Crítica:
El texto original es un ejercicio de indignación justificada, aunque abusa de la analogía romana. Le falta profundizar en si este 'entrenamiento' viola contratos de propiedad intelectual del empleado.
El texto original es un ejercicio de indignación justificada, aunque abusa de la analogía romana. Le falta profundizar en si este 'entrenamiento' viola contratos de propiedad intelectual del empleado.
Imaginen que estamos en 1962. No hay apps, no hay GPS y el concepto de 'comida rápida' era básicamente que el repartidor no se perdiera por el camino. En Wisconsin, un tal Dennis J. Sheahan decidió que esperar a que la pizza llegara tibia era un insulto al paladar y montó 'Pizza on Wheels'. La idea era una locura: furgonetas convertidas en cocinas móviles con horno doble, fregadero y nevera. Básicamente, un restaurante con ruedas que cocinaba la masa mientras el chófer esquivaba vacas en la carretera para que la pizza aterrizara en tu puerta recién salida del fuego. El sistema era casi steampunk: un despachador recibía la llamada y, mediante radio, avisaba al camión más cercano para que empezara la danza del queso. Sheahan no se quedó en Kenosha; para 1963 ya tenía tres camiones en Madison y en 1964 aterrizó en Green Bay, soñando con conquistar ocho ciudades más. Pero, seamos realistas: cocinar en un vehículo en movimiento es como intentar hacer un castillo de naipes en medio de un terremoto. Los expertos actuales, como Noel Brohner, lo llaman 'Cirque du Soleil', porque mantener el queso en el centro mientras giras una esquina requiere más fe que un crédito hipotecario sin aval. La historia se repite porque el ego humano es cíclico. En 2016, la startup Zume intentó lo mismo con robots y una ingeniería financiera que atrajo 445 millones de dólares de inversores. ¿El resultado? El mismo desastre. Zume acabó pivotando a cajas de cartón en 2019 y colapsó totalmente en 2023. Mientras tanto, gigantes como Domino's prefirieron la ruta aburrida: cajas de cartón eficientes y promesas de 30 minutos. Al final, Sheahan empezó a malvender sus camiones en 1967 y para 1971 'Pizza on Wheels' era solo un recuerdo borroso, demostrando que hay cosas que es mejor dejar quietas, especialmente si llevan queso fundido y van a 60 kilómetros por hora.
El Gobierno ha vuelto a hacer magia: ha intentado salvar la España vaciada y ha terminado por inflar el precio de los terrones de tierra. Mientras que en las ciudades comprar un piso es un deporte de riesgo reservado a herederos o astronautas, el suelo rústico se ha convertido en el nuevo 'bitcoin' de los cuatro caminos. Según el INE, en abril de 2026 las compras de fincas subieron un 6,8% (14.298 operaciones), mientras que la vivienda urbana sigue desplomándose con una caída acumulada del 2,4% desde enero. ¿Cuál es el truco? El Programa DUS 5000. El Ejecutivo ha soltado 675 millones de euros de los fondos Next Generation para 'proyectos singulares de energía limpia'. Suena muy noble en un despacho de Madrid, pero en la calle se traduce en que cualquiera con un poco de picardía compra una finca en un pueblo de reto demográfico, le clava tres paneles solares en el tejado y se cobra la subvención para financiarse la casa de campo. Es la ingeniería financiera aplicada al autoconsumo: usar la ecología como excusa para el ladrillo. La fiebre es real. El 46% de los dueños ya está mirando el calendario para vender y el 22% de los compradores solo quiere montar proyectos de renovables o créditos de carbono. Regino Coca, el CEO de Cocampo, lo deja claro: la tierra es ahora el 'refugio' contra la inflación. El festín se concentra en Andalucía, Castilla y León, Comunidad Valenciana y Castilla-La Mancha, que se reparten el 55,5% de las operaciones (7.929 compras). Al final, hemos convertido 6.974 municipios en un tablero de Monopoly donde el premio no es salvar el pueblo, sino aprovechar el agujero contable de Bruselas para comprar suelo barato antes de que la burbuja explote.
Nos vendieron la moto de que el cartón salvaría el planeta mientras nos obligaban a beber con un tubo que se deshace en la boca antes de llegar al fondo del vaso. Una genialidad. Pero bajemos al barro: la realidad es que sustituir el plástico es, en términos ecológicos, como intentar apagar un incendio echándole gasolina. Según los datos, cambiar el plástico por sus 'alternativas eco' multiplica por 3,6 el uso de materiales y por 2,2 el consumo energético. Es decir, que para sentirnos virtuosos mientras usamos una pajita de papel, estamos triplicando las emisiones de gases de efecto invernadero. Un negocio redondo para la conciencia, pero un desastre para el clima. La hipocresía alcanza niveles olímpicos con las bolsas de algodón orgánico. Un estudio del Gobierno de Dinamarca de 2018 soltó la bomba: hay que usar una de estas bolsas 20.000 veces para que sea tan 'verde' como la de plástico. Básicamente, tendrías que heredar la bolsa de tu tatarabuelo para que la cuenta cuadre. Mientras tanto, Sergio Lahuerta (de la empresa Esfer) y Mari Carmen Delamo (de Anaip) denuncian que el plástico es insustituible en quirófanos o transfusiones de sangre, donde la esterilidad no es una sugerencia, sino una cuestión de vida o muerte. Para rematar la faena, España ha inventado un impuesto al plástico virgen de 0,45 euros por kilo que no existe en el resto de Europa. Es el clásico 'sablazo' al vecino: penalizamos a nuestra industria, que emplea a 82.000 personas y ha subido el reciclado un 85% desde 2015, para terminar importando el mismo plástico de países con estándares ambientales de hace tres décadas. No estamos salvando el mundo, solo estamos exportando la contaminación y destruyendo el empleo nacional con una sonrisa ecologista.
Mientras el ciudadano medio hace malabarismos con el ticket del supermercado y reza para que el coche no le pida un cambio de correa, el Estado ha montado un banquete de 38.284 millones de euros en subvenciones durante 2025. De ese festín, las asociaciones, fundaciones, partidos y sindicatos se han servido una ración de 4.771 millones. Para que nos entendamos: es como si el presupuesto de un barrio entero desapareciera en un abrir y cerrar de ojos, pero con la bendición administrativa del Sistema Nacional de Publicidad de Subvenciones. En la cima de este Olimpo del dinero público, la Fundació per a la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) lidera el ranking con unos jugosos 64,8 millones. Le siguen el Consejo Valenciano de Colegios de Abogados con 51,7 millones y el Institut de Ciències Fotòniques (ICFO) con 39,3 millones. Todo muy noble, hasta que bajamos al barro de la política y el sindicalismo, donde el dinero fluye con una naturalidad pasmosa. El Partido Popular se embolsó 22,7 millones y el PSOE 18,6 millones. Vox, con 7,5 millones y el PSC superando los cinco millones, no se quedaron mirando. Los sindicatos tampoco han dejado pasar el tren: Comisiones Obreras captó 13,5 millones y la UGT 13 millones, sin contar los 'extras' de sus federaciones regionales. Y para rematar el cuadro, la CEOE se llevó 18,4 millones. Es la danza perfecta: patronales, sindicatos y partidos, todos bailando al ritmo de los fondos públicos. A esto sumamos los 326 millones provenientes de los Next Generation, que aterrizan en digitalización y transición energética, mientras el contribuyente sigue intentando entender por qué su factura de la luz parece un número de teléfono.
Hablemos claro: en España, el dinero público tiene un código postal preferido. Mientras el ciudadano medio mira el ticket del supermercado con pánico, el ecosistema de fundaciones catalanas ha montado una maquinaria de captación que deja pequeños hasta a los gigantes industriales. No es mala suerte, es ingeniería jurídica. En 2025, el sector asociativo se repartió un pastel de 4.771 millones de euros (el 12,46% de los 38.300 millones globales), y Cataluña se llevó la parte más cremosa del postre. El ranking es un despliegue de generosidad selectiva. A la cabeza, la Fundació per a la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) se anotó 64,81 millones de euros. Para ponerlo en perspectiva, la UOC recibe más pasta que ArcelorMittal España (48,68 millones), Repsol Petróleo (39 millones) o Renault España (57,16 millones). Sí, han leído bien: una universidad abierta tiene más grifo abierto que colosos del acero o la gasolina. El 'podio' sigue con el Consejo Valenciano de Colegios de Abogados (51,71 millones), pero luego Cataluña vuelve a cerrar el grifo para los demás: el Institut de Ciències Fotòniques (ICFO) sumó 39,35 millones —con 26,51 millones viniendo directos de Europa vía Plan de Recuperación—, la Fundació Eurecat 29,21 millones, y la Barcelona Mobile World Capital 24,22 millones. Sumando la Fundación Laboral de la Construcción (23,97 millones), la Fundació Privada Clínic per a la Recerca Biomèdica (23,05 millones) y la Escac (22,54 millones), el sexteto catalán engulló más de 183,5 millones de euros. ¿El truco? Mientras Madrid o Andalucía pagan sus laboratorios con presupuesto directo, Cataluña usa fundaciones privadas para 'externalizar' el gasto. Es un giro contable brillante: lo que en otros sitios es un gasto de personal, allí es una subvención. Así, el Vall d’Hebron (15,8 millones) y el Sant Pau (14,7 millones) siguen la estela de un modelo donde ser 'privado' es la mejor forma de vivir del dinero público.
En el Olimpo de la administración pública, presupuestar es un arte abstracto. La SEPI se plantó en enero de 2021 con un presupuesto de 42 millones de euros para contratar asesores que validaran los rescates pandémicos; una cifra que haría palidecer a cualquier familia al mirar la cuenta corriente. Al final, el Tribunal de Cuentas ha soltado la bomba: solo gastaron 4,7 millones. Un 11% del plan original. Para el ciudadano de a pie, esto sería un 'ahorro', pero en el lenguaje de los despachos, es la prueba de que el presupuesto era un número inventado o que el mercado de la validación oficial estaba en rebajas agresivas. La ingeniería fue sencilla. De los 10.000 millones del Fondo de Apoyo a la Solvencia de Empresas Estratégicas (Fasee), solo pidieron el 53% (5.393 millones) y el Gobierno acabó autorizando apenas 3.256 millones. Menos trabajo, menos facturas. Pero lo verdaderamente escabroso no es cuánto costó, sino qué se compró con esos millones. 96 contratos, 18 de ellos por la vía rápida de la 'emergencia' (donde seis se hicieron a dedo, sin publicidad), sirvieron para que consultoras como Mazars dieran el visto bueno a planes de viabilidad que, en el caso de Duro Felguera, eran técnicamente inexistentes. Mientras tanto, el carrusel de favores gira con una precisión suiza. Javier Loriente, secretario del consejo gestor que evaluaba los rescates, pasó de validar expedientes a ser socio de Duro Felguera nueve meses después. Una transición profesional tan fluida que asusta. Entre Plus Ultra, Tubos Reunidos y Air Europa, la justicia ahora busca respuestas, mientras Bartolomé Lora se prepara para su cita judicial el 3 de julio por presunta prevaricación. Al final, el ahorro en asesores no fue eficiencia, fue simplemente que el visto bueno salió más barato de lo previsto.
Hablemos claro: el sistema de pensiones es hoy un castillo de naipes sostenido con cinta adhesiva y mucha fe. Mientras nos venden la narrativa de la solvencia, la realidad es que el Gobierno de Pedro Sánchez ha tenido que rescatar el agujero con 355.800 millones de euros sacados directamente de los impuestos de familias y empresas. Básicamente, el IVA de tu café y el IRPF de tu nómina están sirviendo de parche para que el sistema no implosione. No es un ajuste, es un trasvase masivo. Para que nos entendamos, desde que Sánchez llegó a Moncloa en 2018, el Estado ha inyectado el doble de lo que hizo Mariano Rajoy en sus seis años de mando. El salto es obsceno: pasamos de 145.000 millones a cierre de 2017 a unos pasmosis 500.968 millones a cierre de 2025. El 71% de todo ese dinero ha fluido bajo la gestión actual. Y ojo al dato, que aquí es donde la magia contable se vuelve oscura: el medio billón de euros que ha crecido este trasvase desde 2010 representa la mitad de todo el incremento de la deuda pública de España en el mismo periodo. Estamos hipotecando el futuro para pagar el presente. El Instituto Santalucía ha destapado el truco: el déficit real para 2025 es de 45.209 millones de euros, una cifra que hace palidecer el oficial de -7.352 millones. ¿Cómo lo hacen? Escondiendo el MEI, ese mecanismo para los 'boomers' que no puede usarse para gastos corrientes. Para equilibrar esta balanza sin trucos, necesitaríamos aparecer mágicamente cinco millones de nuevos afiliados o que cada trabajador acepte un sablazo del 23,5% más en su cuota. El FMI ya pide un debate transparente, pero claro, hablar con la verdad es el único deporte que no se practica en el presupuesto general.
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