Crítica:
El texto original es un ejercicio de prudencia estadística que intenta disfrazar la desigualdad de incentivos laborales. Se pierde en tecnicismos para no decir que el sistema premia la inercia del funcionario.
El texto original es un ejercicio de prudencia estadística que intenta disfrazar la desigualdad de incentivos laborales. Se pierde en tecnicismos para no decir que el sistema premia la inercia del funcionario.
Hay una magia muy especial en la gestión de las crisis industriales: mientras los obreros se preparan para el despido colectivo y la empresa se refugia en un concurso de acreedores, en los despachos de Tubos Reunidos parece que el calendario financiero funciona con una lógica paralela. La historia es un clásico del género: un rescate público vía crédito Fasee de la SEPI para no hundirse tras la pandemia, y una serie de 'anomalías' en los bonus que harían sonrojar a cualquier auditor con principios. El protagonista, Francisco Irazusta, navegaba con un sueldo fijo de 325.000 euros por funciones ejecutivas y otros 75.000 por la presidencia. Mientras la empresa pedía oxígeno, Irazusta se embolsó 140.000 euros de variable en 2021. Para 2022, la contabilidad se vuelve un ejercicio de surrealismo: el informe de remuneraciones (IARC) dice 202.200 euros, el contrato marca 240.000 y la tabla individual sube hasta los 272.000. Es como si intentaran cuadrar la cuenta del bar con tres tickets distintos y ninguno coincidiera. Pero el verdadero plato fuerte llega en 2023. La alta dirección no consejera se llevó un festín de 5,813 millones de euros, donde 2,9 millones eran variables 'consolidadas y liquidadas'. En lenguaje de calle: mientras el barco hacía agua y el valor contable del instrumento financiero subía de 115,651 millones en 2022 a 119,779 millones en 2023, algunos directivos se aseguraban el futuro. La empresa se escuda en que el préstamo Fasee solo limitaba a los consejeros, dejando la puerta abierta para que el resto del comité de dirección cobrara por cumplir objetivos de EBITDA. Un truco de magia contable donde el dinero público sirve de colchón y los bonus de trampolín.
Wall Street ha decidido jugar al Monopoly con dinero real y las reglas de la física financiera. Resulta que las tecnológicas están infladas hasta el delirio, con valoraciones de billones de dólares que parecen más un deseo ferviente que un balance contable. El truco es sencillo: gastar fortunas en centros de datos como quien compra un yate sin saber navegar, esperando que la Inteligencia Artificial mágicamente convierta el hormigón y los chips en lingotes de oro. Mientras tanto, el S&P ha subido un 9% este año, cerrando el mejor trimestre desde 2020, pero el aire empieza a faltar en las alturas. Bank of America ha soltado la bomba un martes cualquiera: la especulación ha llegado a niveles extremos. Básicamente, nos dicen que el 'estirón' de las acciones es tan artificial que el 'latigazo' de vuelta va a ser doloroso. Para que nos entendamos, es como si alguien pagara el precio de un Ferrari por un coche que aún no tiene motor, confiando en que el motor se inventará solo el próximo mes. Lo verdaderamente inquietante es la comparación con el abismo. Russ Mould, del Telegraph, nos recuerda que el ratio Shiller CAPE actual es de 41 veces la media de beneficios de la década. Para los que no habláis 'economés', esto es una locura: el Martes Negro de 1929, el inicio de la Gran Depresión, solo tenía un ratio de 32,5. Estamos más inflados que una pompa de jabón en un ventilador industrial. Ya vimos el primer aviso a finales de junio, cuando el S&P 500 sufrió una purga de cientos de miles de millones de dólares. Incluso SpaceX, que salió a bolsa hace semanas, se pegó un castañazo volviendo a sus 150 dólares iniciales. Eso sí, la fe ciega persiste; Morgan Stanley y Goldman Sachs siguen soñando despiertos con objetivos de 300 y 205 dólares para SpaceX, ignorando que la realidad suele cobrar las facturas tarde o temprano.
Bruselas ha decidido que salvar el planeta empieza por el frasco de café soluble que tienes en la despensa. En un despliegue de generosidad burocrática, la Comisión Europea aprobó este lunes ampliar la ley antideforestación para incluir el café soluble, uniéndolo al club del café tostado y descafeinado. La idea es noble: asegurar que tu cafeína matutina no proceda de tierras deforestadas después de diciembre de 2020. El problema es que, mientras nosotros intentamos que el sueldo llegue al día 20, las empresas tendrán que jugar al detective geolocalizando cada grano y rellenando declaraciones de diligencia debida. El calendario es un poema. Las medianas y grandes empresas tienen hasta el 30 de diciembre de 2026 para ponerse las pilas, mientras que las microempresas y pequeñas tienen un respiro hasta el 30 de junio de 2027. Pero no se engañen: el papeleo no es gratis. Implementar trazabilidad y controles en la cadena de suministro es como añadirle un impuesto invisible a la taza. Es una ingeniería de costes que, invariablemente, terminará como un sablazo en la factura del consumidor. Lo más irónico es el 'timing'. El mercado ya está herido de muerte por las malas cosechas en Brasil y Vietnam, los dos gigantes del sector. Ahora, Bruselas le añade una capa de cemento administrativo. Y para rematar el cuadro de hipocresía, la Comisión ha decidido que el cuero, las pieles de bovino y los neumáticos recauchutados pueden salir del baile para 'reducir cargas'. Al parecer, el planeta respira mejor si el neumático es libre, pero el café soluble debe llevar pasaporte y árbol genealógico.
Imagínate que vas al supermercado, la pantalla del cajero se apaga, no hay nadie cobrando y, aun así, el ticket te dice que has comprado tres jamones ibéricos. Absurdo, ¿verdad? Pues eso es exactamente lo que ocurre en la televisión española. Kantar Media, la empresa que tiene el monopolio de los audímetros y que ahora quiere hacerse la moderna llamándose Fifty5Blue, nos vende que La 1 de TVE es la reina del mambo incluso cuando la pantalla está en negro. El dato es demoledor: durante una avería de 19 minutos en 'La Hora de la 1', el sistema registró picos del 20,4% de cuota de pantalla. Básicamente, el audímetro mide la inercia o la fe, pero no la realidad. Es como si te cobraran la suscripción de un gimnasio aunque el local esté incendiándose. Este 'estirón' artificial de TVE ha hartado a la FORTA. Diez de sus doce operadores —desde EITB y Telemadrid hasta la TVG o la Televisión Canaria— han decidido que ya basta de jugar a los dados con el dinero público. En una votación secreta (porque en estas casas el consenso es un mito y prefieren que no se vean las grietas), han lanzado un ultimátum: o hay cambios estructurales antes del 31 de julio, o el 1 de agosto se desconectan del sistema. Solo Canal Sur y TV3 se han quedado mirando desde la barrera absteniéndose. Atresmedia y Mediaset también están quemadas, viendo cómo el panel de Kantar, que parece compuesto por personas que no han salido de casa desde 1985, infla los datos de la pública en hoteles y segundas residencias. La FORTA pide una prórroga hasta el 31 de diciembre para pasar del modelo de 'casas fijas' al Big Data. Si no hay acuerdo, el mercado publicitario se convertirá en el Salvaje Oeste: sin métricas oficiales, comprar un anuncio será como comprar una lotería sin saber si el sorteo ha ocurrido.
España ha logrado un truco de magia digno de Las Vegas: producir la electricidad más barata de la Unión Europea mientras el ciudadano siente que le están desplumando la cartera. El 1 de junio de 2026, el Gobierno decidió que ya era hora de que el IVA volviera al 21 %, jubilando el descuento anticrisis de 2021. El resultado es un sablazo de entre 8 y 10 euros mensuales en la factura media, justo cuando el IPC de abril ya nos avisaba con un 3,2 % que la inflación no se ha ido de vacaciones. Los datos son para echarse a reír si no fuera porque pagamos nosotros. En el primer trimestre de 2026, el precio mayorista medio según OMIE y Red Eléctrica fue de 44,18 euros por megavatio-hora. Para que nos entendamos: mientras en el resto de la UE la luz costaba más de 90 euros, aquí el viento y el sol hacían el trabajo sucio y bajaban los precios. Pero claro, ese aire fresco no llega al salón de tu casa. La tarifa PVPC, en su media de mayo, se plantó en 141,8 euros. ¿Dónde está el truco? La brecha es de 2,7 veces el precio de mercado. No es que un empresario malvado se haya despertado con ganas de robar, es que el Estado usa la factura como una hucha para pagar sus errores pasados. Peajes, cargos del sistema, primas a renovables obsoletas y la moratoria nuclear se han cocinado a fuego lento durante décadas. Básicamente, estamos pagando el menú degustación de decisiones políticas irresponsables de hace veinte años. El Gobierno nos vende la transición energética como el camino a la abundancia, pero mientras el pool esté a 44 euros y tú pagues 120, la transición es solo un cambio de etiqueta en un producto que sigue siendo carísimo.
Hacerse la foto con un pastel más grande no significa que haya más tarta para todos. Así es la paradoja del «Informe Fènix». Cataluña ha crecido en volumen durante el último cuarto de siglo, sí, pero la riqueza por cabeza está estancada, como quien presume de un coche nuevo mientras la cuenta corriente agoniza. El diagnóstico de Xavier Roig y su equipo es un jarro de agua fría: mientras la población subía un 1% anual gracias a la inmigración, el rendimiento por trabajador apenas gateaba con un 0,7%. El dato es lapidario. En el año 2000, el trabajador catalán producía un 8% menos que la media europea. Hoy, esa brecha se ha ensanchado hasta el 13%. No es que nos falten brazos, es que estamos usando los brazos para lo equivocado. El problema no es la desindustrialización, sino que hemos canjeado la fábrica por el delivery y el hotel de tres estrellas. Es la trampa de la baja productividad: hemos llenado el mercado de empleos que, en términos reales, son un agujero contable. Aquí llega la parte más cínica: el sistema público está subvencionando el negocio de unos pocos. Si ganas menos de 29.000 euros brutos, el Estado paga más por ti de lo que tú aportas. Es una ingeniería financiera absurda donde el contribuyente paga 6,8 euros por cada pernoctación en hoteles de costa, 9 euros por tonelada de carne en mataderos porcinos y 3,5 euros por cada pedido de comida a domicilio. Jordi Galí, Guillem López Casasnovas y Jaume Ventura lo dejan claro: si no se deja de castigar la renta alta y se empieza a filtrar la inmigración por cualificación, el sistema que levantamos al entrar en Europa se desmoronará antes de 2050. Básicamente, estamos gestionando la economía como quien intenta llenar un cubo agujereado echando más agua, en lugar de tapar el hueco.
España ha perfeccionado el arte de comprar cosas que ya no sabe fabricar. Es la paradoja del consumidor entusiasta: nos encanta renovar la nevera y el horno para que sean 'eficientes', pero mientras el mercado es un cohete, la industria local ha aterrizado en picado. Según la Fundación Española de Comerciantes de Electrodomésticos (FECE), hemos dejado escapar 17 fábricas en las últimas dos décadas. Diecisiete. Para que nos entendamos, es como si en tu familia desaparecieran los que saben arreglar las cosas y solo quedaran los que saben pasar la tarjeta de crédito. Ahora solo operan una decena de plantas, y el mando a distancia de la estrategia se ha mudado fuera, como se ve en la reciente jugada donde la china Midea se ha quedado con la histórica marca Teka. Alfredo Gosálvez, secretario general de FECE, lo ha dejado claro: somos compradores estrella, pero ya no somos los arquitectos del aparato. El problema no es que no se venda; es que no hay manos. Hay un agujero de profesionales cualificados que hace que el negocio sea rentable en el papel, pero imposible de ejecutar en el taller. Y mientras tanto, el comercio de barrio agoniza. Desde 2023, han cerrado más de 500 tiendas especializadas frente a unas ridículas 22 aperturas. Es una sangría de proximidad. Para intentar tapar la herida, el gremio pide un Plan Renove de 80 millones de euros anuales para que los hogares sustituyan unos 400.000 aparatos con ayudas de 200 euros por casa. Un parche necesario mientras la Asociación Española de Productores de Electrodomésticos lucha contra una regulación asfixiante que amenaza su sueño de alcanzar el 20% del PIB europeo para 2035. Básicamente, estamos diseñando un escaparate brillante para productos que vienen en contenedores desde el otro lado del mundo.
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