Crítica:
El texto es una radiografía brutal de la ineficiencia del sistema, aunque peca de optimista al no calcular el coste real del transporte y ropa de trabajo. Es un espejo incómodo para cualquier gestor de políticas sociales.
El texto es una radiografía brutal de la ineficiencia del sistema, aunque peca de optimista al no calcular el coste real del transporte y ropa de trabajo. Es un espejo incómodo para cualquier gestor de políticas sociales.
Hay una danza muy curiosa en la gestión de las emergencias estatales. Mientras que para algunos el Gobierno se pone el traje de gala y saca la tarjeta de crédito sin mirar el saldo, para otros el presupuesto es como el papel higiénico en un avión: escaso y racionado. El Ejecutivo de Pedro Sánchez decidió que era una 'emergencia' vital que Telefónica instalara cinco puntos de wifi abierta en Ceuta para los inmigrantes que saltaron la valla a finales de julio. Una urgencia tan apremiante que saltaron la licitación pública y el Portal de Transparencia, moviéndose en esa zona gris de la 'excepcionalidad' donde el dinero público fluye con la soltura de un tobogán engrasado. La ironía es que, mientras el Gobierno sudaba para darles internet gratis, los protagonistas ya estaban conectados. No necesitaban la generosidad del Estado español; les bastaba con quedarse pegados a la frontera para que sus móviles engancharan la señal de Maroc Telecom, Orange o Inwi. El 4G y el 5G marroquí cruzaban la raya sin pasaporte, dejando las redes españolas sospechosamente estables y el contrato de emergencia como un monumento a la inutilidad administrativa. Pero el contraste llega cuando miramos hacia Las Hurdes. Allí, Guillermo Santamaría, consejero de Economía de Extremadura, tuvo que mendigar ayuda tras los incendios de Pinofranqueado. Centros de salud y ancianos quedaron incomunicados, pero para ellos no hubo contratos directos ni despliegues relámpago de Telefónica. Solo enlaces vía satélite que funcionaban a pedales. Parece que la definición de 'emergencia' depende de quién esté al otro lado de la pantalla: si es un vecino de Extremadura con la casa quemada, hay que esperar el turno; si es un invasor en Ceuta, el wifi llega antes que la reflexión.
Hagamos números de barrio, de esos que se hacen con un café frío y mucha indignación. Imagina a dos madres, misma situación: solas y con dos hijos. Una se levanta cada mañana, aguanta el ritmo de una jornada completa y factura 25.000 euros brutos al año. La otra, sin ingresos laborales, navega el sistema de prestaciones. Al final del mes, la que suda la camiseta ve en su cuenta unos 1.800 euros, mientras que la que vive del Estado acaricia los 1.450 euros gracias al Ingreso Mínimo Vital (IMV) y el Complemento de Ayuda para la Infancia (CAPI). La diferencia es de 350 euros. Sí, has leído bien. Todo el esfuerzo de un año laboral, el estrés del horario y el desgaste físico se traducen en el equivalente a un par de cenas fuera o una compra decente de supermercado. Es el famoso 'sablazo' del sistema: mientras la trabajadora ve cómo el IRPF y las cotizaciones le muerden la nómina, la otra disfruta de una renta garantizada de 1.335,15 euros mensuales más los 115 euros del CAPI por sus dos hijos mayores de seis años. Pero esperen, que la ironía tiene capas. A los 1.450 euros del IMV hay que sumarle los 'regalitos' invisibles: medicinas gratis en la farmacia y DNIs sin pagar para los críos. La trabajadora, en cambio, paga todo el menú completo. Estamos ante la 'trampa de la pobreza' en estado puro: un diseño institucional que te dice que trabajes, pero que te castiga financieramente si lo haces. Al final, el incentivo de incorporarse al mercado laboral es tan anémico que parece una broma de mal gusto. Trabajar ya no es una escalera social, es caminar sobre arena movediza donde el esfuerzo apenas mueve la aguja del saldo bancario.
Imaginen que su teléfono es un libro abierto y que, en Bruselas, hay políticos que venden sus votos como quien liquida stock en las rebajas de enero. Así de surrealista es el 'Moroccogate'. Mientras Pedro Sánchez, Fernando Grande-Marlaska, Luis Planas y Margarita Robles descubrieron en 2021 que el software Pegasus les había hecho un 'escaneo completo' a sus vidas, el CNI ya avisaba de que el problema no era solo el hackeo, sino el talonario. En el barrio europeo de Bruselas, la Fiscalía Federal belga se encontró con una escena digna de una película de serie B: maletas y bolsas de viaje repletas de más de 1,5 millones de euros en metálico. No eran ahorros para la jubilación, sino el lubricante financiero de la ONG Fight Impunity, el disfraz perfecto creado por Pier Antonio Panzeri para canalizar el dinero. Junto a él, Francesco Giorgi y la vicepresidenta Eva Kaili completaban un cuadro donde el dinero de Catar y Rabat fluía para moldear la agenda legislativa. El esquema era sencillo: Abderrahim Atmoun, el embajador en Polonia, hacía de mensajero entre la DGED (la inteligencia marroquí) y los eurodiputados. ¿El precio? Silencio sobre el Sáhara Occidental, mirada hacia otro lado ante la persecución de periodistas y asegurar que los acuerdos pesqueros y agrícolas siguieran fluyendo sin preguntas incómodas. La hipocresía alcanza niveles estratosféricos cuando vemos que eurodiputados del grupo de Socialistas y Demócratas, como Andrea Cozzolino y Marc Tarabella, terminaron imputados. Al final, el Parlamento Europeo despertó después de 25 años de siesta y prohibió la entrada a los delegados marroquíes. Un parche muy elegante para un agujero contable y moral que huele a naftalina y traición.
Hay días en que el silencio grita más que un megáfono en plena Gran Vía. El viernes 11 de septiembre, mientras el Telediario 1 de TVE se ponía nostálgico rescatando las imágenes de Ana Blanco del 11-S de 2001, en los pasillos de Torrespaña se cocinaba una rebelión mucho más actual. El resultado fue un informativo 'fantasma': piezas de noticias, deportes y el tiempo que aparecieron sin una sola firma. Un vacío nominal que, en el lenguaje de la calle, es el equivalente a dejar el plato vacío en el restaurante para decirle al dueño que la comida sabe a cartón. El detonante no fue una crisis existencial, sino un despliegue de ingeniería organizativa que huele a conveniencia. El personal de informativos ha decidido que ya basta de que la producción externa se coma el pastel. El colmo del absurdo llegó con la entrevista a Pedro Sánchez, que terminó en manos de Jesús Cintora y Esther Palomera en 'Mañaneros 360', un programa producido por La Cometa TV. Básicamente, la televisión pública ha decidido que para entrevistar al jefe del Ejecutivo es mejor contratar a un tercero que usar a los profesionales que ya cobran una nómina en casa. Es como pagarle a un vecino que te limpie la casa teniendo un servicio de limpieza contratado a tiempo completo. La tensión escaló el jueves, cuando Maribel Sánchez-Maroto y José Pablo López intentaron hacer un truco de magia borrando del Telediario 1 las quejas del Consejo de Informativos. Un intento de censura doméstica que solo logró que la redacción ardiera. Tras unas reuniones apresuradas y el ruido de las protestas a las 13:00 en las puertas de Torrespaña, la dirección cedió parcialmente en el Canal 24 Horas y el Telediario 2, pero el daño ya estaba hecho. Las firmas desaparecieron el viernes porque, al parecer, cuando el prestigio se externaliza, el orgullo es lo único que queda en la plantilla.
El Gobierno de Baleares ha descubierto una tecnología revolucionaria que el Estado parece haber olvidado: el teléfono móvil. Según el vicepresidente Antoni Costa, hay menores inmigrantes que hablan a diario con sus familias en sus países de origen. Fascinante. Básicamente, el Govern nos dice que, si el chaval tiene cobertura y WhatsApp para saludar a su madre, lo más lógico es mandarlo de vuelta a casa en lugar de jugar al 'Tetris humano' distribuyéndolos por las comunidades autónomas. Mientras el Gobierno de Pedro Sánchez aplica una logística de reparto similar a la de una empresa de mensajería, moviendo menores desde Canarias y Melilla hacia el archipiélago para aliviar la presión, Baleares ha decidido sacar el libro de leyes y plantar cara. El Consell de Govern no se ha andado con chiquitas y ha autorizado a la Abogacía de la Comunidad Autónoma a recurrir dos traslados específicos: uno dictado en Canarias el 15 de julio y otro en Melilla el 20 de agosto. Dos niños que, para el Estado, son una cifra de redistribución, pero que para el Govern son el pretexto perfecto para denunciar un sistema de acogida que, según ellos, está más colapsado que una autopista en agosto. La ironía es exquisita. El argumento del 'interés superior del menor' se ha convertido en un arma arrojadiza. Para Madrid, el interés es que no haya colapsos en las fronteras; para Palma, el interés es que el menor regrese a su origen si hay una familia identificable. Al final, la batalla no es sobre derechos humanos, sino sobre quién paga la factura del alojamiento y quién gestiona el caos. Es la eterna pelea entre el que manda el paquete y el que no quiere recibirlo en su portal.
Mientras en España discutimos si el precio del aceite es un deporte extremo, al otro lado del charco han levantado una muralla de hormigón que nos deja en ridículo. El Nador West Med no es un puerto; es un puñetazo sobre la mesa. Marruecos ha soltado más de 4.700 millones de euros para construir 5,4 kilómetros de diques que hacen que nuestros muelles parezcan el puerto de un pueblo de costa. Hablamos de una capacidad inicial de 5 millones de contenedores y un calado de 18 metros, suficiente para que los buques que miden cuatro campos de fútbol atraquen sin rozar el fondo, como quien aparca un Smart en zona azul. La jugada es maestra y cruel. Mientras Algeciras y Valencia se pelean entre ellas en un sistema fragmentado, Marruecos ha concentrado el fuego en Tánger Med y Nador West Med para mover 17 millones de contenedores anuales para 2030. Pero el verdadero sablazo no es el cemento, sino la hipocresía verde de Bruselas. La UE obliga a pagar impuestos por emisiones de CO2 (EU ETS) en puertos españoles, pero en Nador, el aire es 'gratis'. Las navieras, que no son precisamente santas del ecologismo, ya están haciendo las cuentas: es más barato descargar en África y luego colar la mercancía en Europa que pagar la tasa ecológica. Maersk, MSC y CMA CGM ya están moviendo sus fichas hacia la ruta africana. España intenta reaccionar. Valencia suelta 1.600 millones en su Terminal Norte y Algeciras electrifica vías, pero llegan tarde a la fiesta. Si Marruecos se queda con el mando del embudo del Estrecho, el precio de tu café o de tu televisor dejará de decidirse en Madrid o Bruselas para decidirse en Nador. Básicamente, estamos viendo cómo nos quitan el mando de la tele logística mientras nosotros seguimos peleando por el mando del mando.
En el mundo de la informática, hay quien estudia cinco años para que un título le avale y hay quien decide que el título es un accesorio prescindible, como el manual de instrucciones de un microondas. Manuel Huerta, el director general de Lazarus Technology, parece pertenecer a este segundo grupo. Mientras el ciudadano medio lucha contra el laberinto de la administración pública para renovar un carné, Huerta se paseaba por el caso de Marta del Castillo haciendo de perito informático con el móvil de Miguel Carcaño entre manos, sin tener una titulación académica válida en España. Un detalle menor, casi anecdótico, si no fuera porque estaba manejando pruebas en un caso que ha paralizado al país. El Colegio Profesional de Ingenieros Técnicos en Informática de Andalucía (CPITIA), encabezado por su decano Pedro de la Torre, ha decidido que ya basta de jugar al 'informático de barrio' en los juzgados. El CPITIA ha pedido al juez de la Sección de Instrucción del Tribunal de Instancia de Sevilla que deje de dar vueltas y pase directamente al procedimiento abreviado. ¿El motivo? Un presunto delito de intrusismo profesional en su modalidad agravada. Lo más delirante de la crónica es la desfachatez: Huerta no solo firmó informes periciales, sino que presumió de ello en medios de comunicación, sosteniendo que para ser perito no hace falta estudiar. Es como si un señor que sabe cambiar una rueda pretendiera operar un corazón alegando que 'lo importante es la práctica'. El decano de los ingenieros no se ha tragado el cuento y denuncia una continuidad delictiva, ya que el equipo de Lazarus Technology sigue operando sin títulos. Al final, la ingeniería informática se ha convertido en un buffet libre donde algunos se sirven el prestigio sin haber pagado la matrícula.
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