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Madonna ha decidido bajarse del coche de la Inteligencia Artificial para darle un repaso verbal en Vogue Italia. Según la Reina del Pop, los algoritmos son el antíodo del arte porque matan el riesgo y nos empujan por la senda de lo aburrido y lo seguro. Para ella, crear es lanzarse al vacío, mientras que la IA es como pedir un menú preestablecido en un restaurante de carretera: predecible, insípido y sin alma. Madonna echa de menos aquellos tiempos donde los músicos, pintores y bailarines se mezclaban en un mismo espacio creativo, antes de que la industria musical se convirtiera en un concurso de popularidad donde el contrato discográfico depende más de cuántos seguidores tienes en Instagram que de tu talento real. Lo curioso es que la 'Material Girl' no es precisamente una monja de la pureza tecnológica. Mientras nos lanza este sermón sobre la creatividad, su historial con la IA es más parecido a un buffet libre. Sus fans ya se han quejado de que llena sus redes de 'basura digital', incluyendo imágenes surrealistas donde aparece con el difunto Papa Francisco. Y si nos ponemos estrictos, su equipo no se inhibió al usar la herramienta para los vídeos promocionales de 'Veronica Electronica' y 'The Untold Chapter' el año pasado. Incluso en 2024, la Associated Press pilló a su equipo creativo usando IA para generar los fondos visuales de su gira. Al final, Madonna hace lo que muchos artistas: odia que la máquina robe el trabajo ajeno y regurgite estéticas genéricas, pero no tiene problema en usar el atajo tecnológico cuando conviene para el marketing. Es la eterna danza entre el purismo artístico y la comodidad del clic, donde la IA es el empleado barato que hace el trabajo sucio mientras la estrella firma la obra.
Nos encanta el camino corto. El cerebro, en su afán de ahorrar batería como quien pone el móvil en modo ahorro para llegar al final del día, prefiere las etiquetas limpias a la complejidad real. Por eso, los políticos han decidido que la neurociencia es el nuevo oráculo para redactar leyes, ignorando que la ciencia, el 24 de junio de 2026, sigue estando en pañales para tales pretensiones. Empecemos por la mítica barrera de la adultez. Mientras el mundo se pelea por decidir si eres adulto a los 16 o a los 21, algunos iluminados sugieren usar imágenes cerebrales para decidir quién puede conducir o cuántos años de cárcel merece un delincuente. Se ha puesto de moda decir que el cerebro no madura hasta los 25 años, una simplificación tan burda que resulta casi insultante; la realidad es que cada cabeza va a su ritmo, como quien monta un mueble de IKEA sin instrucciones: algunos terminan rápido y otros acaban con piezas sobrantes. Luego tenemos el caso del "autismo profundo". La idea de crear una categoría basada en el CI, el lenguaje y las necesidades de cuidado suena muy bien en un despacho ministerial, pero en la calle es un colador. Corren el riesgo de meter en el mismo saco a alguien que no puede hablar con alguien que tiene un deterioro cognitivo severo, ignorando que sus perfiles neurológicos son mundos distintos. Para rematar la jugada, el uso de perfiles psicológicos en los tribunales ha convertido juicios que eran un "gol goleador" en un caos absoluto. Tratar la psicopatía como un hecho científico inamovible y no como un marco en evolución es jugar a la ruleta rusa con la justicia. Queremos meter el cerebro en cajas ordenadas porque nos da seguridad, pero la verdad es que el manual de instrucciones de la mente humana aún no ha sido escrito.
Hablemos claro: el espacio suele ser el escenario preferido para que nos masacren alienígenas o para que un capitán con crisis existencial nos hunda la nave. Estamos hartos de que la ciencia ficción sea sinónimo de disparar a todo lo que se mueva en Mass Effect o StarCraft. Por eso, ha nacido esta tendencia de lo 'cozy', que básicamente es como cambiar el fusil láser por una manta de lana y un chocolate caliente mientras flota en la nada cósmica. Hay quien prefiere el surrealismo de ser un buzo robótico en Abzu (lanzado el 2 de agosto de 2016), donde el silencio es la norma y el estrés es tan inexistente como el sentido común en una promesa electoral. O si prefieres la monotonía laboral, Star Trucker (3 de septiembre de 2024) te permite ser el transportista del vacío; es como hacer el reparto de Amazon pero con la complicación de que arriba y abajo son conceptos relativos y los mandos se sienten como si estuvieras patinando sobre hielo. Para los que añoran la vida rural pero odian el barro, Verdant Skies (12 de febrero de 2018) propone cultivar lechugas espaciales en Viridis Primus, mientras que Lightyear Frontier (19 de marzo de 2024) te pone al mando de un mech gigante solo para que recojas plantas silvestres. Es la máxima expresión de la hipocresía gamer: tener un robot de guerra para hacer jardinería. Incluso hay juegos que romantizan el despido laboral. En Hardspace: Shipbreaker (24 de mayo de 2022), trabajas para la Lynx Corporation desguazando naves. Si mueres, te clonan. Es la metáfora perfecta del capitalismo moderno: eres tan prescindible que tu ADN es propiedad de la empresa. Y para cerrar el círculo del absurdo, I Was a Teenage Exocolonist (25 de agosto de 2022) te obliga a tomar siestas para bajar el estrés mientras intentas no morir en Vertumna IV. Un recordatorio de que, incluso en el fin del universo, el agotamiento laboral nos persigue.
Imaginen que despiertan un martes y deciden que su piel ya no encaja con su personalidad, así que se la quitan como quien se despoja de un calcetín sudado después de una jornada de diez horas. Eso hizo Luigi, una langosta americana (Homarus americanus) que ha decidido renovar su guardarropa en el New York Aquarium de Brooklyn. Pero no es cualquier mudanza; Luigi es de un naranja tan estridente que parece que ya viene pre-cocinado para el menú del día, una mutación genética que ocurre solo en uno de cada 30 millones de ejemplares. Mientras nosotros peleamos con la hipoteca, Luigi vive la vida del jet-set: tiene comida asegurada y un apartamento donde no tiene que preocuparse por que un vecino agresivo le muerda el caparazón mientras está 'en pelotas'. William Hana, el Director de Programas de Animales del acuario, confirmó que el equipo encontró la vieja coraza una mañana, ya que estas mudas suelen ocurrir bajo el manto de la noche. El proceso es una genialidad de la ingeniería biológica: el animal se hincha de agua hasta que el caparazón cede, permitiéndole salir de su antigua piel como quien saca el pie de un zapato apretado. Lo más fascinante —y quizá lo más inquietante para el estómago humano— es que Luigi se cena su propia piel vieja para recuperar el calcio. Básicamente, es el reciclaje definitivo: no tira nada, ni siquiera sus propios desperdicios. En el acuario, Luigi comparte vecindario con una langosta azul, un espécimen aún más exclusivo (uno entre 200 millones), demostrando que en Brooklyn, incluso los crustáceos saben cómo destacar en la multitud con un look disruptivo.
Resulta fascinante que necesitemos un estudio publicado en la revista Behavioral Sciences para confirmar lo que cualquier persona que haya intentado cerrar diez pestañas del navegador mientras suena el WhatsApp ya sabía: nuestro cerebro es un modelo antiguo intentando ejecutar un software del año 2024. Básicamente, llevamos el hardware de un recolector de bayas en un mundo de algoritmos y 'policrisis'. Es el equivalente evolutivo a intentar cargar un tráiler de 18 ruedas con un carrito de la compra de plástico; tarde o temprano, las ruedas se doblan. Jose Yong, profesor de la James Cook University en Singapur, lo deja claro: no es que seas un flojo o que necesites más 'mindfulness', es que estamos viviendo un 'desajuste evolutivo'. Antes, estar atento a las señales del vecino era cuestión de supervivencia para que el grupo no palmara; ahora, ese mismo instinto se ha convertido en un panóptico de vanidad digital donde nos comparamos con desconocidos que fingen vidas perfectas en Instagram. El estrés no es un fallo de fábrica, es el resultado de procesar una cantidad de basura informativa para la que no estamos programados. Pasamos de preocuparnos por si el tigre nos comía a apostar en mercados de predicción sobre cuántos tuits lanzará Elon Musk o si Cristiano Ronaldo soltará una lágrima en el Mundial. Sarah Chan, del Lee Kuan Yew Centre for Innovative Cities, pone el dedo en la llaga: nos venden la ansiedad como un problema de 'estilo de vida' individual, como si fuera un mal hábito al fumar, cuando en realidad es la respuesta lógica de un cerebro simio atrapado en una jungla de hormigón y fibra óptica. No es falta de resiliencia, es que el diseño de nuestras ciudades y redes sociales es, sencillamente, incompatible con nuestra biología.
Imagínate que tienes un reloj de lujo que costó 250 millones de dólares, pero te olvidas de ponerle pilas y, de repente, el reloj empieza a resbalarse de tu muñeca hacia el desagüe. Eso es exactamente lo que le pasa a la NASA con el Observatorio Neil Gehrels Swift. Lanzando en 2004 para cazar explosiones de rayos gamma (esas que crean el oro de tu anillo, según Brad Cenko), el Swift se ha quedado sin gasolina y el Sol, que últimamente está muy eléctrico, ha inflado la atmósfera terrestre, empujando el telescopio hacia abajo como quien empuja un carrito de supermercado averiado en una bajada. La agencia, que normalmente tarda décadas en decidir el color de un tornillo, ha entrado en modo pánico creativo. En solo nueve meses —desde septiembre de 2025— han contratado a Katalyst Space Technologies por 30 millones de dólares para fabricar el 'Link', una especie de grúa espacial con tres brazos robóticos. El plan es una locura: lanzar el Link el 27 de junio atopado en un cohete Pegasus XL de Northrop Grumman, enganchar el Swift (que no tiene donde agarrarse porque no fue diseñado para citas románticas en el vacío) y subirlo a una órbita más segura. Shawn Domagal-Goldman, director de Astrofísica de la NASA, admite que nadie creía que esto fuera posible. Y es que el riesgo es total: si el aislamiento del Swift está tan quebradizo como una galleta vieja, los brazos del Link podrían romperlo todo al primer apretón. Además, si el Sol lanza una tormenta eléctrica antes de octubre, cuando el Swift baje de las 186 millas, el telescopio se convertirá en una estrella fugaz muy cara antes de que la grúa llegue al rescate. Todo esto mientras Katalyst ya pide otros 12 millones para su proyecto Nexus, intentando convencernos de que la era de tirar los satélites a la basura ha terminado.
Llevamos años escuchando la misma canción en los foros de internet: una guerra de trincheras entre los románticos del pistón y los evangelistas del litio. Los primeros nos venden la moto de que fabricar una batería es como detonar una bomba nuclear en el jardín, mientras que los segundos ignoran que, a veces, cargar el coche es básicamente quemar carbón con cables. Una pelea de patio de colegio que ahora el MIT ha decidido arbitrar con la frialdad de quien sabe que los datos no tienen sentimientos. El estudio, rescatado por Jalopnik, se ha metido en el barro para comparar los vehículos de combustión (ICEVs), los híbridos enchufables (PHEVs) y los eléctricos puros (BEVs). El veredicto es un jarro de agua fría para los nostálgicos del humo: en la mayoría de los rincones del planeta, los BEVs recortan las emisiones entre un 40 y un 60 por ciento frente a los de gasolina. Es decir, que el ahorro es casi como si te hicieran un descuento del 50% en la factura de la luz, pero aplicado al aire que respiramos. Claro que hay letra pequeña. El estudio admite que la 'mezcla eléctrica' manda; no es lo mismo enchufarse a una planta solar que a una central de carbón oxidada. Sin embargo, incluso en el peor de los casos, el eléctrico gana por goleada. Los PHEVs, esos híbridos que intentan quedar bien con todo el mundo, logran ahorrar entre un 80 y 90% de emisiones en ciudad y un 60% en zonas rurales, siempre que no te olvides de enchufarlos. En resumen: si te gusta el rugido del motor, adelante, disfrútalo, pero deja de fingir que lo haces por salvar a los osos polares. La ciencia ya ha pasado la escoba.
Mientras nosotros seguimos peleando con el Wi-Fi del salón o intentando que la factura de la luz no nos deje en la calle, en el norte de Chile han montado un despliegue que hace que Hollywood parezca un teatro de marionetas. El Observatorio Vera C. Rubin ha decidido que ya basta de fotos fijas y ha empezado a rodar 'la película cósmica más grande de la historia'. No es una metáfora barata: el proyecto, bautizado como Legacy Survey of Space and Time (LSST), se ha propuesto escanear el cielo del hemisferio sur cada pocas noches durante una década. Para lograrlo, no han usado una cámara de esas que te venden en el centro comercial, sino un monstruo de 3200 megapíxeles, la cámara digital más grande jamás creada. Para que nos entendamos, es como si quisieran hacer un timelapse del universo en 8K pero con esteroides. Brian Stone, el director de la National Science Foundation (NSF), presume de 'liderazgo global', mientras el instrumento se dispone a fotografiar cada punto del cielo 800 veces hasta el 30 de junio de 2026, cuando la nueva era de la astronomía se instale oficialmente en el salón de casa. El guion de este blockbuster incluye los sospechosos habituales: energía oscura y materia oscura, esos fantasmas invisibles que mantienen las galaxias pegadas pero que nadie sabe explicar. Pero lo más impactante es la capacidad de 'rastreo' en nuestro propio patio trasero. En apenas unos meses, el Rubin ya ha detectado 11.000 asteroides nuevos, incluyendo 33 objetos cercanos a la Tierra y 380 planetas enanos más allá de Neptuno. Según Phil Marshall, de SLAC, han tardado 20 años de ingeniería para poder gritar '¡acción!'. Al final, el dataset tendrá miles de millones de objetos abiertos al público. Un despliegue de generosidad digital que contrasta deliciosamente con los muros de pago de cualquier diario actual.
Resulta que la NASA ha estado sentada sobre una mina de oro de datos sin saber cómo picar la piedra. El satélite TESS, que normalmente busca planetas como quien busca una moneda en el suelo mirando solo donde hay luz, acaba de encontrar al Gaia23bra b. ¿El truco? Dejar de buscar 'sombras' y empezar a buscar 'destellos', aplicando una receta que Albert Einstein dejó escrita ya en 1915: la relatividad general. Básicamente, el planeta no tapó su estrella, sino que hizo de lupa gravitacional, curvando el espacio-tiempo y amplificando la luz de una estrella lejana. Es como si, en lugar de ver el coche que pasa delante del semáforo, detectaras el coche porque el reflejo del sol en el retrovisor te ciega un segundo. El Gaia23bra b no es un trozo de roca cualquiera; tiene 1,6 veces la masa de Júpiter y orbita una enana naranja un 20% más pequeña que nuestro Sol. Pero aquí viene el sablazo de distancia: mientras TESS suele jugar en el patio trasero, a unos 150 años luz, este sujeto está a 40.000 años luz. Una distancia que hace que cualquier viaje en Uber parezca un paseo al kiosco. El telescopio Gaia, ya jubilado, dio el primer aviso en 2023, pero TESS tuvo que 'aprender un truco nuevo' para confirmarlo. La ironía es deliciosa: de los 6.000 exoplanetas conocidos, el 75% se hallaron por el método de tránsito (el aburrido de la sombra), y solo el 5% por microlente. Diana Dragomir y Mallory Harris, de la Universidad de Nuevo México, admiten que hay miles de mundos 'escondidos' en los datos que simplemente no sabían buscar. Ahora, el telescopio Nancy Grace Roman promete encontrar otros 1.000 planetas así, mientras nosotros seguimos intentando que el Wi-Fi llegue al salón.
Mientras el ciudadano medio lucha contra la inflación y ve cómo el ticket del supermercado parece una factura de casino, la NASA decidió que era buen momento para jugar a los aviones rápidos. El 5 de junio de 2026, el X-59, un aparato con una nariz tan larga que parece diseñada para olfatear el futuro, superó la velocidad del sonido por primera vez. No fue un paseo tranquilo: Jim 'Clue' Less se puso al mando en la Base Aérea de Edwards, California, despegando a las 2:08 p.m. EDT para un viaje de 81 minutos que nos dejó claro que el dinero público sabe volar muy rápido. Alcanzaron los 713 mph (1,147 kph), lo que se traduce en un Mach 1.1 a unos 43,400 pies de altura. Para el común de los mortales, eso es básicamente ir más rápido de lo que tardas en darte cuenta de que te han cobrado de más en el parking. Pero aquí está la joya de la corona: la misión Quesst no busca solo velocidad, sino un 'estruendo silencioso'. Quieren que el boom sónico, ese que en 1973 hizo que la FAA prohibiera los vuelos supersónicos sobre tierra para no reventar los cristales de nadie, se convierta en un simple 'golpecito'. Michael Kratsios y Jared Isaacman ya celebran el liderazgo estadounidense, mientras Lockheed Martin Skunk Works se lleva los laureles por la ingeniería. El plan es ambicioso: subir la apuesta a Mach 1.4 y 55,000 pies para ver si la gente en tierra soporta el ruido sin llamar a la policía. Todo sea por abrir un mercado comercial que lleva medio siglo congelado, mientras nosotros seguimos esperando que el autobús llegue puntual.
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Cristian Sanz