Es el resultado de una reforma de 2022 que ahora, convenientemente, se aplica sin haber escuchado a los afectados. Junts incluso intentó poner un freno en el Congreso, pero la necesidad de esos 1.550 millones parece ser más fuerte que la palabra dada. La Seguridad Social, con una base mínima que salta de 1.000 a 1.424,40 euros, argumenta que es necesario para equilibrar el sistema. Los autónomos, por su parte, ven un robo a plena luz del día. Y mientras tanto, la Airef confirma que la recaudación será mayor de lo previsto. La guinda del pastel. En resumen, un baile de números y promesas incumplidas donde los autónomos pagan el pato y la Administración celebra la lluvia de millones. Y la pregunta es, ¿cuántas veces más tendremos que ver esta misma película?
El oro sube, los diamantes bajan, y a alguien le sale el cálculo. Mientras tú y yo miramos los precios en el supermercado con lupa, el ajuar del expresidente Zapatero se ha revalorizado en 1,3 millones de euros, según Ansorena y el Instituto Gemológico Español. ¡Un detallito! Oro blanco, diamantes, zafiros… un catálogo de lujos que, casualmente, se ha apreciado justo después de que su gobierno vendiera las reservas del Banco de España a precio de saldo. En 2007, España se deshizo de 4,3 millones de onzas de oro, argumentando que “ya no era rentable”. ¡Vaya ironía! Hoy, esas onzas valdrían casi seis veces más, un pelotazo que podría haber llenado las arcas públicas. La plata, por cierto, ha pegado un salto del 150%. Los diamantes, en cambio, están en crisis por la gema sintética, pero las esmeraldas y los zafiros, más exclusivos, se han disparado. Mientras tanto, un 21% de los españoles guarda joyas como inversión, y un 64% ni siquiera sabe cuánto valen. Las ventas de joyería en España rozan los 2.100 millones de euros, un negocio que no entiende de crisis. ¿Casualidad? Que cada uno saque sus conclusiones. El valor sentimental, según las encuestas, es lo de menos.
Ben McKenzie, el chico de 'The O.C.' que estudió economía (¿quién lo diría?), ha destapado la caja de Pandora de las criptomonedas con un documental que se llama, con una honestidad brutal, 'Everyone Is Lying To You for Money'. Mientras el ciudadano de a pie intenta pagar el súper, figuras como Matt Damon, en un anuncio del Super Bowl de 2021, nos vendían la moto de que 'la fortuna favorece a los audaces' con un guiño a crypto.com. McKenzie, en cambio, se quedó en shock. El documental rastrea el ascenso de las criptos desde la crisis de 2008, un caldo de cultivo para la desconfianza, hasta convertirse en un 'negocio' donde, según McKenzie, el engaño es la norma. Se despacha a gusto con los 'gurús' de las cripto-bolsas, entrevistando a tipos como Alexander Mashinsky (ex-CEO de Celsius, ahora conociendo las paredes de una celda) y Sam Bankman-Fried (el rey caído de FTX, un nombre que ahora suena a epitafio). No se salva nadie, ni siquiera los actores de Hollywood que se apuntaron al carro sin entender ni papa. Mckenzie no solo denuncia la estafa, sino la narrativa. Esas 'stablecoins' que no son tan estables, la 'descentralización' que es una falacia. En resumen, 'líneas de código' disfrazadas de futuro financiero. Y el silencio de Matt Damon, tras la premier del documental, es tan elocuente como sus palabras en aquel anuncio. El documental llega a las salas, como un aviso: no hay nada nuevo bajo el sol, solo viejas estafas con un disfraz digital.
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