Crítica:
El texto original es un ejercicio de cinismo corporativo disfrazado de advertencia. Se centra más en la paranoia de los ricos que en el problema real de la escasez de agua y energía causada por los centros de datos.
El texto original es un ejercicio de cinismo corporativo disfrazado de advertencia. Se centra más en la paranoia de los ricos que en el problema real de la escasez de agua y energía causada por los centros de datos.
Elon Musk ha decidido que gestionar satélites y coches eléctricos no era suficiente adrenalina; ahora quiere gestionar tu cartera. Ha lanzado X Money, un servicio bancario para los usuarios Premium y Premium Plus que ya pagan hasta 40 dólares al mes por el placer de tener un check azul y que sus quejas lleguen más alto. La propuesta es tentadora en el papel: una tarjeta Visa, cajeros y un rendimiento anual del 6% con un 3% de cash-back. Suena a ganga, pero entregarle los ahorros de una vida a un hombre que convierte el caos en deporte nacional es, cuanto menos, una apuesta arriesgada. Mientras nosotros contamos los céntimos para el café, Musk busca convertir X en la 'superapp' definitiva, imitando el modelo chino de WeChat. Linda Yaccarino, su portavoz oficial, asegura que la app podrá entregar 'todo'. El problema es que ese 'todo' convive en la misma plataforma donde el discurso de odio y la desinformación fluyen con la misma naturalidad que los memes. No es casualidad que la senadora Elizabeth Warren le haya enviado una carta recordándole que su gestión de X no precisamente inspira confianza para manejar el sistema financiero nacional. La ironía es circular. Musk cofundó X.com en 1999, la semilla de lo que sería PayPal, de donde fue expulsado en el año 2000 por Peter Thiel y la junta directiva. Veinticuatro años después, Elon vuelve a intentar jugar al banquero, aunque con un calendario que parece sugerencia más que promesa. Prometió el lanzamiento para finales de 2024 en octubre de 2023, pero ha llegado con un retraso de más de dos años y medio. Si así de puntual es con los plazos, imaginar que tus fondos estarán a salvo es un ejercicio de fe digno de un santo.
Hacer que un inversor internacional traiga su dinero a España es hoy como intentar convencer a alguien de que compre un coche usado con el motor echando humo: requiere una fe ciega o una ingenuidad gloriosa. Los datos de la Secretaría de Estado de Comercio no mienten, aunque a algunos les duelan. Pasamos de un récord de 58.432,3 millones de euros en 2018 a unos magros 32.011,8 millones el pasado ejercicio. Un desplome del 45%. Para que nos entendamos: es como si en tu cuenta bancaria desaparecieran 26.420 millones de euros mientras el Gobierno te explica que todo va sobre ruedas. La sangría no se detiene. Al arrancar 2026, la cifra se hundió hasta los 6.566,9 millones, un 68% menos que en el segundo trimestre de 2018, justo cuando Pedro Sánchez tomaba el mando tras la moción de censura a Mariano Rajoy. Mientras el capital privado hace la maleta y se pira, el gasto público se ha disparado un 60% en el mismo periodo, y planean subirlo otro 40%. Es la clásica receta del optimista: como no hay quien invierta en la empresa, quemamos los muebles para calentar la casa. Cierto, Estados Unidos y Reino Unido siguen encabezando la lista, y la tecnología ha sustituido al transporte como el sector estrella. Pero la realidad es que estamos operando con niveles de capital inferiores a los de la crisis de 2007 u 2008. Nos hemos convertido en el destino donde el dinero llega por turismo o exportaciones, pero no para crear industria. Madrid y Cataluña siguen absorbiendo lo poco que queda, mientras el Gobierno intenta venderle la moto a China y Vietnam. Un ejercicio de marketing valiente, sí, pero que no tapa el agujero contable de una productividad que se ha quedado dormida en la parada del autobús.
España es el país de las paradojas: el PIB crece un 3,5% en 2024, pero el bolsillo del ciudadano común parece tener un agujero contable del tamaño de un estadio. Según el INE, ya somos 49.687.120 personas, un crecimiento del 0,93% que incluye un salto del 4,88% en la población extranjera (7,346 millones). Pero mientras las cifras macroeconómicas bailan un vals optimista, la realidad de la calle es un tango dramático. Traduzcamos el lenguaje burocrático de la Agencia Tributaria: el 70% de los declarantes, unos 17,25 millones de personas, no llegan a los 30.000 euros brutos anuales. Para que nos entendamos, después de que el Estado se lleve su tajada de IRPF y Seguridad Social (un 20% aproximadamente), sobrevivir con eso es hacer malabares con la lista de la compra cada fin de mes. Lo más cínico es que este grupo ha crecido; en 2023 eran 16,21 millones. Un millón de trabajadores más se han unido al club de la precariedad en solo un año. Pero no todo es miseria, al menos no para los que saben dónde guardar la llave del tesoro. Mientras el 51,55% de los declarantes (12,7 millones) no superan los 21.000 euros, la cima de la pirámide se ha vuelto más exclusiva y gorda. Aquellos que ganan más de 601.000 euros —los antiguos 100 millones de pesetas— han aumentado un 26,4%, llegando a 18.629 privilegiados. Y los que orbitan entre los 150.000 y los 601.000 euros han crecido un 43,13%, sumando 194.681 ciudadanos. Como dice el refranero, el dinero llama al dinero, y en España parece que el dinero de los de arriba tiene un imán especialmente potente mientras el de abajo se evapora en el alquiler.
El barrio de La Marina, en el puerto de Ibiza, ha decidido que la solución a una crisis económica crónica no es, precisamente, bajar los precios o mejorar la infraestructura, sino montar un desfile de moda. Es la lógica del 'maquillaje extremo': cuando el negocio no tira y los locales parecen escaparates de un museo abandonado, ponemos música de DJs como Elio Riso y Dutari y esperamos que el milagro ocurra. Los comerciantes, hartos de que el barrio solo respire cuando los cruceros escupen turistas que miran pero no compran, han lanzado 'La Marina está de Moda'. La narrativa es la habitual. Culpan al anterior gobierno de Rafael Ruiz de haber dejado que el barrio se hundiera, mientras que el actual concejal, Álex Minchiotti, vende el evento como un 'modelo pionero' para la ciudad. Es curioso que para 'dinamizar' el comercio local, que no tiene grandes marcas, la solución sea imitar la estética de una pasarela. Carina Hoort, dueña de Rituality Ibiza, dice que tienen un diamante y que podrían ser Mónaco. Claro, porque no hay nada que grite más 'Mónaco' que un desfile en Sa Peixateria con la ayuda de la Cofradía de Pescadores y la Pimeef. El evento, que arranca este jueves a las 21:00 horas con la presentación de Ana Reyes y el diseño de Toni Riera, pretende ser inclusivo. La modelo Lía hablará de 'todo tipo de cuerpos', un toque de conciencia social necesario mientras se intenta atraer la cartera del turista rico. Con capacidad para 400 personas y un espacio pop-up exterior, la esperanza es que el brillo de las lentejuelas tape el agujero contable de quince establecimientos que llevan dos años preparando un desfile para no cerrar la persiana definitivamente.
España ha logrado una hazaña digna de un premio a la ironía: producir tanta energía limpia que el sistema eléctrico ha decidido que lo mejor es tirarla a la basura. No es que no haya quien la compre, es que el cableado es como intentar vaciar una piscina olímpica con una pajita. En junio de 2026, la Energía Renovable No Integrable (ERNI) alcanzó los 712,6 GWh, un sablazo del 63% comparado con los 436,5 GWh de junio de 2025. Básicamente, uno de cada diez megavatios hora que ya estaban vendidos y listos para entrar en el sistema acabó en el limbo porque Red Eléctrica entró en modo pánico operativo. El detonante tiene nombre y fecha: el apagón del 28 de abril. Desde entonces, la gestión se ha vuelto tan conservadora que parece que operan la red con miedo a que se rompa si alguien respira fuerte. Mientras los parques fotovoltaicos brotan como setas después de la lluvia, las redes de transporte y el almacenamiento avanzan a paso de tortuga con artritis. Es la paradoja del rico con la nevera llena pero sin electricidad para encenderla: seguimos dependiendo del exterior en un 68% en 2024, pero desperdiciamos lo nuestro por pura incapacidad técnica. Para los inversores, esto es un baño de realidad. El precio capturado de la fotovoltaica en junio rondó los 29 euros, con un factor de apuntamiento de 0,43; es decir, venden a precio de saldo mientras la red les cierra la puerta en la cara. Hemos pasado de la obsesión por plantar placas a descubrir que, si no tienes dónde meter el flujo, tienes un parque de espejos muy caro que no sirve para nada más que para decorar el campo.
Hacienda ha descubierto que el español es un animal generoso, o más bien, un ciudadano que no sabe decir que no al tajo fiscal. Mientras nosotros hacemos malabares para que el carrito del súper no nos deje en números rojos, la Agencia Tributaria ha cerrado el año pasado con una recaudación de 325.356 millones de euros. Un 10,4% más que el año anterior, porque aparentemente el arte de 'gestionar' el dinero ajeno ha dejado un beneficio de 7.820 millones. Es el equivalente a que tu vecino te pida prestado para el alquiler y termine comprándose un yate con tu comisión. En los primeros cinco meses de este año, la maquinaria no ha descansado: 135.009 millones de euros ya están en la hucha, un 10,8% más que en 2025. El IRPF sigue siendo la vaca sagrada con 60.564 millones, mientras que el IVA ha roto su propia barrera mítica aportando 50.007 millones. Pero lo verdaderamente poético es la estrategia de los 'impuestitos'. Como quien busca calderilla en el sofá, el Estado ha implementado dieciséis gravámenes menores que han succionado 8.900 millones de euros en solo cinco meses. Desde las rentas del capital (3.864 millones) y los arrendamientos (1.645 millones), hasta el impuesto sobre los envases plásticos (256,6 millones), que es la cumbre de la hipocresía: seguimos usando el plástico, pero ahora pagamos el privilegio de contaminar. Y para rematar la faena, Hacienda se lleva una tajada de nuestra suerte con 269 millones procedentes de los juegos de azar, una herencia de la era Rajoy donde se decidió que ganar la lotería era un pecado que solo se perdonaba pagando el 20%. Entre la cerveza (109 millones) y el alcohol (281 millones), el Estado se asegura de que, aunque estemos borrachos de impuestos, la caja esté siempre llena.
Hay una técnica de magia contable muy extendida en los despachos de Madrid: consiste en gritar muy fuerte cuánto pagas en impuestos para que nadie se fije en lo que no devuelves. Plus Ultra ha aplicado este manual de supervivencia ante la Audiencia Nacional. Sus directivos, Julio Martínez Sola y Roberto Roselli, han presentado unos escritos donde presumen de haber soltado 46,3 millones de euros en impuestos y Seguridad Social entre 2021 y 2026. Es el equivalente a que un vecino te diga que es un ciudadano ejemplar porque paga la tasa de basuras, mientras sigue debiéndote el dinero del alquiler desde hace tres años. Porque aquí está la madre del cordero: de los 53 millones de euros del rescate concedido en marzo de 2021 vía FASEE, la compañía solo ha devuelto 11,98 millones en intereses (de unos 13,1 millones devengados). El principal, ese montón de dinero público que debería volver a casa, sigue intacto. Ahora, con la cara dura que solo da el dinero ajeno, negocian aplazar la deuda del préstamo ordinario (19 millones) y el participativo (34 millones) hasta 2028. Pero lo más jugoso no es el impago, sino la 'mordida'. Los documentos admiten que 527.417 euros del rescate acabaron en manos de intermediarios vinculados a José Luis Rodríguez Zapatero. Lo mejor es que la propia defensa admite que las facturas eran 'inciertos', un eufemismo elegante para decir que los informes fueron un invento o que eran irrelevantes. Todo esto se cocinó entre WhatsApps de Rodolfo Reyes hablando de 'lacayos' y 46 billetes de avión en business valorados en 69.000 euros. Mientras la facturación subió de 56,6 millones en 2021/2022 a 215,7 millones en 2025/2026, el Estado sigue esperando que el dinero público deje de ser un préstamo perpetuo.
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