Crítica:
El texto original maquilla la precariedad con porcentajes optimistas. Ignora que 'regularizar' no es 'crear', es simplemente dejar de mentir sobre el mercado negro.
El texto original maquilla la precariedad con porcentajes optimistas. Ignora que 'regularizar' no es 'crear', es simplemente dejar de mentir sobre el mercado negro.
El Gobierno ha decidido jugar al Tetris con las estadísticas y el resultado es un cuadro para llorar. Julio nos ha regalado el peor dato de paro en 18 años, una cifra que debería hacer saltar todas las alarmas si no fuera porque el Ministerio de Trabajo ha encontrado el chivo expiatorio perfecto: los recién regularizados. De las 19.517 nuevas altas en el paro, 15.000 son extranjeros que acaban de obtener sus papeles. Es decir, el 77% del problema tiene nombre y apellido administrativo. Joaquín Pérez Rey, secretario de Estado de Trabajo, lo define con una elegancia casi poética como un "tránsito técnico". Traducido al lenguaje de la calle: es como si te compraras un coche usado que no arranca y el vendedor te convenciera de que el humo negro es solo un "preludio estético" antes de que el motor funcione. Nos venden que pasar por el paro es un trámite burocrático, un paso previo a encontrar empleo, mientras ignoran que el mercado laboral español tiene la elasticidad de una goma podrida. Lo más delirante es el contraste. Mientras la Seguridad Social presume de un máximo histórico de 22,5 millones de afiliados gracias a que sumaron 41.727 cotizantes en julio, la letra pequeña es demoledora. El empleo extranjero creció en 66.046 personas, lo que significa que, mientras los recién llegados sostienen el chiringuito, el empleo español se encogió en 24.300 puestos. Básicamente, estamos sustituyendo mano de obra nacional por extranjera mientras la Inspección de Trabajo presume de haber detectado 11.000 contratos 'en b' en lo que va de año. Una ingeniería financiera social donde el éxito se mide en papeles entregados y el fracaso se maquilla llamándolo "tránsito administrativo".
Vender humo es gratis, y en el Ministerio de Inclusión parece que han montado una fábrica de niebla industrial. Nos cuentan que el proceso de regularización es un éxito rotundo, un regalo para la sociedad. Pero miremos la letra pequeña, esa que no se lee en las ruedas de prensa. De los 822.000 inmigrantes a los que el Ejecutivo les ha dado el 'pase VIP' para residir y trabajar, solo 262.475 se han afiliado a la Seguridad Social al 30 de julio. Traducido al idioma de la calle: el 68,1% se ha quedado en la puerta. Es como si organizaras una fiesta para 800 personas y solo aparecieran 260; el resto, un agujero contable de 559.525 personas que tienen el derecho en el papel pero no aportan ni un céntimo a la hucha común. Mientras Elma Saiz y Borja Suárez celebran que el volumen de afiliados es una señal «muy positiva», Joaquín Pérez Rey se lanza al vacío asegurando que «la mayoría» se está incorporando al sistema. Matemáticas básicas: un 31,9% de éxito no es una mayoría, es un suspenso fragrantísimo. El contraste es casi cómico. De esos pocos afiliados, la mayoría (213.883) están en el Régimen General, mientras que los autónomos son una anécdota de 12.675 personas. Lo más surrealista llega con el paro. En julio, el 77% de las nuevas altas en el SEPE (15.000 de 19.517 personas) son estos mismos regularizados. El Gobierno intenta hacer malabares con las cifras diciendo que no saben quién trabajaba antes, pero admiten que 8.268 llegaban ya sin empleo. Al final, nos venden un proceso «razonablemente normal» mientras medio millón de personas flotan en un limbo administrativo donde el derecho al trabajo es, para muchos, una promesa vacía de cotizaciones.
El Gobierno se ha puesto el kit de maquillaje profesional para vendernos que España es el paraíso laboral. Pedro Sánchez, en un despliegue de optimismo digital en X, presume de que en julio superamos el récord de 22,5 millones de afiliados y que el paro, aunque subió 19.517 personas hasta los 2,31 millones, es el más bajo para un mes de julio desde 2007. Suena estupendo, casi como un anuncio de detergente. Pero aquí entra el 'traductor de la calle'. Mientras el Palacio de la Moncloa nos canta que la calidad del empleo 'mejora en todos los grupos', la realidad es que hay gente que no llega a fin de mes ni con un calendario de 31 días. El dato que el Gobierno prefiere ignorar, enterrado en la EPA del INE, es que el pluriempleo ha reventado todos los relojes. En el segundo trimestre de 2026, 651.200 personas necesitan dos o más trabajos para que la cuenta corriente no se quede en números rojos. Es el pico más alto desde 2008. Hagamos cuentas de barrio: cuando Sánchez aterrizó en el tercer trimestre de 2018, había 424.100 pluriempleados. Hoy, esa cifra ha crecido un 53,55%. Hablamos de 227.100 trabajadores adicionales que han tenido que aceptar un segundo horario, renunciando a sus horas de sueño o al tiempo con sus hijos, solo para compensar que la inflación se ha comido sus salarios como si fueran gominolas. Decir que la calidad del empleo sube mientras el número de personas que necesitan dos nóminas para comer crece un 50% no es optimismo; es una gimnasia mental digna de medalla olímpica. El relato dice 'cohete', pero el bolsillo del trabajador dice 'supervivencia'.
España ha jugado al 'estira y encoge' con las renovables durante una década, y ahora Bruselas ha decidido poner la lupa sobre el único momento en que el Estado no se hizo el sordo. Resulta casi cómico: tras años de ignorar condenas millonarias, España soltó 32 millones de euros en junio de 2025 a la japonesa JGC Holdings. Fue un guiño rápido, un pago puntual que, en lugar de cerrar el problema, ha encendido las alarmas en la Comisión Europea. Ahora los burócratas comunitarios quieren saber si ese desembolso fue una 'ayuda de Estado' encubierta. Es como si alguien que debe la hipoteca, la luz y el agua decide pagarle una cena a un vecino y, de repente, Hacienda le pregunta por qué tiene dinero para 그것 pero no para sus acreedores. Mientras Bruselas se pierde en el laberinto del Derecho comunitario, la realidad es mucho más cruda. España tiene acumuladas decenas de condenas arbitrales que suman miles de millones de euros entre principal e intereses. Un agujero contable que hace que la lista de la compra de un ciudadano medio parezca un presupuesto estatal. Lo divertido es que, como el Estado español aplica la técnica del 'no te veo', los inversores han dejado de pedir permiso en casa y se han ido a tocar la puerta de tribunales en Estados Unidos, Reino Unido y Australia. Allí no les importa si la Comisión Europea tiene pesadillas con el mercado interior; allí mandan la ejecución y la inmunidad soberana. Así que tenemos un escenario surrealista: Bruselas investigando un pago minúsculo de 32 millones mientras, al otro lado del charco, los acreedores ya están cazando activos del Estado español para cobrar sus miles de millones. Una partida de ajedrez donde España ha perdido la reina y ahora discute si el peón que movió en junio de 2025 estaba bien colocado.
Ceuta ha dejado de ser solo un enclave geográfico para convertirse en un tablero de juego donde la oferta de vivienda es un unicornio: todos hablan de ella, pero nadie la ve. Mientras el ciudadano medio hace malabarismos con la cartera para que la cuenta corriente no se quede en números rojos, el mercado inmobiliario de la ciudad ha decidido jugar a la lotería con los precios. Según el informe IMIE Mercados Locales de Tinsa, Ceuta ya ha superado los niveles de la burbuja de 2007, rubbing elbows con Madrid o Baleares en una fiesta de precios inflados que hacen que alquilar un piso sea más caro que mantener un yate en el Mediterráneo. En medio de este delirio, los teléfonos de las agencias no dejan de sonar. Pero no son llamadas de inversores con maletas llenas de billetes, sino desesperadas consultas desde Marruecos. Familiares de quienes han logrado cruzar la frontera buscan un techo, y la desesperación es tal que, según Jyoti Arjandas de la inmobiliaria Euroestrecho, hay quien aceptaría alquilar un garaje con tal de tener donde dormir. Es el choque brutal entre la necesidad humana y la fría ingeniería financiera. Los propietarios, asustados por el fantasma de las okupaciones y la inestabilidad, han cerrado el grifo. El resultado es un mercado donde los alquileres de larga duración superan los 1.000 euros mensuales, una cifra que para muchos es un sablazo directo al cuello. La paradoja es exquisita: hay una demanda explosiva, pero el miedo y la falta de suelo disponible mantienen los precios en máximos históricos. Mientras la Administración pública sigue trayendo funcionarios, el joven ceutí se queda mirando el catálogo de viviendas como quien mira el menú de un restaurante de lujo sabiendo que solo tiene monedas en el bolsillo.
Bruselas ha decidido que el camino hacia el cielo verde no es solo con molinos y placas solares, sino con el regreso triunfal del átomo. Mientras nosotros en España seguimos jugando a los deshacer, desmantelando nuestro parque nuclear como quien desmonta un mueble de IKEA que ya no le gusta, la Comisión Europea ha sacado la cartera grande. Hablamos de una movilización de 241.000 millones de euros hasta 2050. Para que nos entendamos: es como si el vecino decidiera reformar toda su casa con mármol de Carrara mientras nosotros decidimos quitar las ventanas para ver si entra más aire. De ese presupuesto, 200.000 millones irán directos a nuevos reactores y otros 36.000 millones a darle un 'estiramiento' facial a las centrales viejas para que sigan funcionando. La ironía es deliciosa. En 2022, la nuclear entró en la Taxonomía Europea como 'sostenible' —un giro argumental digno de serie de Netflix— y ahora, con el Net-Zero Industry Act, es una 'tecnología estratégica'. No se quedan ahí; quieren desplegar los SMR, esos pequeños reactores modulares que prometen alimentar desde fábricas de hidrógeno hasta los centros de datos de la inteligencia artificial, movilizando 200 millones vía InvestEU. El Programa Ilustrativo Nuclear (PINC) y el plan AccelerateEU de abril de 2026 dejan claro que cerrar centrales prematuramente es, básicamente, un suicidio energético. Bruselas mira a Bélgica y suspira, mientras España sigue firme con su calendario de clausuras. Estamos en la curiosa situación de vivir en un barrio donde todos están instalando aire acondicionado centralizado y nosotros insistimos en que el abanico manual es más ecológico, aunque el calor nos esté cocinando vivos.
Hay una nueva enfermedad profesional en el ecosistema corporativo: la 'IA-dependencia aguda'. No es que los jefes quieran optimizar procesos, es que han sustituido el sentido común por un chat. Imagínate que tu jefe, en lugar de mirar el balance de cuentas o hablar con el cliente, le pregunte a un bot si debe echarte. Pues así de surrealista. En una startup legal, el CEO llegó a redactar 'La Biblia', un manual de cientos de páginas generado por IA que los empleados debían estudiar como si fueran novicios en un convento tecnológico. Si no consultabas con el bot antes de hablar con él, básicamente estabas admitiendo que no te importaba tu puesto. El delirio escala rápido. Pasamos de usar ChatGPT para redactar un correo aburrido a pivotar el modelo de negocio cada semana porque el algoritmo dice que la negligencia médica es el negocio del momento, para luego saltar a las quiebras concursales sin despeinarse. Es el 'vibe-coding' llevado al extremo: gestionar una empresa basándose en sensaciones digitales y no en datos reales. Mientras el empleado de IT recibía un bono anual de 120 dólares —una cifra que parece más una propina que un incentivo profesional—, su supervisor usaba la IA como un 'sacerdote digital' para validar que todas sus decisiones eran correctas. Lo más cínico es el uso de la tecnología para el espionaje. Tres suscripciones Pro para controlar los chats de la plantilla, que terminaron convirtiéndose en una ventana para que los empleados supieran quién sería el próximo sacrificado en el altar de OpenAI. Al final, la productividad se ha ido al traste en un bucle de retroalimentación donde el jefe ignora la realidad del terreno porque Claude o ChatGPT le han dicho que el problema es que el vendedor no sabe vender, y no que el producto es un espejismo. Es la era del 'slop', donde el criterio humano es el estorbo y la alucinación de la máquina es la verdad absoluta.
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