Bruselas ha decidido que salvar el planeta empieza por el frasco de café soluble que tienes en la despensa. En un despliegue de generosidad burocrática, la Comisión Europea aprobó este lunes ampliar la ley antideforestación para incluir el café soluble, uniéndolo al club del café tostado y descafeinado.
La idea es noble: asegurar que tu cafeína matutina no proceda de tierras deforestadas después de diciembre de 2020. El problema es que, mientras nosotros intentamos que el sueldo llegue al día 20, las empresas tendrán que jugar al detective geolocalizando cada grano y rellenando declaraciones de diligencia debida.
El calendario es un poema.
Las medianas y grandes empresas tienen hasta el 30 de diciembre de 2026 para ponerse las pilas, mientras que las microempresas y pequeñas tienen un respiro hasta el 30 de junio de 2027. Pero no se engañen: el papeleo no es gratis. Implementar trazabilidad y controles en la cadena de suministro es como añadirle un impuesto invisible a la taza.
Es una ingeniería de costes que, invariablemente, terminará como un sablazo en la factura del consumidor.
Lo más irónico es el 'timing'. El mercado ya está herido de muerte por las malas cosechas en Brasil y Vietnam, los dos gigantes del sector. Ahora, Bruselas le añade una capa de cemento administrativo.
Y para rematar el cuadro de hipocresía, la Comisión ha decidido que el cuero, las pieles de bovino y los neumáticos recauchutados pueden salir del baile para 'reducir cargas'. Al parecer, el planeta respira mejor si el neumático es libre, pero el café soluble debe llevar pasaporte y árbol genealógico.
Crítica:
La noticia presenta la medida como un hecho consumado sin entrevistar a ninguna ONG ambiental para contrastar el beneficio real frente al coste. El enfoque es puramente económico, ignorando la urgencia climática para centrarse en el bolsillo.
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