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Hacer una serie de Star Trek no es precisamente un paseo por el parque, aunque Paramount+ intente vendérnoslo como un viaje intergaláctico glamuroso. Para el elenco de 'Strange New Worlds', la realidad es más parecida a un turno doble en una fábrica de ensamblaje que a un crucero espacial. Ethan Peck, que encarna a Spock, no se anda con rodeos: describe el rodaje como una maratón donde el sueño es un lujo y las horas de trabajo son, sencillamente, una locura. Básicamente, mientras nosotros nos quejamos de que el WiFi va lento, ellos están perdiendo la noción del tiempo y la cordura entre decorados masivos y cambios de vestuario que harían palidecer a cualquier pasarela de Milán. La cosa se pone aún más surrealista con Christina Chong. La actriz, que da vida a La’an Noonien-Singh, ha tenido que hacer malabares entre clases de equitación (porque sí, hay caballos en el espacio) y ensayos de combate, todo mientras lidia con marionetas digitales. Es el equivalente actoral a intentar montar un mueble de IKEA mientras alguien te grita en tres idiomas distintos: un caos organizado. Por su parte, Paul Wesley, el nuevo James T. Kirk, se siente cómodo en este 'circo de ciencia ficción', agradeciendo que los guionistas sepan dónde poner el bisturí para sacar lo mejor de él, alternando entre el horror y la comedia sin que la trama implosione. Lo más rescatable es el intento de llenar los huecos de una historia que ya conocemos de memoria. Peck y Wesley se dedican a coser la amistad icónica entre Kirk y Spock, intentando que la química no parezca un pegamento barato. Todo este despliegue de insomnio y marionetas culminará el 24 de septiembre de 2026, fecha en la que la cuarta temporada cerrará sus puertas en Paramount+, dejándonos claro que para que nosotros veamos un salto hiperespacial fluido, alguien tuvo que pasar noches en vela y montar a caballo en un set de plástico.
Hay gente que ahorra para la jubilación y hay gente que decide que un trozo de cartón centenario es una inversión más sólida que un piso en el centro. Estamos ante el 'Santo Grial' del coleccionismo: la T206 White Border Sweet Caporal 150/25 de Honus Wagner. Un nombre que parece el código de una pieza de repuesto de un tractor, pero que en el mundo de Heritage Auctions es el trofeo máximo. Actualmente, la puja ya ha superado el millón de dólares (1.025.000 USD para ser exactos), y todavía quedan días antes del cierre el 25 de octubre. Lo irónico es que este valor astronómico nace de un 'no' rotundo. Honus Wagner, el legendario shortstop de los Pittsburgh Pirates entre 1900 y 1917 y ocho veces campeón de bateo, no quería que su cara sirviera de gancho para vender cigarrillos de la Kinney Brothers Tobacco Company. El hombre, hijo de un minero alemán, tuvo la decencia de rechazar la promoción del tabaco, y esa ética terminó convirtiendo su carta en un activo financiero que hace que el precio de la cesta de la compra parezca un chiste. Los optimistas de la subasta esperan que la cifra alcance los 3.000.000 de dólares, aunque el listón quedó peligrosamente alto este año cuando una versión Piedmont similar se vendió por más de 5,8 millones. Es fascinante: mientras el resto de los mortales peleamos con la inflación, alguien está dispuesto a soltar el presupuesto de un barrio entero por un retrato restaurado de un hombre que, hace 130 años, solo quería jugar al béisbol sin vender nicotina. El mercado del coleccionismo no es economía, es una religión donde el cartón es la sagrada escritura.
El juego del espejo ha dado un giro macabro. Durante años, nos hemos maravillado viendo cómo ChatGPT o Claude aprendían a imitar nuestra forma de hablar, como ese primo que se hace pasar por alguien culto en las cenas de Navidad. Pero resulta que el truco no era solo de ellos. Mientras nosotros creemos que estamos domesticando a la máquina, la máquina nos está formateando el cerebro a nosotros. Un estudio publicado en la revista AI & Society suelta una bomba conceptual: la 'humanidad robotizada'. No es ciencia ficción de bajo presupuesto; es nuestra realidad en el servicio al cliente. El proceso es tan sutil como un cobro imprevisto en la cuenta bancaria. Primero, entramos en una realidad social sintética. Luego, el bot nos devuelve un reflejo distorsionado basado en estadísticas. Y finalmente, empezamos a hablar, pensar y escribir para que el bot nos entienda mejor. Básicamente, estamos ajustando nuestra personalidad para que sea 'legible' para un algoritmo. Inci Toral-Manson, de la Universidad de Birmingham, lo resume con una frialdad quirúrgica: es una influencia bidireccional. Nos estamos volviendo predecibles, planos y esquemáticos para encajar en la lógica de la máquina. Selcen Ozturkcan, de la Universidad de Linnaeus, advierte que nuestro instinto innato de imitar nos está empujando a devolver los mismos comportamientos comunicativos del robot. Al final, el riesgo no es que la IA cobre conciencia y nos esclavice, sino que nosotros olvidemos cómo ser humanos porque es más eficiente ser un bot. Jean-Paul Jde Cros Peronard, de la Universidad de Aarhus, pide ética en el uso empresarial, pero la realidad es que ya estamos aceptando el manual de instrucciones de la máquina como nuestra propia forma de ser.
Mirar las estrellas siempre ha sido el plan más barato del mundo: basta con echar la cabeza hacia atrás y no tener contaminación lumínica. Pero claro, para el sector tecnológico, la contemplación gratuita es un pecado capital. Así nace el Unistellar Envision, unos prismáticos con realidad aumentada que prometen convertirte en el Spock de tu barrio por la módica suma de 1.499 dólares. Sí, han decidido que para encontrar una constelación necesites gastarte lo que cuesta un ordenador gaming de gama alta o tres meses de alquiler en un piso compartido. Presentados en la IFA 2026 de Berlín, estos trastos de 1,2 kg no son solo lentes; son una pantalla roja que te susurra al oído qué estrella estás mirando mientras navegas por una base de datos de 200.000 estrellas y más de 1.000 objetivos astronómicos. Tariq Malik, el editor jefe que ya los probó, dice que parecen sacados de Star Trek. Y claro que lo parecen, porque el marketing es experto en vendernos el futuro como un juguete caro. Lo más curioso es la 'ingeniería financiera' del lanzamiento. Si fuiste un visionario y los reservaste el año pasado, te costaron 999 dólares. Ahora, el precio ha pegado un salto acrobático hasta los 1.499 dólares. Un sablazo directo a la cartera del aficionado que llegó tarde a la fiesta. Ofrecen 10 aumentos, lentes de 50mm y una batería de AR que aguanta cinco horas; después de eso, vuelven a ser unos prismáticos normales, pero unos prismáticos que cuestan un riñón. Prometen añadir la identificación de monumentos geográficos en los próximos meses, porque aparentemente mirar un edificio ya no es suficiente si no tienes un desplegable digital diciéndote que es una iglesia.
Hay una cierta poesía trágica en ver cómo el Neil Gehrels Swift Observatory, que desde noviembre de 2004 nos contaba los secretos de las explosiones más violentas del universo, termine ahora como un proyectil sin rumbo. El guion es el de siempre: una urgencia institucional que termina en un 'ups' tecnológico. En septiembre de 2025, la NASA lanzó un grito de auxilio porque la órbita del Swift se estaba desmoronando más rápido que una dieta de lunes. La solución fue contratar a Katalyst Space Technologies, una empresa de Arizona que aceptó el reto con un contrato de 30 millones de dólares. Un sablazo considerable para intentar salvar un equipo que ya había dado todo de sí. La empresa montó el robot LINK en tiempo récord —nueve meses, según Ghonhee Lee, su CEO— y lo lanzó el 3 de julio. Pero el LINK sufrió problemas de control de actitud; básicamente, el robot se mareó en el espacio y no pudo alcanzar al Swift. Lee dice que tres meses más habrían cambiado la historia, pero en el espacio, como en la vida, el reloj no perdona y los contratos millonarios no siempre compran la precisión. Ahora, el Swift se prepara para una 'reentrada no controlada'. Alise Fisher, de la NASA, dice que no bajará antes de octubre y que probablemente se desintegre, aunque Darren McKnight de LeoLabs advierte que los tanques de titanio y las lentes ópticas podrían sobrevivir al viaje. Con una masa seca de 613 kilogramos y una inclinación orbital de 21 grados, el telescopio podría aterrizar en cualquier lugar entre las latitudes 21 Norte y 21 Sur. Lo más probable es que acabe en el mar, pero como dice Ewan Wright, la probabilidad de que algún escombro espacial nos caiga en el jardín está creciendo. Una joya de la ciencia convertida en basura espacial de lujo.
Mientras nosotros peleamos por un sitio en el parking del supermercado, el Curiosity se ha tomado el tiempo de hacernos un álbum de vacaciones en el lugar más inhóspito del sistema solar. El 1 y 2 de agosto de 2026, concretamente en sus soles 4.972 y 4.973, el robot decidió que era buen momento para presumir de vistas. Usando su cámara Mastcam, el bicho ha cosido 323 imágenes individuales para regalarnos una panorámica del 'Valle Grande', una depresión en el Monte Sharp que hace que cualquier senderismo por los Pirineos parezca un paseo por el jardín de casa. Llevamos 14 años siguiendo los pasos de este SUV espacial que aterrizó con una maniobra de 'grúa espacial' que dejó a los ingenieros del JPL con el corazón en la boca. Desde 2014, el Curiosity se ha dedicado a subir el Monte Sharp, una montaña de 5 kilómetros de altura. Para que nos entendamos: el robot ha logrado un desnivel acumulado de 1 kilómetro. A ritmo de tortuga con asma, pero constante. Lo más irónico es que, mientras el Curiosity arrastra unas ruedas que ya piden la jubilación anticipada por el desgaste, sigue encontrando moléculas orgánicas y rastros de agua líquida, básicamente los ingredientes básicos para hacer vida, aunque sea en un desierto rojo. Mientras tanto, su primo el Perseverance se ha puesto en plan atleta y ya ha superado los 42,2 kilómetros, completando un maratón marciano sin sudar una gota. NASA dice que el Curiosity aún tiene cuerda para rato. Claro, cuando no tienes que pagar hipoteca ni renovar el carné, puedes permitirte dedicarte a escalar montañas alienígenas durante una década y media.
Mientras nosotros peleamos con el WiFi del salón o vemos cómo el ticket del súper sube sin avisar, la NASA acaba de lanzar el Telescopio Espacial Nancy Grace Roman el 30 de agosto de 2026. No ha sido un paseo tranquilo; el bicho ha salido disparado desde el LC-39A del Kennedy Space Center montado sobre un Falcon Heavy de SpaceX, que rugió con 27 motores Merlin 1D para mandar el juguete al vacío. Hablemos de números, que es donde empieza la verdadera ironía. El proyecto ha costado 4.000 millones de dólares. Para que nos entendamos: es una cifra que haría palidecer a cualquier ministerio de hacienda, y lo más curioso es que para ahorrar tiempo y pasta han reciclado piezas de un satélite espía que estaba cogiendo polvo. Una genialidad del reciclaje corporativo. El Roman no es como el Hubble o el James Webb, que son básicamente microscopios espaciales para mirar un detalle minúsculo. Este es el 'gran angular' del cosmos. Su instrumento Wide Field Instrument (WFI) va a generar imágenes de un billón de píxeles. Dominic Benford lo dice claro: no hay pantalla en la Tierra capaz de mostrar todo eso. Imagínense el lag de esa imagen en un ordenador medio. De hecho, la NASA ha lanzado un programa de 'Adopta un Píxel', básicamente vendiendo trozos de una foto que ni siquiera podemos ver completa, una jugada de marketing brillante para que el ciudadano de a pie se sienta dueño de un granito de arena cósmica. Ahora el telescopio viaja durante 90 días hacia el punto L2, lejos de la luz de la Tierra y la Luna, para empezar a mapear 20.000 millones de estrellas y rastrear la energía oscura. Las primeras fotos llegarán a principios de 2027, esperando que el universo nos dé alguna sorpresa que justifique el sablazo presupuestario.
Hay algo profundamente poético, y un poco trágico, en la gestión del Neil Gehrels Swift Observatory. Imaginen que tienen un coche clásico que ha funcionado increíblemente bien durante 21 años, pero que de repente se queda sin gasolina en medio de la autopista. La NASA, en un alarde de optimismo tecnológico, decidió llamar a una grúa robótica llamada LINK, fabricada por la empresa Katalyst Space y lanzada el 3 de julio mediante un cohete Pegasus XL de Northrop Grumman. El plan era sencillo: agarrar al Swift y subirlo de altitud para que no se estrellara contra la Tierra. Un rescate de película. Pero claro, la realidad no tiene guion de Hollywood. A finales de julio, la grúa LINK empezó a dar vueltas como un trompo debido a problemas de control de actitud; dos de sus tres ruedas de reacción pasaron a mejor vida y los propulsores de gas frío decidieron no colaborar. El resultado fue un 'lo sentimos, no podemos subirte', anunciado oficialmente el 19 de agosto. En lugar de salvar al veterano, LINK ahora solo hará 'operaciones de proximidad' para ver si aprenden algo para la próxima vez. Básicamente, es como si la grúa llegara al coche averiado, se hiciera un selfie con él y se marchara sin remolcarlo. Así que, tras meses en modo ahorro —apagando el Telescopio de Rayos X (XRT) y el Telescopio Ultravioleta/Óptico (UVOT) en febrero para reducir la fricción atmosférica—, la NASA ha decidido que el Swift ya puede volver a trabajar. El 26 de agosto reactivaron esos instrumentos, aunque el Telescopio de Alerta de Brotes (BAT), apagado en abril para ahorrar luz, sigue en el limbo. El Swift, que nació en noviembre de 2004 para una misión de solo dos años, ahora se enfrenta a su cuenta atrás final. Sin propulsión propia y con una atmósfera terrestre que se ha expandido por la actividad solar, el telescopio caerá por debajo de los 300 kilómetros de altitud en uno o dos meses. El final es inevitable: se incinerará en la atmósfera antes de que acabe el año. Un adiós brillante, pero precipitado.
Comprar ropa interior es, probablemente, la tarea más tediosa del mundo adulto. Pero hay algo peor: pasar diez horas de oficina con un sujetador que parece un instrumento de tortura medieval o unos bóxers que han decidido independizarse de su sitio. Duluth Trading Co. ha lanzado su 'Basics Sale' con un descuento base del 25%, pero no se deje engañar por la fachada. Aquí la verdadera acción ocurre en el selector de colores, donde los precios bailan según el capricho del inventario. Es como ir al mercado: si no te importa que la camiseta sea color coral, te ahorras un dineral; si quieres el negro clásico, prepárate para el sablazo. La ingeniería financiera de los descuentos es fascinante. Tenemos el Men’s Un-Longtail T, que ha caído un 80% hasta los 5.99$ (estaba en 29.95$), básicamente el precio de un menú barato de comida rápida. Para las mujeres, el Free Range FabWire Bra es la joya de la corona: un desplome de 39.46$, quedando en 10.49$ frente a los 49.95$ originales. Es un 79% de descuento que hace que comprar dos salga más barato que comprar uno a precio real. Luego están los Buck Naked Boxer Briefs a 18.71$, ideales para quienes viajan y necesitan lavar los calzoncillos en el lavabo del hotel sin que tarden tres días en secar. Y para las que buscan el ahorro absoluto, el Women’s No-Yank Tank en estampado floral cae hasta los 3.74$. Literalmente, menos de lo que cuesta un café con leche. Con 229 artículos en juego, la moraleja es clara: en Duluth, el color de tu ropa interior determina cuánto dinero se queda en tu cartera.
Imaginen que están en medio del Atlántico en el siglo XVII. Saben perfectamente que el norte está allí, pero no tienen ni la más remota idea de cuánto les falta para llegar a casa en sentido este-oeste. Era el 'problema de la longitud', el gran agujero negro de la navegación que hacía que el comercio marítimo europeo fuera, básicamente, una lotería con barcos cargados de oro. En este escenario de incertidumbre absoluta nace John Flamsteed el 19 de agosto de 1646 en Derbyshire. Flamsteed no tuvo el camino pavimentado; la enfermedad y los dramas familiares lo echaron de la escuela prematuramente, obligándolo a estudiar astronomía por su cuenta, como quien aprende a reparar un motor viendo videos en el garaje. Pero el tipo tenía madera. Para 1674, ya estaba en un comité analizando la propuesta del francés Sieur de St Pierre. Spoiler: la solución francesa era humo. Flamsteed, que no se andaba con rodeos, le soltó un informe a la Royal Society diciendo que, si Inglaterra quería dejar de perder barcos y dinero, necesitaba un observatorio de verdad. El Rey Carlos II, que entendía que el mapa del mundo era el verdadero libro de cuentas del imperio, no se lo pensó dos veces. En 1675 fundó el Real Observatorio de Greenwich y nombró a Flamsteed como el primer Astrónomo Real. El encargo era claro: limpiar las tablas celestes y fijar las estrellas para que los marineros dejaran de navegar a ciegas. Flamsteed se puso manos a la obra y catalogó más de 3.000 estrellas con una precisión quirúrgica. Lo más irónico es que, mientras nosotros hoy nos peleamos con el GPS del móvil porque nos manda por un camino cortado, seguimos usando algunas de sus designaciones estelares. Un legado sólido para alguien que empezó estudiando solo en su cuarto.
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Magdalena Gallego